31 de enero 2017    /   CINE/TV
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En la cabeza de Bill Murray

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Cuando los Chicago Cubs ganaron las Series Mundiales de béisbol el pasado de mes de octubre, la alegría se desató sin control en la ciudad de Illinois. De entre todos los fans de los Cubs, hubo uno que probablemente se llevó el premio al hombre más feliz: Bill Murray.

El actor solía decir que, para él, el día más triste del año era el que terminaba la temporada de béisbol. Las circunstancias solían hacer que ese día nunca coincidiese con el que los Cubs terminaban de jugar. Siempre les eliminaban antes. Hasta el pasado 2016, que cambió la historia y, claro, hubo que celebrarlo.

Coincidiendo casualmente con este hito deportivo llegó a las bibliotecas Yo, Bill Murray, una biografía en español del genio estadounidense desarrollada por la periodista cordobesa Marta Jiménez y editada por Bandaàparte Editores.

Yo, Bill Murray tuvo que salvar el escollo obvio de que, si no es el mismo Murray el que te contacta, no podrás hablar con él para escribir su biografía. Por eso, Marta Jiménez dedujo que tendría que darse un baño de Murray y construir su relato mezclando los hechos constatados y su propia visión de la persona y el personaje. «Yo era fan de Bill Murray como cualquier persona en el mundo. Sin embargo, me salieron todos los complejos locales de una periodista de cine que vive en Córdoba. Empecé a leer artículos al azar antes de aceptar el proyecto (aunque sabía que iba a decir que sí). Me di cuenta de que Bill Murray es tan patrimonio de una mujer que habla inglés en Chicago como de una tía que vive en Córdoba y escribe en español».

Mi cruz es que la gente me vea como un tipo gracioso. Sólo soy yo mismo y si esa es la imagen que tienen de mí, algo estoy haciendo mal

Los cimientos bibliográficos de esta biografía se han construído sumando todos los libros que se habían publicado acerca del actor antes de octubre del pasado año –todos en inglés–, la filmografía del actor y «más de mil artículos, desde el blog más pequeño a Variety o el New York Times». La escritora ha compuesto un personal puzzle de Murray siempre atado a los hecho comprobados.

Marta Jiménez dice que hasta que se puso con la fase de documentación del libro, «era bastante incrédula sobre el hecho de que la proyección que Murray tiene sobre el mundo no fuera una construcción. He descubierto que hay muy poco artificio. Hace exactamente lo que le da la gana». Esa ausencia de límites hacen que el actor sea capaz tanto de pasar desapercibido en un vuelo low cost como de darse un baño de masas en Comic Con. «Tenía la imagen de que podía estar un poco pirado pero he visto que no, que tiene una filosofía de vida muy tranquila y le da mucha importancia al hecho de estar en paz con todo, de estar en sintonía con todo lo que le rodea».

La visión murrayniana de la vida no siempre fue tal. Los años locos del Saturday Night Live se cobraron alguna que otra víctima, como John Belushi, y sirvieron de trampolín para una existencia de vértigo que alcanzó la velocidad de la luz con Cazafantasmas. La película fue un éxito en todo el planeta pero, muy poco después, el fracaso en taquilla de El filo de la navaja hizo que relativizara el trabajo y el éxito. Fue entonces, en 1985, cuando Bill Murray sintió la necesidad de parar un poco.

Murray se mudó a París y se matriculó en la Sorbona, en Filosofía e Historia. Comenzó a la vez a estudiar las enseñanzas del maestro armenio George Ivánovich Gurdjíeff y, por si eso fuera poco, fue padre. El cóctel de éxito, fracaso, espiritualidad y paternidad hicieron que replantease su manera de abordar la vida. En ese momento, decidió que cuanto mejor se lo pasase, mejor viviría.

Desde entonces, Bill Murray ha disuelto la línea que separa su vida personal de la profesional. Decidió que haría sólo los papeles que le apeteciera y que, en consecuencia, ya no necesitaba un agente. Ese despido ha hecho que amigos próximos como George Clooney o Naomi Watts tengan que hacer de involuntarios y sacrificados intermediarios entre contratantes y actor. Sin mucho éxito, cabe reseñar.

A partir del dogma de pasarlo lo mejor posible cada día de su existencia, la esencia de Bill Murray es equiparable a la de cualquier persona normal. Es un contenedor de contradicciones capaz de doblar al gato Garfield en dos infames películas sólo por apechugar con una mala decisión y porque, de paso, llena el bolsillo fácilmente. Es capaz de aparecer en una peli infumable sólo por echar un cable a un amigo. Es capaz de hacerse una foto con un extraño por la calle porque en la vida «todo es mucho más sencillo de lo que parece: se trata de hacer felices a los demás».

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Todos somos así. En ocasiones hacemos las cosas por principios, otras por la pasta, otras por aportar un poco de felicidad al mundo y otras por ayudar a un amigo. Otras veces, hacemos lo contrario y somos esclavos de comportamientos paradójicos. Es muy cansado ser coherente y digno todo el tiempo. De eso va lo de ser humano y a Bill Murray se le está dando muy bien.

La sucesión de situaciones y anécdotas del universo Murray es delirante. Por eso, es una buena idea afrontar este recorrido por su vida con los ojos abiertos y la credulidad abierta de par en par. Para Marta Jiménez, «escribir un libro sin hablar con él ha sido una liberación personal. Iba sin la mochila de sus declaraciones. He interpretado con mucha documentación al personaje, al actor, al icono y a la trayectoria que ha llevado su carrera, que ha desembocado en este momento indie en el que ha sofisticado sus personajes».

Al final, a Jiménez le ocurre como a cualquiera de nosotros: todos hemos imaginado alguna vez que somos amigos de Bill Murray. La escritora se ha construido la identidad completa del personaje. O de la persona, si se puede diferenciar una cosa de otra.

Portada de 'Yo, Bill Murray', por Pedro Peinado.
Portada de ‘Yo, Bill Murray’, por Pedro Peinado.

 

Cuando los Chicago Cubs ganaron las Series Mundiales de béisbol el pasado de mes de octubre, la alegría se desató sin control en la ciudad de Illinois. De entre todos los fans de los Cubs, hubo uno que probablemente se llevó el premio al hombre más feliz: Bill Murray.

El actor solía decir que, para él, el día más triste del año era el que terminaba la temporada de béisbol. Las circunstancias solían hacer que ese día nunca coincidiese con el que los Cubs terminaban de jugar. Siempre les eliminaban antes. Hasta el pasado 2016, que cambió la historia y, claro, hubo que celebrarlo.

Coincidiendo casualmente con este hito deportivo llegó a las bibliotecas Yo, Bill Murray, una biografía en español del genio estadounidense desarrollada por la periodista cordobesa Marta Jiménez y editada por Bandaàparte Editores.

Yo, Bill Murray tuvo que salvar el escollo obvio de que, si no es el mismo Murray el que te contacta, no podrás hablar con él para escribir su biografía. Por eso, Marta Jiménez dedujo que tendría que darse un baño de Murray y construir su relato mezclando los hechos constatados y su propia visión de la persona y el personaje. «Yo era fan de Bill Murray como cualquier persona en el mundo. Sin embargo, me salieron todos los complejos locales de una periodista de cine que vive en Córdoba. Empecé a leer artículos al azar antes de aceptar el proyecto (aunque sabía que iba a decir que sí). Me di cuenta de que Bill Murray es tan patrimonio de una mujer que habla inglés en Chicago como de una tía que vive en Córdoba y escribe en español».

Mi cruz es que la gente me vea como un tipo gracioso. Sólo soy yo mismo y si esa es la imagen que tienen de mí, algo estoy haciendo mal

Los cimientos bibliográficos de esta biografía se han construído sumando todos los libros que se habían publicado acerca del actor antes de octubre del pasado año –todos en inglés–, la filmografía del actor y «más de mil artículos, desde el blog más pequeño a Variety o el New York Times». La escritora ha compuesto un personal puzzle de Murray siempre atado a los hecho comprobados.

Los cimientos bibliográficos de esta biografía se han construído sumando todos los libros que se habían publicado acerca del actor antes de octubre del pasado año –todos en inglés–, la filmografía del actor y «más de mil artículos, desde el blog más pequeño a Variety o el New York Times». La escritora ha compuesto un personal puzzle de Murray siempre atado a los hecho comprobados.

Marta Jiménez dice que hasta que se puso con la fase de documentación del libro, «era bastante incrédula sobre el hecho de que la proyección que Murray tiene sobre el mundo no fuera una construcción. He descubierto que hay muy poco artificio. Hace exactamente lo que le da la gana». Esa ausencia de límites hacen que el actor sea capaz tanto de pasar desapercibido en un vuelo low cost como de darse un baño de masas en Comic Con. «Tenía la imagen de que podía estar un poco pirado pero he visto que no, que tiene una filosofía de vida muy tranquila y le da mucha importancia al hecho de estar en paz con todo, de estar en sintonía con todo lo que le rodea».

La visión murrayniana de la vida no siempre fue tal. Los años locos del Saturday Night Live se cobraron alguna que otra víctima, como John Belushi, y sirvieron de trampolín para una existencia de vértigo que alcanzó la velocidad de la luz con Cazafantasmas. La película fue un éxito en todo el planeta pero, muy poco después, el fracaso en taquilla de El filo de la navaja hizo que relativizara el trabajo y el éxito. Fue entonces, en 1985, cuando Bill Murray sintió la necesidad de parar un poco.

Murray se mudó a París y se matriculó en la Sorbona, en Filosofía e Historia. Comenzó a la vez a estudiar las enseñanzas del maestro armenio George Ivánovich Gurdjíeff y, por si eso fuera poco, fue padre. El cóctel de éxito, fracaso, espiritualidad y paternidad hicieron que replantease su manera de abordar la vida. En ese momento, decidió que cuanto mejor se lo pasase, mejor viviría.

Desde entonces, Bill Murray ha disuelto la línea que separa su vida personal de la profesional. Decidió que haría sólo los papeles que le apeteciera y que, en consecuencia, ya no necesitaba un agente. Ese despido ha hecho que amigos próximos como George Clooney o Naomi Watts tengan que hacer de involuntarios y sacrificados intermediarios entre contratantes y actor. Sin mucho éxito, cabe reseñar.

A partir del dogma de pasarlo lo mejor posible cada día de su existencia, la esencia de Bill Murray es equiparable a la de cualquier persona normal. Es un contenedor de contradicciones capaz de doblar al gato Garfield en dos infames películas sólo por apechugar con una mala decisión y porque, de paso, llena el bolsillo fácilmente. Es capaz de aparecer en una peli infumable sólo por echar un cable a un amigo. Es capaz de hacerse una foto con un extraño por la calle porque en la vida «todo es mucho más sencillo de lo que parece: se trata de hacer felices a los demás».

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Todos somos así. En ocasiones hacemos las cosas por principios, otras por la pasta, otras por aportar un poco de felicidad al mundo y otras por ayudar a un amigo. Otras veces, hacemos lo contrario y somos esclavos de comportamientos paradójicos. Es muy cansado ser coherente y digno todo el tiempo. De eso va lo de ser humano y a Bill Murray se le está dando muy bien.

La sucesión de situaciones y anécdotas del universo Murray es delirante. Por eso, es una buena idea afrontar este recorrido por su vida con los ojos abiertos y la credulidad abierta de par en par. Para Marta Jiménez, «escribir un libro sin hablar con él ha sido una liberación personal. Iba sin la mochila de sus declaraciones. He interpretado con mucha documentación al personaje, al actor, al icono y a la trayectoria que ha llevado su carrera, que ha desembocado en este momento indie en el que ha sofisticado sus personajes».

Al final, a Jiménez le ocurre como a cualquiera de nosotros: todos hemos imaginado alguna vez que somos amigos de Bill Murray. La escritora se ha construido la identidad completa del personaje. O de la persona, si se puede diferenciar una cosa de otra.

Portada de 'Yo, Bill Murray', por Pedro Peinado.
Portada de ‘Yo, Bill Murray’, por Pedro Peinado.

 

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