11 de junio 2013    /   CIENCIA
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La capacidad de estar alerta ante lo inesperado nos permite apreciar la belleza

11 de junio 2013    /   CIENCIA     por          
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El cerebro es un órgano muy útil pero tremendamente costoso. En reposo consume el 20% del oxígeno del cuerpo, aunque solo supone el 2% de su peso. En las sociedades occidentales modernas, donde la obesidad es más frecuente que la inanición, esta cuestión puede parecer irrelevante, pero en la sabana africana de hace varios millones de años, donde nuestro cerebro empezó a tomar forma y no había neveras de las que picar entre horas, cualquier añadido a esa sofisticada máquina tenía que estar justificado. ¿Cuál sería entonces la ventaja evolutiva de algo tan aparentemente poco práctico como poder apreciar la belleza?

Para tratar de responder a este tipo de preguntas, un equipo de investigadores liderado desde el IFISC (UIB/CSIC) lleva años estudiando la actividad cerebral de las personas en el momento de apreciación estética. Aunque en un principio se identificaban áreas cerebrales, con el tiempo, los investigadores han identificado redes de neuronas que se activan al mismo tiempo cuando se percibe algo bello. Además, según explica Camilo J. Cela-Conde, director del grupo EvoCog, “es posible ver la conectividad funcional entre neuronas que se activan y desactivan al mismo tiempo aunque no se sepa cuál es la conexión anatómica entre ellas”.
Ahora, el equipo de Cela-Conde, según explica en un artículo publicado esta semana en la revista PNAS en el que también ha colaborado el Centro de Tecnología Biomédica de Madrid, ha logrado identificar cuál es la reacción de nuestro cerebro en cada uno de los instantes posteriores a percibir un estímulo estético. Mediante magnetoencefalografía, un sistema que detecta los campos magnéticos generados por la actividad de las neuronas, analizaron lo que sucedía en los cerebros de 24 participantes cuando les enseñaban distintas imágenes. Así descubrieron que en un primer instante, tras observar la imagen, entre los 0,25 y los 0,75 segundos, se producen las interacciones neuronales propias de cuando se presta atención, pero cuando el voluntario se enfrentaba a una imagen que le resultaba bella, entre segundo y segundo y medio después, se activaba la DMN, una red neuronal que está activa por defecto cuando nos encontramos en reposo y que se desactiva cuando se presta atención a algo. “Es como si se utilizase esta red para descubrir el sentido de la belleza, no buscando respuestas a cuestiones directas y específicas sino buscando con la mente divagadora”, explica Cela-Conde.

El momento ¡Ahá!

Este proceso mental sería similar a lo que se conoce como el ‘momento ¡Ahá!’ o ‘momento ¡Eureka!’, en el que se encuentra la solución a un problema de una forma aparentemente casual, sin estar centrado en su resolución. Ese momento también está relacionado con la red DMN, que se activa cuando nuestro cerebro está en reposo. Este hallazgo iría en la línea de otros que muestran que algunas dicotomías tradicionales, como orientado frente a no orientado o divagación mental frente a objetivo mental, pueden, como sucede en el caso de la apreciación estética, no ser adecuados para explicar cómo funcionan algunos procesos del pensamiento.
Volviendo a la explicación de por qué podemos apreciar la belleza, los autores plantean que esa capacidad pudo ser un subproducto de la mente divagadora, un estado de prealerta que permitiría estar en reposo, pero con la posibilidad de reaccionar ante un estímulo que llame la atención o pueda ser de interés. Esta herramienta, que habría servido para valorar objetos necesarios para la supervivencia, como la comida o los depredadores, se acabó utilizando también para disfrutar de experiencias estéticas que aparecían como algo de especial valor para la mente divagadora que de repente se fijaba en ellas.
El origen de esta capacidad en la sabana estaría, según cuenta Cela-Conde, detrás del gusto por construir jardines en nuestras ciudades y, cuando se tiene la oportunidad, en nuestras casas. En la elevada consideración estética que se tiene por esos pequeñitos trozos de sabana se encontrarían las reminiscencias del lugar donde los humanos empezaron a apreciar la belleza.
REFERENCIA: ‘Dynamics of brain networks in the aesthetic appreciation’ DOI:10.1073/pnas.1302855110

Materia es una redacción de noticias de ciencia, medio ambiente, salud y tecnología, comprometida con la elaboración de información de alta calidad, con rigor e independencia. Los contenidos de Materia pueden ser republicados gratuitamente. Lee, piensa, comparte.
Imagen de portada: Recreación de un grupo de homínidos de hace dos millones de años, cuando aparecieron muchas de las capacidades cognitivas modernas / Universidad de Iowa

El cerebro es un órgano muy útil pero tremendamente costoso. En reposo consume el 20% del oxígeno del cuerpo, aunque solo supone el 2% de su peso. En las sociedades occidentales modernas, donde la obesidad es más frecuente que la inanición, esta cuestión puede parecer irrelevante, pero en la sabana africana de hace varios millones de años, donde nuestro cerebro empezó a tomar forma y no había neveras de las que picar entre horas, cualquier añadido a esa sofisticada máquina tenía que estar justificado. ¿Cuál sería entonces la ventaja evolutiva de algo tan aparentemente poco práctico como poder apreciar la belleza?

Para tratar de responder a este tipo de preguntas, un equipo de investigadores liderado desde el IFISC (UIB/CSIC) lleva años estudiando la actividad cerebral de las personas en el momento de apreciación estética. Aunque en un principio se identificaban áreas cerebrales, con el tiempo, los investigadores han identificado redes de neuronas que se activan al mismo tiempo cuando se percibe algo bello. Además, según explica Camilo J. Cela-Conde, director del grupo EvoCog, “es posible ver la conectividad funcional entre neuronas que se activan y desactivan al mismo tiempo aunque no se sepa cuál es la conexión anatómica entre ellas”.
Ahora, el equipo de Cela-Conde, según explica en un artículo publicado esta semana en la revista PNAS en el que también ha colaborado el Centro de Tecnología Biomédica de Madrid, ha logrado identificar cuál es la reacción de nuestro cerebro en cada uno de los instantes posteriores a percibir un estímulo estético. Mediante magnetoencefalografía, un sistema que detecta los campos magnéticos generados por la actividad de las neuronas, analizaron lo que sucedía en los cerebros de 24 participantes cuando les enseñaban distintas imágenes. Así descubrieron que en un primer instante, tras observar la imagen, entre los 0,25 y los 0,75 segundos, se producen las interacciones neuronales propias de cuando se presta atención, pero cuando el voluntario se enfrentaba a una imagen que le resultaba bella, entre segundo y segundo y medio después, se activaba la DMN, una red neuronal que está activa por defecto cuando nos encontramos en reposo y que se desactiva cuando se presta atención a algo. “Es como si se utilizase esta red para descubrir el sentido de la belleza, no buscando respuestas a cuestiones directas y específicas sino buscando con la mente divagadora”, explica Cela-Conde.

El momento ¡Ahá!

Este proceso mental sería similar a lo que se conoce como el ‘momento ¡Ahá!’ o ‘momento ¡Eureka!’, en el que se encuentra la solución a un problema de una forma aparentemente casual, sin estar centrado en su resolución. Ese momento también está relacionado con la red DMN, que se activa cuando nuestro cerebro está en reposo. Este hallazgo iría en la línea de otros que muestran que algunas dicotomías tradicionales, como orientado frente a no orientado o divagación mental frente a objetivo mental, pueden, como sucede en el caso de la apreciación estética, no ser adecuados para explicar cómo funcionan algunos procesos del pensamiento.
Volviendo a la explicación de por qué podemos apreciar la belleza, los autores plantean que esa capacidad pudo ser un subproducto de la mente divagadora, un estado de prealerta que permitiría estar en reposo, pero con la posibilidad de reaccionar ante un estímulo que llame la atención o pueda ser de interés. Esta herramienta, que habría servido para valorar objetos necesarios para la supervivencia, como la comida o los depredadores, se acabó utilizando también para disfrutar de experiencias estéticas que aparecían como algo de especial valor para la mente divagadora que de repente se fijaba en ellas.
El origen de esta capacidad en la sabana estaría, según cuenta Cela-Conde, detrás del gusto por construir jardines en nuestras ciudades y, cuando se tiene la oportunidad, en nuestras casas. En la elevada consideración estética que se tiene por esos pequeñitos trozos de sabana se encontrarían las reminiscencias del lugar donde los humanos empezaron a apreciar la belleza.
REFERENCIA: ‘Dynamics of brain networks in the aesthetic appreciation’ DOI:10.1073/pnas.1302855110

Materia es una redacción de noticias de ciencia, medio ambiente, salud y tecnología, comprometida con la elaboración de información de alta calidad, con rigor e independencia. Los contenidos de Materia pueden ser republicados gratuitamente. Lee, piensa, comparte.
Imagen de portada: Recreación de un grupo de homínidos de hace dos millones de años, cuando aparecieron muchas de las capacidades cognitivas modernas / Universidad de Iowa

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Opiniones 6
  • Muy interesante! Muchos artistas coinciden en que en el momento de crear se sienten igual que al percibir la belleza, como perdidos, inmersos, en trance… Me encanta Yorokobu! La conozco hace poquito pero me encanta!

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