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8 de octubre 2013    /   ENTRETENIMIENTO
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El origen de los dichos: La casa de Tócame Roque

8 de octubre 2013    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Seguro que más de uno recurrirá a esta expresión en alguna reunión de vecinos. Porque la casa de Tócame Roque es aquella donde reina la confusión y hay con frecuencia alborotos y riñas. Y ese tipo de festejos se produce en estos eventos vecinales con más frecuencia de la que sería deseable.


Lo cierto es que esa casa sí existió. Se encontraba en Madrid, en el cruce de la calle Barquillo con la calle Belén. Todavía hoy existe una placa conmemorativa que recuerda el lugar exacto en el que se situaba. Ramón de la Cruz la inmortalizó en uno de sus sainetes titulado La Petra y la Juana o el buen casero. Y otros autores como Mesonero Romanos también se inspiraron en ella y en este tipo de edificios para construir sus imágenes costumbristas.

El edificio era una antigua corrala, con varios patios y muchas viviendas, vieja, fea y hecha un asquito, habitada por gentes de toda procedencia, especialmente por chisperos (herreros) que solían hacer sus trabajos en los patios de la misma. En total eran unos 80 vecinos que vivían en unas condiciones no muy buenas. Más o menos como en algún que otro edificio de renta antigua que todavía existen en la capital, donde el abandono por parte de los dueños es absoluto, buscando echar por fin a los inquilinos que habitan allí y poder especular con la venta del edificio.

Pero a lo que estamos. ¿Por qué lo de Tócame Roque? Según cuenta Fernández de los Ríos (Madrid, 1821-París, 1880), editor, historiador y periodista –entre otras muchas cosas-, en su obra Guía de Madrid, la casa perteneció a dos hermanos llamados Juan y Roque. Debido a una herencia mal resuelta, ambos se disputaban la propiedad de la misma y discutían con mucha frecuencia y muy acaloradamente sobre a quién tocaba el edificio en el reparto: “Tócame, Roque”, decía Juan a voz en grito. A lo que Roque contestaba: “¡No, no! ¡Tócame a mí”. “¡Que no, que tócame Roque!”… (y así, ad infinitum).Y como las paredes oyen y mucho más si los gritos de una bronca las atraviesan, no tardó mucho el chascarrillo en correr de boca en boca por las calles de Madrid, burlándose de la disputa.

No he encontrado por ningún lado a cuál de los dos hermanos acabó siendo otorgada por fin la corrala. Así que no puedo dar un final digno a la historia. Pero está comprobado que el “tócame, Roque” de Juan triunfó más que Manolete en el ruedo.

Lo de las riñas debía ser una maldición de esas que se apodera de algunos edificios y que da para hacer películas de terror. Solo que en la que nos ocupa, la bronca más famosa no fue la de los dos hermanos, sino la que montaron los vecinos de la corrala cuando el Ayuntamiento dio orden de derribarla, allá por 1850, por insegura e insalubre dicen algunos, pero sobre todo por la remodelación urbanística que se quería hacer allí. La historia nos suena, ¿no? Si es que hay cosas que no cambian mucho.

El dueño del edificio anunció a los inquilinos que debían desalojarlo y les dio un plazo de dos meses para irse. Pero los vecinos no estaban por la labor, amenazando además al propietario con hacerle mucha pupita. Volvió el dueño a darles otro plazo de tres meses que tampoco respetaron. Y así hasta que tuvo que intervenir la fuerza del orden público y echarles de allí a ‘golpe de autoridad’, no sin antes salir calentitos de la casa. Les desalojaron, sí. Pero tardaron más de un año en desahuciarles y se llevaron lo suyo. ¡Buenos eran los chisperos!

Seguro que más de uno recurrirá a esta expresión en alguna reunión de vecinos. Porque la casa de Tócame Roque es aquella donde reina la confusión y hay con frecuencia alborotos y riñas. Y ese tipo de festejos se produce en estos eventos vecinales con más frecuencia de la que sería deseable.


Lo cierto es que esa casa sí existió. Se encontraba en Madrid, en el cruce de la calle Barquillo con la calle Belén. Todavía hoy existe una placa conmemorativa que recuerda el lugar exacto en el que se situaba. Ramón de la Cruz la inmortalizó en uno de sus sainetes titulado La Petra y la Juana o el buen casero. Y otros autores como Mesonero Romanos también se inspiraron en ella y en este tipo de edificios para construir sus imágenes costumbristas.

El edificio era una antigua corrala, con varios patios y muchas viviendas, vieja, fea y hecha un asquito, habitada por gentes de toda procedencia, especialmente por chisperos (herreros) que solían hacer sus trabajos en los patios de la misma. En total eran unos 80 vecinos que vivían en unas condiciones no muy buenas. Más o menos como en algún que otro edificio de renta antigua que todavía existen en la capital, donde el abandono por parte de los dueños es absoluto, buscando echar por fin a los inquilinos que habitan allí y poder especular con la venta del edificio.

Pero a lo que estamos. ¿Por qué lo de Tócame Roque? Según cuenta Fernández de los Ríos (Madrid, 1821-París, 1880), editor, historiador y periodista –entre otras muchas cosas-, en su obra Guía de Madrid, la casa perteneció a dos hermanos llamados Juan y Roque. Debido a una herencia mal resuelta, ambos se disputaban la propiedad de la misma y discutían con mucha frecuencia y muy acaloradamente sobre a quién tocaba el edificio en el reparto: “Tócame, Roque”, decía Juan a voz en grito. A lo que Roque contestaba: “¡No, no! ¡Tócame a mí”. “¡Que no, que tócame Roque!”… (y así, ad infinitum).Y como las paredes oyen y mucho más si los gritos de una bronca las atraviesan, no tardó mucho el chascarrillo en correr de boca en boca por las calles de Madrid, burlándose de la disputa.

No he encontrado por ningún lado a cuál de los dos hermanos acabó siendo otorgada por fin la corrala. Así que no puedo dar un final digno a la historia. Pero está comprobado que el “tócame, Roque” de Juan triunfó más que Manolete en el ruedo.

Lo de las riñas debía ser una maldición de esas que se apodera de algunos edificios y que da para hacer películas de terror. Solo que en la que nos ocupa, la bronca más famosa no fue la de los dos hermanos, sino la que montaron los vecinos de la corrala cuando el Ayuntamiento dio orden de derribarla, allá por 1850, por insegura e insalubre dicen algunos, pero sobre todo por la remodelación urbanística que se quería hacer allí. La historia nos suena, ¿no? Si es que hay cosas que no cambian mucho.

El dueño del edificio anunció a los inquilinos que debían desalojarlo y les dio un plazo de dos meses para irse. Pero los vecinos no estaban por la labor, amenazando además al propietario con hacerle mucha pupita. Volvió el dueño a darles otro plazo de tres meses que tampoco respetaron. Y así hasta que tuvo que intervenir la fuerza del orden público y echarles de allí a ‘golpe de autoridad’, no sin antes salir calentitos de la casa. Les desalojaron, sí. Pero tardaron más de un año en desahuciarles y se llevaron lo suyo. ¡Buenos eran los chisperos!

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