6 de septiembre 2013    /   CIENCIA
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La ciencia de los mejillones

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Los mejillones son parte del alma de Galicia, segundo productor mundial de estos moluscos tras China. Su consumo está documentado desde el siglo IV antes de Cristo; pero hubo que esperar hasta 1945, cuando se fondea la primera batea en la ría de Arousa, a que se disparase su cría. La técnica se expande por el resto de las rías Baixas, donde todavía hoy siguen la mayoría de estas 3.337 estructuras que dan de media entre 250.000 y 300.000 toneladas de mejillones al año. Pero además de una gran riqueza culinaria -pruébalos en salsa de ribeiro con cachelos- y económica -genera sobre 11.500 puestos de trabajo directo y 7.000 indirectos, con una facturación anual de entre los 120 y 150 millones de euros-, los mejillones llevan años dando alegrías a la comunidad científica. La última: desentrañar el secreto que esconden sus filamentos de biso.

Los encargados de desvelar el misterio que permite a los mejillones aguantar los envites del mar han sido el investigador Zhao Quin y el profesor de ingeniería ambiental y civil Markus Buehler, ambos vinculados al Massachusetts Institute of Technology. “La verdad es que los hilos de los mejillones, si se les aplica una fuerza de estiramiento estático, son frágiles debido a que son delgados y el área de contacto es mucho menor que en la ostra o el percebe”, explica Quin, “pero en un entorno dinámico les permiten sobrevivir mediante la absorción de la fuerza de impacto, que puede llegar a ser hasta nueve veces la de estiramiento estático”. “Este se debe”, razona, “a que la composición de estos hilos es única”.

Sobre el 80% del largo de los hilos de biso es de un material rígido, que es el que se adhiere a la roca, mientras que el 20% restante, de carácter elástico, está unido al propio mejillón. “Esta combinación funciona como una cuerda elástica muy bien diseñada, que puede parar la caída de una persona desde una gran altura sin causarle lesiones porque la región más fuerte ralentiza la caída y la más elástica hace que el proceso sea gradual”, ejemplifica.

Esta no es la primera vez que las batas blancas se fijan en las propiedades de los hilos de los mejillones. Phillip Messersmith, profesor de ingeniería biomédica de la Northwest University de Chicago, se basó en el pegamento que adhiere los filamentos a las rocas o maderas para producir un químico que mimetiza sus propiedades con aplicaciones en medicina como sellador para la reparación de la membrana fetal, autoconfiguración de hidrogeles antibacterianos y polímeros para la entrega de fármacos contra el cáncer y la destrucción térmica de las células cancerosas.

El origen genético de este pegamento podría estar entre los datos que Antonio Figueras, experto en patología y biología de moluscos del Instituto de Investigaciones Marinas de Vigo, tiene en su ordenador. Desde 2010 lidera un proyecto para secuenciar el genoma del mejillón gallego, el Mytilus galloprovincialis, que busca abrir la puerta a otros desarrollos biotecnológicos. Como por ejemplo alguno relacionado con el antibiótico natural del mejillón que descubrieron hace un lustro en este mismo centro y que explica su gran resistencia.

Muestra de esto es que los mejillones, que obtienen su alimento filtrando el agua del mar y quedándose los nutrientes, llevan décadas usándose como indicadores de la contaminación marina. En Nueva York, científicos del Northeast Fisheries Science Center intentan usar estas propiedades de filtrado para descontaminar de nitrógeno las aguas del río Bronx. Este proyecto piloto pretende evaluar la potencialidad de acuicultura como limpiador de aguas urbanas.

“El conocimiento que estamos adquiriendo de los mejillones”, razona sobre su proyecto Quin, “nos puede guiar hacia el diseño de nuevos materiales”. Un pegamento submarino y que permite fijar sensores o dispositivos que estén bajo el agua sometidos a entornos dinámicos; suturas médicas en huesos, tendones o dientes ya que tienen que ser biocompatibles y funcionar en humedad, quién se lo diría al primer neardental que le dio por comerse uno.
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Los encargados de desvelar el misterio que permite a los mejillones aguantar los envites del mar han sido el investigador Zhao Quin y el profesor de ingeniería ambiental y civil Markus Buehler, ambos vinculados al Massachusetts Institute of Technology. “La verdad es que los hilos de los mejillones, si se les aplica una fuerza de estiramiento estático, son frágiles debido a que son delgados y el área de contacto es mucho menor que en la ostra o el percebe”, explica Quin, “pero en un entorno dinámico les permiten sobrevivir mediante la absorción de la fuerza de impacto, que puede llegar a ser hasta nueve veces la de estiramiento estático”. “Este se debe”, razona, “a que la composición de estos hilos es única”.

Sobre el 80% del largo de los hilos de biso es de un material rígido, que es el que se adhiere a la roca, mientras que el 20% restante, de carácter elástico, está unido al propio mejillón. “Esta combinación funciona como una cuerda elástica muy bien diseñada, que puede parar la caída de una persona desde una gran altura sin causarle lesiones porque la región más fuerte ralentiza la caída y la más elástica hace que el proceso sea gradual”, ejemplifica.

Esta no es la primera vez que las batas blancas se fijan en las propiedades de los hilos de los mejillones. Phillip Messersmith, profesor de ingeniería biomédica de la Northwest University de Chicago, se basó en el pegamento que adhiere los filamentos a las rocas o maderas para producir un químico que mimetiza sus propiedades con aplicaciones en medicina como sellador para la reparación de la membrana fetal, autoconfiguración de hidrogeles antibacterianos y polímeros para la entrega de fármacos contra el cáncer y la destrucción térmica de las células cancerosas.

El origen genético de este pegamento podría estar entre los datos que Antonio Figueras, experto en patología y biología de moluscos del Instituto de Investigaciones Marinas de Vigo, tiene en su ordenador. Desde 2010 lidera un proyecto para secuenciar el genoma del mejillón gallego, el Mytilus galloprovincialis, que busca abrir la puerta a otros desarrollos biotecnológicos. Como por ejemplo alguno relacionado con el antibiótico natural del mejillón que descubrieron hace un lustro en este mismo centro y que explica su gran resistencia.

Muestra de esto es que los mejillones, que obtienen su alimento filtrando el agua del mar y quedándose los nutrientes, llevan décadas usándose como indicadores de la contaminación marina. En Nueva York, científicos del Northeast Fisheries Science Center intentan usar estas propiedades de filtrado para descontaminar de nitrógeno las aguas del río Bronx. Este proyecto piloto pretende evaluar la potencialidad de acuicultura como limpiador de aguas urbanas.

“El conocimiento que estamos adquiriendo de los mejillones”, razona sobre su proyecto Quin, “nos puede guiar hacia el diseño de nuevos materiales”. Un pegamento submarino y que permite fijar sensores o dispositivos que estén bajo el agua sometidos a entornos dinámicos; suturas médicas en huesos, tendones o dientes ya que tienen que ser biocompatibles y funcionar en humedad, quién se lo diría al primer neardental que le dio por comerse uno.
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