3 de marzo 2014    /   CIENCIA
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La creciente legión de argentinos que consume ansiolíticos como golosinas

3 de marzo 2014    /   CIENCIA     por          
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Un nuevo vocablo se ha instalado en la jerga y cultura porteñas. Pero no se trata de un neologismo lunfardo y canyengue, sino que es la marca registrada del ansiolítico estrella de esta década. Si en los 80 fue el Valium; en los 90, el Lexotanil; en el 2000, el Alplax… hoy el psicofármaco de moda es el RIVOTRIL®

Doing Now What Patients Need Next

Cuando un nuevo término se populariza es porque el fenómeno ya resulta omnipresente. (Así surgieron en Argentina palabras como limado (arruinado definitivamente por el uso excesivo de cocaína. «No se puede hablar con él, está limado»), o cajonear (ocultar un expediente judicial hasta la prescripción de la causa. «Hágame el favor, licenciado, y cajonéeme esa causa»).

Pero curiosamente existen vocablos creados por visionarios, adelantados a la necesidad y a la propia consciencia humana. Estos preceden al fenómeno y por ello se insertan inmediata y definitivamente en el habla popular. Así ha ocurrido con la marca más conocida de ansiolítico, Rivotril. Doing Now What Patients Need Next es el slogan de una de las divisiones de Roche, propietaria de este medicamento.

Desde Suiza con amor

El ansiolítico Rivotril (Clonazepam) o pastilla de la felicidad, se receta a pacientes con trastornos de ansiedad y ataques de pánico, pero lo usan y abusan ciudadanos de a pie a lo largo y lo ancho del país. Aparece con la misma frecuencia en conversaciones entre adolescentes, cincuentones, amas de casa, funcionarios, comerciantes o profesionales. Médicos clínicos y psiquiatras lo recetan habitualmente, algunos como si se tratara de una golosina.

Incluso el cómico Diego Capusotto ha parodiado la omnipresencia de la pastillita disfrazánose como una suerte de transformer cutre-nipón, Robotril.

En el mundo virtual ocurre lo mismo; una búsqueda ofrecerá página tras página de resultados: otras marcas de ansiolíticos con clonazepam, reportajes de dudosa seriedad sobre los efectos del medicamento, el efecto coctel al mezclárselo con alcohol y hasta portales de comercio online que lo venden por cajas.

¿Dónde está Wally?

Pero una cosa es conseguir Clonazepam y otra muy distinta que alguien hable acerca de ello. Pienso en un visitador médico, que podría informarme directamente. «Nadie con estudios secundarios gana la guita que gana esta gente, mi amigo no te va a decir nada», advirtió mi contacto.

Los índices de adición a psicofármacos en Argentina son altísimos, pero las cifras no son fáciles de conseguir. Telefoneo a una periodista de uno de los dos diarios más vendidos del país. «¿Dónde puedo averiguar cuánto Rivotril se vende en Argentina?». «Esas cosas no se publican», responde la periodista, «las farmacéuticas pertenecen al sector privado y no les interesa que se sepan esas cosas. Además, en Argentina hay una crisis de estadística, así que esa data la tenés que conseguirla a pulmón (id est, por las tuyas)».

Aun así, la periodista me conecta con dos especialistas que se dedican al tema. La primera, me indica que lea el artículo de Marcelo Larraquy acerca del despido de 17 jefes técnicos del SEDRONAR (la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico). Las cosas en Sudamérica nunca son ni unidimensionales ni sencillas.

La segunda especialista me da el número telefónico de un experto, pero no me suministra más información.

No sé qué está ocurriendo. Solo busco una cifra acerca del ansiolítico más utilizado en Argentina y siento que estoy inmerso en una película de Oliver Stone.

El largo adiós

Para no perder el tiempo, en el ínterin he intentado contactar con dos técnicos de la industria, un hombre y una mujer. Él es ingeniero de una afamada farmacéutica alemana. Quiero preguntarle cuánto dinero mueve el negocio del Clonazepam en el país. La mujer, es una bioquímica empleada de una farmacéutica extranjera.

Han pasado tres días y ninguno de los dos ha dado señales de vida. Así que llamo al experto, tampoco contesta.

El teléfono empieza a sonar

Es el ingeniero de la afamada farmacéutica alemana. Le pregunto si conoce a alguien que pueda facilitarme cifras, aunque sea de aspirinas. Oigo voces, y le pregunto si puede hablar. «Sí, es gente de confianza… Mirá, yo no estoy en ese sector, pero ningún laboratorio grande te va a dar información oficial, y mucho menos de psicofármacos. Son muy cerrados y hay mucho hermetismo por miedo a acciones judiciales. Sobre todo con el ambiente impositivo actual. Después de la industria del armamento viene la industria farmacéutica. Además los laboratorios no facilitan esa información porque los medicamentos tienen un margen costo/beneficio increíble. Deberías ponerte en contacto con droguerías (distribuidores) o bocas de expendio, son fuentes de entrecasa, pero podrían darte una idea de cifras».

Jorge es amigo del ingeniero y dueño de una farmacia en el barrio porteño de Belgrano. Voy a hacerle una visita. Le pregunto cuánto Rivotril vende al día. «Unas cuatro cajas, hay de 30, 50 y 60 comprimidos». Estoy entrando en el mundo del pastilleo al por mayor, porque yo no he visto en mi vida una caja de sesenta comprimidos. Calculando conservadoramente una media de 40 unidades por paquete, Jorge vende unas 60.000 pastillas al año. «Eso, de Rivotril, que es una presentación, una marca. Hay muchas otras». Me cuesta creerle, así que le pido que me nombre algunas de memoria. Él ni se lo piensa: «Clonagin, Diocam, Induzepam, Leptic, Flozepam, Edictum, Sedovanon, Clonax, Ribocler… y fácil otras diez más. Se usa mucho para calmar el estrés y la ansiedad, pero también para bajar cuando tomaron mucha coca. Antes tomaban alcohol, pero tenían que chuparse una botella».

¿Dónde queda la ética cuando se venden cantidades tan brutales de psicofármacos? Jorge se encoge de hombros. «Eso es lo que vendo yo. En internet se vende mucho, mucho más, y sin receta. El mercado negro es inmenso y no hay control. Acá viene mucha gente a comprar sin receta o con recetas truchas (falsas). Yo no les vendo. Pero hay mucha careta (doble moral) porque por más que el presidente del Colegio de Farmacéuticos mencione el tema en sus discursos, esto es un negocio: nosotros vendemos medicamentos».

Le cuento lo que me ha dicho su amigo, acerca de que después de la industria del armamento venía la industria de los medicamentos. El farmacéutico se ríe, «esto también es un arma».

1robotril

Aparece Wally

«Hola, soy Marcelo. ¿Con quién hablo…?» Le explico. “¿Y vos sos amigo de quién…?” Le cuento. “¿De qué medio…?” Le aclaro, y añado que la búsqueda de un simple dato se me ha convertido en cuatro días de trabajo. Le hago la pregunta acerca de la cifra que buscaba desde el principio y que me trajo hasta aquí.

«Son 4 millones de unidades al año», me contesta. «Una unidad es una caja. En ambos mercados, el blanco y el negro. 75% de ese mercado es de Roche, el resto de laboratorios chicos». Hago la cuenta. A una media de 40 comprimidos por caja, son unos 160 millones de pastillas, que se suelen tomar de a mitades o cuartos… es decir, entre 320 y 640 millones de dosis… Eso significa entre 900.000 y 1.800.000 personas medicadas cada día el año… Pero si esas personas se drogaran solo durante picos de ansiedad, digamos, la mitad de la semana, la cifra saltaría a entre 4 y 8 millones, de una población de 40. Es mucha gente. «Más que los adictos a la cocaína», comenta Marcelo. «Es un problema de salud pública. Y las mujeres toman más que los hombres en una proporción de de 7 a 3».

«¿Y vas a hablar de los efecto secundarios?», pregunta Marcelo. Yo no sabía que el Clonazepam los tuviera. «A partir del año de adicción, los efectos secundarios se vuelven serios: trastornos del sueño, irritabilidad, agresión, conductas suicidas o asesinas». Pregunto por qué asesinas, ya que me suena un poco extremo.

«Porque al inhibir los miedos y la precaución, el consumidor no se asusta al asomarse a un balcón, por ejemplo. Y asesinas, porque el consumidor no mide con quién se enfrenta ni las consecuencias del enfrentamiento».

Este artículo iba a ser una pieza ligera sobre un psicofármaco habitual, fácil de conseguir, barato y culturalmente aceptado, pero acabo hablando con un experto misterioso. Así que le pregunto dónde trabaja y si lo puedo citar. «Claro, me llamo Marcelo Peretta, del Sindicato Argentino de Farmacéuticos y Bioquímicos».

El malestar en la cultura

Encontrar psicólogos en la Argentina es todavía más fácil que encontrar a un consumidor de Rivotril. La duda que les planteo a ambas profesionales, aunque parezca obvia, es la siguiente: ¿por qué una persona necesita tomar ansiolíticos?

«Porque adormecen las incertidumbres, las contradicciones, las imposiciones de un sistema que te pisa constantemente los talones y la presión añadida de mantener la consistencia que los demás esperan de uno», explica Silvana Reinoso.

Alejandra García, añade: «Hay un punto en que las personas no aceptan el malestar en una sociedad en la que supuestamente hay que estar contento. Te doy un ejemplo: cuando un niño se golpea y llora, la primera reacción de la madre es decirle ‘no pasó nada’. Pero sí pasó, el niño se cayó y se lastimó y es lógico que llore. Es la madre la que es intolerante frente a la angustia del hijo. Y como sociedad, somos intolerantes ante la angustia de los demás, y también ante las cosas que no ocurren inmediatamente. Deseamos una sociedad sin frustraciones».

Silvana Reinoso, remata:«La gente no se banca (soporta) la ansiedad de vivir, reconocer que tiene sus límites como todo. Somos una sociedad que se nutre de objetos y, la verdad, hacemos muy poco trabajo espiritual».

1capusotto

El fan

Pero esta nota no estaría completa si no hablara con un representante de la mayoría silenciosa, que es abrumadora y no tan silenciosa, ya que está deshinibida por el Clonazepam. Así que me encuentro con Martín para que me cuente cómo es vivir consumiendo la dichosa pastillita.

«Te dije que sabía de psicofármacos…», sonrie. «Yo antes tomaba Alplax, pero era muy fuerte, me dejaba una resaca como si hubiera tomado alcohol. Pero el Rivotril, el clonazepam, en una dosis baja es copado (guay). Lo normal son 0,5mg, 0,25 por la mañana y 0,25 por la tarde. Te quita la ansiedad y el miedo y yo, que soy tímido y el gentío me pone nervioso, puedo ir a una fiesta y charlar con todo el mundo. Y si quería quedarme en casa, me mantenía tranquilo y podía ordenar y esas cosas. Imaginate, muchos chorros (ladrones) lo usan cuando salen a robar porque les quita el temor, los tranquiliza».

Lo que cuenta Martín contrasta un poco con lo que me han dicho farmacéuticos y psicólogos. Sobre todo en lo referido a las dosis: Martín arranca hablando del doble de miligramos. «Pero crea mucha tolerancia, a los tres meses ya me hacía solo un cuarto del efecto que me hacía al principio. Llegue a tomar hasta 3mg por día. Y cuando quise bajar tardé dos o tres años. El síndrome de abstinencia es muy fuerte: miedo, nervios, pesadillas. Así que cuando volví a tomar, fue como entrar al paraíso».

Le pregunto por qué la gente opta por la pastilla y no por otros ansiolíticos más campechanos como la marihuana o el alcohol, Martín sonríe. «Con la pastilla se puede fingir que no tomas nada, se puede caretear (fingir socialmente). Es la droga de los que no se drogan». Cuando le pregunto cuándo lo dejó, contesta, «Nunca lo dejé, sigo tomando un poquito todos los días».

 

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Doing Now What Patients Need Next

Cuando un nuevo término se populariza es porque el fenómeno ya resulta omnipresente. (Así surgieron en Argentina palabras como limado (arruinado definitivamente por el uso excesivo de cocaína. «No se puede hablar con él, está limado»), o cajonear (ocultar un expediente judicial hasta la prescripción de la causa. «Hágame el favor, licenciado, y cajonéeme esa causa»).

Pero curiosamente existen vocablos creados por visionarios, adelantados a la necesidad y a la propia consciencia humana. Estos preceden al fenómeno y por ello se insertan inmediata y definitivamente en el habla popular. Así ha ocurrido con la marca más conocida de ansiolítico, Rivotril. Doing Now What Patients Need Next es el slogan de una de las divisiones de Roche, propietaria de este medicamento.

Desde Suiza con amor

El ansiolítico Rivotril (Clonazepam) o pastilla de la felicidad, se receta a pacientes con trastornos de ansiedad y ataques de pánico, pero lo usan y abusan ciudadanos de a pie a lo largo y lo ancho del país. Aparece con la misma frecuencia en conversaciones entre adolescentes, cincuentones, amas de casa, funcionarios, comerciantes o profesionales. Médicos clínicos y psiquiatras lo recetan habitualmente, algunos como si se tratara de una golosina.

Incluso el cómico Diego Capusotto ha parodiado la omnipresencia de la pastillita disfrazánose como una suerte de transformer cutre-nipón, Robotril.

En el mundo virtual ocurre lo mismo; una búsqueda ofrecerá página tras página de resultados: otras marcas de ansiolíticos con clonazepam, reportajes de dudosa seriedad sobre los efectos del medicamento, el efecto coctel al mezclárselo con alcohol y hasta portales de comercio online que lo venden por cajas.

¿Dónde está Wally?

Pero una cosa es conseguir Clonazepam y otra muy distinta que alguien hable acerca de ello. Pienso en un visitador médico, que podría informarme directamente. «Nadie con estudios secundarios gana la guita que gana esta gente, mi amigo no te va a decir nada», advirtió mi contacto.

Los índices de adición a psicofármacos en Argentina son altísimos, pero las cifras no son fáciles de conseguir. Telefoneo a una periodista de uno de los dos diarios más vendidos del país. «¿Dónde puedo averiguar cuánto Rivotril se vende en Argentina?». «Esas cosas no se publican», responde la periodista, «las farmacéuticas pertenecen al sector privado y no les interesa que se sepan esas cosas. Además, en Argentina hay una crisis de estadística, así que esa data la tenés que conseguirla a pulmón (id est, por las tuyas)».

Aun así, la periodista me conecta con dos especialistas que se dedican al tema. La primera, me indica que lea el artículo de Marcelo Larraquy acerca del despido de 17 jefes técnicos del SEDRONAR (la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico). Las cosas en Sudamérica nunca son ni unidimensionales ni sencillas.

La segunda especialista me da el número telefónico de un experto, pero no me suministra más información.

No sé qué está ocurriendo. Solo busco una cifra acerca del ansiolítico más utilizado en Argentina y siento que estoy inmerso en una película de Oliver Stone.

El largo adiós

Para no perder el tiempo, en el ínterin he intentado contactar con dos técnicos de la industria, un hombre y una mujer. Él es ingeniero de una afamada farmacéutica alemana. Quiero preguntarle cuánto dinero mueve el negocio del Clonazepam en el país. La mujer, es una bioquímica empleada de una farmacéutica extranjera.

Han pasado tres días y ninguno de los dos ha dado señales de vida. Así que llamo al experto, tampoco contesta.

El teléfono empieza a sonar

Es el ingeniero de la afamada farmacéutica alemana. Le pregunto si conoce a alguien que pueda facilitarme cifras, aunque sea de aspirinas. Oigo voces, y le pregunto si puede hablar. «Sí, es gente de confianza… Mirá, yo no estoy en ese sector, pero ningún laboratorio grande te va a dar información oficial, y mucho menos de psicofármacos. Son muy cerrados y hay mucho hermetismo por miedo a acciones judiciales. Sobre todo con el ambiente impositivo actual. Después de la industria del armamento viene la industria farmacéutica. Además los laboratorios no facilitan esa información porque los medicamentos tienen un margen costo/beneficio increíble. Deberías ponerte en contacto con droguerías (distribuidores) o bocas de expendio, son fuentes de entrecasa, pero podrían darte una idea de cifras».

Jorge es amigo del ingeniero y dueño de una farmacia en el barrio porteño de Belgrano. Voy a hacerle una visita. Le pregunto cuánto Rivotril vende al día. «Unas cuatro cajas, hay de 30, 50 y 60 comprimidos». Estoy entrando en el mundo del pastilleo al por mayor, porque yo no he visto en mi vida una caja de sesenta comprimidos. Calculando conservadoramente una media de 40 unidades por paquete, Jorge vende unas 60.000 pastillas al año. «Eso, de Rivotril, que es una presentación, una marca. Hay muchas otras». Me cuesta creerle, así que le pido que me nombre algunas de memoria. Él ni se lo piensa: «Clonagin, Diocam, Induzepam, Leptic, Flozepam, Edictum, Sedovanon, Clonax, Ribocler… y fácil otras diez más. Se usa mucho para calmar el estrés y la ansiedad, pero también para bajar cuando tomaron mucha coca. Antes tomaban alcohol, pero tenían que chuparse una botella».

¿Dónde queda la ética cuando se venden cantidades tan brutales de psicofármacos? Jorge se encoge de hombros. «Eso es lo que vendo yo. En internet se vende mucho, mucho más, y sin receta. El mercado negro es inmenso y no hay control. Acá viene mucha gente a comprar sin receta o con recetas truchas (falsas). Yo no les vendo. Pero hay mucha careta (doble moral) porque por más que el presidente del Colegio de Farmacéuticos mencione el tema en sus discursos, esto es un negocio: nosotros vendemos medicamentos».

Le cuento lo que me ha dicho su amigo, acerca de que después de la industria del armamento venía la industria de los medicamentos. El farmacéutico se ríe, «esto también es un arma».

1robotril

Aparece Wally

«Hola, soy Marcelo. ¿Con quién hablo…?» Le explico. “¿Y vos sos amigo de quién…?” Le cuento. “¿De qué medio…?” Le aclaro, y añado que la búsqueda de un simple dato se me ha convertido en cuatro días de trabajo. Le hago la pregunta acerca de la cifra que buscaba desde el principio y que me trajo hasta aquí.

«Son 4 millones de unidades al año», me contesta. «Una unidad es una caja. En ambos mercados, el blanco y el negro. 75% de ese mercado es de Roche, el resto de laboratorios chicos». Hago la cuenta. A una media de 40 comprimidos por caja, son unos 160 millones de pastillas, que se suelen tomar de a mitades o cuartos… es decir, entre 320 y 640 millones de dosis… Eso significa entre 900.000 y 1.800.000 personas medicadas cada día el año… Pero si esas personas se drogaran solo durante picos de ansiedad, digamos, la mitad de la semana, la cifra saltaría a entre 4 y 8 millones, de una población de 40. Es mucha gente. «Más que los adictos a la cocaína», comenta Marcelo. «Es un problema de salud pública. Y las mujeres toman más que los hombres en una proporción de de 7 a 3».

«¿Y vas a hablar de los efecto secundarios?», pregunta Marcelo. Yo no sabía que el Clonazepam los tuviera. «A partir del año de adicción, los efectos secundarios se vuelven serios: trastornos del sueño, irritabilidad, agresión, conductas suicidas o asesinas». Pregunto por qué asesinas, ya que me suena un poco extremo.

«Porque al inhibir los miedos y la precaución, el consumidor no se asusta al asomarse a un balcón, por ejemplo. Y asesinas, porque el consumidor no mide con quién se enfrenta ni las consecuencias del enfrentamiento».

Este artículo iba a ser una pieza ligera sobre un psicofármaco habitual, fácil de conseguir, barato y culturalmente aceptado, pero acabo hablando con un experto misterioso. Así que le pregunto dónde trabaja y si lo puedo citar. «Claro, me llamo Marcelo Peretta, del Sindicato Argentino de Farmacéuticos y Bioquímicos».

El malestar en la cultura

Encontrar psicólogos en la Argentina es todavía más fácil que encontrar a un consumidor de Rivotril. La duda que les planteo a ambas profesionales, aunque parezca obvia, es la siguiente: ¿por qué una persona necesita tomar ansiolíticos?

«Porque adormecen las incertidumbres, las contradicciones, las imposiciones de un sistema que te pisa constantemente los talones y la presión añadida de mantener la consistencia que los demás esperan de uno», explica Silvana Reinoso.

Alejandra García, añade: «Hay un punto en que las personas no aceptan el malestar en una sociedad en la que supuestamente hay que estar contento. Te doy un ejemplo: cuando un niño se golpea y llora, la primera reacción de la madre es decirle ‘no pasó nada’. Pero sí pasó, el niño se cayó y se lastimó y es lógico que llore. Es la madre la que es intolerante frente a la angustia del hijo. Y como sociedad, somos intolerantes ante la angustia de los demás, y también ante las cosas que no ocurren inmediatamente. Deseamos una sociedad sin frustraciones».

Silvana Reinoso, remata:«La gente no se banca (soporta) la ansiedad de vivir, reconocer que tiene sus límites como todo. Somos una sociedad que se nutre de objetos y, la verdad, hacemos muy poco trabajo espiritual».

1capusotto

El fan

Pero esta nota no estaría completa si no hablara con un representante de la mayoría silenciosa, que es abrumadora y no tan silenciosa, ya que está deshinibida por el Clonazepam. Así que me encuentro con Martín para que me cuente cómo es vivir consumiendo la dichosa pastillita.

«Te dije que sabía de psicofármacos…», sonrie. «Yo antes tomaba Alplax, pero era muy fuerte, me dejaba una resaca como si hubiera tomado alcohol. Pero el Rivotril, el clonazepam, en una dosis baja es copado (guay). Lo normal son 0,5mg, 0,25 por la mañana y 0,25 por la tarde. Te quita la ansiedad y el miedo y yo, que soy tímido y el gentío me pone nervioso, puedo ir a una fiesta y charlar con todo el mundo. Y si quería quedarme en casa, me mantenía tranquilo y podía ordenar y esas cosas. Imaginate, muchos chorros (ladrones) lo usan cuando salen a robar porque les quita el temor, los tranquiliza».

Lo que cuenta Martín contrasta un poco con lo que me han dicho farmacéuticos y psicólogos. Sobre todo en lo referido a las dosis: Martín arranca hablando del doble de miligramos. «Pero crea mucha tolerancia, a los tres meses ya me hacía solo un cuarto del efecto que me hacía al principio. Llegue a tomar hasta 3mg por día. Y cuando quise bajar tardé dos o tres años. El síndrome de abstinencia es muy fuerte: miedo, nervios, pesadillas. Así que cuando volví a tomar, fue como entrar al paraíso».

Le pregunto por qué la gente opta por la pastilla y no por otros ansiolíticos más campechanos como la marihuana o el alcohol, Martín sonríe. «Con la pastilla se puede fingir que no tomas nada, se puede caretear (fingir socialmente). Es la droga de los que no se drogan». Cuando le pregunto cuándo lo dejó, contesta, «Nunca lo dejé, sigo tomando un poquito todos los días».

 

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Opiniones 18
  • Genial artículo, no conocía la situación en Argentina pero me da miedo ver como los psicofármacos se popularizan, especialmente me asustan los jóvenes que empiezan a consumirlos en la adolescencia y nunca dejan de tomarlos; son gente que no han estado sobrios/conscientes nunca en su vida adulta.

  • En España parecido. Empezando por las millones de señoras que un día tuvieron un problema, les recetaron un ansiolítico y ya hasta la muerte. Siguiendo por los millones de personas a los que se los receta elegremente el médico de cabecera a la mínima contrariedad. Y terminando por los millones de desgraciados con problemas en esta interminable crisis, en tratamiento psiquiátrico, a los que se atiborra de pastillas en lugar de dotarles de recursos para superar sus trastornos y enfrentarse mejor a la vida. Por otro lado, tan droga como la cocaína o el ansiolítico son el alcohol y el tabaco. O los porros: la calle huele a marihuana más que nunca. Es normal: este país invita a drogarse para olvidar.

  • Siempre he dicho que los argentinos necesitan psicoanalistas porque nadie está dispuesto a escucharles gratis. Ahora parece que ya ni pagando.

  • Clonazepam, un primo hermano del Lorazepam, o del Diazepam. Es muy preocupante que se vendan ese tipo de sustancias «libremente», la verdad, sobre todo porque generan una adicción muy muy muy fuerte.

    Me parece preocupante también que cada vez recurramos más a químicos para apartar (porque no los eliminan, nunca los eliminan) cierto tipo de problemas que quizá deberíamos tratar de arrancar de raíz. Porque, por mucha droga que tomemos, el problema sigue ahí, y no va a irse sólo.

  • Y los españoles igual o más… Señala a una persona por la calle, si no toma benzos pago una cena.

  • Gran artículo, Claudio, enhorabuena.
    Supongo que las farmacéuticas son las primeras interesadas en que no se vea bien que todo el mundo tenga unas plantas de marihuana en casa.

  • Se lo dice una que labura en una empresa de investigación clínica. No tengo datos, pero puedo ver lo que pasa…Esta industria mueve una de guita que lo dejaria tieso…Y para qué matar con un arma al que cuestiona si lo podemos calmar?

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