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24 de agosto 2016    /   CREATIVIDAD
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Masterclass de creatividad: lleva a toda tu empresa al Burning Man

24 de agosto 2016    /   CREATIVIDAD     por          
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Elon Musk y Lyndon Rive conducían hacia el Burning Man. En el trayecto que los introducía en el desierto de Nevada, aquel verano de 2004, Rive contó a su primo su ambición: quería hacer algo que ayudara a mejorar el medioambiente. Algo extraordinario, algo poderoso. Musk, uno de los grandes inventores y visionarios de la actualidad, le propuso crear una empresa de paneles solares y en el calor del desierto se coció la idea. Doce años después, SolarCity es una compañía que, con sus 13.000 empleados, está decidida a aprovechar al máximo la energía del sol.

El Burning Man, esa ciudad que se monta en un páramo polvoriento y se desmonta una semana después, se ha convertido en un lugar de peregrinación para muchas personas que buscan despertar su ingenio. Incluidos Larry Page y Sergey Brin, los creadores de Google, o Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook.

El discurso de los consejeros que venden creatividad en un PowerPoint se quemó por sí solo hace tiempo y entonces hubo que huir a buscar otras formas de esparcir la mente. Muchos lo encontraron allí: en el evento que acaba con la figura de un hombre, el Burning Man, envuelto en llamas.

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El verano de 2009 dos directores creativos españoles viajaron al Burning Man. Desde entonces, cada año, Miguel Olivares y Javier Carrasco vuelven al desierto donde se juntan 70.000 personas con un estricto código de conducta basado en la libertad, el respeto a la diferencia y que cada uno se exprese como le dé la más absoluta gana.

En estos seis años los fundadores de La Despensa descubrieron que el Burning Man puede dinamitar el pensamiento y mostrar que el llamado ‘mundo por defecto’, el mundo fuera de ese evento, no es el único posible y puede que ni siquiera sea el deseable.

En Black Rock City, esa ciudad efímera que fluctúa de los 50 grados al sol a los 0 grados bajo la luna, no hay dinero. «Impera la economía de la generosidad. No se puede utilizar ninguna moneda ni existe la propiedad privada. El regalo cobra el valor máximo», explica Olivares. «Todo es loco, caótico, desconocido. Te vas moviendo por ahí a ver lo que sucede. Eso es lo que más nos interesa».

paella cosmos

[L]os organizadores del Burning Man lo describen como un «experimento en comunidad de autoexpresión y autosuficiencia radical». Olivares considera que, además, es un «reseteo creativo, un lugar de irrealidad, un espacio de fantasía». Y desde la primera vez que fueron descubrieron que ese secarral ajeno al protocolo y las convenciones sociales resulta «mucho más inspirador que la pantalla del móvil».

Este fue el motivo por el que decidieron que esta vez no irán solos. Al Burning Man de 2016 llevan a los 49 empleados de su agencia creativa porque piensan que ahí hay mucho que aprender. «Lo primero es que es un lugar inhóspito. Hace frío, calor y a veces se producen tormentas de arena. Tienes que ir cambiando de planes según lo que va ocurriendo y en función de las personas que vas encontrando», detalla Olivares. «Eso te provoca la sensación de que tienes que fluir con lo que hay. Aceptas que las cosas son cambiantes y que tienes que estar abierto a las sorpresas».

La ambición de los que van al Burning Man no es que esa sensación desaparezca igual que se esfuman las miles de obras de arte e instalaciones que se despliegan durante esos siete días en Black Rock City. Al contrario. Lo que los fundadores de La Despensa pretenden conseguir es trasladar esa actitud fuera del Burning Man. Al trabajo y a la vida de sus empleados. O, como dicen los organizadores del festival, «hacer el resto del mundo más como el Burning Man». Que el mundo, como ocurre en esa ciudad de quita y pon, se rija por el entusiasmo y la curiosidad, y que las personas se liberen del rigor protocolario y se expresen libremente tal y como son.

parallaxburning

[E]l Burning Man nació una noche de 1986 en la que un grupo de amigos quemaron una figura de madera de un hombre, en una playa de San Francisco, para celebrar el solsticio del verano boreal. Pero la fiesta se les fue de las manos y hoy es una meca de la creatividad donde, según sus organizadores, los asistentes no quieren recibir lecciones, quieren que les inspiren.

Pero detrás de ese lugar donde idolatran la libertad hay una organización de reloj suizo. Los participantes que quieren montar un camp (un espacio para mostrar algo o desarrollar una actividad) tienen que enviar su propuesta detallada con antelación. La Despensa ha trabajado durante nueve meses en este proyecto que llevará el duende (el concepto flamenco que evoca un encanto, un embrujo, un poder misterioso que va mucho más allá de lo que la razón podría explicar) al desierto de Nevada.

Ese duende se come y se duerme. En su camp, llamado Paella Cosmos, van a montar «un pedacito de la España más surrealista y daliniana». Al entrar, los burners recibirán un abrazo de luz (un contacto entre dos o más personas con conciencia cósmica, según Olivares) y podrán tomar un vino, sangría, paella y, según dicen, «surrealismo en tazas».

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Durante toda la semana, a mediodía, enseñarán a cocinar paella valenciana y «condimentarla con sus experiencias vitales para hacer un plato que respire su conciencia».

En la hora de la duermevela, los invitados, tumbados, serán guiados hasta alcanzar esa «frontera entre el mundo real y el mundo de los sueños». Los maestros del antiguo arte de la siesta, dicen, le mostrarán los secretos del buen dormir. Y, al atardecer, enseñarán el arte de beber vino en porrón.

Ese es el plan de La Despensa para huir de una vida pegada a un móvil y buscar la inspiración en YouTube. Puede que en la irrealidad del Burning Man habite el ingenio. Allí, en el desierto de Nevada, tratarán de encontrar ese «lugar donde ‘ser jodidamente uno mismo’. Y no para mostrarlo en las redes sociales como un escaparate. No, como una forma de conversación con quien realmente eres y quizás lleves escondido».

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Elon Musk y Lyndon Rive conducían hacia el Burning Man. En el trayecto que los introducía en el desierto de Nevada, aquel verano de 2004, Rive contó a su primo su ambición: quería hacer algo que ayudara a mejorar el medioambiente. Algo extraordinario, algo poderoso. Musk, uno de los grandes inventores y visionarios de la actualidad, le propuso crear una empresa de paneles solares y en el calor del desierto se coció la idea. Doce años después, SolarCity es una compañía que, con sus 13.000 empleados, está decidida a aprovechar al máximo la energía del sol.

El Burning Man, esa ciudad que se monta en un páramo polvoriento y se desmonta una semana después, se ha convertido en un lugar de peregrinación para muchas personas que buscan despertar su ingenio. Incluidos Larry Page y Sergey Brin, los creadores de Google, o Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook.

El discurso de los consejeros que venden creatividad en un PowerPoint se quemó por sí solo hace tiempo y entonces hubo que huir a buscar otras formas de esparcir la mente. Muchos lo encontraron allí: en el evento que acaba con la figura de un hombre, el Burning Man, envuelto en llamas.

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El verano de 2009 dos directores creativos españoles viajaron al Burning Man. Desde entonces, cada año, Miguel Olivares y Javier Carrasco vuelven al desierto donde se juntan 70.000 personas con un estricto código de conducta basado en la libertad, el respeto a la diferencia y que cada uno se exprese como le dé la más absoluta gana.

En estos seis años los fundadores de La Despensa descubrieron que el Burning Man puede dinamitar el pensamiento y mostrar que el llamado ‘mundo por defecto’, el mundo fuera de ese evento, no es el único posible y puede que ni siquiera sea el deseable.

En Black Rock City, esa ciudad efímera que fluctúa de los 50 grados al sol a los 0 grados bajo la luna, no hay dinero. «Impera la economía de la generosidad. No se puede utilizar ninguna moneda ni existe la propiedad privada. El regalo cobra el valor máximo», explica Olivares. «Todo es loco, caótico, desconocido. Te vas moviendo por ahí a ver lo que sucede. Eso es lo que más nos interesa».

paella cosmos

[L]os organizadores del Burning Man lo describen como un «experimento en comunidad de autoexpresión y autosuficiencia radical». Olivares considera que, además, es un «reseteo creativo, un lugar de irrealidad, un espacio de fantasía». Y desde la primera vez que fueron descubrieron que ese secarral ajeno al protocolo y las convenciones sociales resulta «mucho más inspirador que la pantalla del móvil».

Este fue el motivo por el que decidieron que esta vez no irán solos. Al Burning Man de 2016 llevan a los 49 empleados de su agencia creativa porque piensan que ahí hay mucho que aprender. «Lo primero es que es un lugar inhóspito. Hace frío, calor y a veces se producen tormentas de arena. Tienes que ir cambiando de planes según lo que va ocurriendo y en función de las personas que vas encontrando», detalla Olivares. «Eso te provoca la sensación de que tienes que fluir con lo que hay. Aceptas que las cosas son cambiantes y que tienes que estar abierto a las sorpresas».

La ambición de los que van al Burning Man no es que esa sensación desaparezca igual que se esfuman las miles de obras de arte e instalaciones que se despliegan durante esos siete días en Black Rock City. Al contrario. Lo que los fundadores de La Despensa pretenden conseguir es trasladar esa actitud fuera del Burning Man. Al trabajo y a la vida de sus empleados. O, como dicen los organizadores del festival, «hacer el resto del mundo más como el Burning Man». Que el mundo, como ocurre en esa ciudad de quita y pon, se rija por el entusiasmo y la curiosidad, y que las personas se liberen del rigor protocolario y se expresen libremente tal y como son.

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[E]l Burning Man nació una noche de 1986 en la que un grupo de amigos quemaron una figura de madera de un hombre, en una playa de San Francisco, para celebrar el solsticio del verano boreal. Pero la fiesta se les fue de las manos y hoy es una meca de la creatividad donde, según sus organizadores, los asistentes no quieren recibir lecciones, quieren que les inspiren.

Pero detrás de ese lugar donde idolatran la libertad hay una organización de reloj suizo. Los participantes que quieren montar un camp (un espacio para mostrar algo o desarrollar una actividad) tienen que enviar su propuesta detallada con antelación. La Despensa ha trabajado durante nueve meses en este proyecto que llevará el duende (el concepto flamenco que evoca un encanto, un embrujo, un poder misterioso que va mucho más allá de lo que la razón podría explicar) al desierto de Nevada.

Ese duende se come y se duerme. En su camp, llamado Paella Cosmos, van a montar «un pedacito de la España más surrealista y daliniana». Al entrar, los burners recibirán un abrazo de luz (un contacto entre dos o más personas con conciencia cósmica, según Olivares) y podrán tomar un vino, sangría, paella y, según dicen, «surrealismo en tazas».

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Durante toda la semana, a mediodía, enseñarán a cocinar paella valenciana y «condimentarla con sus experiencias vitales para hacer un plato que respire su conciencia».

En la hora de la duermevela, los invitados, tumbados, serán guiados hasta alcanzar esa «frontera entre el mundo real y el mundo de los sueños». Los maestros del antiguo arte de la siesta, dicen, le mostrarán los secretos del buen dormir. Y, al atardecer, enseñarán el arte de beber vino en porrón.

Ese es el plan de La Despensa para huir de una vida pegada a un móvil y buscar la inspiración en YouTube. Puede que en la irrealidad del Burning Man habite el ingenio. Allí, en el desierto de Nevada, tratarán de encontrar ese «lugar donde ‘ser jodidamente uno mismo’. Y no para mostrarlo en las redes sociales como un escaparate. No, como una forma de conversación con quien realmente eres y quizás lleves escondido».

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