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1 de octubre 2014    /   CREATIVIDAD
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«La impresión de que el español es farragoso se quita leyendo a García Márquez»

1 de octubre 2014    /   CREATIVIDAD     por          
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Últimamente los desayunos le juegan malas pasadas a William Lyon. Un ritual que no se va a quitar nunca es acompañar el café con leche matutino con una lectura pausada del periódico, aunque cada vez le genere más disgustos. Una vida dedicada al periodismo y la edición le han convertido en un intolerante con la mediocridad escrita. «Y a mucha honra», afirma. El problema es que lejos de decrecer, cada vez encuentra más razones para estar espantado con la calidad de los textos que aparecen en los medios que lee, «sobre todo en El País, que durante tantos años ha sido mi cabecera», se resigna Lyon.
Con 74 años cumplidos y una vida dedicada al periodismo, el estadounidense ha decidido volcar su conocimiento sobre redacción en La escritura transparente, un libro que ofrece consejos valiosos sobre cómo mejorar la calidad de nuestra comunicación escrita. Su larga trayectoria lo ha llevado a ser corresponsal de Time en España, jefe de edición de El Sol, cronista empedernido de toros y miembro del equipo de El País en los años 80.
En España, cuenta, durante demasiado tiempo muchos periodistas se han escudado en la supuesta falta de concisión del castellano para justificar una escritura «hinchada, llena de palabras superfluas y frases largas e inteligibles. No es más que una excusa para esconder una falta de disciplina y autoexigencia», dice el veterano periodista.
Para comprobar que esto no es cierto «solo tienes que leer cualquier texto de García Márquez o Vargas Llosa. Ellos siempre han demostrado que es posible escribir de forma clara, con frases cortas sin dejar de lado la belleza en castellano».
Este español farragoso que tanto impera es, según Lyon, algo heredado de nuestro pasado. «Muñoz Molina dice que viene de obispos y políticos que llevan siglos dando patadas al idioma». Añaden artificio a la expresión «como si eso fuese algo culto, pero no lo es para nada».
En su libro defiende la figura del editor como una pieza absolutamente esencial. «Detrás de grandes escritores hay grandes editores que les ayudan a que sus palabras fluyan. Reorganizan párrafos, cuidan las sintaxis. Son esenciales».
«Coincido con García Márquez cuando afirma que el editor es más importante incluso que el director de un periódico. No solo repasa los textos al final, sabe ayudar al periodista a conseguir textos interesantes».
Lyon es de los que piensan que todo el mundo debe someterse a un editor. «Hay que disfrutar ser editado». Él mismo se sometió a una edición exhaustiva por parte de los editores de su obra, Libros del K.O. «Me reorganizaron párrafos y hasta capítulos. Mejoraron mi trabajo muchísimo».
«El País está lleno de noticias mal redactadas»
Como buen editor, Lyon no es alguien que se guarda sus opiniones cuando ve algo mal redactado. Cuando tuvo la oportunidad de reunirse con Juan Luis Cebrián en 1982, fue directo al grano. «Tras un breve intercambio de formalidades le dije: Muchas de las noticias de tu periódico están mal redactadas». A continuación el estadounidense le enseñó un libro de estilo alternativo que había elaborado en el que mostraba ejemplos de noticias mal organizadas y presentadas que abundaban en el diario al entonces director de El País.
El periodista intentó convencer a Cebrián en ese encuentro de la necesidad de crear un equipo que velase por la edición como se hace en Estados Unidos. «Se trata de profesionales que van mucho más allá de la corrección ortográfica». Pasaron unos meses hasta que le acabó llamando la secretaria del responsable del periódico. Lyon iba a ser uno de los integrantes de un equipo de edición compuesto por siete personas que, pese a sus buenas intenciones, duró solo dos años.
«Pasaron dos cosas. Primero, no todas esas personas eran buenos editores. O no se atrevían a serlo. A lo mejor no explicamos bien a los periodistas exactamente qué es lo que buscábamos».
Uno de los consejos que más repite el cronista estadounidense es el de pensar antes de escribir. «Puede parecer una obviedad pero hay muchos que no lo hacen. También es cierto que hay periodistas que lo escriben todo de un tirón sabiendo que luego tendrán que editarlo, y lo hacen con éxito. Pero cuanto más tiempo empleas en pensar, más rápido acabas escribiendo el texto».
Pero los esfuerzos de Lyon para hacernos reflexionar sobre cómo escribimos no solo se centran en los periódicos. También apunta su ira contenida y jocosa a las empresas. Aquellas que te mandan una carta que empieza así: «Acuso recibo de su amable misiva del pasado día 20». Recientemente ha creado una pequeña empresa que lleva el mismo nombre que su libro para ayudar a «compañías a que mejoren su escritura. Es verdaderamente espantoso cómo escriben muchos gabinetes de comunicación».
El cronista sabe que los tiempos dorados de la prensa no volverán. Se conforma con levantarse cada mañana y disfrutar de una escritura que no le haga sangrar los ojos. «No es que no haya buenos textos. Hay buenísimos trabajos. Simplemente el número de noticias malas ha superado el nivel aceptable. Esto se arreglaría con un equipo de tres personas». Mientras tanto, Lyon tendrá que conformarse con desenfundar cada mañana su boligrafo rojo y dar un buen repaso al periódico entre sorbo y sorbo de café.

Últimamente los desayunos le juegan malas pasadas a William Lyon. Un ritual que no se va a quitar nunca es acompañar el café con leche matutino con una lectura pausada del periódico, aunque cada vez le genere más disgustos. Una vida dedicada al periodismo y la edición le han convertido en un intolerante con la mediocridad escrita. «Y a mucha honra», afirma. El problema es que lejos de decrecer, cada vez encuentra más razones para estar espantado con la calidad de los textos que aparecen en los medios que lee, «sobre todo en El País, que durante tantos años ha sido mi cabecera», se resigna Lyon.
Con 74 años cumplidos y una vida dedicada al periodismo, el estadounidense ha decidido volcar su conocimiento sobre redacción en La escritura transparente, un libro que ofrece consejos valiosos sobre cómo mejorar la calidad de nuestra comunicación escrita. Su larga trayectoria lo ha llevado a ser corresponsal de Time en España, jefe de edición de El Sol, cronista empedernido de toros y miembro del equipo de El País en los años 80.
En España, cuenta, durante demasiado tiempo muchos periodistas se han escudado en la supuesta falta de concisión del castellano para justificar una escritura «hinchada, llena de palabras superfluas y frases largas e inteligibles. No es más que una excusa para esconder una falta de disciplina y autoexigencia», dice el veterano periodista.
Para comprobar que esto no es cierto «solo tienes que leer cualquier texto de García Márquez o Vargas Llosa. Ellos siempre han demostrado que es posible escribir de forma clara, con frases cortas sin dejar de lado la belleza en castellano».
Este español farragoso que tanto impera es, según Lyon, algo heredado de nuestro pasado. «Muñoz Molina dice que viene de obispos y políticos que llevan siglos dando patadas al idioma». Añaden artificio a la expresión «como si eso fuese algo culto, pero no lo es para nada».
En su libro defiende la figura del editor como una pieza absolutamente esencial. «Detrás de grandes escritores hay grandes editores que les ayudan a que sus palabras fluyan. Reorganizan párrafos, cuidan las sintaxis. Son esenciales».
«Coincido con García Márquez cuando afirma que el editor es más importante incluso que el director de un periódico. No solo repasa los textos al final, sabe ayudar al periodista a conseguir textos interesantes».
Lyon es de los que piensan que todo el mundo debe someterse a un editor. «Hay que disfrutar ser editado». Él mismo se sometió a una edición exhaustiva por parte de los editores de su obra, Libros del K.O. «Me reorganizaron párrafos y hasta capítulos. Mejoraron mi trabajo muchísimo».
«El País está lleno de noticias mal redactadas»
Como buen editor, Lyon no es alguien que se guarda sus opiniones cuando ve algo mal redactado. Cuando tuvo la oportunidad de reunirse con Juan Luis Cebrián en 1982, fue directo al grano. «Tras un breve intercambio de formalidades le dije: Muchas de las noticias de tu periódico están mal redactadas». A continuación el estadounidense le enseñó un libro de estilo alternativo que había elaborado en el que mostraba ejemplos de noticias mal organizadas y presentadas que abundaban en el diario al entonces director de El País.
El periodista intentó convencer a Cebrián en ese encuentro de la necesidad de crear un equipo que velase por la edición como se hace en Estados Unidos. «Se trata de profesionales que van mucho más allá de la corrección ortográfica». Pasaron unos meses hasta que le acabó llamando la secretaria del responsable del periódico. Lyon iba a ser uno de los integrantes de un equipo de edición compuesto por siete personas que, pese a sus buenas intenciones, duró solo dos años.
«Pasaron dos cosas. Primero, no todas esas personas eran buenos editores. O no se atrevían a serlo. A lo mejor no explicamos bien a los periodistas exactamente qué es lo que buscábamos».
Uno de los consejos que más repite el cronista estadounidense es el de pensar antes de escribir. «Puede parecer una obviedad pero hay muchos que no lo hacen. También es cierto que hay periodistas que lo escriben todo de un tirón sabiendo que luego tendrán que editarlo, y lo hacen con éxito. Pero cuanto más tiempo empleas en pensar, más rápido acabas escribiendo el texto».
Pero los esfuerzos de Lyon para hacernos reflexionar sobre cómo escribimos no solo se centran en los periódicos. También apunta su ira contenida y jocosa a las empresas. Aquellas que te mandan una carta que empieza así: «Acuso recibo de su amable misiva del pasado día 20». Recientemente ha creado una pequeña empresa que lleva el mismo nombre que su libro para ayudar a «compañías a que mejoren su escritura. Es verdaderamente espantoso cómo escriben muchos gabinetes de comunicación».
El cronista sabe que los tiempos dorados de la prensa no volverán. Se conforma con levantarse cada mañana y disfrutar de una escritura que no le haga sangrar los ojos. «No es que no haya buenos textos. Hay buenísimos trabajos. Simplemente el número de noticias malas ha superado el nivel aceptable. Esto se arreglaría con un equipo de tres personas». Mientras tanto, Lyon tendrá que conformarse con desenfundar cada mañana su boligrafo rojo y dar un buen repaso al periódico entre sorbo y sorbo de café.

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