12 de octubre 2022    /   IDEAS
por
Ilustración  Inma Hortas

Welcome to Krakozhia, sir Alfred: La esencia de los no lugares

12 de octubre 2022    /   IDEAS     por        Ilustración  Inma Hortas
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En 2004, Steven Spielberg reconstruyó en cinta de celuloide la sorprendente historia del refugiado iraní Mehran Karimi Nessari. Fue, al menos, la segunda vez. Una década antes lo había hecho primero Philippe Lioret (Tombés du Ciel, 1993) al contar para el público francés la peripecia vital del hombre que había establecido su domicilio en la Terminal 1 del aeropuerto Charles de Gaulle durante 18 años.

En Hollywood, sir Alfred (como Mehran prefiere que le llamen) fue el entrañable Viktor Navorski, interpretado por Tom Hanks, uno de los rostros más reconocibles de la gran pantalla y de los más acostumbrados a frecuentar los limbos del séptimo arte con escafandra de astronauta, embutido en uniforme de soldado o bajo el sol abrasador de una isla perdida del Pacífico. En La terminal (2004), Hanks, Navorski y en esencia Nessari habitaban uno de esos no lugares que señaló en el mapa con marcador fluorescente el antropólogo francés Marc Augé: un aeropuerto.

Para Augé los no lugares se definen como espacios de tránsito, desprovistos de alma e identidad, en los que las personas permanecen anónimas. Áreas de descanso en medio de una autopista que atraviesa la meseta castellana, supermercados con precios por las nubes y pasillos laberínticos o cadenas de hoteles de idéntica moqueta, a pesar del acento diverso del personal de servicio.

Los no lugares son una suerte de negación del territorio. Es decir, espacios esterilizados, asépticos e inmunes a todo aquello que los hace únicos. No ondean las banderas, no hay manifestaciones culturales ni fiestas patronales, no llevan asociados himnos que recuerden el choque de espadas que en un día remoto trajo la libertad, ni moneda corriente con los rostros de perfil de sus hijos célebres. Son víspera, movimiento, premonición. Una especie de degradado en tonos grises. De sala de espera ante la expectativa de los lugares de verdad. Aquellos que, aunque no los hayamos pisado nunca, son parte de nuestro mundo referencial porque resuenan en el imaginario colectivo o aparecen en un imán en la nevera.

La geografía de lo conocido está atestada de estos lugares de raíces profundas y costumbres milenarias. Pero, entre ellos, multitud de no lugares afloran para hacer tangible el milagro de pasar de un territorio a otro sin tensar las leyes de la materia y las necesidades vitales de cualquier viajero. Son el aceite que suaviza los engranajes del continuum espacio-tiempo para que el movimiento se transmita con delicadeza y haga funcionar, como un reloj, la great machinery de la que todos formamos parte, como dice el Helplessness Blues de los Fleet Foxes.

Quizás por ello, la fricción y el alambre de espino presente en muchas fronteras, los no lugares de mayor jerarquía y pureza, recuerdan a las ruedas dentadas del mecanismo que autoriza o rechaza el movimiento: la esencia más íntima de un no lugar en el que nada ni nadie permanece.

Sobre las fronteras, tan iguales como distintas, se ha escrito mucho. La madriguera del White Rabbit, luego túnel vertical interminable, que introdujo a Alicia en el país de las maravillas como frontera entre realidad y fantasía. El campo de exterminio nazi que describe Primo Levi en Si esto es un hombre (1947) para narrar su experiencia de cautiverio deshumanizado en la Polonia ocupada como frontera entre lo humano y lo inhumano. O el no viaje a Rusia de la antropóloga y escritora noruega Erika Fatland como frontera entre nosotros y los otros.

En La frontera (2021) Fatland cuenta Rusia desde el umbral, desde su vecindad, el lugar desde el no lugar, sin necesidad de pisar apenas el suelo del gigante euroasiático en las 656 páginas que tiene la edición en español. Su periplo transita por 14 países, desde Noruega hasta Corea del Norte, pasando por numerosas exrepúblicas soviéticas entre las que no está Krakozhia, la patria de Navorski, y también, de algún modo, la de Nessari y la de todos los pobladores apátridas y anónimos que habitan los no lugares.

Si los no lugares no hubieran sido ya colonizados por los humanos desde hace mucho tiempo, bien podrían ser refugio natural de los Animaris del artista y escultor cinético Theo Jansen. Los Animaris son criaturas esqueléticas gigantes, combinación alquímica de arte e ingeniería, que caminan ayudadas por la fuerza del viento en las playas neerlandesas. La prueba de fuego de su creador para determinar si son aptas para iniciarse en la paradoja de la vida artificial es comprobar hasta qué punto sobreviven en la playa moviéndose entre las fronteras de la arena húmeda cerca del mar y la arena seca que da pie a las dunas.

Posmodernos prometeos zarandeados por la brisa marina, criados en semilibertad y domesticados para vivir siempre en los límites. En la frontera. División entre lo seco y lo húmedo, lo vivo y lo inerte, lo estático y lo dinámico, lo natural y lo artificial, el lugar y el no lugar.

Los no lugares

Aun en la ficción, territorios negados como Krakozhia, al igual que los viejos negativos de las películas fotográficas, revelan más significados que las imágenes nítidas que aparecen en su positivado en papel cartográfico. Nuestros mapas terrestres y mentales evidencian lugares visibles como puntas de icebergs, pero sumergen bajo la superficie verdades de proporciones enormes. Aquella República, desvanecida tras un inoportuno golpe de estado, dio paso a que confluyesen, entre el atrezo de un aeropuerto, varias fronteras como la que separa la patria del paria, la que divide lo permitido de lo prohibido o la que marca la diferencia entre el mundo privilegiado y el desfavorecido.

En la realidad cotidiana, ni Navorski ni Krakozhia se han encarnado nunca en un lugar ni en un territorio concreto, pero sí cientos de miles de personas que atienden al nombre de sir Alfred fijan con pasmosa regularidad su residencia (y su resistencia) en vastos no lugares inhóspitos como las profundidades del Mediterráneo Central, la aridez asfixiante del desierto de Sonora entre Estados Unidos y México o las vertiginosas alturas de los muros que «protegen y defienden» la fortaleza europea de la amenaza de los pobres de tez oscura. Moran en el no lugar, mueren en la frontera.

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En 2004, Steven Spielberg reconstruyó en cinta de celuloide la sorprendente historia del refugiado iraní Mehran Karimi Nessari. Fue, al menos, la segunda vez. Una década antes lo había hecho primero Philippe Lioret (Tombés du Ciel, 1993) al contar para el público francés la peripecia vital del hombre que había establecido su domicilio en la Terminal 1 del aeropuerto Charles de Gaulle durante 18 años.

En Hollywood, sir Alfred (como Mehran prefiere que le llamen) fue el entrañable Viktor Navorski, interpretado por Tom Hanks, uno de los rostros más reconocibles de la gran pantalla y de los más acostumbrados a frecuentar los limbos del séptimo arte con escafandra de astronauta, embutido en uniforme de soldado o bajo el sol abrasador de una isla perdida del Pacífico. En La terminal (2004), Hanks, Navorski y en esencia Nessari habitaban uno de esos no lugares que señaló en el mapa con marcador fluorescente el antropólogo francés Marc Augé: un aeropuerto.

Para Augé los no lugares se definen como espacios de tránsito, desprovistos de alma e identidad, en los que las personas permanecen anónimas. Áreas de descanso en medio de una autopista que atraviesa la meseta castellana, supermercados con precios por las nubes y pasillos laberínticos o cadenas de hoteles de idéntica moqueta, a pesar del acento diverso del personal de servicio.

Los no lugares son una suerte de negación del territorio. Es decir, espacios esterilizados, asépticos e inmunes a todo aquello que los hace únicos. No ondean las banderas, no hay manifestaciones culturales ni fiestas patronales, no llevan asociados himnos que recuerden el choque de espadas que en un día remoto trajo la libertad, ni moneda corriente con los rostros de perfil de sus hijos célebres. Son víspera, movimiento, premonición. Una especie de degradado en tonos grises. De sala de espera ante la expectativa de los lugares de verdad. Aquellos que, aunque no los hayamos pisado nunca, son parte de nuestro mundo referencial porque resuenan en el imaginario colectivo o aparecen en un imán en la nevera.

La geografía de lo conocido está atestada de estos lugares de raíces profundas y costumbres milenarias. Pero, entre ellos, multitud de no lugares afloran para hacer tangible el milagro de pasar de un territorio a otro sin tensar las leyes de la materia y las necesidades vitales de cualquier viajero. Son el aceite que suaviza los engranajes del continuum espacio-tiempo para que el movimiento se transmita con delicadeza y haga funcionar, como un reloj, la great machinery de la que todos formamos parte, como dice el Helplessness Blues de los Fleet Foxes.

Quizás por ello, la fricción y el alambre de espino presente en muchas fronteras, los no lugares de mayor jerarquía y pureza, recuerdan a las ruedas dentadas del mecanismo que autoriza o rechaza el movimiento: la esencia más íntima de un no lugar en el que nada ni nadie permanece.

Sobre las fronteras, tan iguales como distintas, se ha escrito mucho. La madriguera del White Rabbit, luego túnel vertical interminable, que introdujo a Alicia en el país de las maravillas como frontera entre realidad y fantasía. El campo de exterminio nazi que describe Primo Levi en Si esto es un hombre (1947) para narrar su experiencia de cautiverio deshumanizado en la Polonia ocupada como frontera entre lo humano y lo inhumano. O el no viaje a Rusia de la antropóloga y escritora noruega Erika Fatland como frontera entre nosotros y los otros.

En La frontera (2021) Fatland cuenta Rusia desde el umbral, desde su vecindad, el lugar desde el no lugar, sin necesidad de pisar apenas el suelo del gigante euroasiático en las 656 páginas que tiene la edición en español. Su periplo transita por 14 países, desde Noruega hasta Corea del Norte, pasando por numerosas exrepúblicas soviéticas entre las que no está Krakozhia, la patria de Navorski, y también, de algún modo, la de Nessari y la de todos los pobladores apátridas y anónimos que habitan los no lugares.

Si los no lugares no hubieran sido ya colonizados por los humanos desde hace mucho tiempo, bien podrían ser refugio natural de los Animaris del artista y escultor cinético Theo Jansen. Los Animaris son criaturas esqueléticas gigantes, combinación alquímica de arte e ingeniería, que caminan ayudadas por la fuerza del viento en las playas neerlandesas. La prueba de fuego de su creador para determinar si son aptas para iniciarse en la paradoja de la vida artificial es comprobar hasta qué punto sobreviven en la playa moviéndose entre las fronteras de la arena húmeda cerca del mar y la arena seca que da pie a las dunas.

Posmodernos prometeos zarandeados por la brisa marina, criados en semilibertad y domesticados para vivir siempre en los límites. En la frontera. División entre lo seco y lo húmedo, lo vivo y lo inerte, lo estático y lo dinámico, lo natural y lo artificial, el lugar y el no lugar.

Los no lugares

Aun en la ficción, territorios negados como Krakozhia, al igual que los viejos negativos de las películas fotográficas, revelan más significados que las imágenes nítidas que aparecen en su positivado en papel cartográfico. Nuestros mapas terrestres y mentales evidencian lugares visibles como puntas de icebergs, pero sumergen bajo la superficie verdades de proporciones enormes. Aquella República, desvanecida tras un inoportuno golpe de estado, dio paso a que confluyesen, entre el atrezo de un aeropuerto, varias fronteras como la que separa la patria del paria, la que divide lo permitido de lo prohibido o la que marca la diferencia entre el mundo privilegiado y el desfavorecido.

En la realidad cotidiana, ni Navorski ni Krakozhia se han encarnado nunca en un lugar ni en un territorio concreto, pero sí cientos de miles de personas que atienden al nombre de sir Alfred fijan con pasmosa regularidad su residencia (y su resistencia) en vastos no lugares inhóspitos como las profundidades del Mediterráneo Central, la aridez asfixiante del desierto de Sonora entre Estados Unidos y México o las vertiginosas alturas de los muros que «protegen y defienden» la fortaleza europea de la amenaza de los pobres de tez oscura. Moran en el no lugar, mueren en la frontera.

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