26 de septiembre 2012    /   ENTRETENIMIENTO
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La extinción de los [festivales] dinosaurios

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Hubo un tiempo en que los dirigentes políticos municipales sacaban pecho  llevando un festival internacional de música a su localidad, por pequeña que esta fuera. Ya saben eso de la “la gente ve más conciertos que nunca” y tal. El número de festivales sigue creciendo. Sin embargo, los grandes dinosaurios ven cómo la sostenibilidad de su modelo se ve cuestionada. Vince Power, organizador del FIB, se encuentra en la picota tras ver cómo el valor de su compañía se encuentra en caída libre. ¿Sobrevivirá la burbuja del los festivales a la crisis?

La réplica del modelo ha ocurrido en numerosas parcelas de la economía. Con las vacas gordas, los productos también lo eran. Sellos musicales, estudios de cine, grupos de comunicación o entidades bancarias aglutinaban peso con la esperanza de fagocitar a sus competidores. De un tiempo a esta parte, los nombres ilustres han ido soltando lastre y atomizando sus estructuras de manera que se ha dado pie a que planteamientos más indies -empresarialmente hablando- y de tamaño más modesto puedan entrar a competir en una economía que premia modelos innovadores aunque no sean necesariamente grandes.

Ocurre en los festivales. En cuanto el melómano se quita el abrigo y ve llegar la primavera, se desata una hemorragia festivalera que da sus últimos estertores de manera más espaciada durante el otoño. Mientras que el sol brilla, no hay fin de semana que no pueda pasarse al cobijo de una torre de bafles y una zona chill out.

Cuenta The Guardian que la plausible caída de Vince Power amenaza a uno de los festivales con más solera de Europa. Explica el medio inglés en un texto firmado por Zoe Wood, que “se estima en 700 el número de festivales creados en Reino Unido durante los últimos diez años”. Además, las citas estrella se quejan de la proliferación de festivales gratuitos que llegan a reunir hasta a 100.000 personas. “En los últimos años ha habido una creciente sensación de saturación de mercado”, explicaba a Guardian Dave Newton, director de We Got Tickets. Los precios de las entradas subían sin freno y todo el mundo se forraba o, al menos, daba la impresión de hacerlo. Hasta este año.

Como cuenta el periódico inglés, los gurús de la industria achacan la caída a húmedo verano británico, la celebración de los Juegos Olímpicos y la extrema competencia entre festivales. El resultado ha sido una caída del valor en bolsa de Vince Power Music Group de 10 millones de libras a 310.000 el pasado viernes, momento en el que se suspendió la cotización.

El huracán que se está llevando por delante al organizador del Festival Internacional de Benicassim puede acabar con la cita castellonense. Sin embargo, eso podría resultar positivo para los pequeños festivales que se celebran en la península y que apuestan por modelos más sostenibles y menos ambiciosos.

Sin el pulmón decisivo de ayuntamientos y diputaciones, empiezan a florecer iniciativas de corte piscinero como el de South Pop en Isla Cristina (Huelva) y algunos otros que apuestan por la concentración y la coherencia en la confección de los carteles.

Siempre, incluso en las coyunturas más desfavorables, hay sitio para la música en directo. La duda es si seguirán desapareciendo los dinosaurios, todos esos festivales que reunían a medio centenar de bandas alargando los fines de semana hasta el infinito o, por el contrario, la escena festivalera seguirá manteniendo a sus peces grandes y a sus peces chicos.

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Hubo un tiempo en que los dirigentes políticos municipales sacaban pecho  llevando un festival internacional de música a su localidad, por pequeña que esta fuera. Ya saben eso de la “la gente ve más conciertos que nunca” y tal. El número de festivales sigue creciendo. Sin embargo, los grandes dinosaurios ven cómo la sostenibilidad de su modelo se ve cuestionada. Vince Power, organizador del FIB, se encuentra en la picota tras ver cómo el valor de su compañía se encuentra en caída libre. ¿Sobrevivirá la burbuja del los festivales a la crisis?

La réplica del modelo ha ocurrido en numerosas parcelas de la economía. Con las vacas gordas, los productos también lo eran. Sellos musicales, estudios de cine, grupos de comunicación o entidades bancarias aglutinaban peso con la esperanza de fagocitar a sus competidores. De un tiempo a esta parte, los nombres ilustres han ido soltando lastre y atomizando sus estructuras de manera que se ha dado pie a que planteamientos más indies -empresarialmente hablando- y de tamaño más modesto puedan entrar a competir en una economía que premia modelos innovadores aunque no sean necesariamente grandes.

Ocurre en los festivales. En cuanto el melómano se quita el abrigo y ve llegar la primavera, se desata una hemorragia festivalera que da sus últimos estertores de manera más espaciada durante el otoño. Mientras que el sol brilla, no hay fin de semana que no pueda pasarse al cobijo de una torre de bafles y una zona chill out.

Cuenta The Guardian que la plausible caída de Vince Power amenaza a uno de los festivales con más solera de Europa. Explica el medio inglés en un texto firmado por Zoe Wood, que “se estima en 700 el número de festivales creados en Reino Unido durante los últimos diez años”. Además, las citas estrella se quejan de la proliferación de festivales gratuitos que llegan a reunir hasta a 100.000 personas. “En los últimos años ha habido una creciente sensación de saturación de mercado”, explicaba a Guardian Dave Newton, director de We Got Tickets. Los precios de las entradas subían sin freno y todo el mundo se forraba o, al menos, daba la impresión de hacerlo. Hasta este año.

Como cuenta el periódico inglés, los gurús de la industria achacan la caída a húmedo verano británico, la celebración de los Juegos Olímpicos y la extrema competencia entre festivales. El resultado ha sido una caída del valor en bolsa de Vince Power Music Group de 10 millones de libras a 310.000 el pasado viernes, momento en el que se suspendió la cotización.

El huracán que se está llevando por delante al organizador del Festival Internacional de Benicassim puede acabar con la cita castellonense. Sin embargo, eso podría resultar positivo para los pequeños festivales que se celebran en la península y que apuestan por modelos más sostenibles y menos ambiciosos.

Sin el pulmón decisivo de ayuntamientos y diputaciones, empiezan a florecer iniciativas de corte piscinero como el de South Pop en Isla Cristina (Huelva) y algunos otros que apuestan por la concentración y la coherencia en la confección de los carteles.

Siempre, incluso en las coyunturas más desfavorables, hay sitio para la música en directo. La duda es si seguirán desapareciendo los dinosaurios, todos esos festivales que reunían a medio centenar de bandas alargando los fines de semana hasta el infinito o, por el contrario, la escena festivalera seguirá manteniendo a sus peces grandes y a sus peces chicos.

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