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3 de diciembre 2013    /   CREATIVIDAD
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La Fiera que le exige al mezcal

3 de diciembre 2013    /   CREATIVIDAD     por          
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El mezcal mexicano, como le ocurrió al tequila, es uno de esos productos alcohólicos que dejó de ser brebaje para convertirse en religión. En su currículum tiene más de dos milenios de existencia, el alma de penca de agave, una denominación de origen ubicada únicamente en ocho estados mexicanos y, en los últimos años, la medalla de trago de moda en un país de 120 millones de personas.

“Se ha superpopularizado”, dice la portavoz del mezcal La Fiera, “existe una competencia extrema entre marcas y su industrialización está haciendo que se pierda la esencia de lo que significa beberse un mezcal. La gente se lo bebe hasta de trago, como si fuera un tequila”.

Ése es el motivo por el que ella y los otros tres miembros de su familia han decidido sumarse a la carrera de la producción del elixir subidos al carro del slow: mezcal artesanal, diseño artesanal y compraventa artesanal en contra de la borrachera comercial de las grandes compañías.

La Fiera nació hace casi tres años en Guerrero, uno de esos ocho estados con derecho a producir mezcal con denominación de origen en todo el mundo. Esta familia, que prefiere ahorrarse el nombre y ser mentada con el nombre del animal, visualizó que el éxito de la bebida, más allá de poder ser una fuente de ingresos, podía ser una vía para regenerar la producción local de este estado. Su objetivo se materializó en una línea de mezcales hechos por maestros de campo y encerrados en unas botellas de coleccionista.

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“Si eres de Guerrero o de otros sitios como Oaxaca, el mezcal es una bebida que siempre está presente en tu vida. Muchos amigos de fuera, cuando íbamos a verles, nos pedían botellas de aquí, de productores artesanales que fabrican a granel.  Eso nos dio la pista”.

Emprenderían con un fin mucho más cultural que comercial. Ni fábricas ni camiones. Tenían todos los elementos a su alcance para crear una embotelladora casera dispuesta a convertirse en una marca selecta.

“La empresa ha llevado desde el principio una filosofía totalmente tradicional, como se hace realmente dentro de la cultura del mezcal”, dice la emprendedora. “Mi mamá, que tiene que viajar continuamente por el estado, iba preguntando por los pueblitos qué artesano hacía el mejor mezcal de la región. Porque la calidad del mezcal se mide de boca en boca, ¿sabía? Después elegimos a cinco productores fijos cuyos mezcales eran… simplemente los mejores, dos viven en la montaña y tres en la sierra. Y también compramos a otros artesanos esporádicamente para probar. Con todos lo hacemos en cantidades de 20 o 40 litros”.

Resuelto el relleno del producto, el asunto era dotarle de una botella a la altura de sus entrañas. “Algo que hablase de las manualidades de Guerrero”, detallan.

“Igual que la del mezcal, la artesanía artística no está en su mejor momento en Guerrero. Y eso que somos el segundo estado con mayor producción artesanal de México y el primero en producción mascarera. Los artesanos, para irse sustentando, se tienen que ir renovando. Y un día conocimos a la familia Martínez, profesionales en hacer máscaras de jaguares y de tigres, y con la pintura que les sobraba, para aumentar un poco el negocio, también pintaban jaguares en botellas recicladas”.

“Era perfecto. Les añadimos algunas ideas nuevas, les sugerimos algunos colores y ahora pintan unas 1200 botellas recicladas anuales para La Fiera. Todas a mano, todas distintas. Y sus tapones. Ni siquiera el color de las botellas es igual porque son recicladas. El jaguar es un símbolo en México y especialmente de Guerrero, de ahí nuestro nombre, y el trabajo es genuino de unos artistas de este estado”.

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El caso es que al producto, poco a poco, le están saliendo fans. Pero tanta es la solemnidad con la que La Fiera quiere aferrarse a las tradiciones que esta empresa de andar por casa no quiere oír hablar de producción a gran escala.  Solo venden por contacto directo (“o vienes a conocernos o tengo que llevar yo personalmente las botellas”, cuadricula la portavoz). Tampoco se han sacado ninguna certificación ni estandarización aunque eso les cierre las puertas a poder estar presentes en comercios de calle. “Es que todo eso quita la magia que tiene el mezcal para nosotros”.

Pasando por la tangente del mercado del alcohol, al que califican de “voraz y competitivo”, estos embotelladores de cultura aseguran que su objetivo no es hacer fortuna de esto. “El dinero que sacamos apenas es un extra, pero el que lo compra sabe que está colaborando directamente con los productores, y se está llevando un producto de primera calidad. Aquí no hay intermediarios”.

La Fiera deja que el resto se muerda en la jungla del mercado mientras ella, con calma, invita a brindar por la artesanía con un mezcal hecho a la vieja usanza. “Como marca la tradición”.

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El mezcal mexicano, como le ocurrió al tequila, es uno de esos productos alcohólicos que dejó de ser brebaje para convertirse en religión. En su currículum tiene más de dos milenios de existencia, el alma de penca de agave, una denominación de origen ubicada únicamente en ocho estados mexicanos y, en los últimos años, la medalla de trago de moda en un país de 120 millones de personas.

“Se ha superpopularizado”, dice la portavoz del mezcal La Fiera, “existe una competencia extrema entre marcas y su industrialización está haciendo que se pierda la esencia de lo que significa beberse un mezcal. La gente se lo bebe hasta de trago, como si fuera un tequila”.

Ése es el motivo por el que ella y los otros tres miembros de su familia han decidido sumarse a la carrera de la producción del elixir subidos al carro del slow: mezcal artesanal, diseño artesanal y compraventa artesanal en contra de la borrachera comercial de las grandes compañías.

La Fiera nació hace casi tres años en Guerrero, uno de esos ocho estados con derecho a producir mezcal con denominación de origen en todo el mundo. Esta familia, que prefiere ahorrarse el nombre y ser mentada con el nombre del animal, visualizó que el éxito de la bebida, más allá de poder ser una fuente de ingresos, podía ser una vía para regenerar la producción local de este estado. Su objetivo se materializó en una línea de mezcales hechos por maestros de campo y encerrados en unas botellas de coleccionista.

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“Si eres de Guerrero o de otros sitios como Oaxaca, el mezcal es una bebida que siempre está presente en tu vida. Muchos amigos de fuera, cuando íbamos a verles, nos pedían botellas de aquí, de productores artesanales que fabrican a granel.  Eso nos dio la pista”.

Emprenderían con un fin mucho más cultural que comercial. Ni fábricas ni camiones. Tenían todos los elementos a su alcance para crear una embotelladora casera dispuesta a convertirse en una marca selecta.

“La empresa ha llevado desde el principio una filosofía totalmente tradicional, como se hace realmente dentro de la cultura del mezcal”, dice la emprendedora. “Mi mamá, que tiene que viajar continuamente por el estado, iba preguntando por los pueblitos qué artesano hacía el mejor mezcal de la región. Porque la calidad del mezcal se mide de boca en boca, ¿sabía? Después elegimos a cinco productores fijos cuyos mezcales eran… simplemente los mejores, dos viven en la montaña y tres en la sierra. Y también compramos a otros artesanos esporádicamente para probar. Con todos lo hacemos en cantidades de 20 o 40 litros”.

Resuelto el relleno del producto, el asunto era dotarle de una botella a la altura de sus entrañas. “Algo que hablase de las manualidades de Guerrero”, detallan.

“Igual que la del mezcal, la artesanía artística no está en su mejor momento en Guerrero. Y eso que somos el segundo estado con mayor producción artesanal de México y el primero en producción mascarera. Los artesanos, para irse sustentando, se tienen que ir renovando. Y un día conocimos a la familia Martínez, profesionales en hacer máscaras de jaguares y de tigres, y con la pintura que les sobraba, para aumentar un poco el negocio, también pintaban jaguares en botellas recicladas”.

“Era perfecto. Les añadimos algunas ideas nuevas, les sugerimos algunos colores y ahora pintan unas 1200 botellas recicladas anuales para La Fiera. Todas a mano, todas distintas. Y sus tapones. Ni siquiera el color de las botellas es igual porque son recicladas. El jaguar es un símbolo en México y especialmente de Guerrero, de ahí nuestro nombre, y el trabajo es genuino de unos artistas de este estado”.

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El caso es que al producto, poco a poco, le están saliendo fans. Pero tanta es la solemnidad con la que La Fiera quiere aferrarse a las tradiciones que esta empresa de andar por casa no quiere oír hablar de producción a gran escala.  Solo venden por contacto directo (“o vienes a conocernos o tengo que llevar yo personalmente las botellas”, cuadricula la portavoz). Tampoco se han sacado ninguna certificación ni estandarización aunque eso les cierre las puertas a poder estar presentes en comercios de calle. “Es que todo eso quita la magia que tiene el mezcal para nosotros”.

Pasando por la tangente del mercado del alcohol, al que califican de “voraz y competitivo”, estos embotelladores de cultura aseguran que su objetivo no es hacer fortuna de esto. “El dinero que sacamos apenas es un extra, pero el que lo compra sabe que está colaborando directamente con los productores, y se está llevando un producto de primera calidad. Aquí no hay intermediarios”.

La Fiera deja que el resto se muerda en la jungla del mercado mientras ella, con calma, invita a brindar por la artesanía con un mezcal hecho a la vieja usanza. “Como marca la tradición”.

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