Publicado: 09 de noviembre 2011 01:33  /   ENTRETENIMIENTO
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La frontera entre éxito y fracaso es más fina que el canto de un elepé

Publicado: 09 de noviembre 2011 01:33  /   ENTRETENIMIENTO     por          
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En 1984 el estadio Seibu, en Japón, fue el escenario del Super Rock Festival. Por allí desfilaron Scorpions, Whitesnake, unos jovencísimos Bon Jovi, y una banda canadiense a la que todos señalaban como la más potente y transgresora, la pura esencia del heavy metal, el grupo que estaba llamado a conquistar las más altas cumbres del Olimpo del rock: Anvil.

Dos décadas después, los tres primeros grupos habían vendido millones de discos (y camisetas y chapas), sus miembros se habían hecho millonarios y sus riffs de guitarra sonaban en las emisoras y clubes del ramo de todo el mundo. Los Anvil, sin embargo, penaban por bares de tercera en su Canadá natal y sus tres miembros fundadores malvivían en empleos no cualificados: la construcción (el batería, Robb Reiner) o llevando enseres a los comedores de los colegios (el cantante y líder Steve “Labios” Kudlow), tal y como relata el magistral documental ‘Anvil, la historia de Anvil’.

¿Qué sucedió para que el unánimamente considerado mejor grupo heavy de la camada de los ochenta no se comiera un colín y unos tipos tan blandengues, con mechas y pelo cardado, como Bon Jovi y Whitesnake arrasaran en las listas? Detalles, una concatenación de pequeños detalles que, sumados uno a otro, marcan la diferencia (abismal diferencia) entre el éxito y el fracaso.

La finísima frontera que separa el éxito del fracaso fue indagada por el analista de las pequeñas cosas Malcom Gladwell en su libro ‘Fueras de serie’. En él aparece un dato sorprendente: los mejores deportistas profesionales nacen en enero. El motivo es que las ligas infantiles se configuran por grupos de edad que se agrupan por años naturales, igual que sucede en los cursos escolares. El resultado es que niños de cinco años (nacidos en diciembre) comparten equipo con niños casi un año mayores que ellos (nacidos en enero). Entre adultos una diferencia de un año es anecdótica pero con seis años la diferencia de fuerza, velocidad, tamaño y habilidad de dos niños que se lleven un año de edad es enorme.

La tesis de Gladwell es que esta diferencia de partida acaba siendo insalvable para los más pequeños, porque los que son un poco mejores (generalmente los mayores) serán seleccionados en los equipos, recibirán mejor entrenamiento y jugarán más partidos, haciendo acopio de una ventaja acumulativa que explicará el resultado final: es dos veces más probable que un jugador de Primera División haya nacido en el primer trimestre del año a que lo haya hecho en el último.

En el caso que nos ocupa, tal vez fuera la errática trayectoria discográfica de Anvil, que no supo capitalizar el éxito del disco ‘Metal on metal’, o quizás el ‘factor canadiense’ o incluso la actitud gamberra de los miembros del grupo, que parecen vivir en el Mundo de la Golosina, lo que dejó a Anvil abandonado en la cuneta del éxito.

La gran paradoja es que sobre las cenizas del fracaso de Anvil se alza un éxito: el del director del documental, Sacha Gervasi, que logró el reconocimiento gracias a esta tierna y patética historia de perdedores. Tal es así, que cuando los títulos de crédito desfilan por la pantalla a uno le queda la sensación de que el sentido de la existencia de Anvil fue, exclusivamente, poder protagonizar ‘La historia de Anvil’.

Puedes ver ‘La historia de Anvil’ aquí.

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En 1984 el estadio Seibu, en Japón, fue el escenario del Super Rock Festival. Por allí desfilaron Scorpions, Whitesnake, unos jovencísimos Bon Jovi, y una banda canadiense a la que todos señalaban como la más potente y transgresora, la pura esencia del heavy metal, el grupo que estaba llamado a conquistar las más altas cumbres del Olimpo del rock: Anvil.

Dos décadas después, los tres primeros grupos habían vendido millones de discos (y camisetas y chapas), sus miembros se habían hecho millonarios y sus riffs de guitarra sonaban en las emisoras y clubes del ramo de todo el mundo. Los Anvil, sin embargo, penaban por bares de tercera en su Canadá natal y sus tres miembros fundadores malvivían en empleos no cualificados: la construcción (el batería, Robb Reiner) o llevando enseres a los comedores de los colegios (el cantante y líder Steve “Labios” Kudlow), tal y como relata el magistral documental ‘Anvil, la historia de Anvil’.

¿Qué sucedió para que el unánimamente considerado mejor grupo heavy de la camada de los ochenta no se comiera un colín y unos tipos tan blandengues, con mechas y pelo cardado, como Bon Jovi y Whitesnake arrasaran en las listas? Detalles, una concatenación de pequeños detalles que, sumados uno a otro, marcan la diferencia (abismal diferencia) entre el éxito y el fracaso.

La finísima frontera que separa el éxito del fracaso fue indagada por el analista de las pequeñas cosas Malcom Gladwell en su libro ‘Fueras de serie’. En él aparece un dato sorprendente: los mejores deportistas profesionales nacen en enero. El motivo es que las ligas infantiles se configuran por grupos de edad que se agrupan por años naturales, igual que sucede en los cursos escolares. El resultado es que niños de cinco años (nacidos en diciembre) comparten equipo con niños casi un año mayores que ellos (nacidos en enero). Entre adultos una diferencia de un año es anecdótica pero con seis años la diferencia de fuerza, velocidad, tamaño y habilidad de dos niños que se lleven un año de edad es enorme.

La tesis de Gladwell es que esta diferencia de partida acaba siendo insalvable para los más pequeños, porque los que son un poco mejores (generalmente los mayores) serán seleccionados en los equipos, recibirán mejor entrenamiento y jugarán más partidos, haciendo acopio de una ventaja acumulativa que explicará el resultado final: es dos veces más probable que un jugador de Primera División haya nacido en el primer trimestre del año a que lo haya hecho en el último.

En el caso que nos ocupa, tal vez fuera la errática trayectoria discográfica de Anvil, que no supo capitalizar el éxito del disco ‘Metal on metal’, o quizás el ‘factor canadiense’ o incluso la actitud gamberra de los miembros del grupo, que parecen vivir en el Mundo de la Golosina, lo que dejó a Anvil abandonado en la cuneta del éxito.

La gran paradoja es que sobre las cenizas del fracaso de Anvil se alza un éxito: el del director del documental, Sacha Gervasi, que logró el reconocimiento gracias a esta tierna y patética historia de perdedores. Tal es así, que cuando los títulos de crédito desfilan por la pantalla a uno le queda la sensación de que el sentido de la existencia de Anvil fue, exclusivamente, poder protagonizar ‘La historia de Anvil’.

Puedes ver ‘La historia de Anvil’ aquí.

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