30 de septiembre 2014    /   IDEAS
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La gente está muy mal…

30 de septiembre 2014    /   IDEAS     por          
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Revenido es un vino estropeado o una comida mal conservada. «Fulano está revenido», decimos en Sevilla si el carácter de fulano empeoró: antes saludaba y ofrecía ayuda desinteresada; ahora lleva cara de vinagre y porfía por tonterías.

Por desgracia, en los últimos meses aumentaron los fulanos revenidos. Javier Prieto, ingeniero de sistemas que cambió la ciudad por el pueblo, me cuenta: «La gente está muy mal, dicen unas ancianitas en un banco de la plaza del pueblo».
No hay estadísticas de infectados por la peste de los malos modos y el desprecio a los semejantes, sin embargo, se notan los efectos. Las primeras víctimas son personas que trabajan de cara al público: cajeras de súper, empleados de atención al cliente, médicos… Profesionales que reciben las iras de los ciudadanos cabreados por los políticos y las instituciones.
EL FULANO QUE APARCA DONDE QUIERE
Hace poco fui testigo de cómo un fulano de cuarenta y tantos, aparcó en triple fila bloqueando una parada de autobús. El fulano se puso a charlar con un compadre sobre barbacoas. Un conductor de autobús recogió a pasajeros en medio de la avenida y comentó, con toda la razón: «Vaya, dónde aparcan algunos». Esto, que hubiera avergonzado a una persona cabal, encabritó al fulano, que subió al autobús con ganas de bronca.
Estuvieron intercambiando insultos hasta que un pasajero se quejó: «Deja que se vaya el autobús, que tenemos prisa». Parece que el fulano tuvo un momento de vergüenza y bajó acordándose de la familia del conductor del autobús. Sucedió en Sevilla, pero pudo haber ocurrido en cualquier punto de España. Leo que el dueño de un bar pide a un tipo que no escupa en el local y es amenazado con un cuchillo de caza. Un tipo es atacado por un perro y cuando pide al dueño que le ponga bozal, este responde con tres puñetazos. Sucesos que antes se daban de manera aislada y se han vuelto frecuentes. Ya nadie permite una crítica. Lo peor es que el interpelado salta a la primera y con violencia.
Pregunto a amigos y conocidos si han percibido un aumento de violencia verbal y física en los últimos meses.
TRABAJAR CARA AL PÚBLICO QUEMA

P.M., empleada de una oficina municipal —a través de una subcontrata— que tramita gestiones a los ciudadanos, me dice que recibe insultos a diario.
«Cuando digo a alguien que no puedo admitir una solicitud porque falta una fotocopia del DNI o que no cumple los requisitos que solicita el Ayuntamiento, espero lo peor», dice M.P. desganada. «Me han gritado: «No hay derecho», «todo para los negros» o «todo para los españoles», «sois unos sinvergüenzas», «sois unos ladrones…» Alguien me dijo: «Ojalá te mueras de cáncer»».

Cuanto más revenidos los ciudadanos, más ufanos los miembros del Gobierno .


P.M. considera que reacciones furibundas de los usuarios han ido en aumento en el último año. Resulta curioso que cuanto más revenidos los ciudadanos, más ufanos los miembros del Gobierno anunciando el fin de la crisis. Una frase de Lloviendo piedras (guion de Jim Allen para Ken Loach) puede resumir el estado de las cosas: «Somos como luchadores borrachos, dándonos guantazos en vez de unirnos y compartir el poder de realizar cambios».
Quiero hablar con tu superior
LOS MALOS MODOS SE CONTAGIAN

«Yo también he notado que las personas están más revenidas que nunca», comenta Lorena O., abogada. «Por el aire de negatividad que lo impregna todo desde que estamos en crisis. Lo peor es que la irritabilidad se contagia», concluye.
Y de manera fácil y rápida: un fulano o una mengana revenidos contagian a una cajera y esta a sus compañeros, a su pareja y los hijos y estos… Para muchos empleados cara al público supone un fuerte desgaste físico y emocional, agravado por la jornada partida. Las personas no tienen tiempo para recuperarse y acaban derrumbadas. «Todas mis compañeras están quemadas de aguantar gente», dice P. M. con resignación.
EL CLIENTE TIENE DERECHO A INSULTAR
«La gente no tiene pausa ni vergüenza», dice Maricarmen P., reponedora en un hipermercado. Ella cuenta que lo normal es que el cliente pregunte dónde está esto o aquello, pero hay preguntas extravagantes sin respuesta. Maricarmen P. dice: «Una clienta me pregunta: «¿Qué ingredientes necesito para una receta de pollo al chilindrón?» Cuando digo que no sé, responden: «Qué vergüenza que trabajando aquí no sepas esto; así va el país», y se marchan murmurando». No es la primera vez que Maricarmen P. encuentra unidos en el mismo personaje al tonto que no lee los carteles con el revenido.
Tanto P.M. como Maricarmen P. son víctimas de ciudadanos, consumidores que quieren las cosas aquí y ahora. ¿Cuál es el origen de estas prisas mezclada con prepotencia y desprecio?
En cualquier cola se escucha al prepotente, al revenido, que suelta, sin buenos días: «Señorita, a ver si resolvemos esto pronto porque no puedo perder tiempo». Pero, ¿este fulano reclama tiempo o desea otra localización para usar el móvil?
¿LA CRISIS Y EL WHATSAPP NOS VUELVEN VIOLENTOS?

Estamos matando al placer de no hacer nada.


Javier Prieto, ingeniero de sistemas, al que tomé la frase de las ancianas («La gente está muy mal») también apunta a la crisis como una causa de las malas maneras. Añade otra: «Nuestro estilo de vida ha demonizado las esperas y estamos matando el placer de no hacer nada. Antes te sentabas media hora a esperar a un amigo en un banco, y cuando llegaba le dedicabas otra media hora a escuchar su historia de cómo le había cogido un atasco. Ahora, antes de que llegue, ya te tiene que haber informado por Whatsapp de cada pequeña inclemencia en su camino».
Modo héroe
 
Antonio Rosa, ejecutivo de cuentas, también considera que lo digital influye en los malos modos: «La comunicación virtual en exceso favorece la ironía y la poca asertividad con respecto al otro. Llegar y ser «seco» y «duro» es falta de conexión con ese mundo exterior».
El comentario de Antonio Rosa me recuerda el libro El lenguaje en el pensamiento y la acción de S. I. Hayakawa. El lingüista considera que el intercambio de «buenos días» en una parada de autobús permite a las personas mostrarse como sujetos no hostiles. Esto ha cambiado. Parece que ahora no importa parecer pacífico, sino todo lo contrario. Las personas llegan en silencio y quien saluda no recibe contestación. Los buenos días hay que rebañarlos con cuchara.
LA EMPATÍA SE REPARTE… HASTA QUE AGOTA
«Quizás estamos saturados», observa Esperanza García Perea, directora de una conocida editorial sevillana. «Antes sabias de un amigo al día, como mucho, y de un par de familiares cercanos y de tus compañeros de trabajo que, por el tiempo que pasabas con ellos, eran con quienes podías tener mas roces. Ahora interactuamos con más de ciento cincuenta personas durante todo el día a través de redes y Whatsapp. Quizás nuestra empatía tenga un límite», considera Esperanza.
Sin duda, los reclamos digitales contribuyen a la saturación mental junto con una televisión en la que prevalece el ruido, los gritos, las secciones aceleradas y las cabezas huecas.
Por otro lado, Mariano Estela, publicista y guionista colombiano, me comenta que esta peste de los revenidos está en todas partes. «Hay mucha gente, demasiada, andando por ahí con una bomba de tiempo en su pecho y en su cabeza», dice Mariano Estela.
CÓMO EVITAR CONTAGIARNOS
Lo cierto es que el malhumor y la mala baba se han instalado entre nosotros. La artista plástica Claw Dia considera necesario aprender a canalizar el cabreo hacia la creatividad. Es una solución interesante tanto para el artista, el manitas o para quien busca una nueva afición. Otra solución es rechazar a personas tóxicas y actividades por compromiso. En definitiva, poner en cuarentena a aquello que nos turba, que nos saca de quicio: intentar que no se extienda la peste de los revenidos.

Revenido es un vino estropeado o una comida mal conservada. «Fulano está revenido», decimos en Sevilla si el carácter de fulano empeoró: antes saludaba y ofrecía ayuda desinteresada; ahora lleva cara de vinagre y porfía por tonterías.

Por desgracia, en los últimos meses aumentaron los fulanos revenidos. Javier Prieto, ingeniero de sistemas que cambió la ciudad por el pueblo, me cuenta: «La gente está muy mal, dicen unas ancianitas en un banco de la plaza del pueblo».
No hay estadísticas de infectados por la peste de los malos modos y el desprecio a los semejantes, sin embargo, se notan los efectos. Las primeras víctimas son personas que trabajan de cara al público: cajeras de súper, empleados de atención al cliente, médicos… Profesionales que reciben las iras de los ciudadanos cabreados por los políticos y las instituciones.
EL FULANO QUE APARCA DONDE QUIERE
Hace poco fui testigo de cómo un fulano de cuarenta y tantos, aparcó en triple fila bloqueando una parada de autobús. El fulano se puso a charlar con un compadre sobre barbacoas. Un conductor de autobús recogió a pasajeros en medio de la avenida y comentó, con toda la razón: «Vaya, dónde aparcan algunos». Esto, que hubiera avergonzado a una persona cabal, encabritó al fulano, que subió al autobús con ganas de bronca.
Estuvieron intercambiando insultos hasta que un pasajero se quejó: «Deja que se vaya el autobús, que tenemos prisa». Parece que el fulano tuvo un momento de vergüenza y bajó acordándose de la familia del conductor del autobús. Sucedió en Sevilla, pero pudo haber ocurrido en cualquier punto de España. Leo que el dueño de un bar pide a un tipo que no escupa en el local y es amenazado con un cuchillo de caza. Un tipo es atacado por un perro y cuando pide al dueño que le ponga bozal, este responde con tres puñetazos. Sucesos que antes se daban de manera aislada y se han vuelto frecuentes. Ya nadie permite una crítica. Lo peor es que el interpelado salta a la primera y con violencia.
Pregunto a amigos y conocidos si han percibido un aumento de violencia verbal y física en los últimos meses.
TRABAJAR CARA AL PÚBLICO QUEMA

P.M., empleada de una oficina municipal —a través de una subcontrata— que tramita gestiones a los ciudadanos, me dice que recibe insultos a diario.
«Cuando digo a alguien que no puedo admitir una solicitud porque falta una fotocopia del DNI o que no cumple los requisitos que solicita el Ayuntamiento, espero lo peor», dice M.P. desganada. «Me han gritado: «No hay derecho», «todo para los negros» o «todo para los españoles», «sois unos sinvergüenzas», «sois unos ladrones…» Alguien me dijo: «Ojalá te mueras de cáncer»».

Cuanto más revenidos los ciudadanos, más ufanos los miembros del Gobierno .


P.M. considera que reacciones furibundas de los usuarios han ido en aumento en el último año. Resulta curioso que cuanto más revenidos los ciudadanos, más ufanos los miembros del Gobierno anunciando el fin de la crisis. Una frase de Lloviendo piedras (guion de Jim Allen para Ken Loach) puede resumir el estado de las cosas: «Somos como luchadores borrachos, dándonos guantazos en vez de unirnos y compartir el poder de realizar cambios».
Quiero hablar con tu superior
LOS MALOS MODOS SE CONTAGIAN

«Yo también he notado que las personas están más revenidas que nunca», comenta Lorena O., abogada. «Por el aire de negatividad que lo impregna todo desde que estamos en crisis. Lo peor es que la irritabilidad se contagia», concluye.
Y de manera fácil y rápida: un fulano o una mengana revenidos contagian a una cajera y esta a sus compañeros, a su pareja y los hijos y estos… Para muchos empleados cara al público supone un fuerte desgaste físico y emocional, agravado por la jornada partida. Las personas no tienen tiempo para recuperarse y acaban derrumbadas. «Todas mis compañeras están quemadas de aguantar gente», dice P. M. con resignación.
EL CLIENTE TIENE DERECHO A INSULTAR
«La gente no tiene pausa ni vergüenza», dice Maricarmen P., reponedora en un hipermercado. Ella cuenta que lo normal es que el cliente pregunte dónde está esto o aquello, pero hay preguntas extravagantes sin respuesta. Maricarmen P. dice: «Una clienta me pregunta: «¿Qué ingredientes necesito para una receta de pollo al chilindrón?» Cuando digo que no sé, responden: «Qué vergüenza que trabajando aquí no sepas esto; así va el país», y se marchan murmurando». No es la primera vez que Maricarmen P. encuentra unidos en el mismo personaje al tonto que no lee los carteles con el revenido.
Tanto P.M. como Maricarmen P. son víctimas de ciudadanos, consumidores que quieren las cosas aquí y ahora. ¿Cuál es el origen de estas prisas mezclada con prepotencia y desprecio?
En cualquier cola se escucha al prepotente, al revenido, que suelta, sin buenos días: «Señorita, a ver si resolvemos esto pronto porque no puedo perder tiempo». Pero, ¿este fulano reclama tiempo o desea otra localización para usar el móvil?
¿LA CRISIS Y EL WHATSAPP NOS VUELVEN VIOLENTOS?

Estamos matando al placer de no hacer nada.


Javier Prieto, ingeniero de sistemas, al que tomé la frase de las ancianas («La gente está muy mal») también apunta a la crisis como una causa de las malas maneras. Añade otra: «Nuestro estilo de vida ha demonizado las esperas y estamos matando el placer de no hacer nada. Antes te sentabas media hora a esperar a un amigo en un banco, y cuando llegaba le dedicabas otra media hora a escuchar su historia de cómo le había cogido un atasco. Ahora, antes de que llegue, ya te tiene que haber informado por Whatsapp de cada pequeña inclemencia en su camino».
Modo héroe
 
Antonio Rosa, ejecutivo de cuentas, también considera que lo digital influye en los malos modos: «La comunicación virtual en exceso favorece la ironía y la poca asertividad con respecto al otro. Llegar y ser «seco» y «duro» es falta de conexión con ese mundo exterior».
El comentario de Antonio Rosa me recuerda el libro El lenguaje en el pensamiento y la acción de S. I. Hayakawa. El lingüista considera que el intercambio de «buenos días» en una parada de autobús permite a las personas mostrarse como sujetos no hostiles. Esto ha cambiado. Parece que ahora no importa parecer pacífico, sino todo lo contrario. Las personas llegan en silencio y quien saluda no recibe contestación. Los buenos días hay que rebañarlos con cuchara.
LA EMPATÍA SE REPARTE… HASTA QUE AGOTA
«Quizás estamos saturados», observa Esperanza García Perea, directora de una conocida editorial sevillana. «Antes sabias de un amigo al día, como mucho, y de un par de familiares cercanos y de tus compañeros de trabajo que, por el tiempo que pasabas con ellos, eran con quienes podías tener mas roces. Ahora interactuamos con más de ciento cincuenta personas durante todo el día a través de redes y Whatsapp. Quizás nuestra empatía tenga un límite», considera Esperanza.
Sin duda, los reclamos digitales contribuyen a la saturación mental junto con una televisión en la que prevalece el ruido, los gritos, las secciones aceleradas y las cabezas huecas.
Por otro lado, Mariano Estela, publicista y guionista colombiano, me comenta que esta peste de los revenidos está en todas partes. «Hay mucha gente, demasiada, andando por ahí con una bomba de tiempo en su pecho y en su cabeza», dice Mariano Estela.
CÓMO EVITAR CONTAGIARNOS
Lo cierto es que el malhumor y la mala baba se han instalado entre nosotros. La artista plástica Claw Dia considera necesario aprender a canalizar el cabreo hacia la creatividad. Es una solución interesante tanto para el artista, el manitas o para quien busca una nueva afición. Otra solución es rechazar a personas tóxicas y actividades por compromiso. En definitiva, poner en cuarentena a aquello que nos turba, que nos saca de quicio: intentar que no se extienda la peste de los revenidos.

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Opiniones 16
  • No hace falta jurarlo, la verdad, la gente está a la que salta y es muy estresante cuando quieres alejarte de ese tipo de energía y no puedes. Lo dice una que ya tiene bastante con la que está cayendo como para saltar a la mínima…

    • Sí, hay momentos del día y hay personas que uno no puede eludir. Por eso evito lo que puedo evitar, como las reuniones de vecinos (trescientas personas que acaban a gritos).

  • Precioso, porque es una ventana a una realidad palpable, terrible porque igualmente es lo que es.
    No solamente en España lo tienen chungo, en todas partes está la cosa igual o mucho peor, no es por encontrar un recalcitrante pretexto, es por mencionar que las cosas tienen un trasfondo socio-cultural específico y en base a ello nos conducimos.
    Que la «condición» es contagiosa, sí, mucho, porque cuando uno es bueno llega con un rollo positivo tratando de que las cosas mejoren, tiene una voluntad que por férrea que sea se va debilitando al paso del tiempo y como no tras los marronazos que se reciben porque la gente lastimada creé que se siente uno superior cuando no es así, para finalmente terminar siendo uno más de los resentidos, tercos, desidiosos y fracasados a posta a los que trataba uno de ayudar.
    Hablo el egotista.
    Me da gusto que alguien tenga la voluntad de decir que hay un problema en un contexto más popular, me resultas admirable tío y es de agradecerse que lo hagas.
    Un saludo.

  • Es curioso, no creo que sea un caso aislado el de España, acá las formas y el cotidiano se ha vuelto muy, muy parecido, gente que se baja a trompear a la primera, o gente a la que le moleste

  • Es verdad que trabajando cara al público es fácil encontrarte cada día con un caso. Por suerte en mi trabajo sí me da tiempo a recuperarse, pero admito que a veces me cuesta mantener la sonrisa, no llegar a casa un viernes y empezar a llenarle la cabeza a mi pareja sobre gente que no me importa y no volveré a ver nunca más. Es complicado. Ponerle un toque de humor, ayuda. Una vez hice una lista de «tipos de clientes (revenidos, como dices tu)» para quitarle hierro al asunto, pero me salió larguísima. ¿Me estaría contagiando? Jeje. De todos modos, no creo que las redes tengan la culpa de todo. Es decir, sin duda la tecnología nos hace más impacientes (antes esperabas pacientemente a que se abriera el ordenador, ahora si tarda más de 5 segundos ya te empiezas a poner nervioso), eso sí. Pero las redes, al mismo tiempo, también puede hacernos más abiertos al mundo. Yo creo que la actitud, en parte, es voluntaria. La abuela que se comporta de ese modo, no se a vuelto impaciente por la tecnología, sino mas probablemente por la soledad, la falta de atención y cariño. El señor que busca bronca, la busca dentro y fuera de las redes. El niño sin control paterno… Ese pasotismo, no es culpa de la tecnología, sino de otra cosa. En este país, especialmente, tenemos una cultura de premiar y/o admirar al malote de la clase, y el que se esfuerza y saca buenas notas siempre ha sido un empollón o un pringado. Con y sin redes sociales, con y sin tecnología. El problema es otro, el abuso (que no uso) de las redes o la tecnología parte de la consecuencia, aunque quizá gravante del problema. ¡No lo sé!

    • Tienes razón con lo de la abuela y el niño. Y sí, seguro que las tecnologías son causa y a la vez consecuencia, como la pescadilla que se muerde la cola.
      Es admirable, por el esfuerzo que supone, intentar tomarte las cosas con humor. Gracias por tu comentario, Agnes.

  • tan cierto! justo por la mañana tuve un episodio más de esta gente revenida.. hasta el coño de tener que soportarlos! Uno, por más que intente alejarse… llegan así! sin avisar! e intoxicando todo tu día… uff 🙂 me ha alegrado un poco saber que no era yo.. que lo sufrimos muchos.

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