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23 de julio 2015    /   CREATIVIDAD
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El retorno de la Gorda de las Galaxias

23 de julio 2015    /   CREATIVIDAD     por          
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A mediados de los años 80, La Gorda de las Galaxias –acompañada de otros personajes como Maladona, el futbolista chino o Don Marino y su submarino–, irrumpió en los tebeos de Bruguera y los llenó de color, música, contracultura, conciencia ecológica y psicodelia. Una propuesta estética y conceptual inusual para el universo gris de la editorial catalana, surgida de la mente inquieta y torrencial de Nicolás, un prodigio precoz del tebeo, la literatura y el arte que, después de décadas olvidado, vuelve a estar de actualidad gracias a una serie de proyectos en torno a su vida y su obra.
«Allá donde entro rompo todas las normas establecidas. También rompí las normas de Bruguera», explica Nicolás. «Tuve la suerte de que lo mío es muy femenino y gustó mucho a las mujeres que trabajaban allí, como Montse Vives y sobre todo Mercedes Blanco, que, además, controlaban bastantes revistas. De todo lo que les envié, unos veinte personajes, algunos de los cuales había dibujado yéndome a la hemeroteca para ver cómo eran los clásicos de la editorial, eligieron la Gorda de las Galaxias».

[pullquote class=»left»]Hacerse adulto es hacerse de derechas[/pullquote]
«Aunque no lo parezca, la Gorda era muy afín al trabajo de los dibujantes clásicos de Bruguera, que eran más libres que los que llegaron después», continúa. «Aunque publicaban en plena posguerra, los guiones eran más libres. Por ejemplo, Zipi y Zape eran el testimonio de todo tipo de torturas, policiales, paternales, el patriarcado… Carpanta era algo no menos fuerte a lo que hacía Gila por entonces. No en vano durante los años 40 y 50, Bruguera o revistas tipo La Codorniz eran refugio de rojos. En definitiva, aunque mi obra no encajaba con la línea de Bruguera ni con la de otras escuelas, a las mujeres que trabajaban allí y a los niños que eran niños, que eran libertarios, imaginativos, inocentes y que tenían ideas de rebeldía, sí que les gustaba. Los otros, los niños “adultizados”, la odiaban porque hacerse adulto es hacerse de derechas».
[pullquote class=»right»]Mi madre, sin saberlo, era beatnik. De ella aprendí a romper fronteras[/pullquote]
La vena libertaria y ácrata de Nicolás le viene por parte de madre, que había sufrido la violencia de la Guerra Civil, fue testigo de cómo un grupo de militares fascistas secuestró a su abuelo para fusilarlo y visitó las cárceles para llevar comida a ese abuelo una vez que la sentencia de muerte fue conmutada por una pena de seis años, al final de la cual, el hombre acabaría arrojándose a las vías del tren, tras comprender que sus antecedentes penales le impedirían recuperar su trabajo en RENFE y rehacer su vida.
«Mi padre era un fascista. Muy de derechas. Había tenido relación con espías nazis y, aunque era muy homófobo, hablaba de ellos, de lo altos y rubios que eran con mucha efusividad. Llegaba a decir incluso: qué tipazo», relata. «Mi madre era libertaria. De ella aprendí a romper fronteras, a romper los roles masculinos y femeninos, las fronteras de la edad, las fronteras sexuales… Mi madre, sin saberlo, era beatnik y, en el fondo, mi relación con ella era muy parecida a la de Allen Ginsberg con la suya, porque la mía también tenía brotes de locura. Muy breves, no como la de él, que eran continuos, pero esa vivencia de la locura también la viví desde pequeño».

Nicolás destacó muy pronto entre el resto de los compañeros de su edad. Escribía, dibujaba, hasta el punto de que fue ese talento lo que animó a su padre a presentarse en uno de los colegios más caros de la colonia de El Viso en Madrid para solicitar al director que aceptase a su hijo como alumno.
«Mi padre no podía pagar un colegio, pero tampoco le daban una beca porque para conseguirla tenías que estar poco menos que arrastrándote. Entonces cogió todas las cosas que yo hacía y se plantó en un colegio de la calle Guadiana, que creo que era del Opus, y el director le dijo que me inscribían gratis, incluida la comida si quería. Estuve así desde los 11 años hasta COU. Era un colegio pijo ultrafascista al que iba, por ejemplo, el hijo de Vizcaíno-Casas, y me destrozaron. Me molestaban, me amenazaban, se burlaban… De ahí ha salido mucho de las cosas que hice después».
Es fácil imaginar el contraste que un niño imaginativo, ácrata y sensible provocaba en una institución férrea como la de un colegio de elite confesional y franquista. Sin embargo, Nicolás encontró la forma de abstraerse de todo eso alimentando aún más su mundo interior y refugiándose en él. Escribió Aventuras de un niño raro, un libro sobre la amistad de un chaval con una jineta, publicó en Bruguera una carta en la que hacía un llamamiento a cuidar y respetar a los animales –en una época en que la ecología era una actitud claramente contracultural, cuando no totalmente subversiva– la cual recibió incluso la respuesta de Félix Rodríguez de la Fuente, y debutó en televisión para enmendarle la plana al mismísimo Gonzalo García Pelayo.
[pullquote class=»right»]Tengo la raíz psicodélica pura. Yodo lo que yo hago es muy psicodélico sin haber probado drogas[/pullquote]
«García Pelayo estaba haciendo un ciclo con Carlos Tena en Para vosotros los jóvenes sobre los Rolling Stones y volvieron a mencionar el tópico de que ellos eran más rebeldes que los Beatles, de que estaban enfrentados… Le escribí una carta a la emisora diciéndole que había que reivindicar la rebeldía de los Beatles, que eran los que habían hecho muchas de las cosas que los Stones habían repetido después, que además eran gente de clase obrera… A los pocos días dijo en antena que había recibido una carta muy inteligente y, al día siguiente, me llamó para que fuera a la tele a Mundo pop, un programa que dirigía Moncho Alpuente. Cada semana iba un crítico de discos y a mí me hizo una entrevista en la que iba hablando de Imagine, de los Rolling Stones, puse a Graham Nash… Estaba Miguel Ríos, que también lo iban a entrevistar ese día, y me felicitó. Me preguntó que qué edad tenía. Le dije que 16».

Poco después, Nicolás comenzó a colaborar en revistas como Disco Exprés, Hilo Musical o La Codorniz, donde publicó una sección fija titulada Nicolás, corresponsal underground para la que escribió textos inspirados en Woody Allen, en el nonsense anglosajón, dibujó viñetas de chistes o hizo historietas a lo Robert Crumb.
«Mi primer dibujo en Disco Exprés fue un retrato de Leon Russel. Ya tenía ese toque psicodélico que hay en todos mis dibujos. Todo lo que yo hago es muy psicodélico sin haber probado ninguna droga jamás, ni siquiera tabaco. Eso me viene de una raíz de niño. Tengo la raíz psicodélica pura, tengo esas puertas de la percepción abiertas. Una vez me dijeron que un texto que había escrito en La Codorniz era como lo que sentía la gente al tomar heroína y yo nunca la he probado. Incluso muchas de las cosas que me han influido, como libros, películas, discos, como no tenía dinero para comprarlas, muchas de esas películas o músicas las conozco de imaginarlas más que de oírlas o verlas».

A lo largo de la conversación, además de los ya citados, Nicolás ha ido nombrando a Borges, a Jung, a John Lennon, a George Harrison, a Ringo, a McCartney, a todos los Rolling Stones por su nombre –Mick Taylor incluido–, a su productor –Andrew Loog Oldham–, a Marianne Faithfull, a Pat Benatar, a Manuel Puig, a Pati Smith, a Lou Reed, a Diana Riggs, a Rory Storm, a Jennifer Jones, a Luis Alberto de Cuenca, a Mishima, a Billy Wilder, a Iván Zulueta, a Ian Curtis… Una avalancha de nombres y referencias que, además de en su charla, también están presentes en todos los rincones de su casa. Paredes, mesas y cajones acogen pequeños altares o grandes retablos repletos de fotografías, textos y dibujos, muchos dibujos. Unas referencias que Nicolás incorpora a su universo de tal manera que, a la hora de desgranarlo, traduce al castellano los títulos, las canciones y los versos haciéndolos totalmente suyos, como si fuera la cosa más normal.
[pullquote class=»right»]Mi vida laboral fue desde los 16 a los 30. A partir de entonces me echaron y no volví a ganar dinero[/pullquote]
«Es verdad. Lo digo a mi manera, lo hago mío e incluso le aporto un toque literario. Cuando veo traducciones de canciones en internet o en libros, me resultan como robóticas, así que yo las hago a mi manera, como John Lennon las hubiera hecho si hubiera escrito en español. En mi libro Mermelada y dinamita hablo de Eleanor Rigby y yo la llamo Leonor. Diego Manrique escribió una reseña sobre el libro en el título también ponía “Leonor Rigby”».

A pesar de que el éxito y repercusión de la Gorda de las Galaxias pueda dar una impresión equivocada, la carrera laboral de Nicolás se concentró en apenas una década. No ha publicado casi nada desde principios de los 90, salvo alguna colaboración puntual como un cartel para el Salón del Cómic de Huelva en 2012 o algún dibujo en el periódico Diagonal.
«Mi vida laboral fue desde los 16 a los 30. A partir de entonces me echaron y no volví a ganar dinero. Cuando cerró Bruguera y la compró Ediciones B, Mercedes Blanco me llevó con ella y me protegió, pero tuvo que marcharse por un problema familiar y el Grupo Z, tremendamente reaccionario aunque jugando a ser “progre”, lo primero que hizo fue eliminar a Nicolas y a J. Sanchís porque, según ellos, éramos demasiado fantásticos y debían pensar que se empieza por la fantasía y se puede acabar sacando utopias y hacer que la vida sea de otra manera, como decían los surrealistas. Me quedé con los ahorros y he estado viviendo de ellos hasta ahora. A pesar de todo, me vino muy bien para hacer novelas y hacerlas libremente porque, como nadie me las iba a publicar, hice lo que me dio la gana».

De nada sirvió que Nicolás conociera a las figuras emergentes del momento, que se codease con algunos de los personajes más destacados de la Movida madrileña, algunos de los cuales han llegado con el tiempo a ser incluso Secretarios de Estado. Una vez más, su universo era demasiado complejo y vasto como para encajar en ese mundo.
«Los he conocido a todos, pero desde fuera. Era como un espía infiltrado, era un working class hero, un psicodélico, un marginal, un raro, underground… Conocía a Carlos Berlanga antes de que supiera que iba a hacer música, de cuando hacía humor gráfico. A Fernando Márquez El Zurdo, con el que hice una revista… La Movida madrileña nace conmigo, pero quedo fuera porque yo ya era profesional y ellos por entonces todavía no. También me rechazaban en revistas musicales o en revistas de cómic como El Víbora porque decían que no encajaba… Eso hacía que me encontrara fuera en todos los sitios. Me sentía extranjero. Pero eso siempre ha sido así. Me llevaba mejor con los animales que con las personas, mi primer amigo fue un chino de Formosa… Siempre me he llevado mejor con lo extranjero».
–Hasta la Gorda de las Galaxias procede de otro mundo –apunto.
–Sí, nunca se dice de dónde viene –responde Nicolás.
-¿Tú sabes de dónde? –pregunto.
–Viene de la soledad. Viene de tres canciones. De 2000 años luz, de los Rolling Stones; de Rocket Man, de Elton John; y de Odisea Espacial, de David Bowie. Son tres historias de soledad bestial, abisal, que no tienen solución. En la pista de hielo escuchaba Rocket Man y cuando Elton John decía que iba a ser un largo, largo tiempo, sentía que estaba hablando de mi soledad, que había empezado en el colegio y que iba a continuar eternamente.

En 2012 la editorial Bang!/Mamut rescató el personaje de La Gorda de las Galaxias en una cuidada edición y son varios los proyectos, entre los que se cuentan exposiciones y un documental, que pretenden rescatar la obra de Nicolás e incluso sacar a la luz su faceta como escritor publicando su novela Kubelik y unas memorias que repasan su intensa vida y prometen ser muy interesantes.

A mediados de los años 80, La Gorda de las Galaxias –acompañada de otros personajes como Maladona, el futbolista chino o Don Marino y su submarino–, irrumpió en los tebeos de Bruguera y los llenó de color, música, contracultura, conciencia ecológica y psicodelia. Una propuesta estética y conceptual inusual para el universo gris de la editorial catalana, surgida de la mente inquieta y torrencial de Nicolás, un prodigio precoz del tebeo, la literatura y el arte que, después de décadas olvidado, vuelve a estar de actualidad gracias a una serie de proyectos en torno a su vida y su obra.
«Allá donde entro rompo todas las normas establecidas. También rompí las normas de Bruguera», explica Nicolás. «Tuve la suerte de que lo mío es muy femenino y gustó mucho a las mujeres que trabajaban allí, como Montse Vives y sobre todo Mercedes Blanco, que, además, controlaban bastantes revistas. De todo lo que les envié, unos veinte personajes, algunos de los cuales había dibujado yéndome a la hemeroteca para ver cómo eran los clásicos de la editorial, eligieron la Gorda de las Galaxias».

[pullquote class=»left»]Hacerse adulto es hacerse de derechas[/pullquote]
«Aunque no lo parezca, la Gorda era muy afín al trabajo de los dibujantes clásicos de Bruguera, que eran más libres que los que llegaron después», continúa. «Aunque publicaban en plena posguerra, los guiones eran más libres. Por ejemplo, Zipi y Zape eran el testimonio de todo tipo de torturas, policiales, paternales, el patriarcado… Carpanta era algo no menos fuerte a lo que hacía Gila por entonces. No en vano durante los años 40 y 50, Bruguera o revistas tipo La Codorniz eran refugio de rojos. En definitiva, aunque mi obra no encajaba con la línea de Bruguera ni con la de otras escuelas, a las mujeres que trabajaban allí y a los niños que eran niños, que eran libertarios, imaginativos, inocentes y que tenían ideas de rebeldía, sí que les gustaba. Los otros, los niños “adultizados”, la odiaban porque hacerse adulto es hacerse de derechas».
[pullquote class=»right»]Mi madre, sin saberlo, era beatnik. De ella aprendí a romper fronteras[/pullquote]
La vena libertaria y ácrata de Nicolás le viene por parte de madre, que había sufrido la violencia de la Guerra Civil, fue testigo de cómo un grupo de militares fascistas secuestró a su abuelo para fusilarlo y visitó las cárceles para llevar comida a ese abuelo una vez que la sentencia de muerte fue conmutada por una pena de seis años, al final de la cual, el hombre acabaría arrojándose a las vías del tren, tras comprender que sus antecedentes penales le impedirían recuperar su trabajo en RENFE y rehacer su vida.
«Mi padre era un fascista. Muy de derechas. Había tenido relación con espías nazis y, aunque era muy homófobo, hablaba de ellos, de lo altos y rubios que eran con mucha efusividad. Llegaba a decir incluso: qué tipazo», relata. «Mi madre era libertaria. De ella aprendí a romper fronteras, a romper los roles masculinos y femeninos, las fronteras de la edad, las fronteras sexuales… Mi madre, sin saberlo, era beatnik y, en el fondo, mi relación con ella era muy parecida a la de Allen Ginsberg con la suya, porque la mía también tenía brotes de locura. Muy breves, no como la de él, que eran continuos, pero esa vivencia de la locura también la viví desde pequeño».

Nicolás destacó muy pronto entre el resto de los compañeros de su edad. Escribía, dibujaba, hasta el punto de que fue ese talento lo que animó a su padre a presentarse en uno de los colegios más caros de la colonia de El Viso en Madrid para solicitar al director que aceptase a su hijo como alumno.
«Mi padre no podía pagar un colegio, pero tampoco le daban una beca porque para conseguirla tenías que estar poco menos que arrastrándote. Entonces cogió todas las cosas que yo hacía y se plantó en un colegio de la calle Guadiana, que creo que era del Opus, y el director le dijo que me inscribían gratis, incluida la comida si quería. Estuve así desde los 11 años hasta COU. Era un colegio pijo ultrafascista al que iba, por ejemplo, el hijo de Vizcaíno-Casas, y me destrozaron. Me molestaban, me amenazaban, se burlaban… De ahí ha salido mucho de las cosas que hice después».
Es fácil imaginar el contraste que un niño imaginativo, ácrata y sensible provocaba en una institución férrea como la de un colegio de elite confesional y franquista. Sin embargo, Nicolás encontró la forma de abstraerse de todo eso alimentando aún más su mundo interior y refugiándose en él. Escribió Aventuras de un niño raro, un libro sobre la amistad de un chaval con una jineta, publicó en Bruguera una carta en la que hacía un llamamiento a cuidar y respetar a los animales –en una época en que la ecología era una actitud claramente contracultural, cuando no totalmente subversiva– la cual recibió incluso la respuesta de Félix Rodríguez de la Fuente, y debutó en televisión para enmendarle la plana al mismísimo Gonzalo García Pelayo.
[pullquote class=»right»]Tengo la raíz psicodélica pura. Yodo lo que yo hago es muy psicodélico sin haber probado drogas[/pullquote]
«García Pelayo estaba haciendo un ciclo con Carlos Tena en Para vosotros los jóvenes sobre los Rolling Stones y volvieron a mencionar el tópico de que ellos eran más rebeldes que los Beatles, de que estaban enfrentados… Le escribí una carta a la emisora diciéndole que había que reivindicar la rebeldía de los Beatles, que eran los que habían hecho muchas de las cosas que los Stones habían repetido después, que además eran gente de clase obrera… A los pocos días dijo en antena que había recibido una carta muy inteligente y, al día siguiente, me llamó para que fuera a la tele a Mundo pop, un programa que dirigía Moncho Alpuente. Cada semana iba un crítico de discos y a mí me hizo una entrevista en la que iba hablando de Imagine, de los Rolling Stones, puse a Graham Nash… Estaba Miguel Ríos, que también lo iban a entrevistar ese día, y me felicitó. Me preguntó que qué edad tenía. Le dije que 16».

Poco después, Nicolás comenzó a colaborar en revistas como Disco Exprés, Hilo Musical o La Codorniz, donde publicó una sección fija titulada Nicolás, corresponsal underground para la que escribió textos inspirados en Woody Allen, en el nonsense anglosajón, dibujó viñetas de chistes o hizo historietas a lo Robert Crumb.
«Mi primer dibujo en Disco Exprés fue un retrato de Leon Russel. Ya tenía ese toque psicodélico que hay en todos mis dibujos. Todo lo que yo hago es muy psicodélico sin haber probado ninguna droga jamás, ni siquiera tabaco. Eso me viene de una raíz de niño. Tengo la raíz psicodélica pura, tengo esas puertas de la percepción abiertas. Una vez me dijeron que un texto que había escrito en La Codorniz era como lo que sentía la gente al tomar heroína y yo nunca la he probado. Incluso muchas de las cosas que me han influido, como libros, películas, discos, como no tenía dinero para comprarlas, muchas de esas películas o músicas las conozco de imaginarlas más que de oírlas o verlas».

A lo largo de la conversación, además de los ya citados, Nicolás ha ido nombrando a Borges, a Jung, a John Lennon, a George Harrison, a Ringo, a McCartney, a todos los Rolling Stones por su nombre –Mick Taylor incluido–, a su productor –Andrew Loog Oldham–, a Marianne Faithfull, a Pat Benatar, a Manuel Puig, a Pati Smith, a Lou Reed, a Diana Riggs, a Rory Storm, a Jennifer Jones, a Luis Alberto de Cuenca, a Mishima, a Billy Wilder, a Iván Zulueta, a Ian Curtis… Una avalancha de nombres y referencias que, además de en su charla, también están presentes en todos los rincones de su casa. Paredes, mesas y cajones acogen pequeños altares o grandes retablos repletos de fotografías, textos y dibujos, muchos dibujos. Unas referencias que Nicolás incorpora a su universo de tal manera que, a la hora de desgranarlo, traduce al castellano los títulos, las canciones y los versos haciéndolos totalmente suyos, como si fuera la cosa más normal.
[pullquote class=»right»]Mi vida laboral fue desde los 16 a los 30. A partir de entonces me echaron y no volví a ganar dinero[/pullquote]
«Es verdad. Lo digo a mi manera, lo hago mío e incluso le aporto un toque literario. Cuando veo traducciones de canciones en internet o en libros, me resultan como robóticas, así que yo las hago a mi manera, como John Lennon las hubiera hecho si hubiera escrito en español. En mi libro Mermelada y dinamita hablo de Eleanor Rigby y yo la llamo Leonor. Diego Manrique escribió una reseña sobre el libro en el título también ponía “Leonor Rigby”».

A pesar de que el éxito y repercusión de la Gorda de las Galaxias pueda dar una impresión equivocada, la carrera laboral de Nicolás se concentró en apenas una década. No ha publicado casi nada desde principios de los 90, salvo alguna colaboración puntual como un cartel para el Salón del Cómic de Huelva en 2012 o algún dibujo en el periódico Diagonal.
«Mi vida laboral fue desde los 16 a los 30. A partir de entonces me echaron y no volví a ganar dinero. Cuando cerró Bruguera y la compró Ediciones B, Mercedes Blanco me llevó con ella y me protegió, pero tuvo que marcharse por un problema familiar y el Grupo Z, tremendamente reaccionario aunque jugando a ser “progre”, lo primero que hizo fue eliminar a Nicolas y a J. Sanchís porque, según ellos, éramos demasiado fantásticos y debían pensar que se empieza por la fantasía y se puede acabar sacando utopias y hacer que la vida sea de otra manera, como decían los surrealistas. Me quedé con los ahorros y he estado viviendo de ellos hasta ahora. A pesar de todo, me vino muy bien para hacer novelas y hacerlas libremente porque, como nadie me las iba a publicar, hice lo que me dio la gana».

De nada sirvió que Nicolás conociera a las figuras emergentes del momento, que se codease con algunos de los personajes más destacados de la Movida madrileña, algunos de los cuales han llegado con el tiempo a ser incluso Secretarios de Estado. Una vez más, su universo era demasiado complejo y vasto como para encajar en ese mundo.
«Los he conocido a todos, pero desde fuera. Era como un espía infiltrado, era un working class hero, un psicodélico, un marginal, un raro, underground… Conocía a Carlos Berlanga antes de que supiera que iba a hacer música, de cuando hacía humor gráfico. A Fernando Márquez El Zurdo, con el que hice una revista… La Movida madrileña nace conmigo, pero quedo fuera porque yo ya era profesional y ellos por entonces todavía no. También me rechazaban en revistas musicales o en revistas de cómic como El Víbora porque decían que no encajaba… Eso hacía que me encontrara fuera en todos los sitios. Me sentía extranjero. Pero eso siempre ha sido así. Me llevaba mejor con los animales que con las personas, mi primer amigo fue un chino de Formosa… Siempre me he llevado mejor con lo extranjero».
–Hasta la Gorda de las Galaxias procede de otro mundo –apunto.
–Sí, nunca se dice de dónde viene –responde Nicolás.
-¿Tú sabes de dónde? –pregunto.
–Viene de la soledad. Viene de tres canciones. De 2000 años luz, de los Rolling Stones; de Rocket Man, de Elton John; y de Odisea Espacial, de David Bowie. Son tres historias de soledad bestial, abisal, que no tienen solución. En la pista de hielo escuchaba Rocket Man y cuando Elton John decía que iba a ser un largo, largo tiempo, sentía que estaba hablando de mi soledad, que había empezado en el colegio y que iba a continuar eternamente.

En 2012 la editorial Bang!/Mamut rescató el personaje de La Gorda de las Galaxias en una cuidada edición y son varios los proyectos, entre los que se cuentan exposiciones y un documental, que pretenden rescatar la obra de Nicolás e incluso sacar a la luz su faceta como escritor publicando su novela Kubelik y unas memorias que repasan su intensa vida y prometen ser muy interesantes.

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Opiniones 2
  • Hola, yorokobu.
    Os escribo porque hace varios meses ya os envié un libro de cuentos llamado»Cuentos raros para niños de derechas» En una sinopsis del libro explicaba que el concepto «niños de derechas» es básicamente que al crecer perdemos la anarquía y libertad de la infancia. O sea que los niños de derechas son en realidad los adultos. Ahora leo en vuestro reportaje de «La Gorda de las galaxias» que el autor, Nicolás, dice una cosa muy parecida. Idéntica, vamos. No sé que pretendo con este mensaje. Me ha sorprendido el parecido. A lo mejor ver si le podíais hacer llegar el librillo para que me de feedback. Me ha parecido curioso, eso es todo.
    Gracias.
    Curro Serrano.

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