18 de julio 2012    /   BUSINESS
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La granja que hay debajo del asfalto de Spitalfields

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La historia que están leyendo no es nueva. Comenzó hace 34 años en Spitalfields, el londinense barrio sobre el que se posa Brick Lane y sus modernísimos alrededores. Allí, entre tiendas de discos, mercados de segunda mano, boutiques de tendencias y restaurantes hindúes, se levanta Spitalfields City Farm, una granja en medio de la ciudad que se puso en marcha con la intención que los urbanitas no se olvidaran del verde.

Cuando comenzamos a poner ladrillo sobre ladrillo para construir las ciudades, abrimos la veda del olvido, la de dejar de recordar que antes, ahí mismo, había hierba, agua y vida animal. Hemos ocupado los espacios y los llamamos urbanos. Lo hacemos así para no reparar en la responsabilidad de ofrecer a quienes lo habitan un lugar donde estar en contacto con el verde del que proviene toda la vida del planeta.

Tuvimos la mala cabeza de no planear más manto vegetal entre tanto edificio pero, por suerte, cada vez hay más criterio aplicado la recuperación de espacios públicos. Era difícil aplicar menos, pero lo cierto es que el ciudadano que se concibe en el futuro será más sostenible o, sencillamente, no será.

La granja urbana de Spitalfields nació después de que sus fundadores se dieran cuenta de que los niños crecidos en Londres veían en los zoos de la ciudad tigres y ñús pero no vacas y puercos (sin hablar de manera metafórica). La vida rural era algo tremendamente desconocido para una buena parte de la capital británica.

La forma abrupta que los ciudadanos emplearon para comenzar el proyecto también tiene su aquel. «Los vecinos del barrios ‘okuparon’ los solares para evitar que acabaran albergando bloques de pisos», explica Mhairi Weir, la responsable de la granja. «La comunidad local comenzó a mantener en esos terrenos pollos, patos, etc. y el crecimiento ha sido orgánico y natural desde entonces».

En la actualidad, la granja es un centro de voluntariado que ofrece ocupación lúdica y casi terapéutica para vecinos de todo pelaje. Un grupo de 11 responsables cobran un sueldo por gestionarlo pero hay un amplio grupo de voluntarios que se ocupa de que los 8.000 metros cuadrados de superficie estén en condiciones.

La Spitalfields City Farm organiza, más allá de todo aquello relacionado con el cuidado de los animales, otras actividades como el cultivo de huertos, cocina, mercadillo, conciertos o cuentacuentos. Todo es, por supuesto, gratuito. «La financiación llega a la granja proveniente de diversas fuentes como la junta del distrito de Tower Hamlets, empresas de caracter social o donaciones de índole privado», dice Weir.

Hace algún tiempo, en mayo del 68, se soñaba con que al levantar los adoquines de las calles de París, se hallase debajo la arena de la playa. ¿Por qué no levantarlos ahora para plantar césped y aprender algo de la vida en el campo?

La historia que están leyendo no es nueva. Comenzó hace 34 años en Spitalfields, el londinense barrio sobre el que se posa Brick Lane y sus modernísimos alrededores. Allí, entre tiendas de discos, mercados de segunda mano, boutiques de tendencias y restaurantes hindúes, se levanta Spitalfields City Farm, una granja en medio de la ciudad que se puso en marcha con la intención que los urbanitas no se olvidaran del verde.

Cuando comenzamos a poner ladrillo sobre ladrillo para construir las ciudades, abrimos la veda del olvido, la de dejar de recordar que antes, ahí mismo, había hierba, agua y vida animal. Hemos ocupado los espacios y los llamamos urbanos. Lo hacemos así para no reparar en la responsabilidad de ofrecer a quienes lo habitan un lugar donde estar en contacto con el verde del que proviene toda la vida del planeta.

Tuvimos la mala cabeza de no planear más manto vegetal entre tanto edificio pero, por suerte, cada vez hay más criterio aplicado la recuperación de espacios públicos. Era difícil aplicar menos, pero lo cierto es que el ciudadano que se concibe en el futuro será más sostenible o, sencillamente, no será.

La granja urbana de Spitalfields nació después de que sus fundadores se dieran cuenta de que los niños crecidos en Londres veían en los zoos de la ciudad tigres y ñús pero no vacas y puercos (sin hablar de manera metafórica). La vida rural era algo tremendamente desconocido para una buena parte de la capital británica.

La forma abrupta que los ciudadanos emplearon para comenzar el proyecto también tiene su aquel. «Los vecinos del barrios ‘okuparon’ los solares para evitar que acabaran albergando bloques de pisos», explica Mhairi Weir, la responsable de la granja. «La comunidad local comenzó a mantener en esos terrenos pollos, patos, etc. y el crecimiento ha sido orgánico y natural desde entonces».

En la actualidad, la granja es un centro de voluntariado que ofrece ocupación lúdica y casi terapéutica para vecinos de todo pelaje. Un grupo de 11 responsables cobran un sueldo por gestionarlo pero hay un amplio grupo de voluntarios que se ocupa de que los 8.000 metros cuadrados de superficie estén en condiciones.

La Spitalfields City Farm organiza, más allá de todo aquello relacionado con el cuidado de los animales, otras actividades como el cultivo de huertos, cocina, mercadillo, conciertos o cuentacuentos. Todo es, por supuesto, gratuito. «La financiación llega a la granja proveniente de diversas fuentes como la junta del distrito de Tower Hamlets, empresas de caracter social o donaciones de índole privado», dice Weir.

Hace algún tiempo, en mayo del 68, se soñaba con que al levantar los adoquines de las calles de París, se hallase debajo la arena de la playa. ¿Por qué no levantarlos ahora para plantar césped y aprender algo de la vida en el campo?

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