13 de septiembre 2018    /   ENTRETENIMIENTO
por
 

La hermandad del metal

13 de septiembre 2018    /   ENTRETENIMIENTO     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

¡Yorokobu gratis en formato digital!

Lee gratis la revista Noviembre haciendo clic aquí.

Los jevis –y escribo jevi así por el extra de entrañabilidad– son un pueblo fiel y comprometido por naturaleza. El que se hace jevi muere con el hacha en la mano y poco importa que, tras la universidad, se haya tenido que cortar el pelo y haya encontrado acomodo en la sección de ventas de una multinacional. El rollo jevi sigue ahí dentro y, llegado el momento, cuando haya concierto, Martínez se quitará la camisa Oxford y volverá a calzarse la camiseta del The number of the beast. Porque un jevi va a los conciertos de sus bandas por militancia, porque hay que hacer lo correcto y porque ser jevi es religión.

El jevi nunca dejará de estar de moda porque el jevi nunca estuvo de moda. Sin embargo, siempre estuvo ahí. Mientras nacían fenómenos e iban quedando cadáveres musicales en las cunetas de los caminos de las tendencias, los jevis sonreían sentados bajo un árbol, como el que se sabe inmortal, eterno y de corazón puro.

El jevi, sin embargo, no es un ser humano cuya historia haya estado exenta de problemas. El mayor llegó en 1983, con el lanzamiento de Shout at the devil, de Mötley Crüe, y podríamos bautizarlo como el Lacagate.

En España, la laca ya era religión. Rocío Jurado y tu abuela la usaban con afinada maestría. Pero ver, en los años del agujero de la capa de ozono, a esos dioses del metal sonando como dioses del metal, pero con voluminosas cabelleras cardadas y cargadas de laca producía cierto desasosiego. Más aún cuando la imagen proyectada era de una estética con cierta ambigüedad sexual, sabiendo todos con certeza que, además, el único objetivo de la vida de Mötley Crüe era yacer con cuantas más mujeres, mejor. Y así ocurría. No con Rob Halford, como supimos más tarde.

El jevi medio resistió a estos embates de la laca a su propia esencia e identidad. Fueron juncos que, arrasados por la marea de laca, resistieron estoicos y sobrevivieron al temporal de CFC. No siempre rescatan esa época con orgullo. Pero sobrevivieron, y eso es lo que cuenta.

La próxima vez que observes con condescendencia a un grupo de jevis cincuentones que van a un concierto de Iron Maiden mientras escuchas en tu iPhone X el último disco de los Killers, recuerda que es posible que sean satánicos y tengan un hacha en casa. Es decir, pueden acabar con tu cuerpo y con tu alma. Y si escuchas a los Killers, te lo habrás buscado.

¡Yorokobu gratis en formato digital!

Lee gratis la revista Noviembre haciendo clic aquí.

Los jevis –y escribo jevi así por el extra de entrañabilidad– son un pueblo fiel y comprometido por naturaleza. El que se hace jevi muere con el hacha en la mano y poco importa que, tras la universidad, se haya tenido que cortar el pelo y haya encontrado acomodo en la sección de ventas de una multinacional. El rollo jevi sigue ahí dentro y, llegado el momento, cuando haya concierto, Martínez se quitará la camisa Oxford y volverá a calzarse la camiseta del The number of the beast. Porque un jevi va a los conciertos de sus bandas por militancia, porque hay que hacer lo correcto y porque ser jevi es religión.

El jevi nunca dejará de estar de moda porque el jevi nunca estuvo de moda. Sin embargo, siempre estuvo ahí. Mientras nacían fenómenos e iban quedando cadáveres musicales en las cunetas de los caminos de las tendencias, los jevis sonreían sentados bajo un árbol, como el que se sabe inmortal, eterno y de corazón puro.

El jevi, sin embargo, no es un ser humano cuya historia haya estado exenta de problemas. El mayor llegó en 1983, con el lanzamiento de Shout at the devil, de Mötley Crüe, y podríamos bautizarlo como el Lacagate.

En España, la laca ya era religión. Rocío Jurado y tu abuela la usaban con afinada maestría. Pero ver, en los años del agujero de la capa de ozono, a esos dioses del metal sonando como dioses del metal, pero con voluminosas cabelleras cardadas y cargadas de laca producía cierto desasosiego. Más aún cuando la imagen proyectada era de una estética con cierta ambigüedad sexual, sabiendo todos con certeza que, además, el único objetivo de la vida de Mötley Crüe era yacer con cuantas más mujeres, mejor. Y así ocurría. No con Rob Halford, como supimos más tarde.

El jevi medio resistió a estos embates de la laca a su propia esencia e identidad. Fueron juncos que, arrasados por la marea de laca, resistieron estoicos y sobrevivieron al temporal de CFC. No siempre rescatan esa época con orgullo. Pero sobrevivieron, y eso es lo que cuenta.

La próxima vez que observes con condescendencia a un grupo de jevis cincuentones que van a un concierto de Iron Maiden mientras escuchas en tu iPhone X el último disco de los Killers, recuerda que es posible que sean satánicos y tengan un hacha en casa. Es decir, pueden acabar con tu cuerpo y con tu alma. Y si escuchas a los Killers, te lo habrás buscado.

Compártelo twitter facebook whatsapp
Tenga su propia banda de rock americano por 6050 euros
Seis coches míticos del cine
Los pupitres que denuncian la violencia política
Chitlin’ circuit: El circuito paralelo de la cultura negra
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp
Publicidad