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26 de abril 2016    /   BRANDED CONTENT
 

La heroica resistencia de los últimos Cinema Paradiso de España

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Joaquín Fuentes nació en la cabina de proyección del cine de verano La Huerta, en Piedralaves, provincia de Ávila, el 18 de julio de 1958. A su padre, ayudante de los rotulistas de carteles de películas de la Gran Vía de Madrid, lo habían contratado como proyeccionista, y con él estaba su mujer, embarazada. La madre rompió aguas y dio a luz mientras los espectadores veían una sesión doble de film noir a la española: El ojo de cristal (1956) y Los agentes del quinto grupo (1955). Joaquín no ha dejado el negocio desde entonces y hoy regenta dos salas de una sola pantalla, de las que apenas quedan cincuenta en toda España. Ambas forman parte del proyecto fotográfico Fila 7, que retrata la resistencia heroica de los cines de toda la vida frente a las multisalas y la crisis de espectadores.

La iniciativa surgió de una conversación entre su autor, el fotógrafo documentalista Juan Plasencia, y su compañero en la Universidad Jaume I de Castellón, Óscar Martín, sobre aquellos cines a los que iban de pequeños (Juan tiene 40 años). «Vimos que en Castellón no queda ninguno. Y en el resto de España, igual, o los han cambiado por una multisala o los han cerrado», concluyeron. «Aquí hay un reportaje chulo», pensaron. De las 50 salas de gestión privada que sobreviven, 43 aceptaron ser retratadas, tarea a la que Plasencia ha dedicado casi dos años, en los que ha recorrido más de 20.000 kilómetros. Así conoció a Joaquín. O el cine Alhambra, en La Garriga (provincia de Barcelona), cuyas butacas lucen nombres de personas en una plaquita: son los vecinos del pueblo que colaboraron económicamente para reabrirlo cuando cerró por quiebra.

«Estas salas son la Fila 7, el mejor lugar para ver una película», afirma el fotógrafo. «Invierten lo que sea necesario en tecnología, porque es su vida; distribuyen muy bien los altavoces para mejorar el sonido», enumera. Son más amplias. «Es, quizás, lo que más llama la atención; parecen teatros», describe. «Es cine en primera clase», defiende, «y a un precio más barato. Ninguna entrada pasaba de los seis euros, y había algunas a tres euros y medio», remacha. Y luego están los intangibles, los pequeños detalles. El cariño con el que la taquillera te vende la entrada, las luces que se apagan, la cortina descorriéndose sobre la pantalla, el acomodador con la linterna. «He visto proyectar una película para un solo espectador», recuerda.

Muchos de estos empresarios han heredado el negocio y tienen el edificio en propiedad, no hay gastos de alquiler. No contratan a nadie externo, todo lo lleva la familia. Algunos lo alquilan para fiestas de cumpleaños o como sala de exposiciones. Otros han sobrevivido especializándose. Como el Zumzeig, en Barcelona, que programa películas independientes, o el Phenomena Cinema, también en la Ciudad Condal, que exhibe reestrenos (es el lugar para volver a ver, por ejemplo, E.T., de 1982). «Eso lo puedes hacer en una ciudad grande», espeta Joaquín. Él, que regenta (no los tiene en propiedad) el Velasco en Astorga (León) y el Calderón en Peñaranda de Bracamonte (Salamanca), sabe que, o exhibe cine comercial o no tiene nada que hacer. «¿Quién va a ir a ver una película en versión original en Peñaranda de Bracamonte?», se pregunta.

Retrato de Joaquin Fuentes en la sala de cine y teatro de Peñaranda de Bracamonte, Salamanca. Reportaje documentalista sobre cines de sala única en España.
Retrato de Joaquin Fuentes en la sala de cine y teatro de Peñaranda de Bracamonte, Salamanca.
Reportaje documentalista sobre cines de sala única en España.

«¿Sabes cuál es el problema? Qué la gente no va al cine», sentencia Joaquín. «Si en los pueblos la gente fuera al cine, las salas no cerrarían. Nos acostumbramos a que todo esté subvencionado cuando la mejor subvención es el público», insiste. Plasencia cree que si los espectadores hicieran del hecho de ir al cine un acto consciente, valorarían la experiencia de poder ver un filme bien proyectado en una sala en algunos casos centenaria (El Retiro en Sitges o la Sala Mozart en Calella lo son), atendida con cariño y mimo por gente que ama su oficio. «Estos cines deberían protegerse, igual que se protege la producción cinematográfica española o iberoamericana», sugiere. «Solo por dignidad social no deberíamos consentir que cerraran», enfatiza.

Pero «con una entrada a cinco euros, un 60% que se lleva la distribuidora, un 21% de IVA…», la supervivencia peligra. Plasencia se ha encontrado mucha resignación entre los propietarios. «Me decían, ‘No podemos tener previsiones de futuro; hoy hemos abierto; si mañana no podemos pagar la calefacción, se acabó; aquí no viene nadie a pasar frío». Pero también espíritu combativo. Joaquín es de los guerreros. «Cada vez queda menos profesionalidad», denuncia sin querer dar nombres. «En 1978 fui a ver Jesucristo Superestar y la película estaba desenfocada… Cuando estrenaron una de La Guerra de las Galaxias, no recuerdo cuál, llevé a mis hijos y el sonido era un desastre… Y luego hay salas muy pequeñas… ¡Te cobran nueve euros por entrar a un sitio que es un poco más grande que el salón de tu casa!», se escandaliza. «Voy al cine a sufrir, de verdad», confiesa.

El día de su bautizo, el padre de Joaquín exhibió Siete novias para siete hermanos (1954). Cuando el oficio de pintar carteles cinematográficos decae, porque es muy caro, la familia se dedica a llevar películas por los pueblos con un proyector de 16 mm alquilado y una sábana. «Como titiriteros, siempre perdiendo dinero», evoca. En 1965 llega la tele, y el cine ambulante se resiente. A principios de los setenta, un adolescente Joaquín, que ya sabe manejar perfectamente las máquinas, se dedicar a proyectar cine por los colegios. En 1973, con 14 años, y «por necesidad», entra a trabajar en un banco, como botones. Pero sigue compaginando este empleo con su gran pasión. Hasta que en 1993 no puede más, deja el banco y decide ser empresario de cine con dedicación exclusiva.

Hasta hace dos o tres años, Joaquín seguía proyectando por los pueblos, en 35 mm. «Ahora ya no, con el digital es informática», reconoce. Los fines de semana hace de taquillero en el Cine Calderón. «Es mi hobby». Cuenta que tiene fe en el futuro. «Mi hijo Alberto está conmigo en el negocio, así que ya vamos por la tercera generación», saca pecho. «El bache de la piratería parece que ha tocado fondo. Yo, de momento, voy tirando», añade. «Es un veneno, es mi vida. Y además, como ahora diga que lo dejo, mi mujer me mata; después de todo lo que hemos pasado…», se despide entre risas.

Fila 7 se expone en la Academia de Cine de Madrid hasta el 13 de mayo. Después irá al M.I.A.U. (Museo Inacabado de Arte Urbano) de Fanzara (Castellón)

Fotografías del proyecto Fila 7. Juan Plasencia.


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Joaquín Fuentes nació en la cabina de proyección del cine de verano La Huerta, en Piedralaves, provincia de Ávila, el 18 de julio de 1958. A su padre, ayudante de los rotulistas de carteles de películas de la Gran Vía de Madrid, lo habían contratado como proyeccionista, y con él estaba su mujer, embarazada. La madre rompió aguas y dio a luz mientras los espectadores veían una sesión doble de film noir a la española: El ojo de cristal (1956) y Los agentes del quinto grupo (1955). Joaquín no ha dejado el negocio desde entonces y hoy regenta dos salas de una sola pantalla, de las que apenas quedan cincuenta en toda España. Ambas forman parte del proyecto fotográfico Fila 7, que retrata la resistencia heroica de los cines de toda la vida frente a las multisalas y la crisis de espectadores.

La iniciativa surgió de una conversación entre su autor, el fotógrafo documentalista Juan Plasencia, y su compañero en la Universidad Jaume I de Castellón, Óscar Martín, sobre aquellos cines a los que iban de pequeños (Juan tiene 40 años). «Vimos que en Castellón no queda ninguno. Y en el resto de España, igual, o los han cambiado por una multisala o los han cerrado», concluyeron. «Aquí hay un reportaje chulo», pensaron. De las 50 salas de gestión privada que sobreviven, 43 aceptaron ser retratadas, tarea a la que Plasencia ha dedicado casi dos años, en los que ha recorrido más de 20.000 kilómetros. Así conoció a Joaquín. O el cine Alhambra, en La Garriga (provincia de Barcelona), cuyas butacas lucen nombres de personas en una plaquita: son los vecinos del pueblo que colaboraron económicamente para reabrirlo cuando cerró por quiebra.

«Estas salas son la Fila 7, el mejor lugar para ver una película», afirma el fotógrafo. «Invierten lo que sea necesario en tecnología, porque es su vida; distribuyen muy bien los altavoces para mejorar el sonido», enumera. Son más amplias. «Es, quizás, lo que más llama la atención; parecen teatros», describe. «Es cine en primera clase», defiende, «y a un precio más barato. Ninguna entrada pasaba de los seis euros, y había algunas a tres euros y medio», remacha. Y luego están los intangibles, los pequeños detalles. El cariño con el que la taquillera te vende la entrada, las luces que se apagan, la cortina descorriéndose sobre la pantalla, el acomodador con la linterna. «He visto proyectar una película para un solo espectador», recuerda.

Muchos de estos empresarios han heredado el negocio y tienen el edificio en propiedad, no hay gastos de alquiler. No contratan a nadie externo, todo lo lleva la familia. Algunos lo alquilan para fiestas de cumpleaños o como sala de exposiciones. Otros han sobrevivido especializándose. Como el Zumzeig, en Barcelona, que programa películas independientes, o el Phenomena Cinema, también en la Ciudad Condal, que exhibe reestrenos (es el lugar para volver a ver, por ejemplo, E.T., de 1982). «Eso lo puedes hacer en una ciudad grande», espeta Joaquín. Él, que regenta (no los tiene en propiedad) el Velasco en Astorga (León) y el Calderón en Peñaranda de Bracamonte (Salamanca), sabe que, o exhibe cine comercial o no tiene nada que hacer. «¿Quién va a ir a ver una película en versión original en Peñaranda de Bracamonte?», se pregunta.

Retrato de Joaquin Fuentes en la sala de cine y teatro de Peñaranda de Bracamonte, Salamanca. Reportaje documentalista sobre cines de sala única en España.
Retrato de Joaquin Fuentes en la sala de cine y teatro de Peñaranda de Bracamonte, Salamanca.
Reportaje documentalista sobre cines de sala única en España.

«¿Sabes cuál es el problema? Qué la gente no va al cine», sentencia Joaquín. «Si en los pueblos la gente fuera al cine, las salas no cerrarían. Nos acostumbramos a que todo esté subvencionado cuando la mejor subvención es el público», insiste. Plasencia cree que si los espectadores hicieran del hecho de ir al cine un acto consciente, valorarían la experiencia de poder ver un filme bien proyectado en una sala en algunos casos centenaria (El Retiro en Sitges o la Sala Mozart en Calella lo son), atendida con cariño y mimo por gente que ama su oficio. «Estos cines deberían protegerse, igual que se protege la producción cinematográfica española o iberoamericana», sugiere. «Solo por dignidad social no deberíamos consentir que cerraran», enfatiza.

Pero «con una entrada a cinco euros, un 60% que se lleva la distribuidora, un 21% de IVA…», la supervivencia peligra. Plasencia se ha encontrado mucha resignación entre los propietarios. «Me decían, ‘No podemos tener previsiones de futuro; hoy hemos abierto; si mañana no podemos pagar la calefacción, se acabó; aquí no viene nadie a pasar frío». Pero también espíritu combativo. Joaquín es de los guerreros. «Cada vez queda menos profesionalidad», denuncia sin querer dar nombres. «En 1978 fui a ver Jesucristo Superestar y la película estaba desenfocada… Cuando estrenaron una de La Guerra de las Galaxias, no recuerdo cuál, llevé a mis hijos y el sonido era un desastre… Y luego hay salas muy pequeñas… ¡Te cobran nueve euros por entrar a un sitio que es un poco más grande que el salón de tu casa!», se escandaliza. «Voy al cine a sufrir, de verdad», confiesa.

El día de su bautizo, el padre de Joaquín exhibió Siete novias para siete hermanos (1954). Cuando el oficio de pintar carteles cinematográficos decae, porque es muy caro, la familia se dedica a llevar películas por los pueblos con un proyector de 16 mm alquilado y una sábana. «Como titiriteros, siempre perdiendo dinero», evoca. En 1965 llega la tele, y el cine ambulante se resiente. A principios de los setenta, un adolescente Joaquín, que ya sabe manejar perfectamente las máquinas, se dedicar a proyectar cine por los colegios. En 1973, con 14 años, y «por necesidad», entra a trabajar en un banco, como botones. Pero sigue compaginando este empleo con su gran pasión. Hasta que en 1993 no puede más, deja el banco y decide ser empresario de cine con dedicación exclusiva.

Hasta hace dos o tres años, Joaquín seguía proyectando por los pueblos, en 35 mm. «Ahora ya no, con el digital es informática», reconoce. Los fines de semana hace de taquillero en el Cine Calderón. «Es mi hobby». Cuenta que tiene fe en el futuro. «Mi hijo Alberto está conmigo en el negocio, así que ya vamos por la tercera generación», saca pecho. «El bache de la piratería parece que ha tocado fondo. Yo, de momento, voy tirando», añade. «Es un veneno, es mi vida. Y además, como ahora diga que lo dejo, mi mujer me mata; después de todo lo que hemos pasado…», se despide entre risas.

Fila 7 se expone en la Academia de Cine de Madrid hasta el 13 de mayo. Después irá al M.I.A.U. (Museo Inacabado de Arte Urbano) de Fanzara (Castellón)

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Opiniones 4
  • Hizo una proyección popular magnifica de ESPEJOS EN LA NIEBLA, la penúltima obra de Basilio Martín Patino, en verano 2008 en la plaza del pueblo de Traguntía, para todos los vecinxs y familias de esta zona de Salamanca que habían colaborado con la película. Acompaño foto del acto de Joaquín Fuentes con el director.
    https://www.flickr.com/photos/fotosespejosenlaniebla/2714833778/in/album-72157606440027012/

    Y una foto de padre he hijo cenando, antes de otra proyección de la misma película en 2015 en Monleras (Salamanca)
    https://www.flickr.com/photos/fotosdecamisetas/20761027188/
    https://www.flickr.com/photos/fotosespejosenlaniebla/20708894030/in/dateposted-public/

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