15 de junio 2015    /   ENTRETENIMIENTO
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La infidelidad nos hace humanos

15 de junio 2015    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Nos cuenta la gran Assumpta Serna en una entrevista, a propósito de la relación que mantuvo con un hombre casado francés durante casi una década, que «los franceses llevan la infidelidad en los genes». No parece muy desencaminada a tenor de los últimos affaires de hombres de estado del país vecino, como DSK o François Hollande.
Ya hablamos aquí una vez de los clubs de intercambios de parejas y lo saludables que resultan para prolongar la longevidad de algunas relaciones. El eslogan de la agencia de contactos más cara de la red, Ashley Madison, es precisamente «La vida es corta. Ten una aventura».
La poligamia que permite el islam es una aberración, puesto que solo puede ser masculina, y cualquier cosa que huela a igualdad de género es un anatema en la religión de Mahoma. Pero hay polígamos célebres que no son precisamente musulmanes, como Hugh Hefner, el fundador de Playboy, que solía cohabitar en su mansión con las famosas siete conejitas. O algunos mormones recalcitrantes que siguen al pie de la letra las enseñanzas de su fundador, Joseph Smith.

Es probable que la fidelidad esté sobrevalorada, en una contaminación ética que emana directamente de la educación religiosa


No es lo mismo ser bígamo que polígamo. El esfuerzo es increíble y muy estresante; nada mejor para ilustrarlo que aquella divertida comedia Boeing Boeing (John Rich, 1965), en la que Tony Curtis, piloto aéreo, mantiene simultáneamente tres relaciones con tres azafatas de distintas compañías, y al pobre no le queda tiempo ni para dormir.
Es probable que la fidelidad esté sobrevalorada, en una contaminación ética que emana directamente de la educación religiosa. Sade era un libertino. Y Casanova. Y Byron. Y Cagliostro… Menos este último, que era masón, todos eran ateos declarados.
Hay estudios que relacionan un mayor nivel sociocultural con mayor porcentaje de infidelidades en la pareja ¿Significa eso que la gente culta folla más con sus cuñados y cuñadas (ya saben, los hermanos de nuestra pareja suelen ser los primeros candidatos a estos deslices extramaritales)? Pudiera ser.
Uno de los más sesudos es el titulado Reacción de celos ante una infidelidad: diferencias entre hombres y mujeres y características del rival, redactado al alimón por Patricia García, Luis Gómez y Jesús Canto, de la Universidad de Málaga, que incluye complejas ecuaciones factoriales para calcular la probabilidad de ser infiel según una serie de parámetros. El texto no tiene desperdicio, pero intentar atrapar emociones humanas en fórmulas matemáticas nunca ha sido una buena idea.
Simon de Beauvoir y Jean-Paul Sartre mantuvieron una tórrida relación que se vio trufada por la aparición de amantes ocasionales por ambas partes, y experiencias que luego compartían (hay una nutrida correspondencia que así lo acredita), y que probablemente volvían a encender una y otra vez los rescoldos de una pareja tan polémica y avanzada para su tiempo como lo sería ahora, no nos engañemos.

Si nuestra pareja nos diera permiso expreso para ser infiel, si nos saliera gratis, vaya, es probable que pocos se plantearan el dilema


Es curioso que el término infiel también se refiera a quien profesa una religión diferente. No se puede ser judío y musulmán a la vez, o cristiano y taoísta. También sucede con el fútbol; o se es culé o madridista o del atlético. Pero sí podemos repartir nuestro corazón (o al menos nuestro cuerpo) entre más de un amante.
La infidelidad y los celos están presentes en toda la historia de la Humanidad, desde los mitos griegos, donde Afrodita ponía los cuernos a su feo esposo, Hefesto, acostándose con Ares, dios de la guerra y fogoso amante. Las andanzas de Zeus fuera de su matrimonio con Hera fueron sonadas, y dieron lugar a numerosos enredos y no pocas contiendas bélicas.
La obra de teatro Sé infiel y no mires con quién se mantuvo once años en cartel, y sus tablas fueron testigo de la Transición Española y de la explosión del destape, desde 1972. Luego Fernando Trueba la llevaría al cine en 1985. En la película Infiel (Adrian Lyne,  2002) Richard Gere debe soportar la infidelidad de su guapa esposa, Diana Lane, y los ecos shakespearianos de Otello siguen resonando en nuestros días en muchas películas de Woody Allen.
Pero no por ello se ha resuelto el problema. Si nuestra pareja nos diera permiso expreso para ser infiel, si nos saliera gratis, vaya, es probable que pocos se plantearan el dilema, especialmente si se elimina ese muro de contención que es la reciprocidad. «Si yo soy infiel, mi pareja también puede serlo; así que mejor me aguanto».
Y terminamos el artículo con uno de los eslóganes más bobos jamás acuñados por un publicista: «Sé fiel a ti mismo».
La única forma de ser infiel a uno mismo es masturbar a otra persona.

Nos cuenta la gran Assumpta Serna en una entrevista, a propósito de la relación que mantuvo con un hombre casado francés durante casi una década, que «los franceses llevan la infidelidad en los genes». No parece muy desencaminada a tenor de los últimos affaires de hombres de estado del país vecino, como DSK o François Hollande.
Ya hablamos aquí una vez de los clubs de intercambios de parejas y lo saludables que resultan para prolongar la longevidad de algunas relaciones. El eslogan de la agencia de contactos más cara de la red, Ashley Madison, es precisamente «La vida es corta. Ten una aventura».
La poligamia que permite el islam es una aberración, puesto que solo puede ser masculina, y cualquier cosa que huela a igualdad de género es un anatema en la religión de Mahoma. Pero hay polígamos célebres que no son precisamente musulmanes, como Hugh Hefner, el fundador de Playboy, que solía cohabitar en su mansión con las famosas siete conejitas. O algunos mormones recalcitrantes que siguen al pie de la letra las enseñanzas de su fundador, Joseph Smith.

Es probable que la fidelidad esté sobrevalorada, en una contaminación ética que emana directamente de la educación religiosa


No es lo mismo ser bígamo que polígamo. El esfuerzo es increíble y muy estresante; nada mejor para ilustrarlo que aquella divertida comedia Boeing Boeing (John Rich, 1965), en la que Tony Curtis, piloto aéreo, mantiene simultáneamente tres relaciones con tres azafatas de distintas compañías, y al pobre no le queda tiempo ni para dormir.
Es probable que la fidelidad esté sobrevalorada, en una contaminación ética que emana directamente de la educación religiosa. Sade era un libertino. Y Casanova. Y Byron. Y Cagliostro… Menos este último, que era masón, todos eran ateos declarados.
Hay estudios que relacionan un mayor nivel sociocultural con mayor porcentaje de infidelidades en la pareja ¿Significa eso que la gente culta folla más con sus cuñados y cuñadas (ya saben, los hermanos de nuestra pareja suelen ser los primeros candidatos a estos deslices extramaritales)? Pudiera ser.
Uno de los más sesudos es el titulado Reacción de celos ante una infidelidad: diferencias entre hombres y mujeres y características del rival, redactado al alimón por Patricia García, Luis Gómez y Jesús Canto, de la Universidad de Málaga, que incluye complejas ecuaciones factoriales para calcular la probabilidad de ser infiel según una serie de parámetros. El texto no tiene desperdicio, pero intentar atrapar emociones humanas en fórmulas matemáticas nunca ha sido una buena idea.
Simon de Beauvoir y Jean-Paul Sartre mantuvieron una tórrida relación que se vio trufada por la aparición de amantes ocasionales por ambas partes, y experiencias que luego compartían (hay una nutrida correspondencia que así lo acredita), y que probablemente volvían a encender una y otra vez los rescoldos de una pareja tan polémica y avanzada para su tiempo como lo sería ahora, no nos engañemos.

Si nuestra pareja nos diera permiso expreso para ser infiel, si nos saliera gratis, vaya, es probable que pocos se plantearan el dilema


Es curioso que el término infiel también se refiera a quien profesa una religión diferente. No se puede ser judío y musulmán a la vez, o cristiano y taoísta. También sucede con el fútbol; o se es culé o madridista o del atlético. Pero sí podemos repartir nuestro corazón (o al menos nuestro cuerpo) entre más de un amante.
La infidelidad y los celos están presentes en toda la historia de la Humanidad, desde los mitos griegos, donde Afrodita ponía los cuernos a su feo esposo, Hefesto, acostándose con Ares, dios de la guerra y fogoso amante. Las andanzas de Zeus fuera de su matrimonio con Hera fueron sonadas, y dieron lugar a numerosos enredos y no pocas contiendas bélicas.
La obra de teatro Sé infiel y no mires con quién se mantuvo once años en cartel, y sus tablas fueron testigo de la Transición Española y de la explosión del destape, desde 1972. Luego Fernando Trueba la llevaría al cine en 1985. En la película Infiel (Adrian Lyne,  2002) Richard Gere debe soportar la infidelidad de su guapa esposa, Diana Lane, y los ecos shakespearianos de Otello siguen resonando en nuestros días en muchas películas de Woody Allen.
Pero no por ello se ha resuelto el problema. Si nuestra pareja nos diera permiso expreso para ser infiel, si nos saliera gratis, vaya, es probable que pocos se plantearan el dilema, especialmente si se elimina ese muro de contención que es la reciprocidad. «Si yo soy infiel, mi pareja también puede serlo; así que mejor me aguanto».
Y terminamos el artículo con uno de los eslóganes más bobos jamás acuñados por un publicista: «Sé fiel a ti mismo».
La única forma de ser infiel a uno mismo es masturbar a otra persona.

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Opiniones 3
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