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1 de mayo 2017    /   CREATIVIDAD
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La positividad es una estafa y la ira es creativa

1 de mayo 2017    /   CREATIVIDAD     por          
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La positividad de nuestro siglo es un problema mental. Sobrevenido, diseñado y provocado, pero un problema mental. No nos referimos a la felicidad limpia y natural, sino a la positividad cool empresarial.

En un artículo de Qz, William Davis, autor de The Happiness Industry dibuja esta filosofía: «Los empleadores buscan varias maneras de impulsar la moral y el estado de ánimo de los empleados, o, si falla, instruirlos sobre cómo comportarse de una manera feliz». Hablamos de una protorreligión «donde el optimismo y la autocreencia son obligaciones casi morales».

BBC Mundo recogió una historia que sirve de metáfora. Un trabajador de Boston, al llegar la navidad, recibió un sobre cerrado desde Recursos Humanos. En el dorso, unas palabras lo hicieron salivar. «Bono incentivo de la empresa», «apreciamos tu trabajo duro». El artículo no especifica cuántas caritas sonrientes o flores saltarinas adornaban estas dos frases. La víctima destapó el sobre, se preparó para contar billetes, pero del interior brotaron un montón de cupones de descuento. El despropósito fue a más. Los papeluchos pertenecían a California: para poder gastarlos debía conducir 45 horas.

Él esperaba dinero porque, al fin y al cabo, es para lo que está uno en una oficina por mucho que finjamos otras adherencias más espirituales (o que incluso nos convenzamos de ellas), y en vez de eso, el muchacho recibió un festival de color, de papel brilloso e incanjeable. Un regalo puramente sensorial como las llaves de colores que se dan a los bebés.

La anécdota explica cómo funcionan las tripas del positivismo cool. Se trata de una actitud vacía, una bola de persuasión que se persuade a sí misma, un juego de espejos. A través de cientos de libros, conferencias, programas, secciones de radio y tazas de café se ha asociado, de manera incorregible, la productividad al estado de ánimo de los trabajadores.

Conseguir un objetivo es fácil, es cuestión de actitud, querer es poder (y demás patrañas). En política se llamaría demagogia, pero no en el mundo empresarial: aquí se le pone un nombrecito en inglés, un par de números (2.0, 3.1) y a funcionar. Si se eslabona la predisposición con la consecución de objetivos, el camino de vuelta de la cadena es aterrador. Si no consigues algo, es porque no lo deseabas.

Resumiendo: el jefe tiene en sus manos el derecho al resarcimiento del traicionado. Una solución imaginativa de la ideología empresarial para que, por mucho te cuelguen un par de rastas de la nuca y luzcas una dilatación en el lóbulo, sigas sirviendo a un patrón y que, encima, no lo sepas y pienses que te sacrificas en beneficio propio; por tu propia profesionalidad.

De hecho, una de las bases de las teorías de liderazgo es agarrar al trabajador por la moral: «Hay que contratar a las personas no por lo que conocen en primer término, sino por sus creencias y convicciones», dice Alejandro Suárez en un artículo-cenagal titulado Sé Cool: motiva a tus empleados.

Va a más: «El empleado ideal es el que se considera, en cierto modo, copropietario de la empresa [que se considere, no que lo sea]… debe sentirse importante en el seno de su estructura [que no serlo]».

ira es creativa

Desengañémonos. Los empresarios no quieren la felicidad de los empleados. Si un coach o un psicólogo joven y con minutos en prime time hubiera concluido que la acidez estomacal de los trabajadores mejoraba el negocio, los jefes los convencerían de desayunar tostadas con alioli y anchoas, incluso suministrarían el mejunje gratuitamente.

Sin embargo, algunas investigaciones hablan de los efectos perniciosos del teatro cool wonderful. Fingir emociones constantemente nos inclina a la frustración, al agotamiento e incluso a la depresión. Tergiversar nuestro estado ánimo tiene hasta nombre: disonancia emocional.

El psicólogo de la Universidad de Nueva Gales del Sur Joseph Forgas defiende el mal humor en cierto grado. Habla de que el pensamiento crítico y la capacidad de comunicación crecen cuando la felicidad disminuye. Como recoge Qz, Forgas atribuye la vinculación entre irritación y atención a razones evolutivas. Sería como una alarma que «informa de que nos enfrentamos a una situación nueva, desconocida y potencialmente problemática», así que nos predisponemos a una mejor concentración.

Irritados procesamos mejor la información. Pero Forgas se refiere al pensamiento crítico y eso es lo que la positividad molona pretende neutralizar. Echemos un vistazo a las fotos que ofrece Google a búsquedas como «oficina trabajadores». Vemos sonrisas de papel pintado, dientes, ojos histéricamente iluminados como los que los predicadores cristianos de la Puerta del Sol intentan imponer a los transeúntes; la sonrisa de secta es una sonrisa imperativa y acusadora.

Durante tiempo se ha asumido como creencia que la positividad estimula la creatividad, pero también, desde el ámbito académico, se señala el cabreo como sintetizador de buenas ideas. La ira como catalizadora de creatividad.

Sin embargo, el debate no debería posicionarse en condecorar a una determinada emoción con facultades más propicias para la invención y la generación de nuevas líneas de pensamiento y perspectivas. La clave podría anidar en la fluctuación, en evitar el túnel de funcionar dentro de la telaraña de una sola emoción. Cada emoción tiene su ópitica y aporta una información diferente.

Una ira prolongada, y eso cualquier periodista lo sabe (los periodistas desayunan cruasanes de mala uva), puede llegar a bloquear. La positividad saltimbanqui es todavía más peligrosa: te la pueden colar por todas partes porque deshabilitas tu radar para las amenazas. Piénsalo: un político siempre preferiría que lo entrevistara un profesional entusiasta tipo España Directo.

La positividad de nuestro siglo es un problema mental. Sobrevenido, diseñado y provocado, pero un problema mental. No nos referimos a la felicidad limpia y natural, sino a la positividad cool empresarial.

En un artículo de Qz, William Davis, autor de The Happiness Industry dibuja esta filosofía: «Los empleadores buscan varias maneras de impulsar la moral y el estado de ánimo de los empleados, o, si falla, instruirlos sobre cómo comportarse de una manera feliz». Hablamos de una protorreligión «donde el optimismo y la autocreencia son obligaciones casi morales».

BBC Mundo recogió una historia que sirve de metáfora. Un trabajador de Boston, al llegar la navidad, recibió un sobre cerrado desde Recursos Humanos. En el dorso, unas palabras lo hicieron salivar. «Bono incentivo de la empresa», «apreciamos tu trabajo duro». El artículo no especifica cuántas caritas sonrientes o flores saltarinas adornaban estas dos frases. La víctima destapó el sobre, se preparó para contar billetes, pero del interior brotaron un montón de cupones de descuento. El despropósito fue a más. Los papeluchos pertenecían a California: para poder gastarlos debía conducir 45 horas.

Él esperaba dinero porque, al fin y al cabo, es para lo que está uno en una oficina por mucho que finjamos otras adherencias más espirituales (o que incluso nos convenzamos de ellas), y en vez de eso, el muchacho recibió un festival de color, de papel brilloso e incanjeable. Un regalo puramente sensorial como las llaves de colores que se dan a los bebés.

La anécdota explica cómo funcionan las tripas del positivismo cool. Se trata de una actitud vacía, una bola de persuasión que se persuade a sí misma, un juego de espejos. A través de cientos de libros, conferencias, programas, secciones de radio y tazas de café se ha asociado, de manera incorregible, la productividad al estado de ánimo de los trabajadores.

Conseguir un objetivo es fácil, es cuestión de actitud, querer es poder (y demás patrañas). En política se llamaría demagogia, pero no en el mundo empresarial: aquí se le pone un nombrecito en inglés, un par de números (2.0, 3.1) y a funcionar. Si se eslabona la predisposición con la consecución de objetivos, el camino de vuelta de la cadena es aterrador. Si no consigues algo, es porque no lo deseabas.

Resumiendo: el jefe tiene en sus manos el derecho al resarcimiento del traicionado. Una solución imaginativa de la ideología empresarial para que, por mucho te cuelguen un par de rastas de la nuca y luzcas una dilatación en el lóbulo, sigas sirviendo a un patrón y que, encima, no lo sepas y pienses que te sacrificas en beneficio propio; por tu propia profesionalidad.

De hecho, una de las bases de las teorías de liderazgo es agarrar al trabajador por la moral: «Hay que contratar a las personas no por lo que conocen en primer término, sino por sus creencias y convicciones», dice Alejandro Suárez en un artículo-cenagal titulado Sé Cool: motiva a tus empleados.

Va a más: «El empleado ideal es el que se considera, en cierto modo, copropietario de la empresa [que se considere, no que lo sea]… debe sentirse importante en el seno de su estructura [que no serlo]».

ira es creativa

Desengañémonos. Los empresarios no quieren la felicidad de los empleados. Si un coach o un psicólogo joven y con minutos en prime time hubiera concluido que la acidez estomacal de los trabajadores mejoraba el negocio, los jefes los convencerían de desayunar tostadas con alioli y anchoas, incluso suministrarían el mejunje gratuitamente.

Sin embargo, algunas investigaciones hablan de los efectos perniciosos del teatro cool wonderful. Fingir emociones constantemente nos inclina a la frustración, al agotamiento e incluso a la depresión. Tergiversar nuestro estado ánimo tiene hasta nombre: disonancia emocional.

El psicólogo de la Universidad de Nueva Gales del Sur Joseph Forgas defiende el mal humor en cierto grado. Habla de que el pensamiento crítico y la capacidad de comunicación crecen cuando la felicidad disminuye. Como recoge Qz, Forgas atribuye la vinculación entre irritación y atención a razones evolutivas. Sería como una alarma que «informa de que nos enfrentamos a una situación nueva, desconocida y potencialmente problemática», así que nos predisponemos a una mejor concentración.

Irritados procesamos mejor la información. Pero Forgas se refiere al pensamiento crítico y eso es lo que la positividad molona pretende neutralizar. Echemos un vistazo a las fotos que ofrece Google a búsquedas como «oficina trabajadores». Vemos sonrisas de papel pintado, dientes, ojos histéricamente iluminados como los que los predicadores cristianos de la Puerta del Sol intentan imponer a los transeúntes; la sonrisa de secta es una sonrisa imperativa y acusadora.

Durante tiempo se ha asumido como creencia que la positividad estimula la creatividad, pero también, desde el ámbito académico, se señala el cabreo como sintetizador de buenas ideas. La ira como catalizadora de creatividad.

Sin embargo, el debate no debería posicionarse en condecorar a una determinada emoción con facultades más propicias para la invención y la generación de nuevas líneas de pensamiento y perspectivas. La clave podría anidar en la fluctuación, en evitar el túnel de funcionar dentro de la telaraña de una sola emoción. Cada emoción tiene su ópitica y aporta una información diferente.

Una ira prolongada, y eso cualquier periodista lo sabe (los periodistas desayunan cruasanes de mala uva), puede llegar a bloquear. La positividad saltimbanqui es todavía más peligrosa: te la pueden colar por todas partes porque deshabilitas tu radar para las amenazas. Piénsalo: un político siempre preferiría que lo entrevistara un profesional entusiasta tipo España Directo.

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Opiniones 16
  • Me diste en el clavo. Justo ayer hablaba sobre este tema.mi sobrina es arquitecta y trabaja en un gran estudio y se quejaba de su jefe que no transmite las felicitaciones de sus superiores.

  • Serán, entonces, los «happy flowers» los más criticos y los que más se comunican. No lo creo. Éstos están con el veganismo, gatitos, perritos y mucha «fashion» y un mundo tan ideal y en color como tramposo.

  • Algunos deben de pensar que las nóminas (y sus seguros sociales, entre otros costes) de los trabajadores se pagan con dinero que brota de manantiales de forma natural en los despachos de los empresarios. Y que se exija resultados y sacrificio a cambio de ese dinero es una falta de respeto por parte de los jefes.

  • Por supuesto, en primera instancia debemos darle protagonismo a todas nuestras emociones porque son nuestras. Es más, lo que hace que la vida valga la pena no es la vida en sí sino cómo la sentimos, no el estar vivos sino cómo nos sentimos estando vivos. Luego de la aceptación de nuestras emociones, podemos gestionarlas, siempre sin tratar de solapar ninguna sino con la idea de integrarlas y de darle importancia según las situaciones. Así, nos convertimos en aprendices de nosotros mismos. E incrementamos nuestra libertad. Estas ideas no son sólo mías, también de Ekman y de los guionistas de Inside Out

  • Agradezco este artículo clarificador sobre una realidad perversa que se está instalando en el panorama laboral europeo y de nuestro territorio.

    Hay que desenmascarar prácticas como ésta, que son estrategias «nuevas» para someter ya no sólo la fuerza física, sino también la emocional de los trabajadores.

    ¡Al suelo las creencias buenistas y despersonalizadoras! Viva el trabajo digno y la responsabilidad personal.

  • Brillante artículo, sobrevalorado positivismo o coaching, elaborados sofismos para mantenernos en un eterno estado de gilipollez pueril, no os compro! Ni ahora ni nunca, y cuesta tanto no ser idiota…no se si fue bonito pero gracias mil por tu soplo de aire fresco.

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