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19 de marzo 2014    /   IDEAS
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La Liga del voto ya no es cosa de dos

19 de marzo 2014    /   IDEAS     por          
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La política es como el fútbol, pero al revés. Mientras el deporte rey desata pasiones y apasiona a miles de personas, la política… no. Bueno, también tienen algo en común: mueven muchísimo dinero. Pero la comparación viene en verdad por aquello de la Liga escocesa y que, con permiso del Atleti, la cosa parece estar siempre entre Barça y Real Madrid. En política hasta ahora ha sido siempre así: o PSOE o PP, pero el partido se pone más emocionante ahora.
Hubo un periodo de España, cuando este era un país aún más propenso a los sustos que ahora, que mientras se ensayaba la democracia de verdad en otras latitudes, aquí se instauró lo que se llamó ‘turnismo’. Consistía en que dos partidos se alternaban pacíficamente en el poder, daba igual lo que saliera en las urnas: el Rey decidía quién gobernaba y cuándo dejaba de gobernar. ¿Aberrante? Se hizo para evitar los constantes levantamientos y dar opciones a las dos ideologías mayoritarias de la época.
El resultado fue grotesco: en un puñado de años Antonio Cánovas del Castillo fue siete veces presidente del Gobierno, mientras Práxedes Mateo Sagasta lo fue en cinco ocasiones. El sistema político de la época era una cosa más bien rara.
Sin embargo, si miras lo que ha pasado en España en los últimos treinta años la cosa ha sido más o menos igual: desde que Felipe González arrasara a ese centrismo de transición tras la muerte de Franco, los gobiernos de PSOE y PP se han ido sucediendo, a razón de dos presidentes por lado, de forma pacífica aunque no siempre poco traumática.
Retomando el símil del inicio, aquí la Liga política ha sido cosa de Real Madrid y Barça, con algún equipito que ha servido para hacer tímida pinza en puestos de Champions —Izquierda Unida cuando José María Aznar afilaba los cuchillos o el PNV y CiU cuando el mismo Aznar ya estaba en la Moncloa—. Pero de gobernar, nada, al menos a nivel nacional.
En las ligas locales el juego es distinto. Los nacionalismos de uno u otro signo se reparten cotas de poder más o menos importantes y compiten de tú a tú —en ocasiones— con ese Barça o ese Madrid. A la izquierda hay Bloques, Esquerras, Bildus, Compromisos o Chas, mientras a la derecha hay Upeenes, Peneuves, Ciudadanos o Upeydés.
Pero, ¿qué pasó para que el fútbol fuera cosa de dos? Bueno, es algo histórico, inevitable. Pero también hemos visto al Athletic o a la Real Sociedad ganar ligas, al Atleti firmar dobletes, al Dépor, Sevilla o Betis siendo alternativas al poder, o a Valencia y Villarreal acariciando la Champions. Entonces llegó la formación de sociedades anónimas deportivas, el reparto de los derechos del fútbol y otras zarandajas y protecciones especiales que, salvo años de sorpresa, permite a los dos grandes gobernar sin problemas, alternándose en el poder a lo Cánovas y Sagasta.

1fel
Imágen: Love Will Tear Us Aznar

Vale, majo, aquí te has quedado sin comparación y sin símil.
Error.
Lo que la transformación societaria y el reparto de derechos televisivos ha sido para la Liga, la crisis y la desafección ha sido para la política.
La cosa es que el centro-derecha que representa el PP siempre ha sido homogéneo: supo absorber a la gente de UCD y CDS, alinearse con nacionalistas moderados cuando ha convenido y ha aglutinado todos los discursos habidos y por haber en el ámbito conservador. ¿Liberalismo económico? ¿Monarquía? ¿Religión? ¿Tradición militar? ¿Unidad territorial? Todo eso y mucho más cabe, con esa habitual disciplina conservadora que mantiene las filas prietas. Como las defensas de esa Italia de Arrigo Sacchi.
El centro-izquierda siempre ha sido algo más díscolo. El PSOE, como el PP, ha sido más o menos centrista según el momento, pero siempre ha tenido algunos pepitos grillos alrededor. El más grande ha sido IU, con quienes rara vez se ha entendido. El discurso de unos y otros casi siempre ha tenido más choques entre ellos que con los de enfrente, y así es difícil entenderse. Más que nada porque no existe la misma unidad de acción. Por eso en el Gobierno no se cuestionaron los acuerdos con la Santa Sede y ahora sí, o por eso a raíz del lío independentista catalán se ha descubierto que el PSOE es ahora federalista. Ya se sabe que hay quien juega al contragolpe. La cosa es ser lo suficientemente rápido para recorrer las bandas.
Pero llegó la crisis. La gente empezó a tener problemas. Vio a un gobierno supuestamente de izquierdas tomar decisiones que nunca imaginó que podrían tomar —limitar los derechos de rumanos y búlgaros, retirar ayudas sociales, pactar limitaciones de endeudamientos, ayudar a los bancos, indultar a poderosos…— y la gente se desorientó. ¿Qué hace el Barça de Guardiola jugando al patadón? O si prefieren el ejemplo contrario, ¿por qué el Real Madrid de Mourinho de pronto deja de ser agresivo?
Enfrente, el otro equipo tampoco jugaba buen fútbol. Su delantero estrella ilusionaba a pocos y, una vez en la cresta de la ola, uno nunca sabe si ata o desata. Vaya, que la tiene botando en el área pequeña y en lugar de chutar se pone a seguir regateándose a sí mismo. Eso sí, el estilo de juego está definido: contrarreforma del aborto, supresión de Educación para la Ciudadanía y varias cosas más que salen directamente de la libreta del entrenador.
Así que la gente empezó a dejar de ir al fútbol. De hecho, se hartó de que Barça y Madrid ganaran siempre por goleadas y empezaron a apoyar a otros equipos. Así que muchos con ganas de saltar al césped con su propia camiseta empezaron a montar movimientos y partidos. Y los advenedizos, que no son tontos. Los conjuntos han empezado a multiplicarse, sobre todo a la izquierda, pero también a la derecha.
Ahí está ahora IU, que hace legislatura y media tenía un solo diputado y ahora gobierna en Andalucía, sostiene al Ejecutivo en Extremadura y pasaría por ser llave necesaria para un hipotético gobierno socialista. O UPyD, que la legislatura pasada tenía una sola diputada y ahora tiene cinco, podría multiplicarlos y ya tiene gente en varios Parlamentos Autonómicos.
¿Imaginan que el Barça necesitara la ayuda del Atleti para ganar la Liga? ¿O que el Real Madrid necesitara al Valencia? Pues algo así.
Y aún la cosa se complica más porque hay otros equipos que quieren sumarse puntos. Por primera vez España tiene un partido ecologista potente, como es Equo, que se quedó a las puertas del Congreso siendo el noveno partido en votos. Además, se han multiplicado las plataformas a la izquierda, algunas dentro de IU (como la de Gaspar Llamazares, con Izquiera Abierta, o la de Julio Anguita, con su Frente Cívico ‘Somos mayoría’), y otras surgidas en las calles (como Podemos, que busca el voto de la gente del 15M), o en los juzgados, como la Convocatoria Cívica de Baltasar Garzón o la Renovación Democrática de la Ciudadanía del juez Elpidio José Silva. Y eso dejando aparte a coaliciones regionales exitosas como Anova, Compromís o la CUP, al Partido X, al Partido Pirata o a lo que sea que tiene entre manos Joan Mesquida con su ‘Forma parte de la solución‘.
La izquierda, como el banquillo de un equipo con un entrenador cuestionado, dividida.
Pero también a la derecha surgen, por primera vez, voces diversas. Además de la ya citada UPyD, o aquel experimento asturiano de Francisco Álvarez Cascos en su FAC, Ciutadans ha dado el salto fuera de Cataluña y está ganando adhesiones de moderados y renegados de izquierda y derecha en torno a su Movimiento Ciudadano, por no hablar de Vox, surgido a la derecha del PP, con descontentos como Santiago Abascal o Alejo Vidal Quadras o, más importante en cuanto a estrategia, José Antonio Ortega Lara, que no era un jugador de primera línea en su partido, pero digamos que su salida del club hace que muchos otros puedan seguirle como María San Gil, Nerea Alzola o Jaime Mayor Oreja, además de llamar a otras personas con su misma visión del conflicto vasco, como Gotzone Mora.
¿Pueden ganar la Liga estos equipos? No, claro, hoy en día no. España no es Grecia, donde un partido mayoritario ahora es anecdótico, y comunistas y neonazis estaban al asalto del poder. Pero sí pueden ser fuerzas emergentes, condicionar pactos o, lo más importante quizá, arañar votos a los grandes. Porque si el PSOE pierde toda la conexión con ecologistas y jóvenes indignados, mientras el PP se queda sin el apoyo de muchas víctimas del terrorismo y antinacionalistas… ¿quién dará asistencias a Messi y Cristiano Ronaldo?
Otro gallo cantaría si en lugar de en España estuviéramos en Alemania, donde allí nunca se gana por mayoría absoluta porque la tradición de pacto es tan fuerte que los dos grandes partidos se acaban uniendo para hacer frente común. O Suiza, donde se reencarnaron los espíritus de Cánovas y Sagasta a su forma.
Pero España es España y, por lo pronto, parece que en el próximo campeonato, las elecciones europeas de mayo, se enfrentarán a un problema aún más grave: la gente está tan descontenta y Europa motiva tan poco que, aunque se multipliquen los partidos, al final podría acabar habiendo más abstención que voto.
Yo me he jugado una cena a que será así. Me encantaría no ganar, pero creo que voy a ir eligiendo restaurante.

Imágenes: Love Will Tear Us Aznar

La política es como el fútbol, pero al revés. Mientras el deporte rey desata pasiones y apasiona a miles de personas, la política… no. Bueno, también tienen algo en común: mueven muchísimo dinero. Pero la comparación viene en verdad por aquello de la Liga escocesa y que, con permiso del Atleti, la cosa parece estar siempre entre Barça y Real Madrid. En política hasta ahora ha sido siempre así: o PSOE o PP, pero el partido se pone más emocionante ahora.
Hubo un periodo de España, cuando este era un país aún más propenso a los sustos que ahora, que mientras se ensayaba la democracia de verdad en otras latitudes, aquí se instauró lo que se llamó ‘turnismo’. Consistía en que dos partidos se alternaban pacíficamente en el poder, daba igual lo que saliera en las urnas: el Rey decidía quién gobernaba y cuándo dejaba de gobernar. ¿Aberrante? Se hizo para evitar los constantes levantamientos y dar opciones a las dos ideologías mayoritarias de la época.
El resultado fue grotesco: en un puñado de años Antonio Cánovas del Castillo fue siete veces presidente del Gobierno, mientras Práxedes Mateo Sagasta lo fue en cinco ocasiones. El sistema político de la época era una cosa más bien rara.
Sin embargo, si miras lo que ha pasado en España en los últimos treinta años la cosa ha sido más o menos igual: desde que Felipe González arrasara a ese centrismo de transición tras la muerte de Franco, los gobiernos de PSOE y PP se han ido sucediendo, a razón de dos presidentes por lado, de forma pacífica aunque no siempre poco traumática.
Retomando el símil del inicio, aquí la Liga política ha sido cosa de Real Madrid y Barça, con algún equipito que ha servido para hacer tímida pinza en puestos de Champions —Izquierda Unida cuando José María Aznar afilaba los cuchillos o el PNV y CiU cuando el mismo Aznar ya estaba en la Moncloa—. Pero de gobernar, nada, al menos a nivel nacional.
En las ligas locales el juego es distinto. Los nacionalismos de uno u otro signo se reparten cotas de poder más o menos importantes y compiten de tú a tú —en ocasiones— con ese Barça o ese Madrid. A la izquierda hay Bloques, Esquerras, Bildus, Compromisos o Chas, mientras a la derecha hay Upeenes, Peneuves, Ciudadanos o Upeydés.
Pero, ¿qué pasó para que el fútbol fuera cosa de dos? Bueno, es algo histórico, inevitable. Pero también hemos visto al Athletic o a la Real Sociedad ganar ligas, al Atleti firmar dobletes, al Dépor, Sevilla o Betis siendo alternativas al poder, o a Valencia y Villarreal acariciando la Champions. Entonces llegó la formación de sociedades anónimas deportivas, el reparto de los derechos del fútbol y otras zarandajas y protecciones especiales que, salvo años de sorpresa, permite a los dos grandes gobernar sin problemas, alternándose en el poder a lo Cánovas y Sagasta.

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Imágen: Love Will Tear Us Aznar

Vale, majo, aquí te has quedado sin comparación y sin símil.
Error.
Lo que la transformación societaria y el reparto de derechos televisivos ha sido para la Liga, la crisis y la desafección ha sido para la política.
La cosa es que el centro-derecha que representa el PP siempre ha sido homogéneo: supo absorber a la gente de UCD y CDS, alinearse con nacionalistas moderados cuando ha convenido y ha aglutinado todos los discursos habidos y por haber en el ámbito conservador. ¿Liberalismo económico? ¿Monarquía? ¿Religión? ¿Tradición militar? ¿Unidad territorial? Todo eso y mucho más cabe, con esa habitual disciplina conservadora que mantiene las filas prietas. Como las defensas de esa Italia de Arrigo Sacchi.
El centro-izquierda siempre ha sido algo más díscolo. El PSOE, como el PP, ha sido más o menos centrista según el momento, pero siempre ha tenido algunos pepitos grillos alrededor. El más grande ha sido IU, con quienes rara vez se ha entendido. El discurso de unos y otros casi siempre ha tenido más choques entre ellos que con los de enfrente, y así es difícil entenderse. Más que nada porque no existe la misma unidad de acción. Por eso en el Gobierno no se cuestionaron los acuerdos con la Santa Sede y ahora sí, o por eso a raíz del lío independentista catalán se ha descubierto que el PSOE es ahora federalista. Ya se sabe que hay quien juega al contragolpe. La cosa es ser lo suficientemente rápido para recorrer las bandas.
Pero llegó la crisis. La gente empezó a tener problemas. Vio a un gobierno supuestamente de izquierdas tomar decisiones que nunca imaginó que podrían tomar —limitar los derechos de rumanos y búlgaros, retirar ayudas sociales, pactar limitaciones de endeudamientos, ayudar a los bancos, indultar a poderosos…— y la gente se desorientó. ¿Qué hace el Barça de Guardiola jugando al patadón? O si prefieren el ejemplo contrario, ¿por qué el Real Madrid de Mourinho de pronto deja de ser agresivo?
Enfrente, el otro equipo tampoco jugaba buen fútbol. Su delantero estrella ilusionaba a pocos y, una vez en la cresta de la ola, uno nunca sabe si ata o desata. Vaya, que la tiene botando en el área pequeña y en lugar de chutar se pone a seguir regateándose a sí mismo. Eso sí, el estilo de juego está definido: contrarreforma del aborto, supresión de Educación para la Ciudadanía y varias cosas más que salen directamente de la libreta del entrenador.
Así que la gente empezó a dejar de ir al fútbol. De hecho, se hartó de que Barça y Madrid ganaran siempre por goleadas y empezaron a apoyar a otros equipos. Así que muchos con ganas de saltar al césped con su propia camiseta empezaron a montar movimientos y partidos. Y los advenedizos, que no son tontos. Los conjuntos han empezado a multiplicarse, sobre todo a la izquierda, pero también a la derecha.
Ahí está ahora IU, que hace legislatura y media tenía un solo diputado y ahora gobierna en Andalucía, sostiene al Ejecutivo en Extremadura y pasaría por ser llave necesaria para un hipotético gobierno socialista. O UPyD, que la legislatura pasada tenía una sola diputada y ahora tiene cinco, podría multiplicarlos y ya tiene gente en varios Parlamentos Autonómicos.
¿Imaginan que el Barça necesitara la ayuda del Atleti para ganar la Liga? ¿O que el Real Madrid necesitara al Valencia? Pues algo así.
Y aún la cosa se complica más porque hay otros equipos que quieren sumarse puntos. Por primera vez España tiene un partido ecologista potente, como es Equo, que se quedó a las puertas del Congreso siendo el noveno partido en votos. Además, se han multiplicado las plataformas a la izquierda, algunas dentro de IU (como la de Gaspar Llamazares, con Izquiera Abierta, o la de Julio Anguita, con su Frente Cívico ‘Somos mayoría’), y otras surgidas en las calles (como Podemos, que busca el voto de la gente del 15M), o en los juzgados, como la Convocatoria Cívica de Baltasar Garzón o la Renovación Democrática de la Ciudadanía del juez Elpidio José Silva. Y eso dejando aparte a coaliciones regionales exitosas como Anova, Compromís o la CUP, al Partido X, al Partido Pirata o a lo que sea que tiene entre manos Joan Mesquida con su ‘Forma parte de la solución‘.
La izquierda, como el banquillo de un equipo con un entrenador cuestionado, dividida.
Pero también a la derecha surgen, por primera vez, voces diversas. Además de la ya citada UPyD, o aquel experimento asturiano de Francisco Álvarez Cascos en su FAC, Ciutadans ha dado el salto fuera de Cataluña y está ganando adhesiones de moderados y renegados de izquierda y derecha en torno a su Movimiento Ciudadano, por no hablar de Vox, surgido a la derecha del PP, con descontentos como Santiago Abascal o Alejo Vidal Quadras o, más importante en cuanto a estrategia, José Antonio Ortega Lara, que no era un jugador de primera línea en su partido, pero digamos que su salida del club hace que muchos otros puedan seguirle como María San Gil, Nerea Alzola o Jaime Mayor Oreja, además de llamar a otras personas con su misma visión del conflicto vasco, como Gotzone Mora.
¿Pueden ganar la Liga estos equipos? No, claro, hoy en día no. España no es Grecia, donde un partido mayoritario ahora es anecdótico, y comunistas y neonazis estaban al asalto del poder. Pero sí pueden ser fuerzas emergentes, condicionar pactos o, lo más importante quizá, arañar votos a los grandes. Porque si el PSOE pierde toda la conexión con ecologistas y jóvenes indignados, mientras el PP se queda sin el apoyo de muchas víctimas del terrorismo y antinacionalistas… ¿quién dará asistencias a Messi y Cristiano Ronaldo?
Otro gallo cantaría si en lugar de en España estuviéramos en Alemania, donde allí nunca se gana por mayoría absoluta porque la tradición de pacto es tan fuerte que los dos grandes partidos se acaban uniendo para hacer frente común. O Suiza, donde se reencarnaron los espíritus de Cánovas y Sagasta a su forma.
Pero España es España y, por lo pronto, parece que en el próximo campeonato, las elecciones europeas de mayo, se enfrentarán a un problema aún más grave: la gente está tan descontenta y Europa motiva tan poco que, aunque se multipliquen los partidos, al final podría acabar habiendo más abstención que voto.
Yo me he jugado una cena a que será así. Me encantaría no ganar, pero creo que voy a ir eligiendo restaurante.

Imágenes: Love Will Tear Us Aznar

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