4 de agosto 2021    /   IDEAS
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La luminosa mala suerte de que tu madre tenga cáncer

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Puede ocurrirnos a todos. De hecho, las estadísticas demuestran que nos ocurrirá a muchos —y que la mayor parte de las veces saldremos adelante—. Sin embargo, mientras no nos toca, hacemos como si no existiera. Obviamos su existencia.

Hasta que un día cualquiera, después de pegajosas semanas de dudas y radiografías, alguien pronuncia las palabras tan temidas. «Sí, es cáncer». Arranca una travesía que rara vez es corta. Que suele venir plagada de miedos y de sombras. Pero que, también, puede ser enormemente rica en aprendizajes y momentos luminosos. Aunque todo esto, entonces, aún no lo sepamos.

De entrada, el cáncer actúa como un huracán que se lleva gran parte de lo que presuponíamos prioritario, mostrándonos que, en realidad, no lo era. Cierto, no hace falta enfermar para darse cuenta de ello. Pero digamos que la enfermedad obliga a dilucidarlo velozmente. Pasado el vendaval, apenas quedan en pie cuatro o cinco pilares esenciales: el amor, los seres queridos, tu vocación… y la media docena —si llega— de personas a las que puedes llamar a las dos de la mañana cuando te tambaleas. Reconoces esas piedras maestras con una claridad meridiana. Agradeces su presencia, ahora que por fin puedes ver prístinos los bastiones que sostienen tu edificio, sin decoraciones superfluas.

También ocurre, a veces, que nuevos personajes inesperados entran en escena con voz alta y clara, asumiendo un rol principal que jamás habrías sospechado. Son esos que apoyan, escuchan, llaman… De alguna manera ya estaban allí, al acecho, ocultos. Y cuando el director de orquesta les ha dado entrada, no han dudado en unirse al concierto, aportando melodías calurosas. Son preciosas sorpresas que la vida nos tenía preparadas.

Otro efecto colateral —sonriente— es la transformación que, a veces, experimentan en tu mente los hospitales, las clínicas o los ambulatorios. Antes eran lugares a los que solo ibas cuando no había más remedio. Ahora se transforman en espacios vivísimos, sembrados de almas suaves y empáticas que decidieron dedicar su vida a acompañar a gentes como tú cuando acontecen cosas como esta. No concibo generosidad mayor ni vocación más preciosa.

Si te zambulles hasta el fondo de la tristeza, terminas por darte cuenta de que la luminosidad de una vida no se mide pesando los segundos vividos, sino más bien saboreando los instantes sentidos

Luego, el tiempo pasa. La vida, la enfermedad y la esperanza avanzan juntas y en paralelo, en una rara carrera de obstáculos que evade las líneas rectas. Hay subidas. Hay bajadas. Hay larguísimos momentos en los que no parece pasar absolutamente nada. A veces, hay suerte. Las pruebas lanzan veredictos —mal llamados diagnósticos— optimistas. El tratamiento abre grietas entre lo oscuro.

Otras veces, los datos son más opacos. Asoman otoños en el calendario. Si esto ocurre, si los veredictos son austeros, es fácil caer en la trampa de pensar que no es justo. Que ahora no tocaba. Que la enfermedad es una condena. Pero si te zambulles hasta el fondo de la tristeza, terminas por darte cuenta de que la luminosidad de una vida no se mide pesando los segundos vividos, sino más bien saboreando los instantes sentidos.

A la luz de esta revelación, poco importa estar vivo o muerto dentro de un día, de dos meses o de cincuenta años. Lo importante es transitar lo que nos toque con las dosis máximas de amor y paz en vena. Paladeando cada rayo de sol, cada paso, cada vaso de agua.

Sí, saborear el presente es un acto al cual te entregas. Es inevitable. Por ejemplo, ahora: Mi madre se peina. Dentro de unas semanas volverá la quimio. Acaricio su cabello fino mientras ella me cuenta, esperanzada, que aún no se le ha empezado a caer. Es imposible saber si desaparecerá o no de su cráneo dentro de un tiempo, dejándolo reluciente y liso como una montaña recién nevada. Pero sí sabemos que aún no ha llegado ese momento. Que tal vez no llegue, incluso. Hoy, mi madre tiene un cabello precioso. Sonríe. Solo existe este instante en que ella se peina, alegre, y un sol meloso acaricia sus manos mientras lo hace.

Mención aparte merecen los planes, las agendas, los pronósticos. Todos esos castillos en el aire que con gran tenacidad gustamos de construir los humanos. Lo hacemos convencidos de que controlamos algo —mientras rellenamos nuestras agendas con soltura—. Sin embargo, esta travesía nos enseña que los planes distan mucho de ser certezas. Más bien son meros artefactos que dan inercia, que ponen en marcha nuestras vidas para que luego ellas hagan con nosotros lo que les plazca.

Con la misma naturalidad con que tomas el desayuno o vas al baño o te duchas, abrazas el descontrol de lo incierto, redescubriendo un mundo que ya nunca más verás de la misma forma. El de ahora es más denso y rico

Todo puede pasar y todo es posible, independientemente de lo agendado en mi calendario. Esta máxima pasa a estar grabada a fuego en tu memoria desde el momento en que a un ser querido le diagnostican un cáncer. «Ves, mamá, igual salgo mañana a la calle y me atropella un tranvía. O nos llaman de la clínica y nos dicen que se equivocaron y que tú estás más sana que una manzana. Anda, dame un abrazo y bailemos un rato en la cocina».

Con la misma naturalidad con que tomas el desayuno o vas al baño o te duchas, abrazas el descontrol de lo incierto, redescubriendo un mundo que ya nunca más verás de la misma forma. El de ahora es más denso y rico. Has profundizado varias capas en la cebolla existencial que es estar vivo.

No puedo negar que la oscuridad no acontezca, a veces. Nacer y morir son verbos que van de la mano. Pase lo que pase, estamos destinados a conjugarlos. La conjugación del primero la tenemos integrada de serie. Sin embargo, la del segundo tiende a resultarnos más molesta. Pero esto no parece tan grave cuando pones cierta distancia de por medio.

Al fin y al cabo, dentro de cien míseros años —que no son más que un mínimo estornudo a escala planetaria—– yo, tú y todos los humanos a los que amamos ahora, estaremos muertos y enterrados con un 99,999999… % de probabilidades. Estar vivo es el milagro. Lo normal es o ya haber vivido, o estar pendiente de hacerlo. Existir es una isla rara en medio de inmensos océanos de vacío. ¡Pero qué de frutos exóticos, de intrépidos paseos y de memorables sorpresas nos regala este islote! Algunos, agazapados detrás de cáscaras rugosas.

Finalmente, abriendo los pétalos del proceso, desgranando sus frutos, apareció uno de los más bellos regalos que esta enfermedad me ha dado: redescubrir a mi madre con una mirada nueva

Finalmente, abriendo los pétalos del proceso, desgranando sus frutos, apareció uno de los más bellos regalos que esta enfermedad me ha dado: redescubrir a mi madre con una mirada nueva, admirándola de una forma en que nunca antes lo había hecho.

Sí, es cierto: gracias al cáncer ahora comprendo que, detrás su sensibilidad profunda —que algunas veces malinterpreté como debilidad—, mi madre guarda profundas dosis de fuerza, resiliencia y valentía. Sospecho que ni ella era consciente de esto. ¿Tal vez esa parte de su ser andaba escondida bajo el tinte con el que, durante años, coloreó su cabello canoso?

Pasada la primera quimio, cuando sus cabellos fueron reapareciendo, decidió no volver a esconderlos. Ahora luce una media melena plateada, preciosa, sin artilugios ni escondites. Pasea de la mano con mi padre, mirando al frente, con esperanza en sus ojos. Lo pasado ya pasó. Lo que venga ya vendrá. Ahora, ella sonríe. Y yo la veo más bella y plena que nunca.

 

Ignasi Giró es diseñador. Escritor a tiempo parcial. Autor de la «Teoría optimista del fracaso» (Koan Libros). Hacedor optimista. 

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Puede ocurrirnos a todos. De hecho, las estadísticas demuestran que nos ocurrirá a muchos —y que la mayor parte de las veces saldremos adelante—. Sin embargo, mientras no nos toca, hacemos como si no existiera. Obviamos su existencia.

Hasta que un día cualquiera, después de pegajosas semanas de dudas y radiografías, alguien pronuncia las palabras tan temidas. «Sí, es cáncer». Arranca una travesía que rara vez es corta. Que suele venir plagada de miedos y de sombras. Pero que, también, puede ser enormemente rica en aprendizajes y momentos luminosos. Aunque todo esto, entonces, aún no lo sepamos.

De entrada, el cáncer actúa como un huracán que se lleva gran parte de lo que presuponíamos prioritario, mostrándonos que, en realidad, no lo era. Cierto, no hace falta enfermar para darse cuenta de ello. Pero digamos que la enfermedad obliga a dilucidarlo velozmente. Pasado el vendaval, apenas quedan en pie cuatro o cinco pilares esenciales: el amor, los seres queridos, tu vocación… y la media docena —si llega— de personas a las que puedes llamar a las dos de la mañana cuando te tambaleas. Reconoces esas piedras maestras con una claridad meridiana. Agradeces su presencia, ahora que por fin puedes ver prístinos los bastiones que sostienen tu edificio, sin decoraciones superfluas.

También ocurre, a veces, que nuevos personajes inesperados entran en escena con voz alta y clara, asumiendo un rol principal que jamás habrías sospechado. Son esos que apoyan, escuchan, llaman… De alguna manera ya estaban allí, al acecho, ocultos. Y cuando el director de orquesta les ha dado entrada, no han dudado en unirse al concierto, aportando melodías calurosas. Son preciosas sorpresas que la vida nos tenía preparadas.

Otro efecto colateral —sonriente— es la transformación que, a veces, experimentan en tu mente los hospitales, las clínicas o los ambulatorios. Antes eran lugares a los que solo ibas cuando no había más remedio. Ahora se transforman en espacios vivísimos, sembrados de almas suaves y empáticas que decidieron dedicar su vida a acompañar a gentes como tú cuando acontecen cosas como esta. No concibo generosidad mayor ni vocación más preciosa.

Si te zambulles hasta el fondo de la tristeza, terminas por darte cuenta de que la luminosidad de una vida no se mide pesando los segundos vividos, sino más bien saboreando los instantes sentidos

Luego, el tiempo pasa. La vida, la enfermedad y la esperanza avanzan juntas y en paralelo, en una rara carrera de obstáculos que evade las líneas rectas. Hay subidas. Hay bajadas. Hay larguísimos momentos en los que no parece pasar absolutamente nada. A veces, hay suerte. Las pruebas lanzan veredictos —mal llamados diagnósticos— optimistas. El tratamiento abre grietas entre lo oscuro.

Otras veces, los datos son más opacos. Asoman otoños en el calendario. Si esto ocurre, si los veredictos son austeros, es fácil caer en la trampa de pensar que no es justo. Que ahora no tocaba. Que la enfermedad es una condena. Pero si te zambulles hasta el fondo de la tristeza, terminas por darte cuenta de que la luminosidad de una vida no se mide pesando los segundos vividos, sino más bien saboreando los instantes sentidos.

A la luz de esta revelación, poco importa estar vivo o muerto dentro de un día, de dos meses o de cincuenta años. Lo importante es transitar lo que nos toque con las dosis máximas de amor y paz en vena. Paladeando cada rayo de sol, cada paso, cada vaso de agua.

Sí, saborear el presente es un acto al cual te entregas. Es inevitable. Por ejemplo, ahora: Mi madre se peina. Dentro de unas semanas volverá la quimio. Acaricio su cabello fino mientras ella me cuenta, esperanzada, que aún no se le ha empezado a caer. Es imposible saber si desaparecerá o no de su cráneo dentro de un tiempo, dejándolo reluciente y liso como una montaña recién nevada. Pero sí sabemos que aún no ha llegado ese momento. Que tal vez no llegue, incluso. Hoy, mi madre tiene un cabello precioso. Sonríe. Solo existe este instante en que ella se peina, alegre, y un sol meloso acaricia sus manos mientras lo hace.

Mención aparte merecen los planes, las agendas, los pronósticos. Todos esos castillos en el aire que con gran tenacidad gustamos de construir los humanos. Lo hacemos convencidos de que controlamos algo —mientras rellenamos nuestras agendas con soltura—. Sin embargo, esta travesía nos enseña que los planes distan mucho de ser certezas. Más bien son meros artefactos que dan inercia, que ponen en marcha nuestras vidas para que luego ellas hagan con nosotros lo que les plazca.

Con la misma naturalidad con que tomas el desayuno o vas al baño o te duchas, abrazas el descontrol de lo incierto, redescubriendo un mundo que ya nunca más verás de la misma forma. El de ahora es más denso y rico

Todo puede pasar y todo es posible, independientemente de lo agendado en mi calendario. Esta máxima pasa a estar grabada a fuego en tu memoria desde el momento en que a un ser querido le diagnostican un cáncer. «Ves, mamá, igual salgo mañana a la calle y me atropella un tranvía. O nos llaman de la clínica y nos dicen que se equivocaron y que tú estás más sana que una manzana. Anda, dame un abrazo y bailemos un rato en la cocina».

Con la misma naturalidad con que tomas el desayuno o vas al baño o te duchas, abrazas el descontrol de lo incierto, redescubriendo un mundo que ya nunca más verás de la misma forma. El de ahora es más denso y rico. Has profundizado varias capas en la cebolla existencial que es estar vivo.

No puedo negar que la oscuridad no acontezca, a veces. Nacer y morir son verbos que van de la mano. Pase lo que pase, estamos destinados a conjugarlos. La conjugación del primero la tenemos integrada de serie. Sin embargo, la del segundo tiende a resultarnos más molesta. Pero esto no parece tan grave cuando pones cierta distancia de por medio.

Al fin y al cabo, dentro de cien míseros años —que no son más que un mínimo estornudo a escala planetaria—– yo, tú y todos los humanos a los que amamos ahora, estaremos muertos y enterrados con un 99,999999… % de probabilidades. Estar vivo es el milagro. Lo normal es o ya haber vivido, o estar pendiente de hacerlo. Existir es una isla rara en medio de inmensos océanos de vacío. ¡Pero qué de frutos exóticos, de intrépidos paseos y de memorables sorpresas nos regala este islote! Algunos, agazapados detrás de cáscaras rugosas.

Finalmente, abriendo los pétalos del proceso, desgranando sus frutos, apareció uno de los más bellos regalos que esta enfermedad me ha dado: redescubrir a mi madre con una mirada nueva

Finalmente, abriendo los pétalos del proceso, desgranando sus frutos, apareció uno de los más bellos regalos que esta enfermedad me ha dado: redescubrir a mi madre con una mirada nueva, admirándola de una forma en que nunca antes lo había hecho.

Sí, es cierto: gracias al cáncer ahora comprendo que, detrás su sensibilidad profunda —que algunas veces malinterpreté como debilidad—, mi madre guarda profundas dosis de fuerza, resiliencia y valentía. Sospecho que ni ella era consciente de esto. ¿Tal vez esa parte de su ser andaba escondida bajo el tinte con el que, durante años, coloreó su cabello canoso?

Pasada la primera quimio, cuando sus cabellos fueron reapareciendo, decidió no volver a esconderlos. Ahora luce una media melena plateada, preciosa, sin artilugios ni escondites. Pasea de la mano con mi padre, mirando al frente, con esperanza en sus ojos. Lo pasado ya pasó. Lo que venga ya vendrá. Ahora, ella sonríe. Y yo la veo más bella y plena que nunca.

 

Ignasi Giró es diseñador. Escritor a tiempo parcial. Autor de la «Teoría optimista del fracaso» (Koan Libros). Hacedor optimista. 

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