30 de marzo 2017    /   BUSINESS
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La Maestra de Pueblo que usa Twitter como terapia

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Se hace llamar Maestra de Pueblo en redes sociales. Reconoce no haber sido demasiado original con su alias porque es maestra de primaria y trabaja en un pueblo, cuyo nombre prefiere no mencionar para no dar demasiadas pistas sobre su verdadera identidad. Después de superar los 15.600 seguidores en Twitter y más de 56.000 en Facebook con sus tips, chistes y mensajes sarcásticos sobre su experiencia como docente, Maestra de Pueblo confiesa que «de haber sabido que iba a tener esta repercusión me lo hubiese currado un poco más con el nombre».

Su personaje no surgió de forma premeditada. Un buen día, sin pensarlo mucho, comenzó a escribir tuits como un «desahogo» de su día a día en las aulas «y de momento me sirve de terapia: me ayuda a liberar estrés y a dar mi punto de vista sobre lo que rodea a nuestra profesión. Si, aparte de eso, mis tontunas ayudan o hacen reflexionar también a otros maestros, ya sería la repera».

Los alumnos y el resto del claustro inspiran buena parte de sus mensajes en redes sociales. También su círculo de amigos entre los que hay un buen número de profesores, «y ya se sabe que cuando nos juntamos no podemos hablar de otra cosa».

El humor, dice, «es un conductor genial», que le sirve para reflexionar sobre lo que le atañe de forma más cercana, pero también de lo que se cuece en el panorama educativo en general: «Me sirve para reflexionar sobre las cosas serias en un meme o en 140 caracteres. Ya hay blogs y medios muy buenos que argumentan de una manera solemne qué es lo que necesita la educación, hacia dónde tenemos que ir o las metodologías que mejorarían todo esto».

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Se considera optimista aunque conservar esa visión cada vez sea más difícil. «Hay veces que salgo del cole desmoralizada: clases muy numerosas, falta de recursos humanos y materiales, sensación de desprotección por parte de la Administración… Pero luego entro en internet y veo a gente haciendo proyectos geniales, ofreciendo lo mejor con pocos recursos y sobre todo con mucha ilusión y pienso: ¡Aún hay esperanza!».

Advierte «un proceso de cambio imparable» en el momento actual, aunque lento. «De lo que estoy convencida es que cualquier cambio tiene que venir desde las aulas, no podemos esperar a que otros lo hagan por nosotros».

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Considera positivo que la educación se haya convertido en uno de los temas en boga en los últimos tiempos («¡bendita moda!») al propiciar la reflexión y la implicación de docentes, estudiantes, familias y la sociedad en general. Aunque siempre y cuando se parta de «una información y una visión rigurosa» para no caer en clichés y sensacionalismo que haga que esa moda se ponga en su contra.

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Y aunque su personaje está lejos de ser un homenaje a aquel maestro de pueblo «autoritario al que no se podía cuestionar y que poseía la verdad absoluta», sí que echa de menos la figura del profesor que «tenía claro qué es lo que tenía que hacer en el aula, que lo mismo te enseñaba a leer que a hacer una raíz cuadrada y que sin libros de texto ni muchos recursos no dudaba en dar lo mejor a sus alumnos. Últimamente los docentes somos cuestionados desde fuera y desde dentro; aun sabiendo que necesitamos un cambio, no nos atrevemos a dar el paso».

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Se hace llamar Maestra de Pueblo en redes sociales. Reconoce no haber sido demasiado original con su alias porque es maestra de primaria y trabaja en un pueblo, cuyo nombre prefiere no mencionar para no dar demasiadas pistas sobre su verdadera identidad. Después de superar los 15.600 seguidores en Twitter y más de 56.000 en Facebook con sus tips, chistes y mensajes sarcásticos sobre su experiencia como docente, Maestra de Pueblo confiesa que «de haber sabido que iba a tener esta repercusión me lo hubiese currado un poco más con el nombre».

Su personaje no surgió de forma premeditada. Un buen día, sin pensarlo mucho, comenzó a escribir tuits como un «desahogo» de su día a día en las aulas «y de momento me sirve de terapia: me ayuda a liberar estrés y a dar mi punto de vista sobre lo que rodea a nuestra profesión. Si, aparte de eso, mis tontunas ayudan o hacen reflexionar también a otros maestros, ya sería la repera».

Los alumnos y el resto del claustro inspiran buena parte de sus mensajes en redes sociales. También su círculo de amigos entre los que hay un buen número de profesores, «y ya se sabe que cuando nos juntamos no podemos hablar de otra cosa».

El humor, dice, «es un conductor genial», que le sirve para reflexionar sobre lo que le atañe de forma más cercana, pero también de lo que se cuece en el panorama educativo en general: «Me sirve para reflexionar sobre las cosas serias en un meme o en 140 caracteres. Ya hay blogs y medios muy buenos que argumentan de una manera solemne qué es lo que necesita la educación, hacia dónde tenemos que ir o las metodologías que mejorarían todo esto».

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Se considera optimista aunque conservar esa visión cada vez sea más difícil. «Hay veces que salgo del cole desmoralizada: clases muy numerosas, falta de recursos humanos y materiales, sensación de desprotección por parte de la Administración… Pero luego entro en internet y veo a gente haciendo proyectos geniales, ofreciendo lo mejor con pocos recursos y sobre todo con mucha ilusión y pienso: ¡Aún hay esperanza!».

Advierte «un proceso de cambio imparable» en el momento actual, aunque lento. «De lo que estoy convencida es que cualquier cambio tiene que venir desde las aulas, no podemos esperar a que otros lo hagan por nosotros».

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Considera positivo que la educación se haya convertido en uno de los temas en boga en los últimos tiempos («¡bendita moda!») al propiciar la reflexión y la implicación de docentes, estudiantes, familias y la sociedad en general. Aunque siempre y cuando se parta de «una información y una visión rigurosa» para no caer en clichés y sensacionalismo que haga que esa moda se ponga en su contra.

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Y aunque su personaje está lejos de ser un homenaje a aquel maestro de pueblo «autoritario al que no se podía cuestionar y que poseía la verdad absoluta», sí que echa de menos la figura del profesor que «tenía claro qué es lo que tenía que hacer en el aula, que lo mismo te enseñaba a leer que a hacer una raíz cuadrada y que sin libros de texto ni muchos recursos no dudaba en dar lo mejor a sus alumnos. Últimamente los docentes somos cuestionados desde fuera y desde dentro; aun sabiendo que necesitamos un cambio, no nos atrevemos a dar el paso».

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