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24 de junio 2019    /   BUSINESS
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La Maleta de Fonseca: el cabreo de que te pierdan el equipaje convertido en personaje

24 de junio 2019    /   BUSINESS     por          
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El 13 de junio de 2019 una maleta marrón despegó del aeropuerto de Santiago de Chile. La esperaban en Barcelona un día después. La esperaban en la cinta transportadora. La esperaban. Hasta que la dueña de la valija dijo a su hijo, Diego Fonseca: «Nos perdieron la maleta ¡otra vez!».

En ese instante crujió el tiempo y crujió el espacio en el aeropuerto de Barcelona. Lo que debía haber sido un vuelo transoceánico más se convirtió en un viaje a la incertidumbre. Lo que tenía que haber sido un golpe de mala suerte se volvió un loop en el tiempo: «Nos perdieron la maleta ¡otra vez!». La primera fue hace un año, en la misma ruta, la misma maleta.

El extravío de la valija castaña podría documentarse como un misterio más del universo si no fuera porque su pérdida provoca un vacío. Un vacío de estómago; un vacío más grave que el existencial. En el interior de la maleta está la medicación que cada día deben tomar los padres de Fonseca. Pastillas para la diabetes, su mamá; píldoras contra la afección cardiaca, su papá.

La incredulidad les cayó como una losa. Al padre, don Ricardo, y a la madre, doña Suni, cada uno en su silla de ruedas. A Diego Fonseca, paralizado de espanto. Una azafata les tomó los datos y el editor le preguntó:

—¿Dónde creen que está la maleta?

—No está en el sistema —respondió la mujer.

—Si no está ahí, es que no pasó por ningún escáner.

—Puede que haya pasado pero los datos aún no se han cargado.

—Se ha podido quedar en Córdoba o en Santiago.

La azafata no contestó. Le dio el papelito de la desaparición y le dijo que esperara noticias. Si lo que estaba ocurriendo era un pliegue en el tiempo y el futuro del día siguiente se correspondía con el pasado de hace un año, la maleta debería llegar a su casa a las 24 horas. Eso fue lo que ocurrió en 2018.

Pero al tiempo no le gusta ser previsible y ha decidido dejar esta historia en manos de la improvisación. Nadie sabe nada, nadie entiende nada. La que menos, la maleta.

A los dos días, Fonseca escribió a Iberia para preguntar por la valija. La compañía le dio «la clásica respuesta de no me toques los huevos» y le pidió que anotara una web y el número de teléfono del departamento de equipajes. El escritor empezó a llamar. A llamar y a esperar. A llamar, a esperar y, por fin, a escuchar la voz de un robot.

El contestador automático, después de una ristra de preguntas, preguntó a Fonseca por el número de identificación de la maleta extraviada.

—Tal, tal, tal, ENE —pronunció el editor.

El aparato entendió «EME». Error. Vuelta a empezar.

—Tal, tal, tal, ENE —repitió.

El aparato entendió «EME». Error. ¡Grrrrrr! Fonseca pensó que el contestador podría comprender mejor el acento de su madre italiana.

—ENE —pronunció la mujer.

—ELE —oyó el aparato.

Así hasta la extenuación. Se había levantado una barrera en el tiempo; la comunicación había cortocircuitado. «No había modo de poder pasar ese filtro», recuerda el editor. «Tuiteé para decirles que habían perdido una maleta y al día siguiente me dijeron que siguiéramos la conversación por DM. Me dieron largas y más largas. La medicación de mis padres se estaba acabando y ya me cabreé».

Fonseca llamó al departamento de equipajes y encontró otro muro detrás del teléfono. Entonces probó suerte con los metales nobles: recurrió a la tarjeta plata de Iberia de su pareja a ver si así alguien le hacía caso. Una persona del servicio VIP lo desvió al departamento de empresas y allí lo mandaron a la casilla de salida.

Vuelta a empezar: la persona del servicio VIP lo desvió al departamento de venta de tiques electrónicos. De ahí lo mandaron al departamento de embarque de equipajes. Ahí lo atiendió, de nuevo, un robot y, otra vez, la máquina no entendía un carajo. Llamó de nuevo al servicio VIP, recibió un nuevo número al que llamar y entonces el salto cuántico fue espectacular: había ido a parar a una empresa de instalación de máquinas de aire acondicionado.

«Ya me harté. Los insulté con estilo y ahí es cuando Iberia sacó su viejo rol imperial», cuenta Fonseca. «Me dijeron: ‘Diego, por favor, para poder responderte en redes sociales, requerimos un respeto y que moderes tu lenguaje’. Retuiteé su contestación y les dije: ‘El respeto se gana. Encuentren la maleta’. Entonces fue cuando la gente empezó a retuitear y retuitear. En nada había 300 retuits».

Unos días después, Fonseca recibió un SMS. Habían encontrado la maleta, por fin, y por la mañana estaría en su domicilio. Esa noche todos durmieron aliviados… en balde. Aquel mensaje hablaba de una realidad paralela, pero el editor no lo supo hasta que, al día siguiente, a las 10.00 en punto, abrió la puerta de su casa.

—¿Una mochila roja? ¡La maleta de mis padres es marrón y tiene rueditas! Me preocupa porque esto significa que también hay otra persona que está en problemas.

El editor volvió a tuitear: publicó que había recibido un equipaje equivocado. «La gente se puso reloca otra vez a retuitearlo, a contar sus experiencias, pero Iberia no reaccionaba. Querían correjirme en público y yo los zarandeaba por sus errores». En medio de esta tormenta de tuits, de pronto, el timeline de Twitter se convirtió en una cinta transportadora de aeropuerto en la que apareció la @MaletadeFonseca

La realidad se había desdoblado. La maleta seguía perdida en cualquier no lugar pero su réplica virtual empezó a dar vueltas por el timelime de Twitter. «Al principio no sabía quién la había creado. Después me enteré de que fue una amiga. Me dijo que le había disgustado tanto el caso que creó este personaje», indica Fonseca. «Y ahí está. Tiene vida propia, le escriben tangos… Es un recurso simpático. La gente se divierte con la idea de que una maleta hable y se la han apropiado».

https://twitter.com/MaletadeFonseca/status/1142708270970236929

El misterio continúa perdido entre los pasillos de los aeropuertos, los departamentos de Iberia y la desesperación de Fonseca. Todo sea que, al final, haya que llamar a un puñado de físicos cuánticos. ¿Andará La Maleta Fonseca en el espacio exterior?

El 13 de junio de 2019 una maleta marrón despegó del aeropuerto de Santiago de Chile. La esperaban en Barcelona un día después. La esperaban en la cinta transportadora. La esperaban. Hasta que la dueña de la valija dijo a su hijo, Diego Fonseca: «Nos perdieron la maleta ¡otra vez!».

En ese instante crujió el tiempo y crujió el espacio en el aeropuerto de Barcelona. Lo que debía haber sido un vuelo transoceánico más se convirtió en un viaje a la incertidumbre. Lo que tenía que haber sido un golpe de mala suerte se volvió un loop en el tiempo: «Nos perdieron la maleta ¡otra vez!». La primera fue hace un año, en la misma ruta, la misma maleta.

El extravío de la valija castaña podría documentarse como un misterio más del universo si no fuera porque su pérdida provoca un vacío. Un vacío de estómago; un vacío más grave que el existencial. En el interior de la maleta está la medicación que cada día deben tomar los padres de Fonseca. Pastillas para la diabetes, su mamá; píldoras contra la afección cardiaca, su papá.

La incredulidad les cayó como una losa. Al padre, don Ricardo, y a la madre, doña Suni, cada uno en su silla de ruedas. A Diego Fonseca, paralizado de espanto. Una azafata les tomó los datos y el editor le preguntó:

—¿Dónde creen que está la maleta?

—No está en el sistema —respondió la mujer.

—Si no está ahí, es que no pasó por ningún escáner.

—Puede que haya pasado pero los datos aún no se han cargado.

—Se ha podido quedar en Córdoba o en Santiago.

La azafata no contestó. Le dio el papelito de la desaparición y le dijo que esperara noticias. Si lo que estaba ocurriendo era un pliegue en el tiempo y el futuro del día siguiente se correspondía con el pasado de hace un año, la maleta debería llegar a su casa a las 24 horas. Eso fue lo que ocurrió en 2018.

Pero al tiempo no le gusta ser previsible y ha decidido dejar esta historia en manos de la improvisación. Nadie sabe nada, nadie entiende nada. La que menos, la maleta.

A los dos días, Fonseca escribió a Iberia para preguntar por la valija. La compañía le dio «la clásica respuesta de no me toques los huevos» y le pidió que anotara una web y el número de teléfono del departamento de equipajes. El escritor empezó a llamar. A llamar y a esperar. A llamar, a esperar y, por fin, a escuchar la voz de un robot.

El contestador automático, después de una ristra de preguntas, preguntó a Fonseca por el número de identificación de la maleta extraviada.

—Tal, tal, tal, ENE —pronunció el editor.

El aparato entendió «EME». Error. Vuelta a empezar.

—Tal, tal, tal, ENE —repitió.

El aparato entendió «EME». Error. ¡Grrrrrr! Fonseca pensó que el contestador podría comprender mejor el acento de su madre italiana.

—ENE —pronunció la mujer.

—ELE —oyó el aparato.

Así hasta la extenuación. Se había levantado una barrera en el tiempo; la comunicación había cortocircuitado. «No había modo de poder pasar ese filtro», recuerda el editor. «Tuiteé para decirles que habían perdido una maleta y al día siguiente me dijeron que siguiéramos la conversación por DM. Me dieron largas y más largas. La medicación de mis padres se estaba acabando y ya me cabreé».

Fonseca llamó al departamento de equipajes y encontró otro muro detrás del teléfono. Entonces probó suerte con los metales nobles: recurrió a la tarjeta plata de Iberia de su pareja a ver si así alguien le hacía caso. Una persona del servicio VIP lo desvió al departamento de empresas y allí lo mandaron a la casilla de salida.

Vuelta a empezar: la persona del servicio VIP lo desvió al departamento de venta de tiques electrónicos. De ahí lo mandaron al departamento de embarque de equipajes. Ahí lo atiendió, de nuevo, un robot y, otra vez, la máquina no entendía un carajo. Llamó de nuevo al servicio VIP, recibió un nuevo número al que llamar y entonces el salto cuántico fue espectacular: había ido a parar a una empresa de instalación de máquinas de aire acondicionado.

«Ya me harté. Los insulté con estilo y ahí es cuando Iberia sacó su viejo rol imperial», cuenta Fonseca. «Me dijeron: ‘Diego, por favor, para poder responderte en redes sociales, requerimos un respeto y que moderes tu lenguaje’. Retuiteé su contestación y les dije: ‘El respeto se gana. Encuentren la maleta’. Entonces fue cuando la gente empezó a retuitear y retuitear. En nada había 300 retuits».

Unos días después, Fonseca recibió un SMS. Habían encontrado la maleta, por fin, y por la mañana estaría en su domicilio. Esa noche todos durmieron aliviados… en balde. Aquel mensaje hablaba de una realidad paralela, pero el editor no lo supo hasta que, al día siguiente, a las 10.00 en punto, abrió la puerta de su casa.

—¿Una mochila roja? ¡La maleta de mis padres es marrón y tiene rueditas! Me preocupa porque esto significa que también hay otra persona que está en problemas.

El editor volvió a tuitear: publicó que había recibido un equipaje equivocado. «La gente se puso reloca otra vez a retuitearlo, a contar sus experiencias, pero Iberia no reaccionaba. Querían correjirme en público y yo los zarandeaba por sus errores». En medio de esta tormenta de tuits, de pronto, el timeline de Twitter se convirtió en una cinta transportadora de aeropuerto en la que apareció la @MaletadeFonseca

La realidad se había desdoblado. La maleta seguía perdida en cualquier no lugar pero su réplica virtual empezó a dar vueltas por el timelime de Twitter. «Al principio no sabía quién la había creado. Después me enteré de que fue una amiga. Me dijo que le había disgustado tanto el caso que creó este personaje», indica Fonseca. «Y ahí está. Tiene vida propia, le escriben tangos… Es un recurso simpático. La gente se divierte con la idea de que una maleta hable y se la han apropiado».

https://twitter.com/MaletadeFonseca/status/1142708270970236929

El misterio continúa perdido entre los pasillos de los aeropuertos, los departamentos de Iberia y la desesperación de Fonseca. Todo sea que, al final, haya que llamar a un puñado de físicos cuánticos. ¿Andará La Maleta Fonseca en el espacio exterior?

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