Publicado: 04 de julio 2023 09:31  | Actualizado: 31 de julio 2023 05:04    /   CREATIVIDAD
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La Mierda Buena del día: Hay que asesinar a Wilson

Publicado: 04 de julio 2023 09:31  | Actualizado: 31 de julio 2023 05:04    /   CREATIVIDAD     por          
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Crecer es un acto continuo de fe, un gesto de esperanza de que todo irá bien, de que se llegará a final de mes, de que se ahorrará lo suficiente como para no tener que pedir dinero con la cabeza gacha, de que se gastará el tiempo con la persona amada o de que todo ese gasto de tiempo merecerá la pena para paliar la soledad, la única enfermedad que tarde o temprano afectará a todos.

Naufragar también es un acto de fe. Solo se puede esperar a que alguien se deje caer cerca del atolón en el que se encuentre cada uno y así poder reclamar su atención. Mientras tanto, tan solo se puede matar el tiempo construyendo un Wilson con algún artilugio que haya dejado por ahí alguna multinacional. Todo ello para alimentar el humano deseo de sentirse amado. Pero a Wilson lo construimos nosotros, su validación y respeto no son humanos, son artificios que se van con la marea, si no, que se lo digan a Chuck Noland. 

Da la sensación de que cada vez es más frecuente ver Wilsons. Aparecen como enormes manojos de constructos que se enmarañan para hacer creer que son los únicos acompañantes posibles en ese destierro insular. Crecen cada vez que se tacha de loco a todo aquel que propone cambiar la realidad, lo hacen al comprar en el supermercado o al no saber ni cómo se llama tu vecino. Esta masa de creencias y de herencias de un pasado oscuro y un futuro incierto tan solo mantiene la idea de que sin él no hay alternativa.De hecho, esta maldita maraña hace pensar que el habitante de la isla más cercana es un auténtico enemigo frente a su cálida compañía. 

Llegado a este punto, hay que ponerse serio. A Wilson hay que matarlo, y va a empezar a hacerlo el que escribe esta misiva desde su isla particular. ¿Tal vez sea un poco desmedido? Puede ser, pero es la única forma de romper con esta relación tan tóxica. 

Para practicar el wilsoncidio toca empezar a construir puentes, drenar océanos y constituirse como archipiélagos. No hay otra opción, no hay tiempo que perder. Mientras que se chapurrea en las solitarias playas, se pierde la posibilidad de asesinar a la soledad y al aislamiento. ¿Acaso la sociedad que ha surgido de la individualización de la humanidad plantea un futuro, no mejor, sino posible? No, pero hay que evitar el catastrofismo. Así que es hora de concretar. 

Para asestarle la puñalada mortal a la dichosa pelota basta con aprenderse el nombre del vecino, su plato favorito, a qué se dedica, felicitarle por su cumpleaños, procurar que esté bien y que tenga salud. No solo eso, hay que ser beligerante en que el paisano tenga las mismas capacidades de prosperar independientemente de lo lejos que esté su isla. 

De actos de fe vive el hombre, matar a Wilson es posible, hay vida más allá de él. De hecho, es la única forma de vivir una vida digna. Está en la mano de cada uno que el vecino le confíe las llaves de su casa. Esto solo pasa por juntar soledades, por entender al otro como compañía y no como competencia. Porque nadie se salva de estar a la deriva, y al final todo es un acto de fe. 

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Crecer es un acto continuo de fe, un gesto de esperanza de que todo irá bien, de que se llegará a final de mes, de que se ahorrará lo suficiente como para no tener que pedir dinero con la cabeza gacha, de que se gastará el tiempo con la persona amada o de que todo ese gasto de tiempo merecerá la pena para paliar la soledad, la única enfermedad que tarde o temprano afectará a todos.

Naufragar también es un acto de fe. Solo se puede esperar a que alguien se deje caer cerca del atolón en el que se encuentre cada uno y así poder reclamar su atención. Mientras tanto, tan solo se puede matar el tiempo construyendo un Wilson con algún artilugio que haya dejado por ahí alguna multinacional. Todo ello para alimentar el humano deseo de sentirse amado. Pero a Wilson lo construimos nosotros, su validación y respeto no son humanos, son artificios que se van con la marea, si no, que se lo digan a Chuck Noland. 

Da la sensación de que cada vez es más frecuente ver Wilsons. Aparecen como enormes manojos de constructos que se enmarañan para hacer creer que son los únicos acompañantes posibles en ese destierro insular. Crecen cada vez que se tacha de loco a todo aquel que propone cambiar la realidad, lo hacen al comprar en el supermercado o al no saber ni cómo se llama tu vecino. Esta masa de creencias y de herencias de un pasado oscuro y un futuro incierto tan solo mantiene la idea de que sin él no hay alternativa.De hecho, esta maldita maraña hace pensar que el habitante de la isla más cercana es un auténtico enemigo frente a su cálida compañía. 

Llegado a este punto, hay que ponerse serio. A Wilson hay que matarlo, y va a empezar a hacerlo el que escribe esta misiva desde su isla particular. ¿Tal vez sea un poco desmedido? Puede ser, pero es la única forma de romper con esta relación tan tóxica. 

Para practicar el wilsoncidio toca empezar a construir puentes, drenar océanos y constituirse como archipiélagos. No hay otra opción, no hay tiempo que perder. Mientras que se chapurrea en las solitarias playas, se pierde la posibilidad de asesinar a la soledad y al aislamiento. ¿Acaso la sociedad que ha surgido de la individualización de la humanidad plantea un futuro, no mejor, sino posible? No, pero hay que evitar el catastrofismo. Así que es hora de concretar. 

Para asestarle la puñalada mortal a la dichosa pelota basta con aprenderse el nombre del vecino, su plato favorito, a qué se dedica, felicitarle por su cumpleaños, procurar que esté bien y que tenga salud. No solo eso, hay que ser beligerante en que el paisano tenga las mismas capacidades de prosperar independientemente de lo lejos que esté su isla. 

De actos de fe vive el hombre, matar a Wilson es posible, hay vida más allá de él. De hecho, es la única forma de vivir una vida digna. Está en la mano de cada uno que el vecino le confíe las llaves de su casa. Esto solo pasa por juntar soledades, por entender al otro como compañía y no como competencia. Porque nadie se salva de estar a la deriva, y al final todo es un acto de fe. 

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