24 de mayo 2013    /   BUSINESS
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La mirada limpia de los niños

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El profesor Javier Naranjo recuerda aquel día en Llanogrande. “Me estremecí”, relata, “sé que Orlando no era un niño pobre; era hijo de una familia de industriales que había dejado Medellín en la época de la violencia”.
Naranjo daba clases en la escuelita rural de Llanogrande, a dos horas de la ciudad. Enseñaba Granja, Creación Literaria y Fotografía. Aquel día, en Creación, preguntó a los niños por el miedo; qué es el miedo. Orlando Vásquez, de seis años, respondió. Miedo es que mi mamá maneja un carro y unos señores de la cañería no pueden comer y le rompen el vidrio del carro y la matan y matan a mi papá y vivo solo.
Los noventa fueron años duros en Antioquia. El departamento colombiano, con capital en Medellín, sufría la guerra del estado contra los narcotraficantes. Muchos industriales dejaban la ciudad y buscaban tranquilidad en sus fincas del campo. En Llanogrande, Naranjo topó con “miradas limpias”, niños que condensaban crudamente la realidad, sin filtro.
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El profesor aun recuerda respuestas estremecedoras –una niña dijo una vez que misterio era cuando mi mamá se fue y no me dice a dónde-, aunque también simpáticas –niño es un amigo que tiene el pelo cortito, que no toma ron y se acuesta temprano-. Con el tiempo, Naranjo levantó una colección importante de definiciones infantiles y acabó editando un diccionario, Casa de Estrellas. Hace unas semanas, en la feria del libro de Bogotá, presentó la cuarta edición. Ya ha vendido 8.000 ejemplares.
Casa de Estrellas recoge definiciones de 500 conceptos, concretos y abstractos –desde Colombia, un partido de fútbol a Dios, el amor con pelo largo y poderes. Naranjo dice que no las buscaba, solo que en sus clases, probando, se dio cuenta de que los niños, de alguna forma, “están ligados al animas mundi, comulgan con el mundo de una manera que los adultos ya no podemos. Gaston Bachelard [filósofo francés] hablaba de la capacidad de soñar de los niños”, explica entusiasmado; “Fernando Pessoa decía que son maestros, Heidegger hablaba de la casa del ser… Los niños, con sus definiciones, nos invitan a su casa con una mirada limpia”.
1nino
Poeta y escritor, Naranjo reconoce que al principio le interesaba la estética de las definiciones y que luego quiso saber qué había detrás. “Recuerdo una vez que pregunté a la clase qué era un hogar y una niña respondió que es algo que de repente se separa. Claro, enseguida supe que tenía problemas”.
De cualquier manera, la violencia, sutil o despiadada, siempre aparecía: “una niña de ocho años dijo una vez que militar es ser consciente de que los matan. En otra ocasión, esta vez un niño, definieron miedo como cuando llega alguien a casa y me levanto a ver quién es”.
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Han sido diez años de trabajo hormiguero, de recoger definiciones en el aula. Naranjo evoca las clases, las veces en que ha jugado a ser un extraterrestre y los niños, guías de esa existencia ajena, le explicaban conceptos básicos. El libro le ha reportado experiencias bien agradables.
«Estábamos presentando la tercera edición”, recuerda, “y unas muchachas se levantaron del público y dijeron profe, soy tal, soy tal. Yo las recordé. Las había tenido en clase al principio en Llanogrande. Una de ellas, Carolina, aún me acuerdo, había definido el dinero una vez como el peor vicio. Delante de todos, le pregunté si seguía pensando lo mismo. Todo el mundo miraba, fue muy emocionante… Sí profe, dijo”.
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El profesor Javier Naranjo recuerda aquel día en Llanogrande. “Me estremecí”, relata, “sé que Orlando no era un niño pobre; era hijo de una familia de industriales que había dejado Medellín en la época de la violencia”.
Naranjo daba clases en la escuelita rural de Llanogrande, a dos horas de la ciudad. Enseñaba Granja, Creación Literaria y Fotografía. Aquel día, en Creación, preguntó a los niños por el miedo; qué es el miedo. Orlando Vásquez, de seis años, respondió. Miedo es que mi mamá maneja un carro y unos señores de la cañería no pueden comer y le rompen el vidrio del carro y la matan y matan a mi papá y vivo solo.
Los noventa fueron años duros en Antioquia. El departamento colombiano, con capital en Medellín, sufría la guerra del estado contra los narcotraficantes. Muchos industriales dejaban la ciudad y buscaban tranquilidad en sus fincas del campo. En Llanogrande, Naranjo topó con “miradas limpias”, niños que condensaban crudamente la realidad, sin filtro.
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El profesor aun recuerda respuestas estremecedoras –una niña dijo una vez que misterio era cuando mi mamá se fue y no me dice a dónde-, aunque también simpáticas –niño es un amigo que tiene el pelo cortito, que no toma ron y se acuesta temprano-. Con el tiempo, Naranjo levantó una colección importante de definiciones infantiles y acabó editando un diccionario, Casa de Estrellas. Hace unas semanas, en la feria del libro de Bogotá, presentó la cuarta edición. Ya ha vendido 8.000 ejemplares.
Casa de Estrellas recoge definiciones de 500 conceptos, concretos y abstractos –desde Colombia, un partido de fútbol a Dios, el amor con pelo largo y poderes. Naranjo dice que no las buscaba, solo que en sus clases, probando, se dio cuenta de que los niños, de alguna forma, “están ligados al animas mundi, comulgan con el mundo de una manera que los adultos ya no podemos. Gaston Bachelard [filósofo francés] hablaba de la capacidad de soñar de los niños”, explica entusiasmado; “Fernando Pessoa decía que son maestros, Heidegger hablaba de la casa del ser… Los niños, con sus definiciones, nos invitan a su casa con una mirada limpia”.
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Poeta y escritor, Naranjo reconoce que al principio le interesaba la estética de las definiciones y que luego quiso saber qué había detrás. “Recuerdo una vez que pregunté a la clase qué era un hogar y una niña respondió que es algo que de repente se separa. Claro, enseguida supe que tenía problemas”.
De cualquier manera, la violencia, sutil o despiadada, siempre aparecía: “una niña de ocho años dijo una vez que militar es ser consciente de que los matan. En otra ocasión, esta vez un niño, definieron miedo como cuando llega alguien a casa y me levanto a ver quién es”.
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Han sido diez años de trabajo hormiguero, de recoger definiciones en el aula. Naranjo evoca las clases, las veces en que ha jugado a ser un extraterrestre y los niños, guías de esa existencia ajena, le explicaban conceptos básicos. El libro le ha reportado experiencias bien agradables.
«Estábamos presentando la tercera edición”, recuerda, “y unas muchachas se levantaron del público y dijeron profe, soy tal, soy tal. Yo las recordé. Las había tenido en clase al principio en Llanogrande. Una de ellas, Carolina, aún me acuerdo, había definido el dinero una vez como el peor vicio. Delante de todos, le pregunté si seguía pensando lo mismo. Todo el mundo miraba, fue muy emocionante… Sí profe, dijo”.
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Opiniones 13
  • qué idea tan acertada… que forma de recordar a los alumnos y dejar que ellos nos enseñen algo también… ya sé que voy a hacer esos días tontos de junio….cuando los niños ya no quieren «aprender» nada nuevo pero si poder tener su voz.

  • No me parece una mirada tan limpia…muchas de las frases son las cosas que han aprendido de los adultos. Ejemplo: de «esposo» dice «sinvergüenza». Estoy segura que es lo que escucha decir a su madre cada día 🙂

  • Por otro lado, me parece imprescindible escuchar a los niños, además de repetir lo que dicen los adultos tienen ideas maravillosas.

  • Es la mirada limpia sobre realidades que en ocasiones no lo son tanto. Los niños son mucho más intuitivos de lo que imaginamos. Yo creo más bien que asocia a la palabra una conducta observada y no una repetición vacía de contenido 😉

  • Es preciosa la idea de escribir un libro con las definiciones de los niños. Pero si, además, estaban en una situación tan difícil como la que explican, tiene el doble de interés. ¡Enhorabuena!

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