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10 de agosto 2010    /   CREATIVIDAD
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La moda pone en entredicho que los derechos de autor favorezcan el desarrollo de una industria

10 de agosto 2010    /   CREATIVIDAD     por          
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¿Es la autarquía el modelo que más hace crecer a un país? ¿O es la libertad y el libre mercado? Llevemos esta pregunta a las industrias. ¿Cuáles crecen más? ¿Las que se regulan por la protección de derechos, como los libros y las películas? ¿O las que optan, como algunas tecnológicas, por el código abierto? Johanna Blakley, deputy director del Norman Lear Center (el think tank de la Universidad de Southern California especializado en medios), cuestiona la validez de los modelos cerrados y así lo expone en esta charla de Ted.com.

Entre los fotógrafos, los directores de cine, los músicos y otros profesionales de la industria creativa la palabra “copiar” es mucho más perniciosa que entre los diseñadores de moda. Estos profesionales “pueden tomar muestras de todos los diseños de sus colegas. Pueden coger cualquier elemento de cualquier prenda en la historia de la moda e incorporarlo a su propio diseño (…). Tienen la paleta más amplia imaginable en esta industria creativa”.

“En la industria de la moda hay muy poca protección para la propiedad intelectual. Tienen protección de marcas registradas, pero no derechos de autor, y casi ninguna protección de patentes. Lo único que tienen es protección de marca registrada. Lo que significa que cualquiera podría copiar cualquier prenda de cualquier persona en la sala y venderla como diseño propio. Lo único que no pueden copiar es la etiqueta de la marca registrada en sí que aparece en dicha prenda”. Para Blakley, “al no haber derechos de autor en esta industria, existe una ecología de la creatividad muy abierta y original”.

El diseñador de zapatos Stuart Weitzman se quejaba a menudo de que otros le copiaban hasta que en una entrevista confesó que esto le había hecho superarse a sí mismo y hacer cosas difíciles de copiar. También le obligó a innovar y, en éstas, inventó el tacón de cuña Bowden, que necesariamente tiene que estar hecho de acero y titanio porque si no, se parte en dos.

La invención del bebop también viene de esta idea. El músico de jazz Charlie Parker dijo que quería crear un sonido que los músicos blancos no fuesen capaces de reproducir. “Quiso hacerlo demasiado difícil de copiar y eso es lo que los diseñadores de moda hacen continuamente. Intentan crear un look propio, una estética que refleje quiénes son”, explica Balkley.

Incluso los gigantes de la moda “se han beneficiado de esta falta de protección”. Han demandado a compañías que hacían falsificaciones de sus productos y, al final, se han dado cuenta de que no afecta a su negocio. El diseñador Tom Ford dijo que, tras mucho investigar, descubrieron que el cliente de imitación no era su cliente.

Pero “no es sólo la industria de la moda la que carece de derechos de autor. Existen muchas otras como la alimentaria. No se pueden aplicar derechos de autor a una receta porque es una lista de instrucciones (…). Lo mismo pasa con los coches (…), con el mobiliario (…), los peinados. Los tíos del software de código abierto decidieron que no querían los derechos de autor. Pensaron que habría más innovación sin ellos. (…) Los artistas de tatuajes no los quieren. No molan. Comparten sus diseños”.

Para Blakley, sólo hay que mirar las ventas de las industrias que apenas se rigen por la protección de derechos y las que sí lo hacen. La diferencia de ventas entre la industria de alimentación, automoción y moda distan mucho de las películas y libros.

“Así que hablamos con la gente de la industria de la moda y ellos dijeron: ‘¡Shhh! No le digáis a nadie que podemos robarnos los diseños unos a otros. Da vergüenza’. Pero ¿saben qué? Es revolucionario. Y es un modelo que muchas otras industrias (…) deberían considerar porque ahora mismo, con tantos derechos de autor, están operando en una atmósfera como si no tuviesen protección alguna y no saben qué hacer.

La deputy director considera que no son los abogados quienes tienen que dilucidar sobre los límites de la creatividad y los derechos. Cree que tendría que ser “un equipo interdisciplinar de personas discrepando, intentando averiguar cuál es la clase de modelo de propiedad, en un mundo digital, que conducirá a la máxima innovación”. Y su sugerencia es empezar por la moda para encontrar “un modelo para las industrias creativas del futuro”.

Imagen: Nataliedee, a sharing machine comic

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¿Es la autarquía el modelo que más hace crecer a un país? ¿O es la libertad y el libre mercado? Llevemos esta pregunta a las industrias. ¿Cuáles crecen más? ¿Las que se regulan por la protección de derechos, como los libros y las películas? ¿O las que optan, como algunas tecnológicas, por el código abierto? Johanna Blakley, deputy director del Norman Lear Center (el think tank de la Universidad de Southern California especializado en medios), cuestiona la validez de los modelos cerrados y así lo expone en esta charla de Ted.com.

Entre los fotógrafos, los directores de cine, los músicos y otros profesionales de la industria creativa la palabra “copiar” es mucho más perniciosa que entre los diseñadores de moda. Estos profesionales “pueden tomar muestras de todos los diseños de sus colegas. Pueden coger cualquier elemento de cualquier prenda en la historia de la moda e incorporarlo a su propio diseño (…). Tienen la paleta más amplia imaginable en esta industria creativa”.

“En la industria de la moda hay muy poca protección para la propiedad intelectual. Tienen protección de marcas registradas, pero no derechos de autor, y casi ninguna protección de patentes. Lo único que tienen es protección de marca registrada. Lo que significa que cualquiera podría copiar cualquier prenda de cualquier persona en la sala y venderla como diseño propio. Lo único que no pueden copiar es la etiqueta de la marca registrada en sí que aparece en dicha prenda”. Para Blakley, “al no haber derechos de autor en esta industria, existe una ecología de la creatividad muy abierta y original”.

El diseñador de zapatos Stuart Weitzman se quejaba a menudo de que otros le copiaban hasta que en una entrevista confesó que esto le había hecho superarse a sí mismo y hacer cosas difíciles de copiar. También le obligó a innovar y, en éstas, inventó el tacón de cuña Bowden, que necesariamente tiene que estar hecho de acero y titanio porque si no, se parte en dos.

La invención del bebop también viene de esta idea. El músico de jazz Charlie Parker dijo que quería crear un sonido que los músicos blancos no fuesen capaces de reproducir. “Quiso hacerlo demasiado difícil de copiar y eso es lo que los diseñadores de moda hacen continuamente. Intentan crear un look propio, una estética que refleje quiénes son”, explica Balkley.

Incluso los gigantes de la moda “se han beneficiado de esta falta de protección”. Han demandado a compañías que hacían falsificaciones de sus productos y, al final, se han dado cuenta de que no afecta a su negocio. El diseñador Tom Ford dijo que, tras mucho investigar, descubrieron que el cliente de imitación no era su cliente.

Pero “no es sólo la industria de la moda la que carece de derechos de autor. Existen muchas otras como la alimentaria. No se pueden aplicar derechos de autor a una receta porque es una lista de instrucciones (…). Lo mismo pasa con los coches (…), con el mobiliario (…), los peinados. Los tíos del software de código abierto decidieron que no querían los derechos de autor. Pensaron que habría más innovación sin ellos. (…) Los artistas de tatuajes no los quieren. No molan. Comparten sus diseños”.

Para Blakley, sólo hay que mirar las ventas de las industrias que apenas se rigen por la protección de derechos y las que sí lo hacen. La diferencia de ventas entre la industria de alimentación, automoción y moda distan mucho de las películas y libros.

“Así que hablamos con la gente de la industria de la moda y ellos dijeron: ‘¡Shhh! No le digáis a nadie que podemos robarnos los diseños unos a otros. Da vergüenza’. Pero ¿saben qué? Es revolucionario. Y es un modelo que muchas otras industrias (…) deberían considerar porque ahora mismo, con tantos derechos de autor, están operando en una atmósfera como si no tuviesen protección alguna y no saben qué hacer.

La deputy director considera que no son los abogados quienes tienen que dilucidar sobre los límites de la creatividad y los derechos. Cree que tendría que ser “un equipo interdisciplinar de personas discrepando, intentando averiguar cuál es la clase de modelo de propiedad, en un mundo digital, que conducirá a la máxima innovación”. Y su sugerencia es empezar por la moda para encontrar “un modelo para las industrias creativas del futuro”.

Imagen: Nataliedee, a sharing machine comic

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