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20 de noviembre 2015    /   CINE/TV
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La muerte en el cine: morir en 35 mm

20 de noviembre 2015    /   CINE/TV     por          
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I’m not afraid of death; I just don’t want to be there when it happens


[D]ecía Azorín que el cine nos debía producir sosiego. No compartía esa idea Hitchcock, empeñado en que el público sufriera lo máximo posible en la butaca a base de suspense e inquietantes sombras de su oronda figura.
Ambas concepciones son válidas, ya que el cine nos recuerda que somos personas finitas y que nuestro paso terrenal son dos días… y uno está lloviendo. Sí, queridos, nos vamos a morir todos. ¿Cómo lo soportamos en nuestro día a día? Disociamos la muerte de la vida y lo hacemos individual, negando la muerte como suceso inevitable, y colectivamente, posponiendo la idea de morir a un futuro que idealizamos y que nunca va a llegar mientras nos subsumimos en nuestros pequeños gozos y preocupaciones del carpe diem. La parca, sin embargo, espera paciente en las tinieblas del Gólgota: no tiene prisa.

En la sociedad actual se ha producido lo que Zygmunt Bauman denomina la banalización de la muerte: nos reímos de ella como si no existiera, pero en realidad estamos aterrados ante la idea de desaparecer


A pesar de la clásica prosopopeya con la muerte, la abstracción que hacemos de ella es pura construcción social, trasladando vivir al presente y morir a un punto sine die. La concepción de la muerte es también plástica temporal y culturalmente. Si en el medievo morir significaba redención y paradójicamente la transición a una mejor vida, en la sociedad actual se ha producido lo que Zygmunt Bauman denomina la banalización de la muerte: nos reímos de ella como si no existiera, pero en realidad estamos aterrados ante la idea de desaparecer.
El cine ha reflejado muy bien esa pugna de turbaciones entre el ego de la muerte, la contención comunitaria para obviar que la vamos a espichar y las múltiples concepciones del morir. Desde el tren de los Lumiére, el séptimo arte ha representado cómo los humanos nos enfrentamos a la primitiva preocupación de morir y cómo la sociedad ha tejido y destejido cual Penélope la fantasiosa idea de una espera que creemos perpetua, pero que finalmente llega a las costas de Ítaca en la figura de un psicopompo.

La trivialización de la muerte, el romanticismo de perder la vida por otros, la insignificancia de la vida, la (mala) salud y la discapacidad como pasos previos a morir, la muerte como objeto de consumo, el fin digno de la existencia o la náusea e indiferencia ante la vejez son temas recurrentes en el cine de la muerte


Hitchcock nos enseña que la muerte la tenemos siempre en los talones. Amenábar frivoliza con la filmación de muertes de garaje en esa carrera sin fondo que es el doctorado. Las adaptaciones shakesperianas hacen de la muerte un acto romántico y afligido. Andy Beckett nos hace sentir frágiles y responsables de su fallecimiento por sida en la ciudad en la que nació Estados Unidos. Haneke nos inicia en el amor y el terror a la soledad. El erizo de Achache, la belleza americana de Mendes o la muerte íntima de Améris nos hacen sentir insignificantes ante la magnitud y los efímeros proyectos de vida; y también vemos la bárbara dignidad de un grupo de cincuentones ante la invasión de una muerte prematura o el cianuro que dignificó la inconveniencia de estar atado a una cama en Boiro.
La trivialización de la muerte, el romanticismo de perder la vida por otros, la insignificancia de la vida, la (mala) salud y la discapacidad como pasos previos a morir, la muerte como objeto de consumo, el fin digno de la existencia o la náusea e indiferencia ante la vejez son temas recurrentes en el cine de la muerte, arte que mide como un reloj atómico la aprensión o fruslería que los individuos interpretamos de la finitud de la vida.
Aute nos pide perdón por confundir el cine con la realidad. Luis Eduardo, amigo, quedas perdonado. Que no te aturda el desasosiego de diluir esos límites porque no los hay.
Muerte, haz caso a Tomasi di Lampedusa y a Visconti: todo tiene que cambiar para que todo siga igual.
 

I’m not afraid of death; I just don’t want to be there when it happens


[D]ecía Azorín que el cine nos debía producir sosiego. No compartía esa idea Hitchcock, empeñado en que el público sufriera lo máximo posible en la butaca a base de suspense e inquietantes sombras de su oronda figura.
Ambas concepciones son válidas, ya que el cine nos recuerda que somos personas finitas y que nuestro paso terrenal son dos días… y uno está lloviendo. Sí, queridos, nos vamos a morir todos. ¿Cómo lo soportamos en nuestro día a día? Disociamos la muerte de la vida y lo hacemos individual, negando la muerte como suceso inevitable, y colectivamente, posponiendo la idea de morir a un futuro que idealizamos y que nunca va a llegar mientras nos subsumimos en nuestros pequeños gozos y preocupaciones del carpe diem. La parca, sin embargo, espera paciente en las tinieblas del Gólgota: no tiene prisa.

En la sociedad actual se ha producido lo que Zygmunt Bauman denomina la banalización de la muerte: nos reímos de ella como si no existiera, pero en realidad estamos aterrados ante la idea de desaparecer


A pesar de la clásica prosopopeya con la muerte, la abstracción que hacemos de ella es pura construcción social, trasladando vivir al presente y morir a un punto sine die. La concepción de la muerte es también plástica temporal y culturalmente. Si en el medievo morir significaba redención y paradójicamente la transición a una mejor vida, en la sociedad actual se ha producido lo que Zygmunt Bauman denomina la banalización de la muerte: nos reímos de ella como si no existiera, pero en realidad estamos aterrados ante la idea de desaparecer.
El cine ha reflejado muy bien esa pugna de turbaciones entre el ego de la muerte, la contención comunitaria para obviar que la vamos a espichar y las múltiples concepciones del morir. Desde el tren de los Lumiére, el séptimo arte ha representado cómo los humanos nos enfrentamos a la primitiva preocupación de morir y cómo la sociedad ha tejido y destejido cual Penélope la fantasiosa idea de una espera que creemos perpetua, pero que finalmente llega a las costas de Ítaca en la figura de un psicopompo.

La trivialización de la muerte, el romanticismo de perder la vida por otros, la insignificancia de la vida, la (mala) salud y la discapacidad como pasos previos a morir, la muerte como objeto de consumo, el fin digno de la existencia o la náusea e indiferencia ante la vejez son temas recurrentes en el cine de la muerte


Hitchcock nos enseña que la muerte la tenemos siempre en los talones. Amenábar frivoliza con la filmación de muertes de garaje en esa carrera sin fondo que es el doctorado. Las adaptaciones shakesperianas hacen de la muerte un acto romántico y afligido. Andy Beckett nos hace sentir frágiles y responsables de su fallecimiento por sida en la ciudad en la que nació Estados Unidos. Haneke nos inicia en el amor y el terror a la soledad. El erizo de Achache, la belleza americana de Mendes o la muerte íntima de Améris nos hacen sentir insignificantes ante la magnitud y los efímeros proyectos de vida; y también vemos la bárbara dignidad de un grupo de cincuentones ante la invasión de una muerte prematura o el cianuro que dignificó la inconveniencia de estar atado a una cama en Boiro.
La trivialización de la muerte, el romanticismo de perder la vida por otros, la insignificancia de la vida, la (mala) salud y la discapacidad como pasos previos a morir, la muerte como objeto de consumo, el fin digno de la existencia o la náusea e indiferencia ante la vejez son temas recurrentes en el cine de la muerte, arte que mide como un reloj atómico la aprensión o fruslería que los individuos interpretamos de la finitud de la vida.
Aute nos pide perdón por confundir el cine con la realidad. Luis Eduardo, amigo, quedas perdonado. Que no te aturda el desasosiego de diluir esos límites porque no los hay.
Muerte, haz caso a Tomasi di Lampedusa y a Visconti: todo tiene que cambiar para que todo siga igual.
 

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