23 de noviembre 2016    /   IDEAS
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La muerte nos hace menos malos

23 de noviembre 2016    /   IDEAS     por          
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Cuando Michael Jackson falleció emergió el mito y se enterró al excéntrico icono pop y sus sospechosas relaciones con menores. Tras ser asesinado Bin Laden muchas voces criticaron el suceso como una ‘ejecución sumaria’, sin juicio ni garantías. Cuando Fraga o Carrillo murieron, se destacó más su conversión política en pos de la Transición por encima de las sombras sobre haber sido ministro de Franco o las sospechas de haber participado en fusilamientos de presos de guerra.

Los humanos sentimos un respeto reverencial por la muerte. No por el muerto, sino por la muerte. Sabemos que es algo inexorable, que llegará en algún momento y no se marchará jamás. Y por eso reaccionamos ante ella con una extraña solidaridad: es una de las pocas cosas que nos iguala a los demás, da igual la raza, fe o fortuna que se tenga. Todo, al final, se acaba. Y ante ese momento de brutal humanidad acabamos comportándonos como eso, como humanos.

Es por eso, y por la educación cívica que nos hemos inculcado generación tras generación, que no nos alegramos por las muertes ajenas. Incluso cuando el fallecido es un asesino, o un terrorista. En un momento último de empatía con el finado siempre se busca entender los motivos: pudo haber vivido de otra manera, ser de otra forma. En ese instante en que nos vemos iguales ponemos ese espejo delante, y sentimos lástima por el que ya no está.

Rita Barberá es el último de muchos ejemplos. La exalcaldesa de Valencia fallecía por sorpresa, como casi siempre se fallece, en un hotel de Madrid. Lo hacía dos días después de declarar por una de las muchas tramas de corrupción que se ciernen sobre esa generación política valenciana a la que ella dirigía y representaba. En pocos años había pasado de ejercer un poder absoluto y de encabezar una etapa de aparente riqueza y lujo para ella y los suyos, a convertirse en una paria: desalojada de ‘su’ ayuntamiento, abandonada por sus compañeros de partido y presa de las críticas de los medios.

Barberá, claro, no era ni asesina ni terrorista. Era una presunta corrupta. Fue poderosa mientras parecía más presunta que corrupta, y fue abandonada cuando parecía más corrupta que presunta. Murió, dicen los suyos, cuando todos le habían dado la espalda y se sumía en una depresión. Sus últimas fotos la muestran durmiendo en el escaño del Senado, o mirando a la calle escondida entre los visillos de su casa. De serlo todo a ser señalada y criticada. Del cielo al infierno, y de ahí a la muerte.

Sus compañeros de partido, los mismos que durante estos meses se habían distanciado de ella, ahora lamentan su pérdida, elogian su figura e incluso acusan a medios y opinión pública de haberla empujado a una situación precaria.

También han llevado a cabo un minuto de silencio en el Congreso ante el que algunos se han plantado. Entre sus detractores se recuerda que nunca se había hecho algo así. Que otros diputados, tan conocidos como ella y con muchas menos sombras, no gozaron de tal privilegio -como es el caso de Labordeta-. Que su partido silbó en otros minutos de silencio pedidos desde el atril, o que ella misma se burló de las familias de las víctimas del accidente del Metro cuando protestaban frente a ella en sus años de gloria. Los diputados de Podemos, directamente, se han negado a participar para no rendir homenaje a una política que para ellos simboliza la etapa más corrupta de nuestra historia reciente.

Otras voces se han levantado en sentido contrario. El alcalde de Valencia ha ofrecido el ayuntamiento para la capilla ardiente. Su archienemiga política ha lamentado su muerte. Líderes del PSOE e IU se solidarizaban con su pérdida y criticaban a quienes criticaban el minuto de silencio.

¿Hacen bien quienes han promovido, participado y respetado el minuto de silencio? ¿Hacen bien quienes se han plantado ante él? ¿Hay que buscar ‘responsabilidades’ -nótense las comillas- por el suceso en el tratamiento que medios y políticos le hemos dado? ¿Es el caso de Rita Barberá diferente al de otros? Y, sobre todo, ¿cambia en algo la imagen de Rita Barberá por la forma en la que ha fallecido?

No hay nada mejor para conseguir que hablen bien de uno que morirse. Lo malo es que uno ya no está para escucharlo.

Cuando Michael Jackson falleció emergió el mito y se enterró al excéntrico icono pop y sus sospechosas relaciones con menores. Tras ser asesinado Bin Laden muchas voces criticaron el suceso como una ‘ejecución sumaria’, sin juicio ni garantías. Cuando Fraga o Carrillo murieron, se destacó más su conversión política en pos de la Transición por encima de las sombras sobre haber sido ministro de Franco o las sospechas de haber participado en fusilamientos de presos de guerra.

Los humanos sentimos un respeto reverencial por la muerte. No por el muerto, sino por la muerte. Sabemos que es algo inexorable, que llegará en algún momento y no se marchará jamás. Y por eso reaccionamos ante ella con una extraña solidaridad: es una de las pocas cosas que nos iguala a los demás, da igual la raza, fe o fortuna que se tenga. Todo, al final, se acaba. Y ante ese momento de brutal humanidad acabamos comportándonos como eso, como humanos.

Es por eso, y por la educación cívica que nos hemos inculcado generación tras generación, que no nos alegramos por las muertes ajenas. Incluso cuando el fallecido es un asesino, o un terrorista. En un momento último de empatía con el finado siempre se busca entender los motivos: pudo haber vivido de otra manera, ser de otra forma. En ese instante en que nos vemos iguales ponemos ese espejo delante, y sentimos lástima por el que ya no está.

Rita Barberá es el último de muchos ejemplos. La exalcaldesa de Valencia fallecía por sorpresa, como casi siempre se fallece, en un hotel de Madrid. Lo hacía dos días después de declarar por una de las muchas tramas de corrupción que se ciernen sobre esa generación política valenciana a la que ella dirigía y representaba. En pocos años había pasado de ejercer un poder absoluto y de encabezar una etapa de aparente riqueza y lujo para ella y los suyos, a convertirse en una paria: desalojada de ‘su’ ayuntamiento, abandonada por sus compañeros de partido y presa de las críticas de los medios.

Barberá, claro, no era ni asesina ni terrorista. Era una presunta corrupta. Fue poderosa mientras parecía más presunta que corrupta, y fue abandonada cuando parecía más corrupta que presunta. Murió, dicen los suyos, cuando todos le habían dado la espalda y se sumía en una depresión. Sus últimas fotos la muestran durmiendo en el escaño del Senado, o mirando a la calle escondida entre los visillos de su casa. De serlo todo a ser señalada y criticada. Del cielo al infierno, y de ahí a la muerte.

Sus compañeros de partido, los mismos que durante estos meses se habían distanciado de ella, ahora lamentan su pérdida, elogian su figura e incluso acusan a medios y opinión pública de haberla empujado a una situación precaria.

También han llevado a cabo un minuto de silencio en el Congreso ante el que algunos se han plantado. Entre sus detractores se recuerda que nunca se había hecho algo así. Que otros diputados, tan conocidos como ella y con muchas menos sombras, no gozaron de tal privilegio -como es el caso de Labordeta-. Que su partido silbó en otros minutos de silencio pedidos desde el atril, o que ella misma se burló de las familias de las víctimas del accidente del Metro cuando protestaban frente a ella en sus años de gloria. Los diputados de Podemos, directamente, se han negado a participar para no rendir homenaje a una política que para ellos simboliza la etapa más corrupta de nuestra historia reciente.

Otras voces se han levantado en sentido contrario. El alcalde de Valencia ha ofrecido el ayuntamiento para la capilla ardiente. Su archienemiga política ha lamentado su muerte. Líderes del PSOE e IU se solidarizaban con su pérdida y criticaban a quienes criticaban el minuto de silencio.

¿Hacen bien quienes han promovido, participado y respetado el minuto de silencio? ¿Hacen bien quienes se han plantado ante él? ¿Hay que buscar ‘responsabilidades’ -nótense las comillas- por el suceso en el tratamiento que medios y políticos le hemos dado? ¿Es el caso de Rita Barberá diferente al de otros? Y, sobre todo, ¿cambia en algo la imagen de Rita Barberá por la forma en la que ha fallecido?

No hay nada mejor para conseguir que hablen bien de uno que morirse. Lo malo es que uno ya no está para escucharlo.

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Opiniones 4
  • Muy bueno el articulo, menos mal que leo algo con sentido común y es que ahora resulta que doña Rita era una santa y los del PP están devastados por su muerte cuando fueron ellos los que le dieron la espalda. El minuto de silencio de una senadora en el congreso de diputados no tiene sentido, es como lavarse de culpas y ay qué buenos somos todos…por favor!

  • Qué alivio leer artículos así…y qué pereza también la que se ha liado. Gracias por abrir ventanas y nada como una cura de salud echando un rato con tu hijo de 5 años merendando magdalenas y que te cuente lo que hizo hoy en el cole.

  • Entiendo el sentido del artículo, que la muerte «parece» ser una especie de detergente que lava los errores. Pero meter en el mismo saco a Barberá con Michael Jackson me ha sentado como una patada en el estómago. Fue absuelto de todos los cargos, demostrando su inocencia, por eso su muerte no lo hizo menos malo ante muchos, simplemente confirmó que habia sido juzgado por sus excentricidades que no son ningún delito. Es el tiempo en realidad el mejor juez, no la muerte.

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