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16 de junio 2016    /   CREATIVIDAD
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La mujer que se enamoró de los insectos

16 de junio 2016    /   CREATIVIDAD     por          
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Ve a la hormiga, oh perezoso, observa sus caminos y sé sabio

De todos ellos, ninguno conoció a Aristóteles. Como si el macedonio siguiera vivo entonces, en el siglo XVII todavía estaba arraigada en la gente su idea de que los insectos procedían de los excrementos y de la basura. Una niña alemana intuía que eso no era así. Encontró la belleza donde el resto no veía más que podredumbre y estaba convencida de que larva y mariposa, renacuajo y rana no eran animales distintos. Aquello de la generación espontánea no podía ser cierto y ella necesitaba demostrar que esos pequeños animales no surgían de la muerte ni de aquello que destrozaban.

Lo que ella quería desde pequeña, y así lo dejó escrito, fue dibujar flores «decoradas con orugas y pájaros de verano y esos animales pequeños, como hacen los pintores de paisajes. Hacen que uno cobre vida a través del otro».

Cuando Maria Sibylla Merian ya rondaba la 30 años, alguien por fin lo dijo. Fue el italiano Francesco Redi quien tuvo que aclarar que los insectos no salían de la podredumbre, sino de los huevos. A ella, que además de ser mujer no hablaba latín, seguramente no la habrían tomado en serio sus colegas si les hubiese explicado que los insectos no venían de la fruta podrida, de la carne vieja, del lodo ni de los libros. O que las moscas no salían de la nieve acumulada durante mucho tiempo. Ellos seguramente la habrían reprendido y hasta le habrían dado un consejo: que no acercara su pelo al sol para evitar que de su melena salieran serpientes.

Opnamedatum: 2010-02-09
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Maria Sibylla Merian absorbió los conocimientos de su padrastro, quien la enseñó a pintar y a realizar grabados. Tenía 13 años cuando los gusanos de seda la sedujeron y no dejó pasar la oportunidad de aunar lo que había aprendido en casa con lo que realmente amaba. Así comenzó a dibujar insectos mientras los observaba. Aunque una norma del gremio prohibía a las mujeres pintar al óleo, sí podían hacerlo con acuarelas.

Merian vivía en Frankfurt, donde nació en 1647 y donde siguió creciendo rodeada de artistas. Como ella misma escribió: «Empecé con los gusanos de seda de mi ciudad. Después establecí que a partir de otras orugas se desarrollaban muchas de las bellas mariposas diurnas como lo hacen los gusanos de seda. Esto me llevó a recoger todas las orugas que podía encontrar para observar su transformación». A su madre le dio un disgusto.

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La madre de Merian tenía fama de ser una mujer muy supersticiosa. Para ella, aquel interés por los insectos era algo «extraño y sucio» que la tenía preocupada. Cayó en la tentación de encontrar una explicación. Aquella mujer que creía que si miraba a un mendigo cojo, su hija saldría con un pie dañado o que si se le antojaban unas fresas, la niña nacería con una marca roja en la piel, no pudo evitar recordar que, cuando estaba embarazada de Merian, vio una colección de insectos.

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Existen tantos paralelismos entre la vida de Merian y el personaje literario Calpurnia Tate que es inevitable sospechar una posible influencia. Calpurnia es una niña a la que su madre prepara para cocinar, coser y tocar el piano. Pero a ella, lo que en realidad le interesan son los libros y los pequeños animales. Vanos fueron los intentos maternos por convertirla en la mujer que toda madre querría como hija porque la niña se dedicó a perseguir mariposas y se obsesionó con los experimentos científicos de su abuelo, así como de los mundos que albergaban los libros de su biblioteca. Cuando Darwin cayó en sus manos, su madre ya no pudo frenarla.

Quiero averiguar todo lo que existe y descubrir cómo comienza. Nada me interesa más

Para Merian, todo lo que ocurría fuera de la entomología y la botánica adquiría sus términos indefectiblemente. Por eso escribió que «la paciencia es una pequeña planta muy beneficiosa». No cultivó la paciencia tanto en la vida sentimental como en sus observaciones y acabó plantando a un marido con el que se casó demasiado joven.

Apenas tenía 16 años cuando contrajo nupcias con Johann Andreas Graff, a quien acabaría abandonando 20 años después para viajar en busca de aquellos insectos que se habían convertido en su pasión en un entorno en el que esos animales apenas eran producto de la basura y, por tanto, seres despreciables que evocaban la muerte.

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Partió en 1685 con sus hijas y se instalaron con su madre y su hermano en una comunidad labadista (puritana y protestante). Allí, claro, se dedicó a guardar larvas en cajas y a observar su lento día a día.

Tras más de 20 años siguiendo la vida de las orugas, publicó The wondrous Transformation of Caterpillars, que se convirtió en el primer libro de insectos que incluía todo su ciclo de vida ilustrado. Merian fue más allá e incluso dibujó la manera en la que los insectos interactuaban con las plantas. Por eso, entre sus dibujos más conocidos, las flores son tan relevantes como las mariposas, a las que llamaba «pájaros de verano».

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Llegó a Amsterdam y allí se sintió libre. En un lugar en el que las mujeres podían tener su propio negocio, llegó incluso a vender sus dibujos. Allí no permaneció por mucho tiempo y en 1699 viajó hacia Surinam, en América del Sur, con una finalidad meramente científica. Viajó sola con su hija pequeña, Dorotea, y logró costear el viaje vendiendo sus cuadros.

La vida de Merian en Surinam era sencilla y, para ella, seguramente ideal. Cada mañana recogía insectos muy temprano y volvía con ellos a casa para estudiarlos y dibujarlos. En 1701 llegó la hora de volver a Ámsterdam, así que llenó botes de insectos e hizo acopio de brandy para conservarlos. Aquel viaje tuvo como resultado su libro más importante, Metamorphosis insectorum Surinamensium, que se publicó en 1705.

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Los hombres de ciencia de su época no pudieron soportar que aquella mujer que ni hablaba latín pudiese tener la menor repercusión y la excluyeron de su selecto club masculino.

Aunque la relegaron, fue una de las primeras personas en describir la metamorfosis. Según escribió su biógrafa Kim Todd, «estas transformaciones fueron durante mucho tiempo fuente de especulaciones e intriga a causa de la forma dramática en la que se producía un cambio que parecía poseer la llave a los desconocidos orígenes de la vida».

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Lo que la distinguió de sus coetáneos, además, fue su forma de trabajar, permitiendo a los animales seguir en su hábitat natural, desarrollando su vida con normalidad y dando paso a otra forma de sí mismos. Mientras, el resto recurría a cuchillas y cristales para diseccionar al animal estudiado.

Merian dejó traslucir su sensibilidad no sólo mientras miraba insectos, sino cuando escribía sobre ellos de una forma bastante poética. Como aquella vez que describió unas polillas como «nieve blanca» con el brillo de «la madreperla».

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Su trabajo tardó 300 años en ser reconocido. Aunque fue la primera entomóloga especializada en la evolución de los insectos y su clasificación de mariposas la adoptó Lineo, aquella mujer no existió en su tiempo, lo cual no significa que pasara desapercibida. Ninguna mujer que cruzara el océano sin un hombre en el siglo XVII podía pasar inadvertida. Aquello, sencillamente no ocurría.

«Antes que Darwin, antes que Humboldt, antes que Audubon, Maria Sibylla Merian navegó desde Europa hasta el Nuevo Mundo en un viaje con fines científicos», escribió Kim Todd en Chrysalis. Maria Sibylla Merian and the Secrets of Methamorphoshis.

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Aun así, tuvo que morir para que cientos de científicos comenzaran a citarla y ponerla en el lugar que merecía en la ciencia. Aunque aquel reconocimiento no se prolongó demasiado: en el siglo XIX alguien inició de nuevo una campaña de desprestigio contra ella y se dedicó a hacer traducciones muy alejadas del significado real de varias copias de sus libros.

Las mariposas sufrieron una gran pérdida el día que un derrame cerebral acabó con su vida, tres meses antes de cumplir 70 años. Nunca nadie antes las había mirado con tanta delectación ni las había dibujado con tanta adoración.

Bibliografía: ‘Chrysalis. Maria Sibylla Merian and the Secrets of Methamorphosis’, Kim Todd (Harvest Books, 2007)

Ve a la hormiga, oh perezoso, observa sus caminos y sé sabio

De todos ellos, ninguno conoció a Aristóteles. Como si el macedonio siguiera vivo entonces, en el siglo XVII todavía estaba arraigada en la gente su idea de que los insectos procedían de los excrementos y de la basura. Una niña alemana intuía que eso no era así. Encontró la belleza donde el resto no veía más que podredumbre y estaba convencida de que larva y mariposa, renacuajo y rana no eran animales distintos. Aquello de la generación espontánea no podía ser cierto y ella necesitaba demostrar que esos pequeños animales no surgían de la muerte ni de aquello que destrozaban.

Lo que ella quería desde pequeña, y así lo dejó escrito, fue dibujar flores «decoradas con orugas y pájaros de verano y esos animales pequeños, como hacen los pintores de paisajes. Hacen que uno cobre vida a través del otro».

Cuando Maria Sibylla Merian ya rondaba la 30 años, alguien por fin lo dijo. Fue el italiano Francesco Redi quien tuvo que aclarar que los insectos no salían de la podredumbre, sino de los huevos. A ella, que además de ser mujer no hablaba latín, seguramente no la habrían tomado en serio sus colegas si les hubiese explicado que los insectos no venían de la fruta podrida, de la carne vieja, del lodo ni de los libros. O que las moscas no salían de la nieve acumulada durante mucho tiempo. Ellos seguramente la habrían reprendido y hasta le habrían dado un consejo: que no acercara su pelo al sol para evitar que de su melena salieran serpientes.

Opnamedatum: 2010-02-09
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Maria Sibylla Merian absorbió los conocimientos de su padrastro, quien la enseñó a pintar y a realizar grabados. Tenía 13 años cuando los gusanos de seda la sedujeron y no dejó pasar la oportunidad de aunar lo que había aprendido en casa con lo que realmente amaba. Así comenzó a dibujar insectos mientras los observaba. Aunque una norma del gremio prohibía a las mujeres pintar al óleo, sí podían hacerlo con acuarelas.

Merian vivía en Frankfurt, donde nació en 1647 y donde siguió creciendo rodeada de artistas. Como ella misma escribió: «Empecé con los gusanos de seda de mi ciudad. Después establecí que a partir de otras orugas se desarrollaban muchas de las bellas mariposas diurnas como lo hacen los gusanos de seda. Esto me llevó a recoger todas las orugas que podía encontrar para observar su transformación». A su madre le dio un disgusto.

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La madre de Merian tenía fama de ser una mujer muy supersticiosa. Para ella, aquel interés por los insectos era algo «extraño y sucio» que la tenía preocupada. Cayó en la tentación de encontrar una explicación. Aquella mujer que creía que si miraba a un mendigo cojo, su hija saldría con un pie dañado o que si se le antojaban unas fresas, la niña nacería con una marca roja en la piel, no pudo evitar recordar que, cuando estaba embarazada de Merian, vio una colección de insectos.

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Existen tantos paralelismos entre la vida de Merian y el personaje literario Calpurnia Tate que es inevitable sospechar una posible influencia. Calpurnia es una niña a la que su madre prepara para cocinar, coser y tocar el piano. Pero a ella, lo que en realidad le interesan son los libros y los pequeños animales. Vanos fueron los intentos maternos por convertirla en la mujer que toda madre querría como hija porque la niña se dedicó a perseguir mariposas y se obsesionó con los experimentos científicos de su abuelo, así como de los mundos que albergaban los libros de su biblioteca. Cuando Darwin cayó en sus manos, su madre ya no pudo frenarla.

Quiero averiguar todo lo que existe y descubrir cómo comienza. Nada me interesa más

Para Merian, todo lo que ocurría fuera de la entomología y la botánica adquiría sus términos indefectiblemente. Por eso escribió que «la paciencia es una pequeña planta muy beneficiosa». No cultivó la paciencia tanto en la vida sentimental como en sus observaciones y acabó plantando a un marido con el que se casó demasiado joven.

Apenas tenía 16 años cuando contrajo nupcias con Johann Andreas Graff, a quien acabaría abandonando 20 años después para viajar en busca de aquellos insectos que se habían convertido en su pasión en un entorno en el que esos animales apenas eran producto de la basura y, por tanto, seres despreciables que evocaban la muerte.

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Partió en 1685 con sus hijas y se instalaron con su madre y su hermano en una comunidad labadista (puritana y protestante). Allí, claro, se dedicó a guardar larvas en cajas y a observar su lento día a día.

Tras más de 20 años siguiendo la vida de las orugas, publicó The wondrous Transformation of Caterpillars, que se convirtió en el primer libro de insectos que incluía todo su ciclo de vida ilustrado. Merian fue más allá e incluso dibujó la manera en la que los insectos interactuaban con las plantas. Por eso, entre sus dibujos más conocidos, las flores son tan relevantes como las mariposas, a las que llamaba «pájaros de verano».

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Llegó a Amsterdam y allí se sintió libre. En un lugar en el que las mujeres podían tener su propio negocio, llegó incluso a vender sus dibujos. Allí no permaneció por mucho tiempo y en 1699 viajó hacia Surinam, en América del Sur, con una finalidad meramente científica. Viajó sola con su hija pequeña, Dorotea, y logró costear el viaje vendiendo sus cuadros.

La vida de Merian en Surinam era sencilla y, para ella, seguramente ideal. Cada mañana recogía insectos muy temprano y volvía con ellos a casa para estudiarlos y dibujarlos. En 1701 llegó la hora de volver a Ámsterdam, así que llenó botes de insectos e hizo acopio de brandy para conservarlos. Aquel viaje tuvo como resultado su libro más importante, Metamorphosis insectorum Surinamensium, que se publicó en 1705.

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Los hombres de ciencia de su época no pudieron soportar que aquella mujer que ni hablaba latín pudiese tener la menor repercusión y la excluyeron de su selecto club masculino.

Aunque la relegaron, fue una de las primeras personas en describir la metamorfosis. Según escribió su biógrafa Kim Todd, «estas transformaciones fueron durante mucho tiempo fuente de especulaciones e intriga a causa de la forma dramática en la que se producía un cambio que parecía poseer la llave a los desconocidos orígenes de la vida».

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Lo que la distinguió de sus coetáneos, además, fue su forma de trabajar, permitiendo a los animales seguir en su hábitat natural, desarrollando su vida con normalidad y dando paso a otra forma de sí mismos. Mientras, el resto recurría a cuchillas y cristales para diseccionar al animal estudiado.

Merian dejó traslucir su sensibilidad no sólo mientras miraba insectos, sino cuando escribía sobre ellos de una forma bastante poética. Como aquella vez que describió unas polillas como «nieve blanca» con el brillo de «la madreperla».

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Su trabajo tardó 300 años en ser reconocido. Aunque fue la primera entomóloga especializada en la evolución de los insectos y su clasificación de mariposas la adoptó Lineo, aquella mujer no existió en su tiempo, lo cual no significa que pasara desapercibida. Ninguna mujer que cruzara el océano sin un hombre en el siglo XVII podía pasar inadvertida. Aquello, sencillamente no ocurría.

«Antes que Darwin, antes que Humboldt, antes que Audubon, Maria Sibylla Merian navegó desde Europa hasta el Nuevo Mundo en un viaje con fines científicos», escribió Kim Todd en Chrysalis. Maria Sibylla Merian and the Secrets of Methamorphoshis.

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Aun así, tuvo que morir para que cientos de científicos comenzaran a citarla y ponerla en el lugar que merecía en la ciencia. Aunque aquel reconocimiento no se prolongó demasiado: en el siglo XIX alguien inició de nuevo una campaña de desprestigio contra ella y se dedicó a hacer traducciones muy alejadas del significado real de varias copias de sus libros.

Las mariposas sufrieron una gran pérdida el día que un derrame cerebral acabó con su vida, tres meses antes de cumplir 70 años. Nunca nadie antes las había mirado con tanta delectación ni las había dibujado con tanta adoración.

Bibliografía: ‘Chrysalis. Maria Sibylla Merian and the Secrets of Methamorphosis’, Kim Todd (Harvest Books, 2007)

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