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12 de septiembre 2016    /   IDEAS
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La niñofobia: oponerse a los menores es un nicho de mercado

12 de septiembre 2016    /   IDEAS     por          
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Veo una tanda de diez monólogos. Cuatro sobre cómo los niños pueden cansar y sacar de quicio a los adultos. Un monologuista dice que el aborto debería ampliarse hasta los diez años para controlar las rabietas de los niños. «Si no te portas bien…», dice el monologuista pasándose el índice por el cuello. El público ríe y aplaude.

Monólogos que desafían a la corrección política. (Este artículo no ataca la libertad de expresión —que defenderé en todo momento—: es una observación sobre la televisión y la sociedad). Monólogos que años atrás no hubieran sido emitidos. Nadie habría escrito contra los niños y su naturaleza.

La televisión certifica a su manera que se acabó el tabú de hablar contra los niños y contra la infancia. La televisión rara vez trata asuntos defendidos por un público reducido. Para que una corriente de pensamiento o una moda interese a la televisión, los seguidores deben sumarse por millones. (Millones de espectadores = mayores ingresos por publicidad). Ahora la oposición a los niños es un nicho de mercado.

Los monologuistas lo saben. Hablan de temas que «están en el ambiente» porque necesitan las risas. Su público: padres agotados (con hijos grandes o pequeños) y personas sin hijos con prejuicios. Personas que no ocultan en reuniones de amigos y las redes sociales que no soportan a los niños. Este rechazo está etiquetado como «niñofobia» por quienes aman a los niños.

Niñofobia, un tema del siglo XXI

La niñofobia es un tema de nuestro siglo. Google muestra un resultado de niñofobia antes de 2000. Anterior a 2006, cinco enlaces: dos erróneos (son recientes); una queja en un blog porque está mal visto decir que los niños hacen ruido («y no tengo niñofobia»), y dos comentarios en foros. Anterior a 2010, 40 enlaces. Anterior a 2016, 5.600 enlaces. Uno de los primeros establecimientos en colgar «no se admiten menores de 12 años» en España (2011) recibió fuertes críticas de personas e instituciones.

Poco después, otros bares y cafeterías se sumaron al «no se admiten niños». Siguieron las ofertas de hoteles solo para adultos y los vagones de tren que no admiten niños. Los últimos «no se admiten niños» están en las bodas y han creado roces entre los novios e invitados que lo consideran inaceptable. Más de una novia visualiza la boda perfecta sin críos correteando, gritando y padres riñéndolos.

Quienes muestran su rechazo a los niños ya no se ocultan por temor a ser recriminados. Saben que recibirán críticas, pero también saben que no están solos.

Hay reuniones de vecinos a la gresca por el horario de luces en el patio: unos quieren las luces apagadas a las diez de la noche. No quieren que los niños tengan luz para jugar. Muchos de los que tienen hijos menores quieren luz hasta pasadas las once.

En las redes sociales hay una lucha incruenta pero constante. Hay personas que suben imágenes de bebés y se quejan: «Menudo viaje me espera». Hay madres y padres que denuncian las quejas con «Stop NiñoFobia». Relatan en blogs «casos» de niñofobia. La mayoría comienzan con una madre entrando con su bebé en un transporte público y la mirada acusatoria de los adultos. Miradas en las que se adivinan prejuicios: bebé = ruido.

Pero, ¿realmente existe la niñofobia? ¿La discriminación y el rechazo a los niños por ser niños equiparable al racismo y la homofobia?

Hay distintas clases de rechazo. Hay padres que sólo soportan a sus hijos y detestan a los ajenos; padres que para «una noche sin niños» eligen establecimientos que no admiten menores de edad; y sí, hay personas sin hijos que rechazan a los niños en menor o mayor medida sin motivo aparente. Adultos que consideran que los niños son culpables de ser niños hasta que se demuestre lo contrario. Aunque la auténtica batalla no es entre niños y adultos, sino entre los adultos que, en lugar del diálogo y la empatía mutua, se colocan etiquetas unos a otros. Posturas mantenidas en algunos casos de manera visceral que da pie a pensar que los adultos no somos tan adultos —responsables y capaces de gestionar nuestras emociones— como deberíamos.

Veo una tanda de diez monólogos. Cuatro sobre cómo los niños pueden cansar y sacar de quicio a los adultos. Un monologuista dice que el aborto debería ampliarse hasta los diez años para controlar las rabietas de los niños. «Si no te portas bien…», dice el monologuista pasándose el índice por el cuello. El público ríe y aplaude.

Monólogos que desafían a la corrección política. (Este artículo no ataca la libertad de expresión —que defenderé en todo momento—: es una observación sobre la televisión y la sociedad). Monólogos que años atrás no hubieran sido emitidos. Nadie habría escrito contra los niños y su naturaleza.

La televisión certifica a su manera que se acabó el tabú de hablar contra los niños y contra la infancia. La televisión rara vez trata asuntos defendidos por un público reducido. Para que una corriente de pensamiento o una moda interese a la televisión, los seguidores deben sumarse por millones. (Millones de espectadores = mayores ingresos por publicidad). Ahora la oposición a los niños es un nicho de mercado.

Los monologuistas lo saben. Hablan de temas que «están en el ambiente» porque necesitan las risas. Su público: padres agotados (con hijos grandes o pequeños) y personas sin hijos con prejuicios. Personas que no ocultan en reuniones de amigos y las redes sociales que no soportan a los niños. Este rechazo está etiquetado como «niñofobia» por quienes aman a los niños.

Niñofobia, un tema del siglo XXI

La niñofobia es un tema de nuestro siglo. Google muestra un resultado de niñofobia antes de 2000. Anterior a 2006, cinco enlaces: dos erróneos (son recientes); una queja en un blog porque está mal visto decir que los niños hacen ruido («y no tengo niñofobia»), y dos comentarios en foros. Anterior a 2010, 40 enlaces. Anterior a 2016, 5.600 enlaces. Uno de los primeros establecimientos en colgar «no se admiten menores de 12 años» en España (2011) recibió fuertes críticas de personas e instituciones.

Poco después, otros bares y cafeterías se sumaron al «no se admiten niños». Siguieron las ofertas de hoteles solo para adultos y los vagones de tren que no admiten niños. Los últimos «no se admiten niños» están en las bodas y han creado roces entre los novios e invitados que lo consideran inaceptable. Más de una novia visualiza la boda perfecta sin críos correteando, gritando y padres riñéndolos.

Quienes muestran su rechazo a los niños ya no se ocultan por temor a ser recriminados. Saben que recibirán críticas, pero también saben que no están solos.

Hay reuniones de vecinos a la gresca por el horario de luces en el patio: unos quieren las luces apagadas a las diez de la noche. No quieren que los niños tengan luz para jugar. Muchos de los que tienen hijos menores quieren luz hasta pasadas las once.

En las redes sociales hay una lucha incruenta pero constante. Hay personas que suben imágenes de bebés y se quejan: «Menudo viaje me espera». Hay madres y padres que denuncian las quejas con «Stop NiñoFobia». Relatan en blogs «casos» de niñofobia. La mayoría comienzan con una madre entrando con su bebé en un transporte público y la mirada acusatoria de los adultos. Miradas en las que se adivinan prejuicios: bebé = ruido.

Pero, ¿realmente existe la niñofobia? ¿La discriminación y el rechazo a los niños por ser niños equiparable al racismo y la homofobia?

Hay distintas clases de rechazo. Hay padres que sólo soportan a sus hijos y detestan a los ajenos; padres que para «una noche sin niños» eligen establecimientos que no admiten menores de edad; y sí, hay personas sin hijos que rechazan a los niños en menor o mayor medida sin motivo aparente. Adultos que consideran que los niños son culpables de ser niños hasta que se demuestre lo contrario. Aunque la auténtica batalla no es entre niños y adultos, sino entre los adultos que, en lugar del diálogo y la empatía mutua, se colocan etiquetas unos a otros. Posturas mantenidas en algunos casos de manera visceral que da pie a pensar que los adultos no somos tan adultos —responsables y capaces de gestionar nuestras emociones— como deberíamos.

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Opiniones 0
  • Entre las estupideces de las fobias, las chorradas del orgullo de cualquier cosa y demás andamos un poco perdidos entre tanta modernidad, me dan ganas de irme al siglo de las luces.. igual se podía encontrar gente menos cool y hipster ,y más cabal.

  • Al final es una cuestión de libertad y eso es complicado de entender para muchos padres. En mi caso, no soy “anti-niños”, pero SÍ que tengo “motivos aparentes” para decir “No me gustan y no quiero tenerlos” . Es una opción como otra cualquiera: ser soltero, casarse o divorciarse, etc.

    A pesar de que nunca preguntaré a nadie por qué ha tenido niños, no ocurre lo mismo con el resto de la gente. Cada vez que hay reunión con amigos con niños, es imposible no sacar el tema y siempre son frases típicas: “cuando los tengas, ya verás que maravilloso es”, “eso es egoísmo”, “si son adorables, ¿cómo puedes decir eso?”.

    ¿Realmente son esas preguntas motivo suficiente para que cambie de opinión? Escuchar esas frasecitas sí que provocan “niñofobia” y una falta de empatía 😛

    Como anécdota, conseguí tener una boda sin niños en la que ningún invitado se quejó por dejar a los suyos con familiares y, de hecho, todos pudieron estar hasta el final y disfrutar de lo lindo. Y, por supuesto, mi luna de miel consistió en unos días de relajación en un hotel sólo para adultos que, por cierto, costó bastante más caro que uno familiar. Así que te doy la razón: somos un nicho de mercado atractivo y dispuesto a pagar más por esa exclusividad, como lo es el de los singles y el de los gays.

  • Me parece un artículo bastante malo. Por cada artículo “pedófobo” hay 200 a favor de los niños y la maternidad y paternidad.

    Yo estoy a favor de los niños, pero en contra de los padres que los educan mal. Soy profesor de instituto y sé lo que digo. ¿O el hecho de que mi vecina de tres años acabe de darle un grito a la madre que la ha dejado seca es una rara avis? Y tantos casos cada minuto…

  • ¿Diálogo? ¿es posible el diálogo y buscar un punto en común con alguién racista?¿con alguien que rechaza a las mujerés? ¿con personas homófobas? . No se puede hablar de los niños como si se tratase de otra especie . Solo recuerdo algo que todos sabemos, todos somos ciudadanos e iguales en derechos . ¿Molestias? te aseguro que a mi me molestan profundamente un montón de personas, y sabes lo que hago : JODERME, porque vivo en una sociedad plural . No se puede tratar este tema con equidistancia y hablar de controlar emociones, es muy fácil hay a quien le molestan los niños, a quien le molestan los negros, a quien le molestan los de derechas , etc… tolerancia y convivencia y rechazo a la discriminación de cualquier tipo NO HAY OTRO CAMINO .-

    • Un negro, un racista, un homófobo, no te pega un balonazo en la cara, ni tropieza corriendo con tu silla en un bar, ni te infla la cabeza a gritos cuando buscas tranquilidad en una terraza tras una semana de mierda. Si un negro te hiciera estas cosas, te estarías cagando en la madre que lo parió exactamente como haces con el niño que actúa de tal manera.

      No puedes acusar a la gente de que no le gusten los niños, lo que no les gustan son sus actitudes, y eso no tiene nada que ver con la discriminación.

  • Muchas veces el problema no son los niños. Los niños están en proceso de crecimiento y aprendizaje, no saben controlarse y es normal, eso se aprende con el tiempo.

    El problema viene muchas veces porque hay padres que son peores, mucho peores que sus hijos. Padres que permiten que sus hijos campen asilvestrados, sin consideración alguna por los demás, y que no es que sean incapaces de encargarse de la educación de sus hijos, es que no les da la puñetera gana. Ni siquiera admiten que un extraño les reporte que sus hijos se están comportando como salvajes, y no hablo de que un extraño les grite o les pegue, símplemente que le digan al niño o al padre que le está molestando.

    Hay gente que, símplemente, no debería reproducirse.

  • Quizás es que de un tiempo a esta parte los propios niños son más inaguantables, debido a la mala educación proporcionada por sus padres. Creo que todos estaremos de acuerdo en que la educación que nos dieron nuestros padres y la que se da ahora está a años luz.

    Por otro lado, no puedo evitar fijarme en que antes las parejas con niños no alternaban con ellos. Tú ibas a un bar y no estaba lleno de cochecitos como está ahora. Un bar no es un sitio para un niño.

    • Antes no había parejas en los bares que tuvieran niños, las que había no los tenían, y de los que si tenían, la mujer se quedaba en casa con ellos mientras el marido se tomaba la cerveza. Pero de un tiempo a esta parte, me temo que las mujeres también queremos salir de casa, y encontramos que los maridos no están dispuestos a seguir el camino de nuestras madres y quedarse ellos.

  • Uno puede entender que un bebé llore, tenga un mal vuelo, se altere, sufra físicamente en un lugar con distinta temperatura, luces o ruidos… Cuando un niño de 5 años se comporta de la misma manera de un bebé es que no ha tenido familia durante los últimos 60 meses. Podemos seguir multiplicando y llegaremos a la misma conclusión. No es “niñofobia”, sino “padrofobia”

  • Yo tengo dos hijos y sé qué es adorarles y odiarles. Pero esto queda en la intimidad de nuestro hogar.
    Nosotros, su padre y yo, hemos priorizado su educación y podemos ir con ellos a cualquier parte. Y el mayor, sin nosotros, también.
    Claro está, que yo dejé de trabajar… Otro tabú digno de mención. Algunos me habrán tachado ya de machista.
    Creo que el problema no son los niños, si no la ausencia de los padres y el desentendimiento por su educación, que requiere un tiempo y un esfuerzo que pocos estamos dispuestos a dar.
    Entiendo perfectamente que haya sitios que veten a los niños.

  • La niñofobia -que detento y no me avergüenza- es, en realidad, una adversión hacia sus padres, que no logran que esos niños mantengan una conducta tal que no moleste a los terceros cercanos cuando están en un espacio compartido con otras personas. Un hotel, un vehículo de transporte público, una piscina, un bar… Donde estén los niños molestos, es porque hay padres que molestan a otros adultos a través de no educar correctamente (y reprimir, sin miedo, cuando corresponda) la conducta de esos niños.
    En mi caso, no quiero niños cerca -el mío creció, ya es un hombre, y cuando era crío, no molestaba a terceros, porque lo criamos y educamos en el respeto a los otros; respeto entendido en sentido amplio, no solo en decir “buenos días” o “gracias”-, quiero tranquilidad y silencio, y ambas cosas cuando cerca niños y padres incapaces de criarlos correctamente, son imposibles de tener.
    Saludos desde Buenos Aires.

  • Ufffff que articulo mas manido y tergiversado. Aqui (es marca España) muchas madres hablan a sus hijos a gritos y de forma amenazante (lo observe en los parques despues de un viaje a Brasil) por lo que elolos utilizan el mismo codigo aprendido cuando quieren protestar. No es lo mismo un bebe que llora porque esta enfermo, que un niño/a educado para gritar a su antojo en cualquier lugar. Yo creo que lo que algunas pesonas tienemos no es “niñofobia” sino “padresfobia”.

  • Hay que saber discernir dónde se puede llevar a un niño, y de qué edad, y dónde no. Y si hay que llevarlo porque no queda otra, llevar también materiales para que en lo posible esté entretenido y quieto, y estar pendiente. Si hemos creado espacios para fumadores y no fumadores, no hay nada de malo en crear espacios con niños y sin niños, con perros y sin perros…
    Evitar el conflicto cuando es posible es siempre positivo. Antes no había manera de no discutir en casa porque solo había una tele: ahora puedes poner conexión de antena en todos los dormitorios y un aparato, más la tablet, el ordenador…. Fin de las peleas por el mando.

  • Definitivamente pienso que la niñofobia, la homofobia, la xenofobia y todas las demás fobias, son parte de la intolerancia que vivimos como sociedad ya globalizada. La tendencia a sentirnos libres de decir lo que pensamos rebasa un poco más de permitirles entrar o no al mundo en que vivimos y con esto empezamos a “pelear derechos” por dejar o no pertenecer al mundo que compartimos. Al final de cuentas, es completamente respetuoso tener la opinión de no gustarnos los niños, aunque a mí si me gustan, pero no debemos olvidar que el mundo es uno y opiniones muchas, y aunque no nos guste nos toparemos con niños, homosexuales, extranjeros, de diferentes razas todo el tiempo, y sólo nos librará el “sentirnos mal” e incómodos siendo tolerantes.

  • “Su público: padres agotados (con hijos grandes o pequeños) y personas sin hijos con prejuicios.”

    RAE: “prejuicio: Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal.”

    No, no, esto lo conocemos bien: en hoteles, piscinas, restaurantes, por la calle… Niños salvajes, maleducados, mientras los padres, peor educados aún, miran para otro lado, pensando “que, al menos por un rato, molesten a otros”.

    No es un prejuicio acudir a sitios donde los menores de 18 están vetados, es una inversión en tranquilidad. Es un intento de no malgastar nuestro tiempo de ocio.

  • Yo haría más hincapié en los adultos que educan a los niños de hoy y que quizás por eso se derive todo lo demás.
    Son los niños de ahora cómo antes…? Se les educa igual? Cóml son los padres de hoy?
    Con niños apuntados a miles de clases extraescolares y una exigencia brutal en que deben sobresalir sobre el resto que no nos extrañe que tengamos niños estresados, excitados y medio tiranos. Ni que después la gente empiece a hartarse de ese tipo de niños que dejan de ser niños para ser algo nuevo creado por los adultos.

  • Es un circulo vicioso en el que el adulto no tolera al niño y cuando tiene hijxs vuelve a hacer lo mismo. Ahí, tan sencillo y tan claro, se encuentra el problema y la solución a todos los grandes problemas de la sociedad, intolerancia, clasismo, maltrato, abuso, jerarquía… Quien diga que no es que no ha escuchado a su niñx interior.

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