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27 de enero 2015    /   ENTRETENIMIENTO
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El origen de los dichos: La ocasión la pintan calva

27 de enero 2015    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Imagina: te ofrecen un puestazo, un curro de esos con los que sueñan muchos y por los que se dejarían empastar una muela sin anestesia con tal de alcanzarlo. Pero tú estás de vacaciones en algún lugar de Soria tratando de encontrarte a ti mismo y empiezas a dudar si dejar tu retiro espiritual para otro momento y aceptar el trabajo o seguir conectando con la naturaleza y decirle a tu jefe que ya, si eso, habláis a la vuelta.

¿Qué te diría tu madre? Más que decir, te soltaría una colleja al grito de «¡espabila!», y te soltaría uno de esos refranes que tú ya no gastas (y que no siempre entiendes), pero que ella sí: «¡Hijo, que la ocasión la pintan calva!». No pasa nada, aquí va nuestro puente para salvar semejante abismo generacional y nuestra contribución al entendimiento familiar.

Pues de eso va ese aforismo con pelo (bueno, sin él, si nos ponemos literales), de no dejar pasar las oportunidades cuando llegan, de no desperdiciar las buenas ocasiones. Fácil.

Ahora bien, lo del look de esa ocasión no está ya tan claro. ¿Por qué es alopécica? Más aún: ¿es este un dato exacto? Pues más bien no. Tiene un pequeño fallo, a juzgar por lo que nos cuenta la mitología romana.

La Ocasión era una diosa a la que los antiguos romanos describían como una mujer muy hermosa, totalmente desnuda y subida de puntillas sobre una rueda. Tenía alas, si bien unos se las situaban en la espalda y otros en los pies, como símbolo de que las oportunidades pasan muy rápidamente en esta vida.

En cuanto al cabello, la diosa Ocasión tenía la frente coronada por una hermosa cabellera, pero estaba totalmente calva por detrás; o sea, tupé espeso y nuca despejada.

Tan caprichoso estilismo tenía una razón, un simbolismo. Que tuviera pelo por delante favorecía que los pobres mortales pudieran agarrarla por ahí cuando pasara ante ellos. Y estaba calva en la nuca porque, una vez que la has dejado pasar, ya no puedes cogerla por ningún lado.

De aquí viene también el dicho coger la ocasión por los cabellos, por los pelos o por la melena, o las más antiguas la ocasión, asilla por el copete o guedejón o asir la ocasión por los pelos.

Por tanto, calva calva, lo que se dice calva, no es la ocasión. Lo que sí es cierto es que el dicho es muy antiguo. Y según indica José María Iribarren respecto a coger la ocasión por los pelos, «en el habla vulgar o familiar […] se aplica la expresión por los pelos para indicar que se realizó una cosa justamente, en el último momento, cuando estaba a punto de pasarse la oportunidad».

Un apunte erudito más, para terminar: esta representación de la Ocasión, con un estilismo tan raro, se le atribuye a Fidias. Por si quieres contárselo a tu madre y librarte de la colleja.

Imagina: te ofrecen un puestazo, un curro de esos con los que sueñan muchos y por los que se dejarían empastar una muela sin anestesia con tal de alcanzarlo. Pero tú estás de vacaciones en algún lugar de Soria tratando de encontrarte a ti mismo y empiezas a dudar si dejar tu retiro espiritual para otro momento y aceptar el trabajo o seguir conectando con la naturaleza y decirle a tu jefe que ya, si eso, habláis a la vuelta.

¿Qué te diría tu madre? Más que decir, te soltaría una colleja al grito de «¡espabila!», y te soltaría uno de esos refranes que tú ya no gastas (y que no siempre entiendes), pero que ella sí: «¡Hijo, que la ocasión la pintan calva!». No pasa nada, aquí va nuestro puente para salvar semejante abismo generacional y nuestra contribución al entendimiento familiar.

Pues de eso va ese aforismo con pelo (bueno, sin él, si nos ponemos literales), de no dejar pasar las oportunidades cuando llegan, de no desperdiciar las buenas ocasiones. Fácil.

Ahora bien, lo del look de esa ocasión no está ya tan claro. ¿Por qué es alopécica? Más aún: ¿es este un dato exacto? Pues más bien no. Tiene un pequeño fallo, a juzgar por lo que nos cuenta la mitología romana.

La Ocasión era una diosa a la que los antiguos romanos describían como una mujer muy hermosa, totalmente desnuda y subida de puntillas sobre una rueda. Tenía alas, si bien unos se las situaban en la espalda y otros en los pies, como símbolo de que las oportunidades pasan muy rápidamente en esta vida.

En cuanto al cabello, la diosa Ocasión tenía la frente coronada por una hermosa cabellera, pero estaba totalmente calva por detrás; o sea, tupé espeso y nuca despejada.

Tan caprichoso estilismo tenía una razón, un simbolismo. Que tuviera pelo por delante favorecía que los pobres mortales pudieran agarrarla por ahí cuando pasara ante ellos. Y estaba calva en la nuca porque, una vez que la has dejado pasar, ya no puedes cogerla por ningún lado.

De aquí viene también el dicho coger la ocasión por los cabellos, por los pelos o por la melena, o las más antiguas la ocasión, asilla por el copete o guedejón o asir la ocasión por los pelos.

Por tanto, calva calva, lo que se dice calva, no es la ocasión. Lo que sí es cierto es que el dicho es muy antiguo. Y según indica José María Iribarren respecto a coger la ocasión por los pelos, «en el habla vulgar o familiar […] se aplica la expresión por los pelos para indicar que se realizó una cosa justamente, en el último momento, cuando estaba a punto de pasarse la oportunidad».

Un apunte erudito más, para terminar: esta representación de la Ocasión, con un estilismo tan raro, se le atribuye a Fidias. Por si quieres contárselo a tu madre y librarte de la colleja.

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