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20 de abril 2017    /   IDEAS
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La opinión pública no vale una mierda (y por eso deberíamos engañarte)

20 de abril 2017    /   IDEAS     por          
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Ya no puedo contar los estudios que demuestran que la homeopatía no cura nada, pero la mayor parte de la opinión pública repite como enloquecida «pues a mí me funciona» o lo de que «mal no me va a hacer» (aunque sí lo pueda hacer) y acaba moviento un mercado de 10.000 millones de euros. Incluso las personas con más estudios, según la última encuesta del FECYT, son las que más creen en ello, a pesar de que no hay pruebas científicas (lo cual sugiere, quizás, que tener estudios no te vuelve una persona más crítica).

Ya han aparecido varios estudios de conjuntos de estudios que no encuentran ni una sola prueba de que el WiFi sea perjudicial para la salud, pero la opinión pública dice que, por si acaso, lo apaga por la noche porque le produce jaqueca, en el mejor de los casos, o cáncer, en el peor.

Los antivacunas, a pesar de que sostienen un conocimiento que parece recién llegado de la Edad Media más oscura e ignorante, están ganando la batalla, porque incluso están mejor informados que el ciudadano medio sobre el tema (aunque estén equivocados).

A la ciencia, parece evidente, se le antoja irrelevante lo que sostenga la mayor parte de la opinión pública: los hechos son los hechos, y las opiniones valen poco al respecto: analizar los hechos requiere de complejos estudios o ensayos de laboratorio.

Progresivamente, el mundo se está tornando un lugar tan complejo, técnico y lleno de información que la opinión pública empieza a ser un lastre. Es decir, que cada vez resultará más espinoso preguntarle algo a propósito de cualquier asunto a ella, a la opinión pública. Imaginad que sometiéramos a votación popular el grosor que deberían tener los pilares maestros de un rascacielos de treinta plantas de altura. O que se votara, muy democráticamente, el voltaje de determinado aparato eléctrico. Ahora extrapoladlo a casi todo lo que nos rodea, incluida la propia democracia.

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¿En qué estamos fallando?

Disponemos de mayor información que nunca antes en la historia, existen más artículos advirtiendo acerca de las pseudociencias que nunca… pero las ideas erróneas prosperan también a mayor velocidad que nunca. Parece que la batalla por informar correctamente no solo debe enfrentarse a la idiocia humana, sino al propio contexto: hay más formas que nunca de compartimentar la información, de solo leer lo que te interesa y únicamente relacionarte con personas que piensan como tú gracias al llamado sesgo endogrupal (un sesgo que es particularmente insidioso en las relaciones online).

Es decir, que la información no nos está haciendo más libres ni tampoco nos da una mayor educación. Parece que en realidad somos más cautivos que antes del error porque las herramientas tecnológicas que nos permiten estar informados también nos permiten escoger qué es lo correcto y qué lo incorrecto, como si fuéramos expertos en todo.

Por consiguiente, el problema puede abordarse de dos formas, no necesariamente excluyentes. La primera: concibiendo algoritmos informáticos que impidan el sesgo endogrupal y/o criben la información en relación a la calidad de la fuente de la que emana (por ejemplo, un metaanálisis sería información cinco estrellas, pero un tuit o un estado de Facebook, información de una estrella). En ese sentido, hace poco se puso en marcha la verificación de hechos, o Fact Check, una etiqueta que ayuda a los usuarios de Google News a identificar historias que han sido revisadas de entre los miles de nuevos artículos que se publican cada día.

La segunda: considerar la opinión pública como algo totalmente irrelevante, incluso para el sostén de la propia democracia (o dicho de otro modo: si delegamos el pilotaje de un avión a un experto acreditado, tal vez deberíamos delegar en prácticamente todas las decisiones que tomamos, porque generalmente somos ineptos en lo que no somos expertos: en casi todo).

Ambas formas anteriormente presentadas podrían fortalecerse con un ardid que quizá suene un tanto anatema entre los que defendemos la libertad, la democracia, el poder para el pueblo y todo lo demás: engañar a la gente por su bien.

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La desinformación como forma de información

Los sistemas de navegación por GPS que informan de atascos en tiempo real no sirven de mucho si dicen la verdad: en cuanto todos los usuarios descubren un atasco y toman la vía alternativa, la vía alternativa se atasca. La forma más conveniente de resolver el atasco es que solo una parte de los usuarios tome la vía alternativa. El GPS, pues, puede engañar a determinados usuarios a propósito del atasco a fin de que continúe por la vía principal.

En asuntos complejos en los que intervienen multitud de variables quizá podría emplearse una estrategia parecida.

No se trataría de engañar solo a la gente tonta, sino también a los que se creen listos en un tema, cuñadismo on fire. Porque si discutes con alguien acerca de un tema sobre el que tiene una opinión muy arraigada, probablemente nunca le convencerás de su error. Mucho menos si usas palabras gruesas y descalificaciones, pero incluso empleando la retórica más pedagógica probablemente no cambiará de opinión más que un porcentaje minúsculo de personas.

Parece que los cambios de opinión globales, pues, no se producen tanto por la idea un tanto romántica de tipo Platón enseñando a pensar a sus discípulos. Las ideas cambian porque sostenerlas te hace parecer imbécil o porque la generación que las sostienen ya ha sido sustituida por una nueva. En otras palabras, cambias de opinión cuando la gente que te rodea lo ha hecho: al fin y al cabo, te gusta opinar como la mayoría para no parecer un tipo raro (y tendemos a pensar que si algo lo cree la mayoría es que será más cierto que si lo cree una minoría).

Como las nuevas generaciones suelen abrazar ideas contestarias por sistema, es decir, ideas que de algún modo ponen en entredicho el statu quo, las ideas cambian para bien o para mal. El problema es que la realidad es ahora más cambiante que antes y lo hace en menor plazo tiempo, así que esperar a que las generaciones equivocadas sean reemplazados por las nuevas no es muy eficaz.

Tal vez la solución no sea tanto explicar cómo se sabe si un medicamento cura o no, por qué es más fiable un estudio de estudios antes que mil testimonios y un largo etcétera epistemológico para hacer que la gente deje de consumir homeopatía. Tal vez la solución sea poner de moda no consumir homeopatía. Tal vez lo más efectivo sea darle un empujoncito y engañarla para que haga lo correcto. Manipular su GPS para que vacune a sus hijos y no ponga en peligro la inmunidad del resto de las personas que no han decidido vivir en la Edad Media.

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El calentamiento global me la bufa

La opinión pública estadounidense no parece demasiado preocupada con el calentamiento global, a pesar de que existe mucha información acerca de los riesgos que ello supone. ¿Qué diablos le pasa a la opinión pública? Es algo que intentó responder un grupo de investigadores llamado Cultural Cognitive Project. La conclusión que extrajeron es que la opinión pública no cree que los expertos sepan de lo que hablan.

Para determinar si esta deconfianza nacía de la incultura científica, se sometió a cada encuestado a un test que evaluaba su nivel de conocimientos científicos. Los resultados fueron muy extraños: quienes tenían mayor cultura científica eran los que más despreciaban la amenaza del cambio climático. En realidad, lo que ocurría es que los que tenían más formación tenían una opinión extrema: o consideraban el cambio climático muy grave o muy poco grave. Una posible explicación a esta reacción podría ser que las personas más cultas e inteligentes están más habituadas a tener razón y saben defender mejor sus posturas, de modo que lo hacen con independencia de si tienen razón de verdad o no.

Y aquí llegamos al quid de la cuestión. Las personas más formadas suelen cambiar menos de opinión… y cada vez somos personas más formadas. Conocedores de este sesgo, Richard Thaler y Cass Sunstein fueron pioneros en el llamado pequeño empujón: más útil que tratar de convencer a las personas de algo parece ser engañarla con pistas sutiles o nuevos entornos predeterminados. Por ejemplo, en vez de poner un letrero en un urinario instando a la gente que no salpique al orinar, porque eso es malo para todos (nadie quiere orinar en un baño salpicado), parece más eficaz pintar una mosca y que el cliente se dedique a hacer puntería.

Dicho de otro modo: más que informar a la opinión pública, debemos usar lo que ya sabemos sobre la forma en que nos formamos las opiniones y las defendemos para explotar los puntos flacos. Más que ofrecer más información, hay que investigar mejor cómo convencer a la opinión pública de que haga lo más conveniente.

El abogado del Departamento de Defensa de Estados Unidos, Steve Epstein, tuvo que informar en varios departamentos del Gobierno lo que estaba autorizado o no a hacer un empleado. En vez de enumerar largas listas de reglas y normativas, creó un catálogo de meteduras de pata muy divertido basado en casos reales. Alojando historias en la mente de los empleados (que además no resultaban pesadas de leer), estos cumplieron más eficazmente la normativa. No se trataba de enseñarles las normas, sino de contarles un cuento divertido.

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Tecnología y democracia

Así como es muy difícil convencer de la verdad a una persona instruida, es relativamente fácil engañarla para que crea lo que nosotros queramos (sea la verdad o no). Ello ha propiciado que la tecnología de las comunicaciones incremente la desinformación. Los debates en las redes sociales solo son batallas entre extremos, y grupos ideológicamente tendenciosos han secuestrado el debate social.

Quienes usan esta tecnología para promover el negacionismo del Holocausto, el sida o el cambio climático, entre otras barbaridades, ganan la batalla a las exposiciones razonadas y científicas porque los primeros cuentan historias y los segundos cuentan la verdad, como explica Don Tapscott en su reciente libro La revolución blockchain.

Es decir, que quizá debemos embaucar un poco a la opinión pública porque es la forma más eficaz de convencerla, pero también porque el enemigo ya lo está haciendo mucho mejor que nosotros y no debemos dejar que nos tomen ventaja. O dicho de otro modo: este artículo no será muy útil para nadie. La próxima vez subcontrato a alguien de Cuarto Milenio.

Ya no puedo contar los estudios que demuestran que la homeopatía no cura nada, pero la mayor parte de la opinión pública repite como enloquecida «pues a mí me funciona» o lo de que «mal no me va a hacer» (aunque sí lo pueda hacer) y acaba moviento un mercado de 10.000 millones de euros. Incluso las personas con más estudios, según la última encuesta del FECYT, son las que más creen en ello, a pesar de que no hay pruebas científicas (lo cual sugiere, quizás, que tener estudios no te vuelve una persona más crítica).

Ya han aparecido varios estudios de conjuntos de estudios que no encuentran ni una sola prueba de que el WiFi sea perjudicial para la salud, pero la opinión pública dice que, por si acaso, lo apaga por la noche porque le produce jaqueca, en el mejor de los casos, o cáncer, en el peor.

Los antivacunas, a pesar de que sostienen un conocimiento que parece recién llegado de la Edad Media más oscura e ignorante, están ganando la batalla, porque incluso están mejor informados que el ciudadano medio sobre el tema (aunque estén equivocados).

A la ciencia, parece evidente, se le antoja irrelevante lo que sostenga la mayor parte de la opinión pública: los hechos son los hechos, y las opiniones valen poco al respecto: analizar los hechos requiere de complejos estudios o ensayos de laboratorio.

Progresivamente, el mundo se está tornando un lugar tan complejo, técnico y lleno de información que la opinión pública empieza a ser un lastre. Es decir, que cada vez resultará más espinoso preguntarle algo a propósito de cualquier asunto a ella, a la opinión pública. Imaginad que sometiéramos a votación popular el grosor que deberían tener los pilares maestros de un rascacielos de treinta plantas de altura. O que se votara, muy democráticamente, el voltaje de determinado aparato eléctrico. Ahora extrapoladlo a casi todo lo que nos rodea, incluida la propia democracia.

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¿En qué estamos fallando?

Disponemos de mayor información que nunca antes en la historia, existen más artículos advirtiendo acerca de las pseudociencias que nunca… pero las ideas erróneas prosperan también a mayor velocidad que nunca. Parece que la batalla por informar correctamente no solo debe enfrentarse a la idiocia humana, sino al propio contexto: hay más formas que nunca de compartimentar la información, de solo leer lo que te interesa y únicamente relacionarte con personas que piensan como tú gracias al llamado sesgo endogrupal (un sesgo que es particularmente insidioso en las relaciones online).

Es decir, que la información no nos está haciendo más libres ni tampoco nos da una mayor educación. Parece que en realidad somos más cautivos que antes del error porque las herramientas tecnológicas que nos permiten estar informados también nos permiten escoger qué es lo correcto y qué lo incorrecto, como si fuéramos expertos en todo.

Por consiguiente, el problema puede abordarse de dos formas, no necesariamente excluyentes. La primera: concibiendo algoritmos informáticos que impidan el sesgo endogrupal y/o criben la información en relación a la calidad de la fuente de la que emana (por ejemplo, un metaanálisis sería información cinco estrellas, pero un tuit o un estado de Facebook, información de una estrella). En ese sentido, hace poco se puso en marcha la verificación de hechos, o Fact Check, una etiqueta que ayuda a los usuarios de Google News a identificar historias que han sido revisadas de entre los miles de nuevos artículos que se publican cada día.

La segunda: considerar la opinión pública como algo totalmente irrelevante, incluso para el sostén de la propia democracia (o dicho de otro modo: si delegamos el pilotaje de un avión a un experto acreditado, tal vez deberíamos delegar en prácticamente todas las decisiones que tomamos, porque generalmente somos ineptos en lo que no somos expertos: en casi todo).

Ambas formas anteriormente presentadas podrían fortalecerse con un ardid que quizá suene un tanto anatema entre los que defendemos la libertad, la democracia, el poder para el pueblo y todo lo demás: engañar a la gente por su bien.

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La desinformación como forma de información

Los sistemas de navegación por GPS que informan de atascos en tiempo real no sirven de mucho si dicen la verdad: en cuanto todos los usuarios descubren un atasco y toman la vía alternativa, la vía alternativa se atasca. La forma más conveniente de resolver el atasco es que solo una parte de los usuarios tome la vía alternativa. El GPS, pues, puede engañar a determinados usuarios a propósito del atasco a fin de que continúe por la vía principal.

En asuntos complejos en los que intervienen multitud de variables quizá podría emplearse una estrategia parecida.

No se trataría de engañar solo a la gente tonta, sino también a los que se creen listos en un tema, cuñadismo on fire. Porque si discutes con alguien acerca de un tema sobre el que tiene una opinión muy arraigada, probablemente nunca le convencerás de su error. Mucho menos si usas palabras gruesas y descalificaciones, pero incluso empleando la retórica más pedagógica probablemente no cambiará de opinión más que un porcentaje minúsculo de personas.

Parece que los cambios de opinión globales, pues, no se producen tanto por la idea un tanto romántica de tipo Platón enseñando a pensar a sus discípulos. Las ideas cambian porque sostenerlas te hace parecer imbécil o porque la generación que las sostienen ya ha sido sustituida por una nueva. En otras palabras, cambias de opinión cuando la gente que te rodea lo ha hecho: al fin y al cabo, te gusta opinar como la mayoría para no parecer un tipo raro (y tendemos a pensar que si algo lo cree la mayoría es que será más cierto que si lo cree una minoría).

Como las nuevas generaciones suelen abrazar ideas contestarias por sistema, es decir, ideas que de algún modo ponen en entredicho el statu quo, las ideas cambian para bien o para mal. El problema es que la realidad es ahora más cambiante que antes y lo hace en menor plazo tiempo, así que esperar a que las generaciones equivocadas sean reemplazados por las nuevas no es muy eficaz.

Tal vez la solución no sea tanto explicar cómo se sabe si un medicamento cura o no, por qué es más fiable un estudio de estudios antes que mil testimonios y un largo etcétera epistemológico para hacer que la gente deje de consumir homeopatía. Tal vez la solución sea poner de moda no consumir homeopatía. Tal vez lo más efectivo sea darle un empujoncito y engañarla para que haga lo correcto. Manipular su GPS para que vacune a sus hijos y no ponga en peligro la inmunidad del resto de las personas que no han decidido vivir en la Edad Media.

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El calentamiento global me la bufa

La opinión pública estadounidense no parece demasiado preocupada con el calentamiento global, a pesar de que existe mucha información acerca de los riesgos que ello supone. ¿Qué diablos le pasa a la opinión pública? Es algo que intentó responder un grupo de investigadores llamado Cultural Cognitive Project. La conclusión que extrajeron es que la opinión pública no cree que los expertos sepan de lo que hablan.

Para determinar si esta deconfianza nacía de la incultura científica, se sometió a cada encuestado a un test que evaluaba su nivel de conocimientos científicos. Los resultados fueron muy extraños: quienes tenían mayor cultura científica eran los que más despreciaban la amenaza del cambio climático. En realidad, lo que ocurría es que los que tenían más formación tenían una opinión extrema: o consideraban el cambio climático muy grave o muy poco grave. Una posible explicación a esta reacción podría ser que las personas más cultas e inteligentes están más habituadas a tener razón y saben defender mejor sus posturas, de modo que lo hacen con independencia de si tienen razón de verdad o no.

Y aquí llegamos al quid de la cuestión. Las personas más formadas suelen cambiar menos de opinión… y cada vez somos personas más formadas. Conocedores de este sesgo, Richard Thaler y Cass Sunstein fueron pioneros en el llamado pequeño empujón: más útil que tratar de convencer a las personas de algo parece ser engañarla con pistas sutiles o nuevos entornos predeterminados. Por ejemplo, en vez de poner un letrero en un urinario instando a la gente que no salpique al orinar, porque eso es malo para todos (nadie quiere orinar en un baño salpicado), parece más eficaz pintar una mosca y que el cliente se dedique a hacer puntería.

Dicho de otro modo: más que informar a la opinión pública, debemos usar lo que ya sabemos sobre la forma en que nos formamos las opiniones y las defendemos para explotar los puntos flacos. Más que ofrecer más información, hay que investigar mejor cómo convencer a la opinión pública de que haga lo más conveniente.

El abogado del Departamento de Defensa de Estados Unidos, Steve Epstein, tuvo que informar en varios departamentos del Gobierno lo que estaba autorizado o no a hacer un empleado. En vez de enumerar largas listas de reglas y normativas, creó un catálogo de meteduras de pata muy divertido basado en casos reales. Alojando historias en la mente de los empleados (que además no resultaban pesadas de leer), estos cumplieron más eficazmente la normativa. No se trataba de enseñarles las normas, sino de contarles un cuento divertido.

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Tecnología y democracia

Así como es muy difícil convencer de la verdad a una persona instruida, es relativamente fácil engañarla para que crea lo que nosotros queramos (sea la verdad o no). Ello ha propiciado que la tecnología de las comunicaciones incremente la desinformación. Los debates en las redes sociales solo son batallas entre extremos, y grupos ideológicamente tendenciosos han secuestrado el debate social.

Quienes usan esta tecnología para promover el negacionismo del Holocausto, el sida o el cambio climático, entre otras barbaridades, ganan la batalla a las exposiciones razonadas y científicas porque los primeros cuentan historias y los segundos cuentan la verdad, como explica Don Tapscott en su reciente libro La revolución blockchain.

Es decir, que quizá debemos embaucar un poco a la opinión pública porque es la forma más eficaz de convencerla, pero también porque el enemigo ya lo está haciendo mucho mejor que nosotros y no debemos dejar que nos tomen ventaja. O dicho de otro modo: este artículo no será muy útil para nadie. La próxima vez subcontrato a alguien de Cuarto Milenio.

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Opiniones 14
  • Hay un factor adicional a considerar y es el exceso de información o infoxicación que recibe nuestro cerebro, el cual, al ser un gran ahorrador de energía opta por aquellas ideas que son más fáciles de comprender y constituyen un alivio, al menos momentáneo, ante las indecisión. La huida mental hacia lo fácil, lo que simplemente te entretiene o hacia la fantasía utópica es un bálsamo reconfortante en un mundo complejo y cambiante, cuya comprensión de la verdad nos genera un esfuerzo agotador. Enhorabuena por el artículo. De lo mejorcito de Yorokobu, que es mucho decir.

  • Cierto y no cierto.
    Quizás falta algo primordial que debe reconocerse, cada verdad científica no siempre es cualificativamente útil para muchos sectores poblacionales, la terrible desigualdad y las muchas tramas económicas y políticas han tenido su papel haciendo exactamente lo mismo que proponen y buscan implementar. Si bien es cierto lo que se señala, no es tan alarmante como se describe, pues además considero solo son baches en la transformación humana, es una revolución en muchos sentidos, es natural, que se den estos inequívocos y cerrazones, preocupa si, el tiempo en que las personas lo maduren, sin embargo estoy de acuerdo con que si deberían empezar a intervenir para acotar paginas muy trascendentes en la desinformación de grandes masas poblacionales, podrían empezar por las religiosas,que son promoventes sin par, de posturas antisociales, antipensantes, retrógradas en acrecentar el uso de la lógica, sentido común y el bien de las mayorías, sin esto la ciencia también se atrasa en la divulgación de su quehacer al estar en constante lucha con el negacionismo y otra es urgente que se exterminen las instituciones financieristas y afines, de lo contrario la lucha mediante manipulación de la información contra la otra manipulación de la información sera un verdadero fiasco.

  • Muy buen artículo. Toca un tema espinoso. Afortunadamente la opinión pública que en este caso aborda el artículo no es la mayoría de personas; creo que en el artículo expone lo que en los diarios y noticias es corriente y se da por normal. Que una masa de gente crea en la homeopatía no es el caso de la mayoría. La mayoría sigue asistiendo a su médico de cabecera y consumiendo medicamentos «normales». Otra cuestión es que usen como alternativa la homeopatía, o que algunos sólo consuman productos homeopáticos por que como placebo ya les sirve.
    Lo que si es cierto es que la opinión individual queda anulada en base a lo que la mayoría acepta como verdadero y eso pone en entredicho incluido lo que los «expertos» digan.
    Que hay un cambio medioambiental producido por la capa de ozono (creo tod@s lo sabemos) que hay estudios que lo demuestran, también.
    Ahora bien, cuando ves estudios científicos opuestos, opiniones de expertos que se contradicen ¿que opinión te formas? ¿hacia que lado te decantas?.

  • Felicidades por el artículo, que es muy interesante. Solamente aplicarte un «fastcheck» sobre la idea que planteas de que cada vez las ideas absurdas prevalecen. No sé exactamente en qué basas esta idea, más allá de tu propia experiencia personal. Yo no soy capaz de saber si las ideas absurdas son más persistentes ahora o en la Edad Media. De hecho, tiendo a pensar lo contrario, porque confío en el avance del ser humano. Aunque tampoco tengo datos para contrastarlo.

  • Creo que estáis confundiendo el conocimiento científico con la decisión de actuar tecnológicamente sobre el mundo o no en un caso concreto. Por ejemplo, el conocimiento científico actual es capaz de proporcionarnos con bastante precisión qué ventajas y qué inconvenientes tiene la utilización de la tecnología nuclear de fisión, pero en la asignación de pesos que ponderen estas ventajas e inconvenientes también juegan un papel importante cuestiones económicas, sociales y medioambientales. Dado que en una sociedad democrática plural no todos tenemos la misma ideología ni los mismos valores, distintas personas bien formadas pueden llegar a conclusiones opuestas sobre la conveniencia de utilizar la energía nuclear.
    Con todos los respetos, creo que este artículo se enmarca dentro de una campaña para hacernos creer que la ciencia (o más concretamente, lo que los tecnócratas dicen que es la ciencia) nos dicta qué decisiones tomar. Tratáis de convencernos de que sería un error someter estas decisiones a escrutinio democrático, que es mejor que decidan unos pocos «expertos».
    Es muy peligroso que cada vez esté más extendida la idea de que es mejor dejar decidir sobre cuestiones tan serias como la energía, los transgénicos o la regulación del mercado laboral sólo a los falsos expertos que los poderosos nos indican, “expertos” que aplican sus valores en la toma de decisiones, no los vuestros ni los míos.

  • Querido Sergio, me he tenido que negar a leer este artículo por la tremenda filiales que dices en el primer párrafo. La homeopatía tiene bastantes estudios que avalan su uso preventivo de enfermedades, lo que es su función. Si estás interesado en el tema, por favor, pideme referencias que estaré encantado de entregarte.
    Pero por favor, no seas tan imbécil.

  • Hay un elefante en esta conversacion, y es que el 85% de la poblacion es idiota. Aunque les den una patina de bachillerato siguen siendo analfabetos funcionales a los que no les gusta leer y menos pensar. Darles un youtube lleno de informacion no contrastada es como darle a un mono una ametralladora. Asi que empecemos a hablar de «desinformarles por su bien» porque el que es retrasado, se muere retrasado. Si no los educamos con mayusculas desde pequenhitos ya estan perdidos para la sociedad, asi que mejor darles pan y circo y que no emprenen en las cosas de los mayores.

  • El problema es el referente. Los motivos por los cuales una determinada persona tomo como referente a otras personas e ideas, es algo tan aleatorio y complejo de pronosticar como el vuelo errante de una mosca en una habitación.

    Pero lo cierto es que una vez hemos tomado ciertos referentes, estos permanecen casi siempre inmutables, y pocas veces los acontecimientos que vivimos nos hacen cambiar de parecer.

    Pero hay una base para toda la inmundicia ignorante que devora el mundo: el pensamiento mágico en todas sus facetas.

    El pensamiento mágico trasciende las formas culturales, lo encontramos en todas las religiones, los cuentos de niños, los reyes magos y papa noel.

    Asi empieza todo. El cerebro se moldea para adaptarse a estas concepciones y la veda queda abierta para la inclusión de más aberraciones.

    El hecho de que nos eduquen para obedecer y ser siervos de un sistema macabro ayuda a que nos pudran las neuronas. El nulo contacto con el escepticismo es la causa de la ausencia del pensamiento crítico. La reprucción demente y la imitación vacua se tornan la forma predominante del comportamiento humano. Reforzado por todos los medios y toda la propaganda al unísono.

    Lo raro es que haya gente que aun conserve la cordura…

  • Las emociones se llaman asi porque mueven. Conmover es mover con. Es algo tan conocido que lo hemos perdido, camuflado en el lenguaje comun. Y tambien es comprobable.

    Hay que llegar a las emociones, siempre, para mover la ser humano. En lo individual y en lo colectivo.

    Eso no tiene por que ser engañar. Pero si se soslaya, se olvida o se desprecia… pues de esos polvos…

    O tambien podemos culpar de todo a los demas y a su borreguismo. Es mas facil. Y de paso hacer siempre de aguafiestas simbolico.

  • Mano dura, es lo que hace falta. Con la opinión pública revoltosa, que se atreve a llevar la contraria a divulgadores científicos tan bien informados, tan ecuánimes y ajenos a intereses. Al que se queje por el glifosato o los tránsgénicos, multa al canto. Al que tome homeopatía o se atreva a dudar de la inocuidad de las vacunas que le pongan tratamiento psiquiátrico para curar su locura. Y al que apague el wifi por la noche, escribir mil veces la radiofrecuencia no afecta a la salud.

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