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26 de abril 2013    /   BUSINESS
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La otra tragedia de Boston: lo mal que contamos lo que pasaba

26 de abril 2013    /   BUSINESS     por          
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La narración del atentado de Boston es una radiografía perfecta de nuestra sociedad: una visión parcial de una realidad como respuesta a un fenómeno inesperado, el miedo ante lo desconocido, la búsqueda del culpable, la avalancha de la masa y la discrepancia respecto a la versión oficial. Todo ello aderezado con dramas humanos y una puesta en escena digna de Hollywood. Solo faltaba que los medios pusieran su granito de arena para crear la narrativa perfectamente catastrófica.
Cuántas veces habremos ido al cine para salir pensando que la película estaba bien, pero el guión estaba lleno de incoherencias o consecuencias inverosímiles. Si lo sucedido en Boston, donde tres personas murieron y dos centenares más resultaron heridas, fuera una película sería una de esas. Pero no, este caso ha sido real.
Conceptualización del hecho
A nuestro cerebro parece que le guste que le digan lo que tiene que pensar. Aunque nos aferramos con uñas y dientes al poder de decisión, a la personalización y al consumo dónde y cuándo queramos que nos permite la tecnología, necesitamos consejo.
Interprétalo como una guía de viaje ante la inmensidad de la realidad. En la Red es lo que ofrece Google, un lugar al que ir a preguntar cómo llegar a un sitio, un punto de partida desde el que empezar. Y ante la actualidad eso es lo que ofrecen los medios: una visión determinada de la realidad, una cómoda selección de lo que es importante acorde a dicha visión.
Toda producción cinematográfica, toda historia, necesita un nombre. Puede ser ’11S’, puede ser ‘cayuco’, puede ser ‘zona cero’, puede ser ‘recortes’. Un concepto fuerza que ayude a definir y comprender. En el caso de Boston ha sido ‘masacre’.
Pero ¿son tres muertos una masacre? Depende con qué se compare. Cada día mueren decenas en Siria y no nos interesa tanto como esta película de extraño guión. ¿Quién fija la comparación, quién pone nombre a estas realidades? Muchas veces, los medios.
Boston_Marathon_explosions_(8652971845)
La selección de la realidad
Si hay dos cosas que definen el trabajo actual de los medios son los intereses (económicos, temáticos, ideológicos) y la velocidad por ser los primeros en contar algo. ¿Y cómo unir ambas cosas? ¿Cómo decidir qué es importante y darle un nombre de forma rápida? Con un sencillo manual.
Ese manual tradicionalmente se ha llamado ‘valores noticia’ y se compone de una serie de preguntas que cualquier periodista puede responder de forma automática y sirve de cuestionario para decidir qué es importante y cuánto de importante. Ese cuestionario nos sirve para distinguir que tres muertos en Boston ‘interesan’ más que diez en Marruecos o cien en Siria.
Las preguntas son diversas: si afecta a mucha gente interesa más que si el hecho afecta a poca gente; si está de actualidad interesa más que si es un asunto pasado; si afecta a gente conocida interesa más que si afecta a desconocidos; si la historia es inusual interesa más que si es normal; si afecta a gente afín o contraria interesa más que si afecta a gente que nos es indiferente. Las preguntas son infinitas.
Pasando ese cuestionario es fácil ver que lo de Boston ha afectado a mucha gente, es de actualidad en tanto en cuanto la historia se narró en directo, no es usual que haya atentados en suelo estadounidense y afecta a gente sociológicamente afín. El drama de Siria no es ya inusual, tras más de un año de guerra, ni afecta a gente sociológicamente afín. Moraleja, en el mercado de los medios pesa más el kilo de muerto de un sitio que de otro, por decirlo con la crudeza con la que opera este cuestionario. Esta semana dos centenares de personas han muerto en una fábrica ilegal de textiles en Bangladesh que produce ropa para marcas españolas y a nadie le ha interesado la historia.
Luego esas respuestas pasarían por el tamiz de los intereses propios del medio: si encaja con la ideología del medio, si encaja con la visión de la sociedad por la que apuesta el medio, si va a generar audiencia y por tanto será rentable económicamente, si es fácil contar ese hecho…
Ese cuestionario, que explicado así resulta farragoso, es una especie de circuito mental periodístico automático: con leer un titular todo periodista sabe el resultado del test sin pensar las respuestas una a una. Lo llaman olfato, criterio, enfoque… pero en realidad es una herramienta de selección: ante el marasmo de información disponible el lector necesita que alguien seleccione de qué informarse y le evite hacer él mismo ese proceso.
Como consecuencia los medios reflejan una realidad irreal, llena de hechos llamativos y frescos, extremos e interesados. El clima perfecto para todo medio es tener siempre algo que contar: hoy la explosión en la planta de fertilizantes de West con «al menos 40 muertos» que no fueron, mañana el atentado de Boston, pasado el partido de Champions, después la cifra del paro, luego las protestas ante el Congreso y después los recortes del Gobierno.

Voracidad y sobrerrepresentación
Con tantas cosas sucediendo cada día se necesitan nombres, conceptos, ideas que hagan que la gente encasille y clasifique cada hecho para poder seguir el curso de los acontecimientos. Son pequeñas píldoras de información espectacular que no profundiza, contextualiza o explica.
En esa rueda no solo corren los medios, sino también (y, si cabe, más rápido) las redes sociales. Son la expresión perfecta del gatillo fácil. Pasar de un comentario a una campaña a favor o en contra de algo depende de un retuit. Hundir la mayor Bolsa del mundo y que se evaporen 136.500 millones de dólares en cinco minutos es cuestión de un bulo.
La economía es producto de sensaciones, pero también la política y la sociedad: palabras como ‘confianza’, ‘riesgo’ o ‘marca’ decantan la balanza. Y en un contexto tan etéreo el pánico se contagia rápido, sea en la Bolsa, sea en los medios. Siempre tras un accidente aéreo se multiplican las noticias de incidentes en aviones que son perfectamente normales. Siempre tras un caso sanitario se multiplican las alarmas que resultan ser falsas.
Y siempre tras una situación de riesgo terrorista, como en Boston, la histeria prende y empiezan a aparecer supuestos artefactos explosivos, sobres con sustancias extrañas y amenazas por doquier. Todo queda casi siempre en nada.
Quienes sacan ventaja de esa vorágine son los medios, que hacen cundir esa sensación de pánico amplificando fenómenos aislados, relacionándolos y dándoles contexto. Lo que son en realidad incidentes normales del día a día o acciones de oportunistas de iluminados parecen por un momento parte de un ataque terrorista perfectamente coordinado. El caos cunde en gran parte gracias a ese poder de focalización de la atención, conceptualización de su significado y dispersión del mensaje de los medios y redes sociales.
Identificación del culpable
Y así, cada día, deglutiendo historias. Hoy ya no importa Corea del Norte, ni la planta de fertilizantes, y mañana habremos olvidado Boston. Pero esa voracidad se lleva por delante muchos controles de calidad cuya ausencia tienen consecuencias serias.
Por ejemplo, después del atentado el New York Post llevó a portada la fotografía de dos supuestos sospechosos que, en realidad, no eran nadie.
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Por si fuera poco, durante el día de la gran persecución por las calles de Boston se volvió a identificar mal a los perseguidos. Se dijo que uno era Mike Mulugeta a raíz de lo que transmitía el escáner de la Policía, sin verificación alguna.
También se identificó al segundo sospechoso como Sunil Tripathi, un estudiante de origen indio que lleva meses desaparecido y del que se llegó a decir que era depresivo y que había dejado una nota de despedida. El muro de Facebook de la familia se llenó de insultos, hasta el punto que tuvieron que salir al paso a responder. En cuanto se supo que él realmente no había tenido nada que ver con el atentado el muro se llenó de mensajes de ánimo y el vídeo que hicieron para buscarle multiplicó sus visitas.
Pero era tarde: este martes encontraban su cuerpo sin vida. El origen del bulo fue una compañera de Sunil que creyó identificarle, y Reddit dio cancha a la historia (para luego pedir perdón). Las redes sociales aportaron su grano de arena para esparcir el falso testimonio y a partir de ahí fue imparable.

El efecto de la masa
Ejemplos similares de cómo las redes sociales se convierten en una avalancha hay a diario: desde campañas contra personajes conocidos por comentarios desafortunados a, más recientemente, que un tuit falso desde la cuenta hackeada de Associated Press hiciera perder a la Bolsa 136.000 millones de dólares en cinco minutos. Es el efecto de la masa, imparable en movimiento, y no siempre acertada.
Pese a ello los medios, ávidos de información en una noche de infarto, se tragaron la historia: había tanta prisa por informar que cualquier rumor era una novedad digna de ser contada como si fuera verdad. Durante las horas que duró el asedio la información era un goteo constante y los rumores y desmentidos un caudal gigantesco. Las autoridades cerraron un barrio entero, que luego fueron seis y luego el Gobernador amplió a toda la ciudad.
Imagina una ciudad más grande que Madrid con todo el mundo encerrado, temblando de miedo ante tantos rumores distintos sobre un enemigo sin identificar. El miedo en sí no es un nuevo posible atentado, sino el caos: no saber quién te ataca, ni por qué, eso convierte en arbitrario al enemigo y todo se convierte en un objetivo. Es, de hecho, la misma lógica que las películas de terror: el problema no es el asesino con un perfil concreto, sino el asesino en serie que mata por matar, desbocado, imprevisible.
De ahí el esfuerzo de los medios por acotar, encajar, guiar a la gente a una identidad y una razón. Darles un nombre y una cara para poder odiar, aunque sea errando. Hasta la CNN habló de una detención nada más empezar la persecución. Las televisiones retransmitieron en directo cómo la Policía detenía y desnudaba a un joven en plena calle que estaba en el lugar equivocado en el peor momento de todos. Le liberaron al poco rato, pero sus imágenes, desnudo y esposado, seguían ahí.
Luego llegó el baile de nacionalidades: primero se dijo que eran turcos, luego que eran rusos, luego que eran chechenos. Hasta la embajada de la República Checa mandó una nota advirtiendo que su país y Chechenia no eran lo mismo porque no confiaban en que el ciudadano medio estadounidense supiera qué era Chechenia y por qué un par de chechenos podía querer atacarles. O kurdos, o rusos.
Espectáculo y conspiración
El penúltimo paso lo pusieron las teorías de la conspiración: que si una misma mujer en dos lugares distintos, que si el amputado de la fotografía es en realidad un soldado que ya era discapacitado… Con cada gran catástrofe siempre pasa lo mismo, como en EE UU los que creen que el 11S fue un autogolpe de Estado y los que en España creen que el 11M lo articuló el PSOE con ETA.
El último paso para cerrar el círculo de la cobertura mediática es el drama y la sangre. Portadas llenas de fotografías dantescas para ilustrar la situación, imágenes del suelo cubierto de sangre… Es la guinda final a una película con todos los ingredientes para arrasar en la taquilla de la audiencia mediática. Al final, cuando los malos son reducidos, la gente sale a la calle y jalea a los policías, se envuelve de su bandera y ni cuestiona si el despliegue de miles de agentes y soldados, el colapso total de una ciudad como Boston, valió realmente la pena y fue necesario. Los efectos especiales no se cuestionan.
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Pero, lógicamente, hay otra forma de hacer las cosas. Parar, preguntar, confirmar, informar. Pensar como los japoneses, que no permitieron que se publicara ni una fotografía cruenta tras el brutal cataclismo provocado por un terremoto histórico, un tsunami devastador y una explosión nuclear.
Pero el cine que triunfa, ya se sabe, es el de Hollywood, no el asiático.

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La narración del atentado de Boston es una radiografía perfecta de nuestra sociedad: una visión parcial de una realidad como respuesta a un fenómeno inesperado, el miedo ante lo desconocido, la búsqueda del culpable, la avalancha de la masa y la discrepancia respecto a la versión oficial. Todo ello aderezado con dramas humanos y una puesta en escena digna de Hollywood. Solo faltaba que los medios pusieran su granito de arena para crear la narrativa perfectamente catastrófica.
Cuántas veces habremos ido al cine para salir pensando que la película estaba bien, pero el guión estaba lleno de incoherencias o consecuencias inverosímiles. Si lo sucedido en Boston, donde tres personas murieron y dos centenares más resultaron heridas, fuera una película sería una de esas. Pero no, este caso ha sido real.
Conceptualización del hecho
A nuestro cerebro parece que le guste que le digan lo que tiene que pensar. Aunque nos aferramos con uñas y dientes al poder de decisión, a la personalización y al consumo dónde y cuándo queramos que nos permite la tecnología, necesitamos consejo.
Interprétalo como una guía de viaje ante la inmensidad de la realidad. En la Red es lo que ofrece Google, un lugar al que ir a preguntar cómo llegar a un sitio, un punto de partida desde el que empezar. Y ante la actualidad eso es lo que ofrecen los medios: una visión determinada de la realidad, una cómoda selección de lo que es importante acorde a dicha visión.
Toda producción cinematográfica, toda historia, necesita un nombre. Puede ser ’11S’, puede ser ‘cayuco’, puede ser ‘zona cero’, puede ser ‘recortes’. Un concepto fuerza que ayude a definir y comprender. En el caso de Boston ha sido ‘masacre’.
Pero ¿son tres muertos una masacre? Depende con qué se compare. Cada día mueren decenas en Siria y no nos interesa tanto como esta película de extraño guión. ¿Quién fija la comparación, quién pone nombre a estas realidades? Muchas veces, los medios.
Boston_Marathon_explosions_(8652971845)
La selección de la realidad
Si hay dos cosas que definen el trabajo actual de los medios son los intereses (económicos, temáticos, ideológicos) y la velocidad por ser los primeros en contar algo. ¿Y cómo unir ambas cosas? ¿Cómo decidir qué es importante y darle un nombre de forma rápida? Con un sencillo manual.
Ese manual tradicionalmente se ha llamado ‘valores noticia’ y se compone de una serie de preguntas que cualquier periodista puede responder de forma automática y sirve de cuestionario para decidir qué es importante y cuánto de importante. Ese cuestionario nos sirve para distinguir que tres muertos en Boston ‘interesan’ más que diez en Marruecos o cien en Siria.
Las preguntas son diversas: si afecta a mucha gente interesa más que si el hecho afecta a poca gente; si está de actualidad interesa más que si es un asunto pasado; si afecta a gente conocida interesa más que si afecta a desconocidos; si la historia es inusual interesa más que si es normal; si afecta a gente afín o contraria interesa más que si afecta a gente que nos es indiferente. Las preguntas son infinitas.
Pasando ese cuestionario es fácil ver que lo de Boston ha afectado a mucha gente, es de actualidad en tanto en cuanto la historia se narró en directo, no es usual que haya atentados en suelo estadounidense y afecta a gente sociológicamente afín. El drama de Siria no es ya inusual, tras más de un año de guerra, ni afecta a gente sociológicamente afín. Moraleja, en el mercado de los medios pesa más el kilo de muerto de un sitio que de otro, por decirlo con la crudeza con la que opera este cuestionario. Esta semana dos centenares de personas han muerto en una fábrica ilegal de textiles en Bangladesh que produce ropa para marcas españolas y a nadie le ha interesado la historia.
Luego esas respuestas pasarían por el tamiz de los intereses propios del medio: si encaja con la ideología del medio, si encaja con la visión de la sociedad por la que apuesta el medio, si va a generar audiencia y por tanto será rentable económicamente, si es fácil contar ese hecho…
Ese cuestionario, que explicado así resulta farragoso, es una especie de circuito mental periodístico automático: con leer un titular todo periodista sabe el resultado del test sin pensar las respuestas una a una. Lo llaman olfato, criterio, enfoque… pero en realidad es una herramienta de selección: ante el marasmo de información disponible el lector necesita que alguien seleccione de qué informarse y le evite hacer él mismo ese proceso.
Como consecuencia los medios reflejan una realidad irreal, llena de hechos llamativos y frescos, extremos e interesados. El clima perfecto para todo medio es tener siempre algo que contar: hoy la explosión en la planta de fertilizantes de West con «al menos 40 muertos» que no fueron, mañana el atentado de Boston, pasado el partido de Champions, después la cifra del paro, luego las protestas ante el Congreso y después los recortes del Gobierno.

Voracidad y sobrerrepresentación
Con tantas cosas sucediendo cada día se necesitan nombres, conceptos, ideas que hagan que la gente encasille y clasifique cada hecho para poder seguir el curso de los acontecimientos. Son pequeñas píldoras de información espectacular que no profundiza, contextualiza o explica.
En esa rueda no solo corren los medios, sino también (y, si cabe, más rápido) las redes sociales. Son la expresión perfecta del gatillo fácil. Pasar de un comentario a una campaña a favor o en contra de algo depende de un retuit. Hundir la mayor Bolsa del mundo y que se evaporen 136.500 millones de dólares en cinco minutos es cuestión de un bulo.
La economía es producto de sensaciones, pero también la política y la sociedad: palabras como ‘confianza’, ‘riesgo’ o ‘marca’ decantan la balanza. Y en un contexto tan etéreo el pánico se contagia rápido, sea en la Bolsa, sea en los medios. Siempre tras un accidente aéreo se multiplican las noticias de incidentes en aviones que son perfectamente normales. Siempre tras un caso sanitario se multiplican las alarmas que resultan ser falsas.
Y siempre tras una situación de riesgo terrorista, como en Boston, la histeria prende y empiezan a aparecer supuestos artefactos explosivos, sobres con sustancias extrañas y amenazas por doquier. Todo queda casi siempre en nada.
Quienes sacan ventaja de esa vorágine son los medios, que hacen cundir esa sensación de pánico amplificando fenómenos aislados, relacionándolos y dándoles contexto. Lo que son en realidad incidentes normales del día a día o acciones de oportunistas de iluminados parecen por un momento parte de un ataque terrorista perfectamente coordinado. El caos cunde en gran parte gracias a ese poder de focalización de la atención, conceptualización de su significado y dispersión del mensaje de los medios y redes sociales.
Identificación del culpable
Y así, cada día, deglutiendo historias. Hoy ya no importa Corea del Norte, ni la planta de fertilizantes, y mañana habremos olvidado Boston. Pero esa voracidad se lleva por delante muchos controles de calidad cuya ausencia tienen consecuencias serias.
Por ejemplo, después del atentado el New York Post llevó a portada la fotografía de dos supuestos sospechosos que, en realidad, no eran nadie.
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Por si fuera poco, durante el día de la gran persecución por las calles de Boston se volvió a identificar mal a los perseguidos. Se dijo que uno era Mike Mulugeta a raíz de lo que transmitía el escáner de la Policía, sin verificación alguna.
También se identificó al segundo sospechoso como Sunil Tripathi, un estudiante de origen indio que lleva meses desaparecido y del que se llegó a decir que era depresivo y que había dejado una nota de despedida. El muro de Facebook de la familia se llenó de insultos, hasta el punto que tuvieron que salir al paso a responder. En cuanto se supo que él realmente no había tenido nada que ver con el atentado el muro se llenó de mensajes de ánimo y el vídeo que hicieron para buscarle multiplicó sus visitas.
Pero era tarde: este martes encontraban su cuerpo sin vida. El origen del bulo fue una compañera de Sunil que creyó identificarle, y Reddit dio cancha a la historia (para luego pedir perdón). Las redes sociales aportaron su grano de arena para esparcir el falso testimonio y a partir de ahí fue imparable.

El efecto de la masa
Ejemplos similares de cómo las redes sociales se convierten en una avalancha hay a diario: desde campañas contra personajes conocidos por comentarios desafortunados a, más recientemente, que un tuit falso desde la cuenta hackeada de Associated Press hiciera perder a la Bolsa 136.000 millones de dólares en cinco minutos. Es el efecto de la masa, imparable en movimiento, y no siempre acertada.
Pese a ello los medios, ávidos de información en una noche de infarto, se tragaron la historia: había tanta prisa por informar que cualquier rumor era una novedad digna de ser contada como si fuera verdad. Durante las horas que duró el asedio la información era un goteo constante y los rumores y desmentidos un caudal gigantesco. Las autoridades cerraron un barrio entero, que luego fueron seis y luego el Gobernador amplió a toda la ciudad.
Imagina una ciudad más grande que Madrid con todo el mundo encerrado, temblando de miedo ante tantos rumores distintos sobre un enemigo sin identificar. El miedo en sí no es un nuevo posible atentado, sino el caos: no saber quién te ataca, ni por qué, eso convierte en arbitrario al enemigo y todo se convierte en un objetivo. Es, de hecho, la misma lógica que las películas de terror: el problema no es el asesino con un perfil concreto, sino el asesino en serie que mata por matar, desbocado, imprevisible.
De ahí el esfuerzo de los medios por acotar, encajar, guiar a la gente a una identidad y una razón. Darles un nombre y una cara para poder odiar, aunque sea errando. Hasta la CNN habló de una detención nada más empezar la persecución. Las televisiones retransmitieron en directo cómo la Policía detenía y desnudaba a un joven en plena calle que estaba en el lugar equivocado en el peor momento de todos. Le liberaron al poco rato, pero sus imágenes, desnudo y esposado, seguían ahí.
Luego llegó el baile de nacionalidades: primero se dijo que eran turcos, luego que eran rusos, luego que eran chechenos. Hasta la embajada de la República Checa mandó una nota advirtiendo que su país y Chechenia no eran lo mismo porque no confiaban en que el ciudadano medio estadounidense supiera qué era Chechenia y por qué un par de chechenos podía querer atacarles. O kurdos, o rusos.
Espectáculo y conspiración
El penúltimo paso lo pusieron las teorías de la conspiración: que si una misma mujer en dos lugares distintos, que si el amputado de la fotografía es en realidad un soldado que ya era discapacitado… Con cada gran catástrofe siempre pasa lo mismo, como en EE UU los que creen que el 11S fue un autogolpe de Estado y los que en España creen que el 11M lo articuló el PSOE con ETA.
El último paso para cerrar el círculo de la cobertura mediática es el drama y la sangre. Portadas llenas de fotografías dantescas para ilustrar la situación, imágenes del suelo cubierto de sangre… Es la guinda final a una película con todos los ingredientes para arrasar en la taquilla de la audiencia mediática. Al final, cuando los malos son reducidos, la gente sale a la calle y jalea a los policías, se envuelve de su bandera y ni cuestiona si el despliegue de miles de agentes y soldados, el colapso total de una ciudad como Boston, valió realmente la pena y fue necesario. Los efectos especiales no se cuestionan.
ss
Pero, lógicamente, hay otra forma de hacer las cosas. Parar, preguntar, confirmar, informar. Pensar como los japoneses, que no permitieron que se publicara ni una fotografía cruenta tras el brutal cataclismo provocado por un terremoto histórico, un tsunami devastador y una explosión nuclear.
Pero el cine que triunfa, ya se sabe, es el de Hollywood, no el asiático.

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