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30 de enero 2018    /   CINE/TV
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‘La peste’: acento, polémica y diez millones de euros

30 de enero 2018    /   CINE/TV     por          
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Crear una serie es tomar decisiones ya desde la página en blanco. Como si fuera poco salir a flote en un océano de fichas de personajes, mapas de tramas y escaletas, falta la guinda del pastel: dialogar. Elegir cómo y por qué van a hablar tus personajes.

En una serie de época, lo primero es determinar el apego de los diálogos a la etapa histórica elegida. Suele ser nulo, ya que a nadie le interesa ver gente hablando en castellano antiguo. Como mucho, se utiliza el voseo para hacer un híbrido. En La peste, como en tantos otros casos, decidieron acercar el lenguaje a la actualidad. Y dado que la historia se desarrolla en Sevilla, los personajes, qué cosas, hablan como se hace en la capital de Andalucía.

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¿Significa eso que los sevillanos de finales del siglo XVI hablaban con el acento actual? No. ¿Significa entonces que es un error de los creadores de la serie? Menos aún. Todas las opciones son válidas. Lo que llama la atención son las quejas porque un puñado de andaluces aparezcan en televisión hablando en serio. Por supuesto, cuando se les relega a personaje inculto o alivio cómico nadie muestra sorpresa. En estos casos, las redes sociales deberían avisar, igual que hacen con los alimentos: «Este comentario puede contener trazas de clasismo».

Lo cierto es que la carrera de Alberto Rodríguez y Rafael Cobos se centra en contar historias con maestría para retratar su entorno sin caer en el tópico, lo que eleva su filmografía a patrimonio cultural andaluz. Y sus personajes hablan como lo hace su equipo y ellos mismos, que son la cabeza visible del reputado grupo de profesionales en el que Movistar confió para la apuesta más ambiciosa de esta nueva etapa de producción propia.

Tamaño desembolso solo podía llevar aparejada una espectacular campaña de promoción y, por ende, situarse en boca de todos. Así, según datos de la plataforma, el piloto fue visto por un 40% más de espectadores que el primer capítulo de la última temporada de Juego de tronos. Y los episodios superan el millón de reproducciones. Es imposible ser un éxito sin aglutinar gente que te odie, aunque sea por el motivo más espurio.

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En realidad, el acento andaluz en La peste ni siquiera es cerrado. Por no mencionar que los dos protagonistas, tanto el masculino como la femenina, hablan en perfecto castellano. La polémica, por absurda o interesada, es poco interesante. Otros espectadores, en cambio, señalan al tratamiento del sonido como causante de su falta de comprensión de la serie. Cierto es que la nitidez de la mezcla final no es la más alta, pero las líneas de diálogo difíciles de captar suponen un porcentaje ínfimo.

En la serie, claro está, llama la atención el presupuesto. Diez millones de euros para seis capítulos de cincuenta minutos suena a producción de otras latitudes. Y una cosa es innegable: el dinero se ve en pantalla. En el vestuario, en los edificios y en las calles. La localización es excelente, y los personajes pueden moverse por el espacio. Cuando el dinero escasea, se usan planos fijos para que no se descubra el cartón medio metro más allá. Pero aquí, los recursos económicos y el talento dan como resultado un trabajo verosímil. El espectador se cree la época que le cuentan. El suelo sucio de verdad. Los pasadizos. Las chabolas junto al río. La ambientación no tiene nada que envidiar a ninguna producción extranjera.

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Eso sí, detrás de los millones, de las polémicas y de la publicidad, tiene que haber una historia que mueva todo lo demás. A la dupla creativa conformada por Rodríguez y Cobos se unió Fran Araújo para dar forma a los guiones de este thriller. No obstante, en el arranque, el documentalista le gana la partida al guionista. La preocupación por presentar el universo de la serie y por mostrar los hallazgos históricos descubiertos buceando en los archivos hace que la trama criminal languidezca en los primeros episodios, especialmente si el espectador cree estar ante una miniserie de seis capítulos, con el ritmo que se le presupone. La cosa cambia tras conocer que Movistar ha anunciado una segunda temporada y que no estamos ante una historia cerrada.

En el inicio, la atención se la lleva todo lo que entra por el ojo. Por eso los personajes van de un lugar a otro y pasean por la ciudad, para que el espectador conozca dónde se desarrolla la historia. Además, el tono didáctico en diversos temas se mantendrá en forma de perlas (los nuevos alimentos, la mancebía, el añil, la fábrica) mientras se desarrollan las tres tramas principales de la serie.

La narración se vertebra alrededor del personaje de Mateo Núñez, mientras que las historias de Luis de Zúñiga y Teresa Pinelo sirven de apoyo y se cruzan constantemente con la del protagonista, que soporta el peso de la investigación por los asesinatos. A partir de ahí, numerosos personajes aparecerán y desaparecerán por una trama que se va complicando paulatinamente, pero que siempre confía en la capacidad del espectador de seguir sus pasos por la Sevilla oscura, corrupta y enferma que presenta La peste.

Crear una serie es tomar decisiones ya desde la página en blanco. Como si fuera poco salir a flote en un océano de fichas de personajes, mapas de tramas y escaletas, falta la guinda del pastel: dialogar. Elegir cómo y por qué van a hablar tus personajes.

En una serie de época, lo primero es determinar el apego de los diálogos a la etapa histórica elegida. Suele ser nulo, ya que a nadie le interesa ver gente hablando en castellano antiguo. Como mucho, se utiliza el voseo para hacer un híbrido. En La peste, como en tantos otros casos, decidieron acercar el lenguaje a la actualidad. Y dado que la historia se desarrolla en Sevilla, los personajes, qué cosas, hablan como se hace en la capital de Andalucía.

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¿Significa eso que los sevillanos de finales del siglo XVI hablaban con el acento actual? No. ¿Significa entonces que es un error de los creadores de la serie? Menos aún. Todas las opciones son válidas. Lo que llama la atención son las quejas porque un puñado de andaluces aparezcan en televisión hablando en serio. Por supuesto, cuando se les relega a personaje inculto o alivio cómico nadie muestra sorpresa. En estos casos, las redes sociales deberían avisar, igual que hacen con los alimentos: «Este comentario puede contener trazas de clasismo».

Lo cierto es que la carrera de Alberto Rodríguez y Rafael Cobos se centra en contar historias con maestría para retratar su entorno sin caer en el tópico, lo que eleva su filmografía a patrimonio cultural andaluz. Y sus personajes hablan como lo hace su equipo y ellos mismos, que son la cabeza visible del reputado grupo de profesionales en el que Movistar confió para la apuesta más ambiciosa de esta nueva etapa de producción propia.

Tamaño desembolso solo podía llevar aparejada una espectacular campaña de promoción y, por ende, situarse en boca de todos. Así, según datos de la plataforma, el piloto fue visto por un 40% más de espectadores que el primer capítulo de la última temporada de Juego de tronos. Y los episodios superan el millón de reproducciones. Es imposible ser un éxito sin aglutinar gente que te odie, aunque sea por el motivo más espurio.

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En realidad, el acento andaluz en La peste ni siquiera es cerrado. Por no mencionar que los dos protagonistas, tanto el masculino como la femenina, hablan en perfecto castellano. La polémica, por absurda o interesada, es poco interesante. Otros espectadores, en cambio, señalan al tratamiento del sonido como causante de su falta de comprensión de la serie. Cierto es que la nitidez de la mezcla final no es la más alta, pero las líneas de diálogo difíciles de captar suponen un porcentaje ínfimo.

En la serie, claro está, llama la atención el presupuesto. Diez millones de euros para seis capítulos de cincuenta minutos suena a producción de otras latitudes. Y una cosa es innegable: el dinero se ve en pantalla. En el vestuario, en los edificios y en las calles. La localización es excelente, y los personajes pueden moverse por el espacio. Cuando el dinero escasea, se usan planos fijos para que no se descubra el cartón medio metro más allá. Pero aquí, los recursos económicos y el talento dan como resultado un trabajo verosímil. El espectador se cree la época que le cuentan. El suelo sucio de verdad. Los pasadizos. Las chabolas junto al río. La ambientación no tiene nada que envidiar a ninguna producción extranjera.

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Eso sí, detrás de los millones, de las polémicas y de la publicidad, tiene que haber una historia que mueva todo lo demás. A la dupla creativa conformada por Rodríguez y Cobos se unió Fran Araújo para dar forma a los guiones de este thriller. No obstante, en el arranque, el documentalista le gana la partida al guionista. La preocupación por presentar el universo de la serie y por mostrar los hallazgos históricos descubiertos buceando en los archivos hace que la trama criminal languidezca en los primeros episodios, especialmente si el espectador cree estar ante una miniserie de seis capítulos, con el ritmo que se le presupone. La cosa cambia tras conocer que Movistar ha anunciado una segunda temporada y que no estamos ante una historia cerrada.

En el inicio, la atención se la lleva todo lo que entra por el ojo. Por eso los personajes van de un lugar a otro y pasean por la ciudad, para que el espectador conozca dónde se desarrolla la historia. Además, el tono didáctico en diversos temas se mantendrá en forma de perlas (los nuevos alimentos, la mancebía, el añil, la fábrica) mientras se desarrollan las tres tramas principales de la serie.

La narración se vertebra alrededor del personaje de Mateo Núñez, mientras que las historias de Luis de Zúñiga y Teresa Pinelo sirven de apoyo y se cruzan constantemente con la del protagonista, que soporta el peso de la investigación por los asesinatos. A partir de ahí, numerosos personajes aparecerán y desaparecerán por una trama que se va complicando paulatinamente, pero que siempre confía en la capacidad del espectador de seguir sus pasos por la Sevilla oscura, corrupta y enferma que presenta La peste.

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Opiniones 2
  • Se ha demostrado el clasismo y los prejuicios de algunos castellanoparlantes, al considerar que las hablas andaluzas son propias de clases bajas, válidas sólo para el chiste y el tópico.

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