26 de enero 2018    /   CINE/TV
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‘La peste’: Sevilla tiene un color marrón de la miseria

26 de enero 2018    /   CINE/TV     por          
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La peste. Sevilla tiene un color especial: el marrón de la miseria, barro y ropa sucia, y a noches de candil y desilusión. Luz que se cuela en las mansiones cargadas de objetos dorados y azulejos brillantes.

No huele a azahar. Huele a muerte, a semanas sin lavado de bajos y a sexo callejero con niñas de catorce. Huérfanas sin virginidad. Como marcan las ordenanzas municipales.

Sevilla no tiene duende. Tiene mangantes. Desarrapados. Con cuello almidonado. Muertos de hambre. Gobernantes corruptos. Inquisidores.

Los hombres malos son malos. Los buenos son… depende de la necesidad que tengan de dinero o poder.

La serie de Rafael Cobos (guion) y Alberto Rodríguez (dirección) no tiene reparos en mostrar a los protagonistas como hijos de su tiempo.

Mateo (Pablo Molinero), el investigador criminal humanista y culto no duda en aplicar castigos corporales. Valerio (Sergio Castellanos), el muchacho de la calle que lo acompaña cual Watson, golpea a menores como él como venganza. Televisión para adultos.

Luis de Zuñiga (Paco León) es un villano inteligente e ilustrado que comenzando en las calles llega a lo más alto sin apellidos de renombre. El sentimiento de inferioridad lo acompañará en todo momento. Se gana al público con su fragilidad y su sentido de la lealtad con los amigos.

Las mujeres son mercancía o mulas de carga o prostitutas como Eugenia (Cecilia Gómez). Con suerte son monjas y comen todos los días o se casan con hombres de buena posición. No ocupan puestos de responsabilidad porque las leyes de los hombres lo impiden.

«Las mujeres son seres mentalmente débiles», dice uno de los miembros del consistorio sevillano. «Sus emociones nublan su escaso entendimiento» (1×05).

Teresa Pinelo (Patricia López-Arnaiz) escapa a la idea de mujer del XVI. Firma cuadros con el nombre de su padre (esto no puede evitarlo) y dirige una fábrica de manufacturas de la que es dueña por herencia.

La historia se cuece a fuego lento. Rafael Cobos y Alberto Rodríguez quieren que la miseria provoque malestar en el público. Y lo consiguen.

Apenas hay escenas de las estancias señoriales y estas transcurren la mayoría durante la noche. Por el contrario el guion se detiene en la miseria y la enfermedad, y la cámara repara en los detalles.

Los trabajos de los protagonistas llevan al público a conocer los distintos estratos de la sociedad durante el siglo XVI. La pintora busca modelos entre las prostitutas. Mateo busca a un criminal interrogando a mendigos, prostitutas, comerciantes, artistas que malviven y médicos de la peste. De manera consciente o inconsciente está la intención de emular las adaptaciones a la pequeña y la gran pantalla de las obras de Victor Hugo (Los miserables) y Dickens (Oliver Twist).

En La peste la investigación criminal sirve de excusa para el retrato de la sociedad al igual que el crimen en La zona retrata a la sociedad del siglo XXI. Siendo ambas producciones de Movistar quizá podríamos decir —a falta de futuras producciones— que es marca de la casa.

El humor está ausente —Cobos y Rodríguez quieren evitar la salida del tono— aunque no falta la ternura. Ayuda a no sentir náuseas. Una muestra: el viejo jefe de los pequeños mendigos y rateros huérfanos (Monipodio de baja estofa) mira con ternura a un nuevo pupilo y le entrega un trozo de pan. A los creadores de la serie les gusta mostrar la humanidad de los desamparados aunque sean criminales. Por el contrario muestran solo una faceta de los personajes de autoridad porque no son los protagonistas.

Los desnudos femeninos no están asociados al placer sino al desasosiego. Los funcionarios municipales inspeccionan los cuerpos de las prostitutas. Los hombres yacen con ellas sobre jergones de paja cuando no en el suelo de piedra de casas baratas o los recovecos más sucios de Sevilla.

La conclusión es agridulce. Se resuelven unas tramas y otras no hay maneras de resolverlas. Como la vida misma. Tienen que ver con realidades históricas que aún padecemos. Entre la sociedad de La peste y nuestro tiempo media tiempo, asepsia y tecnología, pero ciertos males parecen perpetuarse.

La Historia es la que es.

La sensación cuando acaba la serie es cómo pudo la raza humana sobrevivir a la enfermedad y a la explotación de unos por otros.

«No hace falta morir para ir al infierno. Ahí lo tienes», dice Mateo a Valerio (1×04) ante una sucesión de moribundos. Realmente se dirige a nosotros que vemos la serie en el sofá.

La peste. Sevilla tiene un color especial: el marrón de la miseria, barro y ropa sucia, y a noches de candil y desilusión. Luz que se cuela en las mansiones cargadas de objetos dorados y azulejos brillantes.

No huele a azahar. Huele a muerte, a semanas sin lavado de bajos y a sexo callejero con niñas de catorce. Huérfanas sin virginidad. Como marcan las ordenanzas municipales.

Sevilla no tiene duende. Tiene mangantes. Desarrapados. Con cuello almidonado. Muertos de hambre. Gobernantes corruptos. Inquisidores.

Los hombres malos son malos. Los buenos son… depende de la necesidad que tengan de dinero o poder.

La serie de Rafael Cobos (guion) y Alberto Rodríguez (dirección) no tiene reparos en mostrar a los protagonistas como hijos de su tiempo.

Mateo (Pablo Molinero), el investigador criminal humanista y culto no duda en aplicar castigos corporales. Valerio (Sergio Castellanos), el muchacho de la calle que lo acompaña cual Watson, golpea a menores como él como venganza. Televisión para adultos.

Luis de Zuñiga (Paco León) es un villano inteligente e ilustrado que comenzando en las calles llega a lo más alto sin apellidos de renombre. El sentimiento de inferioridad lo acompañará en todo momento. Se gana al público con su fragilidad y su sentido de la lealtad con los amigos.

Las mujeres son mercancía o mulas de carga o prostitutas como Eugenia (Cecilia Gómez). Con suerte son monjas y comen todos los días o se casan con hombres de buena posición. No ocupan puestos de responsabilidad porque las leyes de los hombres lo impiden.

«Las mujeres son seres mentalmente débiles», dice uno de los miembros del consistorio sevillano. «Sus emociones nublan su escaso entendimiento» (1×05).

Teresa Pinelo (Patricia López-Arnaiz) escapa a la idea de mujer del XVI. Firma cuadros con el nombre de su padre (esto no puede evitarlo) y dirige una fábrica de manufacturas de la que es dueña por herencia.

La historia se cuece a fuego lento. Rafael Cobos y Alberto Rodríguez quieren que la miseria provoque malestar en el público. Y lo consiguen.

Apenas hay escenas de las estancias señoriales y estas transcurren la mayoría durante la noche. Por el contrario el guion se detiene en la miseria y la enfermedad, y la cámara repara en los detalles.

Los trabajos de los protagonistas llevan al público a conocer los distintos estratos de la sociedad durante el siglo XVI. La pintora busca modelos entre las prostitutas. Mateo busca a un criminal interrogando a mendigos, prostitutas, comerciantes, artistas que malviven y médicos de la peste. De manera consciente o inconsciente está la intención de emular las adaptaciones a la pequeña y la gran pantalla de las obras de Victor Hugo (Los miserables) y Dickens (Oliver Twist).

En La peste la investigación criminal sirve de excusa para el retrato de la sociedad al igual que el crimen en La zona retrata a la sociedad del siglo XXI. Siendo ambas producciones de Movistar quizá podríamos decir —a falta de futuras producciones— que es marca de la casa.

El humor está ausente —Cobos y Rodríguez quieren evitar la salida del tono— aunque no falta la ternura. Ayuda a no sentir náuseas. Una muestra: el viejo jefe de los pequeños mendigos y rateros huérfanos (Monipodio de baja estofa) mira con ternura a un nuevo pupilo y le entrega un trozo de pan. A los creadores de la serie les gusta mostrar la humanidad de los desamparados aunque sean criminales. Por el contrario muestran solo una faceta de los personajes de autoridad porque no son los protagonistas.

Los desnudos femeninos no están asociados al placer sino al desasosiego. Los funcionarios municipales inspeccionan los cuerpos de las prostitutas. Los hombres yacen con ellas sobre jergones de paja cuando no en el suelo de piedra de casas baratas o los recovecos más sucios de Sevilla.

La conclusión es agridulce. Se resuelven unas tramas y otras no hay maneras de resolverlas. Como la vida misma. Tienen que ver con realidades históricas que aún padecemos. Entre la sociedad de La peste y nuestro tiempo media tiempo, asepsia y tecnología, pero ciertos males parecen perpetuarse.

La Historia es la que es.

La sensación cuando acaba la serie es cómo pudo la raza humana sobrevivir a la enfermedad y a la explotación de unos por otros.

«No hace falta morir para ir al infierno. Ahí lo tienes», dice Mateo a Valerio (1×04) ante una sucesión de moribundos. Realmente se dirige a nosotros que vemos la serie en el sofá.

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Opiniones 2
  • El protagonista, Mateo, es interpretado por PABLO Molinero, no Carlos 🙂 Ha sido todo un descubrimiento, un talento que roba cada plano… Para mí, el casting es la joya de esta producción, seguido de la ambientación.

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