16 de noviembre 2011    /   BUSINESS
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La primera camarera del Hard Rock Cafe

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El Hard Rock Café poco tiene que ver hoy con lo que era a principios de los años 70, cuando dos emprendedores estadounidenses, Isaac Tigrett (22 años) y Peter Morton (23 años), decidieron que Londres necesitaba un restaurante desenfadado en los alrededores de Hyde Park, la zona más pija de Londres. «Los primeros años eran alucinantes. Venían a cenar los Rolling Stones, The Who, Eric Clapton, Paul McCartney o Freddie Mercury. La gente iba vestida de forma extravagante, se bebía alcohol directamente de la botella y se fumaban porros abiertamente», cuenta Rita Gilligan, una de las primeras camareras del establecimiento, que trabajó allí durante más de 25 años.

El restaurante fue un revulsivo en la encorsetada sociedad británica. Hasta entonces, la restauración era una actividad reservada principalmente a los ricos que acudían a cenar en esmoquin. En el Hard Rock, en cambio, se encontraban música, hamburguesas y música en vivo, sin necesidad de vestir de manera formal.

Pasan 40 años y las cosas mutan. Hoy en día es más probable encontrar a un turista estadounidense con unos kilos de más que una leyenda del rock en su interior. Las guitarras y discos de platino que cuelgan de la pared son lo poco que queda para dar fe de que este espacio fue, durante un tiempo, un lugar de encuentro para los músicos de la época.

El espíritu de esos años se ha metido en una lata y se ha intentando reproducir en los más de 150 establecimientos que tiene la cadena en todo el mundo. La presencia de los Hard Rock es tan ubicua que podrías viajar a ciudades como Buenos Aires, Phoenix, Beijing, Jakarta, Honolulu, Punta Cana o Florencia y acabar el día cenando en uno de sus establecimientos.

La búsqueda de la autenticidad perdida lleva a las compañías a excavar en el pasado y la nostalgia. Aquí es donde la figura de Rita Gilligan entra en escena. En 1996, después de más de 25 años de fiel servicio a la empresa como camarera en Londres, Gilligan fue ascendida.

Con los fundadores prácticamente desvinculados de la firma, ella era el poco contacto que quedaba con los comienzos gloriosos del Hard Rock Café. El entonces CEO, Jim Berk, le ofreció ser embajadora de la marca. Actualmente, a sus 70 años, sigue ejerciendo este puesto honorario que la llevó ayer a Madrid.

«Soy la agregada cultural», dice orgullosa mientras extiende la mano para darme su tarjeta. No miente. Su tarjeta de visita dice: ‘Rita Gilligan, Cultural Attache/MBE’ (las siglas MBE son un galardón que otorga la reina, un escalón por debajo de ‘Sir’). Detrás de ella cuelga de la pared un cartel anunciando un concierto de Melendi en la sala, un ejemplo quizá de cómo han cambiado las cosas.

Gilligan es da las pocas personas que pueden presumir de ganarse la vida por contar batallitas. En ese sentido es un torbellino cuando relata historias. «Todo empezó cuando mi marido, en 1970, encontró un anuncio en la prensa diciendo que buscaban camareras. Yo llevaba años trabajando en la hostelería por la zona centro de Londres y me fui en busca de ese trabajo. Cuando llegue al lugar, que pronto sería el Hard Rock Café, me encontré a un hombre joven y melenudo a quién pedí direcciones. El me respondió que era el dueño del sitio. Era Peter Morton».

«Durante la entrevista ya supe que esto era un local distinto de lo habitual. Fue muy informal y, mientras hablaba con Morton, él fumaba un porro enorme. En realidad buscaba personal más mayor para dar el aspecto de un ‘diner’ de los años 50. Mentí sobre mi edad y le dije que tenía 32 años. Aunque tuvo dudas sobre si era muy joven, conseguí el trabajo».

Sobre los fundadores de la compañía, Gilligan dice que eran como la noche y el día. «Morton era el hombre de negocios ambicioso y más preocupado por la pela. Isaac era un hippie. Traía a gente realmente rara al restaurante y no le importaba si eras rico o pobre. En ese sentido, el restaurante era muy distinto de la época porque no era clasista, como el resto de lugares en Londres. Había gente de todas las clases sociales que venían a comer o tomar algo», explica.

Además de conceder entrevistas para hablar sobre la compañía, Gilligan se involucra en las aperturas de los restaurantes. «Voy a cada país y ayudo a entrenar al personal. Les cuento cosas sobre la historia de los Hard Rock. Soy la conexión con el pasado».

Tampoco es de la opinión de que el Hard Rock Café haya perdido su alma. «Invertimos mucho en nuestros trabajadores. Ellos son todo lo que tenemos. Son lo más importante en la compañía. Donamos entre 3 y 4 millones de dólares al año a obras de caridad».

Gilligan dice además no ser muy aficcionada al estilo americano de restauración. «No me gusta que te estén vendiendo de todo cuando entras por la puerta. Siempre traté al cliente igual si se tomaba un café o una botella de champán. Tuve claro que había que cuidar a los locales también. Cuando llegaba el invierno y los turistas se iban, eran los que volvían».

El entusiasmo de esta camarera convertida en embajadora es loable. Repite las mismas frases que probablemente ha pronunciado centenares de veces a periodistas en todo el mundo sin dar signos de estar aburrida. «Si es que tengo el mejor trabajo del mundo».

Dice estar orgullosa de haber participado en un concepto tan democratizador resumido en el lema de la compañía «Love all, serve all», un ejemplo de esa extraordinaria capacidad que tuvieron los baby boomers estadounidenses para convertir el hippismo y el liberalismo de los años 60 y 70, en un commodity.

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El restaurante fue un revulsivo en la encorsetada sociedad británica. Hasta entonces, la restauración era una actividad reservada principalmente a los ricos que acudían a cenar en esmoquin. En el Hard Rock, en cambio, se encontraban música, hamburguesas y música en vivo, sin necesidad de vestir de manera formal.

Pasan 40 años y las cosas mutan. Hoy en día es más probable encontrar a un turista estadounidense con unos kilos de más que una leyenda del rock en su interior. Las guitarras y discos de platino que cuelgan de la pared son lo poco que queda para dar fe de que este espacio fue, durante un tiempo, un lugar de encuentro para los músicos de la época.

El espíritu de esos años se ha metido en una lata y se ha intentando reproducir en los más de 150 establecimientos que tiene la cadena en todo el mundo. La presencia de los Hard Rock es tan ubicua que podrías viajar a ciudades como Buenos Aires, Phoenix, Beijing, Jakarta, Honolulu, Punta Cana o Florencia y acabar el día cenando en uno de sus establecimientos.

La búsqueda de la autenticidad perdida lleva a las compañías a excavar en el pasado y la nostalgia. Aquí es donde la figura de Rita Gilligan entra en escena. En 1996, después de más de 25 años de fiel servicio a la empresa como camarera en Londres, Gilligan fue ascendida.

Con los fundadores prácticamente desvinculados de la firma, ella era el poco contacto que quedaba con los comienzos gloriosos del Hard Rock Café. El entonces CEO, Jim Berk, le ofreció ser embajadora de la marca. Actualmente, a sus 70 años, sigue ejerciendo este puesto honorario que la llevó ayer a Madrid.

«Soy la agregada cultural», dice orgullosa mientras extiende la mano para darme su tarjeta. No miente. Su tarjeta de visita dice: ‘Rita Gilligan, Cultural Attache/MBE’ (las siglas MBE son un galardón que otorga la reina, un escalón por debajo de ‘Sir’). Detrás de ella cuelga de la pared un cartel anunciando un concierto de Melendi en la sala, un ejemplo quizá de cómo han cambiado las cosas.

Gilligan es da las pocas personas que pueden presumir de ganarse la vida por contar batallitas. En ese sentido es un torbellino cuando relata historias. «Todo empezó cuando mi marido, en 1970, encontró un anuncio en la prensa diciendo que buscaban camareras. Yo llevaba años trabajando en la hostelería por la zona centro de Londres y me fui en busca de ese trabajo. Cuando llegue al lugar, que pronto sería el Hard Rock Café, me encontré a un hombre joven y melenudo a quién pedí direcciones. El me respondió que era el dueño del sitio. Era Peter Morton».

«Durante la entrevista ya supe que esto era un local distinto de lo habitual. Fue muy informal y, mientras hablaba con Morton, él fumaba un porro enorme. En realidad buscaba personal más mayor para dar el aspecto de un ‘diner’ de los años 50. Mentí sobre mi edad y le dije que tenía 32 años. Aunque tuvo dudas sobre si era muy joven, conseguí el trabajo».

Sobre los fundadores de la compañía, Gilligan dice que eran como la noche y el día. «Morton era el hombre de negocios ambicioso y más preocupado por la pela. Isaac era un hippie. Traía a gente realmente rara al restaurante y no le importaba si eras rico o pobre. En ese sentido, el restaurante era muy distinto de la época porque no era clasista, como el resto de lugares en Londres. Había gente de todas las clases sociales que venían a comer o tomar algo», explica.

Además de conceder entrevistas para hablar sobre la compañía, Gilligan se involucra en las aperturas de los restaurantes. «Voy a cada país y ayudo a entrenar al personal. Les cuento cosas sobre la historia de los Hard Rock. Soy la conexión con el pasado».

Tampoco es de la opinión de que el Hard Rock Café haya perdido su alma. «Invertimos mucho en nuestros trabajadores. Ellos son todo lo que tenemos. Son lo más importante en la compañía. Donamos entre 3 y 4 millones de dólares al año a obras de caridad».

Gilligan dice además no ser muy aficcionada al estilo americano de restauración. «No me gusta que te estén vendiendo de todo cuando entras por la puerta. Siempre traté al cliente igual si se tomaba un café o una botella de champán. Tuve claro que había que cuidar a los locales también. Cuando llegaba el invierno y los turistas se iban, eran los que volvían».

El entusiasmo de esta camarera convertida en embajadora es loable. Repite las mismas frases que probablemente ha pronunciado centenares de veces a periodistas en todo el mundo sin dar signos de estar aburrida. «Si es que tengo el mejor trabajo del mundo».

Dice estar orgullosa de haber participado en un concepto tan democratizador resumido en el lema de la compañía «Love all, serve all», un ejemplo de esa extraordinaria capacidad que tuvieron los baby boomers estadounidenses para convertir el hippismo y el liberalismo de los años 60 y 70, en un commodity.

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