fbpx
27 de septiembre 2012    /   CIENCIA
por
 

La promiscuidad, una cuestión de pelotas

27 de septiembre 2012    /   CIENCIA     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

Cuando el golfo golfista Tiger Woods puso en evidencia a la que todavía era su mujer, la espectacular modelo Elin Nordegren, poniéndole los cuernos delante de medio mundo, el multimillonario deportista llevó a cabo un ejercicio público de redención: ingresó en una clínica para tratarse la adicción al sexo. No funcionó, claro, y el matrimonio acabó naufragando entre las procelosas aguas del condicionamiento genético.

Mejor le hubiera ido al bueno del Tigre acogerse a la ‘cláusula 13-14’ y echar la culpa al tamaño de sus atributos masculinos de su tendencia a perseguir faldas. Y no me refiero al hierro 5, sino a las pelotas que lo flanquean.

Según han averiguado los antropólogos, existe una relación directamente proporcional entre el tamaño relativo de los testículos de los primates y su promiscuidad. Los gorilas dominantes suelen disfrutar de un harén de 8 o 10 hembras. Para hacerse con semejante séquito, el gorila invierte en tamaño 200 kilos de músculo con los que espantar a cualquier otro macho amenazante. A cambio, sus testículos son ridículamente pequeños, apenas 35 gramos.

El gorila tiene garantizada la procreación, de modo que no necesita invertir en producir esperma. En el lado opuesto del espectro está el chimpancé, una especie promiscua por naturaleza. Con solo 45 kilos de peso, sus testículos pesan 115 gramos. Los parientes de la mona Chita —que, por cierto, era un macho— viven en un continuo frenesí sexual: todos se aparean con todas, de modo que la competencia por dispersar los genes de cada individuo se produce dentro de la hembra, no fuera, como en el caso del gorila.

En esta tesitura, unos testículos más grandes garantizan una mayor producción de semen y, por tanto, de crías.

¿Y el hombre? Está en medio de la escala. Ni conozco ni tengo intención de averiguar el tamaño de los testículos de Tiger Woods, pero pesarán en torno a los 42 gramos —gramo arriba o abajo—, lo que pesan en cualquier hombre (el 0,05% del peso total). Esto significa que el macho humano se mueve entre dos tierras: busca relaciones estables pero tiene una querencia por las aventuras extramatrimoniales. Sucede que las estrategias reproductivas de hombres y mujeres son muy diferentes, lo que explicaría buena parte del ancestral desencuentro entre los sexos.

Los hombres producimos millones de espermatozoides, cada uno de los cuales busca potencialmente un óvulo que fecundar. Las mujeres solo producen un óvulo al mes y su período de gestación es de nueve meses (a los que hay que sumar varios años más de crianza). Su mejor apuesta para sacar adelante a la prole es apostar por un solo macho, a ser posible con recursos, como por ejemplo… ¡Tiger Woods!

Pero nadie dijo que tener un buen par fuera gratis. Un estudio realizado por la Universidad de Syracuse concluyó que en las especies de murciélagos, en las que las hembras son promiscuas, los machos con los testículos más grandes tienen los cerebros más pequeños. En otras palabras, en su estrategia reproductiva, los machos cambiaron inteligencia por potencia sexual.

¿Cuánta inteligencia se ha dejado el hombre en el camino para aumentar su éxito con las mujeres? La respuesta a esta pregunta la puede encontrar el lector hojeando cualquier revista del corazón… u observando a su círculo de amigos.

Ilustración: Juan Díaz Faes

Cuando el golfo golfista Tiger Woods puso en evidencia a la que todavía era su mujer, la espectacular modelo Elin Nordegren, poniéndole los cuernos delante de medio mundo, el multimillonario deportista llevó a cabo un ejercicio público de redención: ingresó en una clínica para tratarse la adicción al sexo. No funcionó, claro, y el matrimonio acabó naufragando entre las procelosas aguas del condicionamiento genético.

Mejor le hubiera ido al bueno del Tigre acogerse a la ‘cláusula 13-14’ y echar la culpa al tamaño de sus atributos masculinos de su tendencia a perseguir faldas. Y no me refiero al hierro 5, sino a las pelotas que lo flanquean.

Según han averiguado los antropólogos, existe una relación directamente proporcional entre el tamaño relativo de los testículos de los primates y su promiscuidad. Los gorilas dominantes suelen disfrutar de un harén de 8 o 10 hembras. Para hacerse con semejante séquito, el gorila invierte en tamaño 200 kilos de músculo con los que espantar a cualquier otro macho amenazante. A cambio, sus testículos son ridículamente pequeños, apenas 35 gramos.

El gorila tiene garantizada la procreación, de modo que no necesita invertir en producir esperma. En el lado opuesto del espectro está el chimpancé, una especie promiscua por naturaleza. Con solo 45 kilos de peso, sus testículos pesan 115 gramos. Los parientes de la mona Chita —que, por cierto, era un macho— viven en un continuo frenesí sexual: todos se aparean con todas, de modo que la competencia por dispersar los genes de cada individuo se produce dentro de la hembra, no fuera, como en el caso del gorila.

En esta tesitura, unos testículos más grandes garantizan una mayor producción de semen y, por tanto, de crías.

¿Y el hombre? Está en medio de la escala. Ni conozco ni tengo intención de averiguar el tamaño de los testículos de Tiger Woods, pero pesarán en torno a los 42 gramos —gramo arriba o abajo—, lo que pesan en cualquier hombre (el 0,05% del peso total). Esto significa que el macho humano se mueve entre dos tierras: busca relaciones estables pero tiene una querencia por las aventuras extramatrimoniales. Sucede que las estrategias reproductivas de hombres y mujeres son muy diferentes, lo que explicaría buena parte del ancestral desencuentro entre los sexos.

Los hombres producimos millones de espermatozoides, cada uno de los cuales busca potencialmente un óvulo que fecundar. Las mujeres solo producen un óvulo al mes y su período de gestación es de nueve meses (a los que hay que sumar varios años más de crianza). Su mejor apuesta para sacar adelante a la prole es apostar por un solo macho, a ser posible con recursos, como por ejemplo… ¡Tiger Woods!

Pero nadie dijo que tener un buen par fuera gratis. Un estudio realizado por la Universidad de Syracuse concluyó que en las especies de murciélagos, en las que las hembras son promiscuas, los machos con los testículos más grandes tienen los cerebros más pequeños. En otras palabras, en su estrategia reproductiva, los machos cambiaron inteligencia por potencia sexual.

¿Cuánta inteligencia se ha dejado el hombre en el camino para aumentar su éxito con las mujeres? La respuesta a esta pregunta la puede encontrar el lector hojeando cualquier revista del corazón… u observando a su círculo de amigos.

Ilustración: Juan Díaz Faes

Compártelo twitter facebook whatsapp
Este matemático es el culpable de que uses mp3 o jpg
Boeing patenta un sistema para minimizar las turbulencias
Un cómic contra la maldición de Casandra que pesa sobre los científicos
Una desconocida científica china, tan genial como Da Vinci
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp
Opiniones 6
  • ¡qué antiguo todo por favor!! te recomiendo leer «El principio era el sexo» y actualizar todos esos mitos de que el hombre no es monógamo y la mujer sí. A nosotras nos gusta la calidad, la cantidad y la variedad tanto como a los hombres.

    • Tienes razón. En este artículo se encuentran más mitos que en los libros de Cthulhu (cada vez que escribo este nombre me da hambre, me recuerda al Chucrut) pero está bien escrito que te cagas. ¡Vaya crack!

      ¿Estar bien escrito es suficiente? No se.

    • Efectivamente, May, a la mujer le gusta la cantidad y la variedad, LE GUSTA, pero el varón LA NECESITA por naturaleza. Esa es la diferencia. Una mujer puede no tener sexo si no quiere. Un hombre, sencillamente NO PUEDE NO QUERER TENER SEXO. Esto puede llevar a chistes o a pensamientos disparatados tradicionales como «siempre pensáis en lo mismo, etc». Nada más lejos de la realidad, cada uno, hombres y mujeres tienen su propio ser interior, sus inquietudes, personalidad, etc, pero guste o no, para la mujer el sexo es mucho más una o opción que una necesidad y para el hombre básicamente es necesidad. Y nunca olvides que gracias a la promiscuidad masculina, tan natural como el viento, estamos todos aquí. Si los varones ninguno hubiese sido promiscuo la humanidad llevaría extinta miles de años. No debe parerecerte casualidad que en todas las especies, salvo algunas muy extrañas, cada macho tenga un grupo de hembras para cubrirlas sexualmente y protegerlas, respetándose cada uno las suyas. Significativo es que el varón tenga cientos de miles de millones de espermatozoides cada uno preparado para fecundar un óvulo y que la hembra tenga un óvulo, un huevecito que debe cuidar para seleccionar mediante una opción que ella le dé al macho que mejor perciba… más claro lo quieres? Nada de eso quita que un hombre pueda POR DECISIÓN PROPIA vivir en monogamia, y una mujer, claro. Pero quien lo haga debe tener presente siempre que estará constantemente luchando contra su propia biología, sobre todo en el caso de los varones. Finalmente, lo de los murciélagos es media gilipollez. Nada tiene que ver los testículos con el cerebro ni el tamaño de uno u otro. El cerebro del hombre es mayor que el de la mujer y tiene más neuronas, hay hombres con testículos grandes y otros pequeños, igual que narices, orejas, senos en la mujer, etc. Y por nada de eso se es mejor ni peor ni más o menos inteligente, ni otras muchas cosas. Esto sí es razonar y sí que es moderno. Hay que saber lo que se lee, lo escriba quien lo escriba porque muchas veces las tonterías también se escriben. Hasta los científicos pueden hacerlo. Saluditos.

  • Te imagino tomándote cañas con tus amigos machos ¨dominantes» calculando el peso de vuestros testículos mientras las chicas de alrededor no os hacen caso.

    Despierta.

  • Uf, Sabina, ¿ataque ad hominem? Debí haber firmado el texto como Marta Turmix.
    Mucho más constructivas las aportaciones de May y Miyoto. Prometo leerme el libro y actualizar estas teorías, que no son mías, pobre corresponsal, sino de reputados antropólogos.
    Voy a tomarme unas cañas con mis amigotes de lomo blanco.

  • Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *