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22 de octubre 2015    /   IDEAS
por
ilustracion  Supermeip ('Words of Hope')

Habla solo para ordenar tus pensamientos

22 de octubre 2015    /   IDEAS     por        ilustracion  Supermeip ('Words of Hope')
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Salgo de casa, echo la llave, empujo la puerta. Estoy inquieto. Robos y mis despistes.
«La puerta está cerrada», susurro para que ningún vecino me tome por loco. Si la frase aparece en mi cabeza pero no sale de mis labios, no me quedo tranquilo. Entonces me marcho confiado.
«La puerta está cerrada» es una frase que considero mágica. Quizás algunos piensen que mi acto es una tontería o una chifladura. Contra este pensamiento me protejo en voz baja:
«Einstein pensaba en voz baja y Bohr pensaba en voz alta».
El caso es que sacaban las palabras afuera. Einstein hablaba solo y Bohr planteaba cuestiones en público, como un Sócrates moderno, para avanzar en sus investigaciones.
«¿Hablas solo como los locos?», una frase que oí cientos de veces, dejó de tener efecto en cuanto supe que Einstein lo hacía para aclarar sus pensamientos. Los míos son más modestos, pero con igual intención: dar forma a un pensamiento vago. La llave girando y el clac-clac-clac son insuficientes.
En este punto me planteo reescribir el comienzo y continuar y acabar el texto siguiendo mis palabras tal y como salgan de mis labios. (Debo tener cuidado para colocar las comas y los puntos donde corresponde. Escribir de oído tiene una ventaja: uno descubre si la frase «suena bien». Si está libre de aditivos. El problema está en confiar al oído la gramática; pueden originar «comas criminales» por enfatizar el sujeto de la oración).
Repaso las ocasiones en las que me hablo y en las que otras personas se hablan a sí mismas o hablan a los objetos. Hablo al portátil («por favor, ahora no»); al ascensor («no te pares») y al coche («tú puedes»). En estos casos, las palabras no surten efecto, pero me tranquilizan. Sí hay momentos —como el de la puerta y llave— en los que hablarse a uno mismo da resultados. Por ejemplo, en el supermercado veo una oferta de café molido natural:

Una unidad 1.49 €
Si te llevas dos, la segunda 0.75 €

El móvil sin batería. A falta de calculadora sumo imaginando una pizarra negra en la cabeza, pero me ayudo de los dedos —como las viejas— y de las palabras:
«Ocho más cuatro… —dedo-dedo-dedo-dedo—, doce. Me llevo uno y…»
Necesito las palabras para confirmar los resultados. Más tarde, en la cocina, preparo una receta de pasta de un viejo libro de cocina. Leo:
«A continuación echar un chorreón de coñac y una pizca de nuez moscada. Probar y rectificar la sal».
Y repito:
«Un chorreón de coñac; bueno, Martini blanco… Hum, nuez moscada y… está soso».
Más tarde, busco las llaves para bajar la basura:
«¿Dónde están las llaves?». Pregunta retórica, pero mi mujer no puede evitarlo:
«Matarile».
Las llaves están debajo de uno de los tres gatos. Pregunto a mi mujer en qué ocasiones habla para sí misma. Las conocía. Buscaba confirmación. Los recuerdos necesitan palabras para anclarse en la memoria. Tranquiliza saber que otras personas «normales» como yo hablan consigo mismas para ordenar sus pensamientos, calmarse o encontrar objetos perdidos. Uno se considera el brujo que manipula la realidad con la palabra (de lo vago a arial 12) y también un notario («la puerta está cerrada»).
En otras ocasiones dependemos de las palabras ajenas:
«¡Qué bueno! ¿Qué es?», pregunta uno relamiéndose los labios.
«¿Y si te digo que tiene…?» dice el que ha hecho el plato. Si el ingrediente está en la lista de «cosas asquerosas» del que come, este sentirá fatiga.
«¿Qué pasó anoche?», dice uno resacoso, recién levantado. Un sujetador y unas bragas en el pasillo no son más que un sujetador y unas bragas hasta que se forma una historia alrededor. Sea cual sea la respuesta («no pasó lo que imaginas» o «fue fantástico») se permite a otra persona el control de la situación, incluso que invente los recuerdos.
Incluso alertas desconfiamos de nuestros sentidos:
«¿Has visto eso?», pregunta alguien.
«Sí», responde otro.
Puede que el «sí» sea una mentira, pero quien lo escucha se tranquiliza. Necesitamos las palabras, aunque sean mentira: para agarrarnos a ellas como si tuvieran asideros.

«Quiero que me diga por qué me dejó», se queja quien sufre tras una ruptura.
«¿Qué te importa lo que pueda decir? Son un montón de palabras; incluso pueden ser falsas», dije a una amiga en esta situación.
No somos muy distintos del campesino sin instrucción de algunas culturas primitivas que recibe una maldición del brujo:
«Morirás dentro de tres días cuando salga la luna».
Y el campesino muere tres días más tarde cuando ve la luna. Muere por dar crédito a las palabras.
«No voy al médico porque me encuentran de todo», dicen algunos. Como si las palabras, más que certificar problemas, fueran la fuente. Las palabras pueden agobiarnos. Por eso odiamos las notificaciones de móvil. Los pitidos anuncian «¿me haces un favor?», «¿puedes tener para hoy…?» o «el sábado he pensado en ir a veros». Palabras pixeladas a las que ponemos —en nuestra memoria— la voz de sus autores en un ejercicio de masoquismo.
John Wayne dijo en una película: «Los palos y las piedras me duelen, pero no las palabras». Sin embargo, el John Wayne de calle temía a las palabras. Marion Morrison era su verdadero nombre. Se lo cambió porque un tipo duro no puede llamarse como una señorita de Boston.
«Cinco minutos», digo a mi mujer apartando la cabeza del portátil. Quizá sean diez o quince. «Cinco minutos» no refleja un tiempo real. Es un salvoconducto que permite rematar este artículo.
 

Salgo de casa, echo la llave, empujo la puerta. Estoy inquieto. Robos y mis despistes.
«La puerta está cerrada», susurro para que ningún vecino me tome por loco. Si la frase aparece en mi cabeza pero no sale de mis labios, no me quedo tranquilo. Entonces me marcho confiado.
«La puerta está cerrada» es una frase que considero mágica. Quizás algunos piensen que mi acto es una tontería o una chifladura. Contra este pensamiento me protejo en voz baja:
«Einstein pensaba en voz baja y Bohr pensaba en voz alta».
El caso es que sacaban las palabras afuera. Einstein hablaba solo y Bohr planteaba cuestiones en público, como un Sócrates moderno, para avanzar en sus investigaciones.
«¿Hablas solo como los locos?», una frase que oí cientos de veces, dejó de tener efecto en cuanto supe que Einstein lo hacía para aclarar sus pensamientos. Los míos son más modestos, pero con igual intención: dar forma a un pensamiento vago. La llave girando y el clac-clac-clac son insuficientes.
En este punto me planteo reescribir el comienzo y continuar y acabar el texto siguiendo mis palabras tal y como salgan de mis labios. (Debo tener cuidado para colocar las comas y los puntos donde corresponde. Escribir de oído tiene una ventaja: uno descubre si la frase «suena bien». Si está libre de aditivos. El problema está en confiar al oído la gramática; pueden originar «comas criminales» por enfatizar el sujeto de la oración).
Repaso las ocasiones en las que me hablo y en las que otras personas se hablan a sí mismas o hablan a los objetos. Hablo al portátil («por favor, ahora no»); al ascensor («no te pares») y al coche («tú puedes»). En estos casos, las palabras no surten efecto, pero me tranquilizan. Sí hay momentos —como el de la puerta y llave— en los que hablarse a uno mismo da resultados. Por ejemplo, en el supermercado veo una oferta de café molido natural:

Una unidad 1.49 €
Si te llevas dos, la segunda 0.75 €

El móvil sin batería. A falta de calculadora sumo imaginando una pizarra negra en la cabeza, pero me ayudo de los dedos —como las viejas— y de las palabras:
«Ocho más cuatro… —dedo-dedo-dedo-dedo—, doce. Me llevo uno y…»
Necesito las palabras para confirmar los resultados. Más tarde, en la cocina, preparo una receta de pasta de un viejo libro de cocina. Leo:
«A continuación echar un chorreón de coñac y una pizca de nuez moscada. Probar y rectificar la sal».
Y repito:
«Un chorreón de coñac; bueno, Martini blanco… Hum, nuez moscada y… está soso».
Más tarde, busco las llaves para bajar la basura:
«¿Dónde están las llaves?». Pregunta retórica, pero mi mujer no puede evitarlo:
«Matarile».
Las llaves están debajo de uno de los tres gatos. Pregunto a mi mujer en qué ocasiones habla para sí misma. Las conocía. Buscaba confirmación. Los recuerdos necesitan palabras para anclarse en la memoria. Tranquiliza saber que otras personas «normales» como yo hablan consigo mismas para ordenar sus pensamientos, calmarse o encontrar objetos perdidos. Uno se considera el brujo que manipula la realidad con la palabra (de lo vago a arial 12) y también un notario («la puerta está cerrada»).
En otras ocasiones dependemos de las palabras ajenas:
«¡Qué bueno! ¿Qué es?», pregunta uno relamiéndose los labios.
«¿Y si te digo que tiene…?» dice el que ha hecho el plato. Si el ingrediente está en la lista de «cosas asquerosas» del que come, este sentirá fatiga.
«¿Qué pasó anoche?», dice uno resacoso, recién levantado. Un sujetador y unas bragas en el pasillo no son más que un sujetador y unas bragas hasta que se forma una historia alrededor. Sea cual sea la respuesta («no pasó lo que imaginas» o «fue fantástico») se permite a otra persona el control de la situación, incluso que invente los recuerdos.
Incluso alertas desconfiamos de nuestros sentidos:
«¿Has visto eso?», pregunta alguien.
«Sí», responde otro.
Puede que el «sí» sea una mentira, pero quien lo escucha se tranquiliza. Necesitamos las palabras, aunque sean mentira: para agarrarnos a ellas como si tuvieran asideros.

«Quiero que me diga por qué me dejó», se queja quien sufre tras una ruptura.
«¿Qué te importa lo que pueda decir? Son un montón de palabras; incluso pueden ser falsas», dije a una amiga en esta situación.
No somos muy distintos del campesino sin instrucción de algunas culturas primitivas que recibe una maldición del brujo:
«Morirás dentro de tres días cuando salga la luna».
Y el campesino muere tres días más tarde cuando ve la luna. Muere por dar crédito a las palabras.
«No voy al médico porque me encuentran de todo», dicen algunos. Como si las palabras, más que certificar problemas, fueran la fuente. Las palabras pueden agobiarnos. Por eso odiamos las notificaciones de móvil. Los pitidos anuncian «¿me haces un favor?», «¿puedes tener para hoy…?» o «el sábado he pensado en ir a veros». Palabras pixeladas a las que ponemos —en nuestra memoria— la voz de sus autores en un ejercicio de masoquismo.
John Wayne dijo en una película: «Los palos y las piedras me duelen, pero no las palabras». Sin embargo, el John Wayne de calle temía a las palabras. Marion Morrison era su verdadero nombre. Se lo cambió porque un tipo duro no puede llamarse como una señorita de Boston.
«Cinco minutos», digo a mi mujer apartando la cabeza del portátil. Quizá sean diez o quince. «Cinco minutos» no refleja un tiempo real. Es un salvoconducto que permite rematar este artículo.
 

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