10 de septiembre 2013    /   CREATIVIDAD
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La reina del albur

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Es imposible entender México sin entender el albur. Y viceversa. Escribir sobre él es complicado y comprenderlo, más. El solo hecho de describirlo implica un reto: es un juego, una guerra, una cosa entre amigos pero también entre enemigos. El albur es la máxima expresión del doble sentido y, para quien es experto, todo puede ser un albur. Para quien no lo es, muchas veces no tiene lógica alguna.

El albur nació en los barrios populares y es ahí donde se ha refinado. Y como no existe un barrio más popular en la capital de México que Tepito —que además es uno de los más peligrosos de todo el DF—, no es de sorprender que ahí viva su campeón. O campeona, para ser exactos. Que una mujer sea la reina de este juego/deporte/batalla ya es, en sí mismo, una paradoja. Pero muchas cosas en Lourdes Ruíz lo son.

El albur nació en los barrios populares y es ahí donde se ha refinado

Lourdes nació, creció y aún vive en Tepito. Vende ropa infantil en un local ambulante —como casi todos los que hay en el llamado Barrio Bravo— y es una mujer que impone respeto solo con la mirada. Es pequeña, delgada y siempre sonríe. Pero tiene la voz ronca, como una lija, y escuchar sus carcajadas puede llegar a dar más miedo que alegría.

Lourdes nació, creció y aún vive en Tepito. Vende ropa infantil en un local ambulante —como casi todos los que hay en el llamado Barrio Bravo— y es una mujer que impone respeto solo con la mirada. Es pequeña, delgada y siempre sonríe. Pero tiene la voz ronca, como una lija, y escuchar sus carcajadas puede llegar a dar más miedo que alegría.

El albur es, culturalmente, una cosa de hombres. Siempre está en juego el orgullo y la virilidad, así que para poder vencer hay que tener carácter. Ella dice que el albur es un ajedrez mental. Incluso afirma que si a los niños en México se les enseñara a alburear, el país sería una potencia mundial en ciencias exactas. Para hacerlo bien se necesita agilidad mental y jugar con las palabras. Pierde quien ya no tiene nada que contestar al oponente. Como muestra, le pido a Lourdes y al vendedor de un puesto contiguo que inicien la batalla.

—Yo no juego, vete a la verga —me dice el vendedor. Lourdes, entonces, inicia el juego.

—Mejor siéntate un rato —revira.

—En tu lomo.

—Pico y como.

—Del manojo.

—Del que tiene cara de ojo.

El vendedor se queda callado, con cara de desconcierto. Perdió.

Si no entendiste nada, no te preocupes: esa fue una pelea profesional y pocos la entenderían. Todo, en realidad, fueron términos sexuales. En esas frases cortas y casi incomprensibles —llenas de las innumerables formas de llamarle al pene, la vagina y el ano, y de verbos que insinúan sexo— los dos insinuaron que se estaban follando al otro. El objetivo es hacerlo sin obviedades. Como dice Lourdes, “el albur fino no tiene que ver con groserías, esas cualquiera las entiende. Es un lenguaje en código que no cualquiera comprende y para el cual se requiere de picardía, agilidad mental y mucha creatividad para someter al otro”.

“Es un lenguaje en código que no cualquiera comprende y para el cual se requiere de picardía, agilidad mental y mucha creatividad”

Lourdes ganó hace más de 15 años un concurso de albures en Tepito. A partir de ahí, nadie le ha arrebatado el trono. A ella, como a muchas mujeres, le dijeron de niña que alburear no era cosa de damas. Le prohibieron entender los significados ocultos de las palabras, poner en juego su reputación. Pero a ella, a quien le detectaron cáncer a los ocho años y sobrevivió, decirle que algo estaba prohibido era casi un reto. Así que aprendió y se convirtió en la mejor. Hoy no tiene cáncer y sí un campeonato.

En un país que aún es muy machista —95% de las trabajadoras reportan haber sido víctimas de acoso sexual y una de cada tres vive violencia doméstica—, el caso de Lourdes es representativo de cómo las cosas han ido cambiando. Ahora se puede escuchar a una mujer alburear a alguien por la calle, aunque aún no sea tan bien visto.

Hoy Lourdes imparte cursos de albur. Hay días en que llegan hasta 80 alumnos —entre doctores, catedráticos, universitarios y amas de casa— a un centro cultural de Tepito, patrocinado por el gobierno municipal. El curso se trata, dice Lourdes, de ampliar mentes, de promover la agilidad mental que requiere una batalla verbal de este tipo: “Recuerda que en el albur la única regla es no decir groserías. Cualquiera puede hablar de tu mamá, decirte ‘pendejo’ o ‘estúpido’, pero para alburear de forma fina hay que echar a funcionar el cerebro”.

Lo dicho: México es sus albures y los albures son México. Siéntate a leer y entenderás.

Mael Vallejo es periodista de la Ciudad de México. Su twitter es @maelvallejo.

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Es imposible entender México sin entender el albur. Y viceversa. Escribir sobre él es complicado y comprenderlo, más. El solo hecho de describirlo implica un reto: es un juego, una guerra, una cosa entre amigos pero también entre enemigos. El albur es la máxima expresión del doble sentido y, para quien es experto, todo puede ser un albur. Para quien no lo es, muchas veces no tiene lógica alguna.

El albur nació en los barrios populares y es ahí donde se ha refinado. Y como no existe un barrio más popular en la capital de México que Tepito —que además es uno de los más peligrosos de todo el DF—, no es de sorprender que ahí viva su campeón. O campeona, para ser exactos. Que una mujer sea la reina de este juego/deporte/batalla ya es, en sí mismo, una paradoja. Pero muchas cosas en Lourdes Ruíz lo son.

El albur nació en los barrios populares y es ahí donde se ha refinado

Lourdes nació, creció y aún vive en Tepito. Vende ropa infantil en un local ambulante —como casi todos los que hay en el llamado Barrio Bravo— y es una mujer que impone respeto solo con la mirada. Es pequeña, delgada y siempre sonríe. Pero tiene la voz ronca, como una lija, y escuchar sus carcajadas puede llegar a dar más miedo que alegría.

Lourdes nació, creció y aún vive en Tepito. Vende ropa infantil en un local ambulante —como casi todos los que hay en el llamado Barrio Bravo— y es una mujer que impone respeto solo con la mirada. Es pequeña, delgada y siempre sonríe. Pero tiene la voz ronca, como una lija, y escuchar sus carcajadas puede llegar a dar más miedo que alegría.

El albur es, culturalmente, una cosa de hombres. Siempre está en juego el orgullo y la virilidad, así que para poder vencer hay que tener carácter. Ella dice que el albur es un ajedrez mental. Incluso afirma que si a los niños en México se les enseñara a alburear, el país sería una potencia mundial en ciencias exactas. Para hacerlo bien se necesita agilidad mental y jugar con las palabras. Pierde quien ya no tiene nada que contestar al oponente. Como muestra, le pido a Lourdes y al vendedor de un puesto contiguo que inicien la batalla.

—Yo no juego, vete a la verga —me dice el vendedor. Lourdes, entonces, inicia el juego.

—Mejor siéntate un rato —revira.

—En tu lomo.

—Pico y como.

—Del manojo.

—Del que tiene cara de ojo.

El vendedor se queda callado, con cara de desconcierto. Perdió.

Si no entendiste nada, no te preocupes: esa fue una pelea profesional y pocos la entenderían. Todo, en realidad, fueron términos sexuales. En esas frases cortas y casi incomprensibles —llenas de las innumerables formas de llamarle al pene, la vagina y el ano, y de verbos que insinúan sexo— los dos insinuaron que se estaban follando al otro. El objetivo es hacerlo sin obviedades. Como dice Lourdes, “el albur fino no tiene que ver con groserías, esas cualquiera las entiende. Es un lenguaje en código que no cualquiera comprende y para el cual se requiere de picardía, agilidad mental y mucha creatividad para someter al otro”.

“Es un lenguaje en código que no cualquiera comprende y para el cual se requiere de picardía, agilidad mental y mucha creatividad”

Lourdes ganó hace más de 15 años un concurso de albures en Tepito. A partir de ahí, nadie le ha arrebatado el trono. A ella, como a muchas mujeres, le dijeron de niña que alburear no era cosa de damas. Le prohibieron entender los significados ocultos de las palabras, poner en juego su reputación. Pero a ella, a quien le detectaron cáncer a los ocho años y sobrevivió, decirle que algo estaba prohibido era casi un reto. Así que aprendió y se convirtió en la mejor. Hoy no tiene cáncer y sí un campeonato.

En un país que aún es muy machista —95% de las trabajadoras reportan haber sido víctimas de acoso sexual y una de cada tres vive violencia doméstica—, el caso de Lourdes es representativo de cómo las cosas han ido cambiando. Ahora se puede escuchar a una mujer alburear a alguien por la calle, aunque aún no sea tan bien visto.

Hoy Lourdes imparte cursos de albur. Hay días en que llegan hasta 80 alumnos —entre doctores, catedráticos, universitarios y amas de casa— a un centro cultural de Tepito, patrocinado por el gobierno municipal. El curso se trata, dice Lourdes, de ampliar mentes, de promover la agilidad mental que requiere una batalla verbal de este tipo: “Recuerda que en el albur la única regla es no decir groserías. Cualquiera puede hablar de tu mamá, decirte ‘pendejo’ o ‘estúpido’, pero para alburear de forma fina hay que echar a funcionar el cerebro”.

Lo dicho: México es sus albures y los albures son México. Siéntate a leer y entenderás.

Mael Vallejo es periodista de la Ciudad de México. Su twitter es @maelvallejo.

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