16 de septiembre 2022    /   IDEAS
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La sirenita negra y la ingenua (y peligrosa) idea de cambiar el mundo

16 de septiembre 2022    /   IDEAS     por          
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Idea de negocio: «Nuestro software Camaleón adapta automáticamente el color de la piel de los protagonistas de cualquier film para que sintonice con el color de piel del consumidor. Todo en aras de que una concentración de melanina disímil no interfiera en su torpe ejercicio de identificación. Porque todo el mundo sabe que ningún telespectador blanco se sintió identificado con el príncipe de Bel-Air por esta circunstancia.

¿Sentirse identificado con Bob Sponja? Imposible. Es de color amarillo. Y además es una esponja. ¿Qué niño o adulto puede identificarse con una esponja? ¿Y con un robot? ¿Y una hormiga? Ninguno. Solo con los personajes de su especie, sexo y color de piel. Naturalmente, habida cuenta de la escasez de personajes estrábicos, enanos, narigudos, gordos, pecosos, estevados, ciegos, sordos y de derechas, aún existen millones de niños y adultos huérfanos en ese sentido. Camaleón continuará desarrollándose para dar también cobertura a estas necesidades de identificación ficcional».

Conscientes de que este software aún no existe, algunas majors, como Disney, están haciendo ímprobos esfuerzos por introducir un poco de justicia en este injusto mundo, tal y como una miss mundo pide por la paz mundial.

Por eso ahora el hada de Pinocho es negra y está rapada. Blancanieves es latina. La sirenita es negra. Hércules será negro. De momento, las majors se centran, sobre todo, en el color de la piel, el sexo del personaje y su etnia. Pero es un principio, ¿verdad? No vamos a cambiarlo todo de golpe. Paso a paso.

sirenita negra

LAS BUENAS INTENCIONES

«El afán de salvar a la humanidad es casi siempre solo una falsa fachada para el afán de gobernarla. El poder es lo que realmente buscan todos los mesías: no la oportunidad de servir».  H.L. Mencken

¿Qué es lo que motiva a Disney a designar a Halle Bailey (una actriz negra) para interpretar a Ariel, personaje del clásico La sirenita que ha pasado a nuestro acervo popular como una chica blanca y pelirroja? A vuelapluma, se me ocurren dos cosas: hacer del mundo un lugar mejor o aumentar el rendimiento económico. Ambas se me antojan cuestionables.

Porque si es por negocio, estos cambios de color son condescendientes y persiguen un señalamiento de la virtud. Y si en este activismo Disney (explícito, evidente y metido con calzador) subyacen buenas intenciones, entonces no es suficiente. Una miss mundo también podría tener buenas intenciones.

Básicamente, porque la ficción no tiene realmente ese poder transformador, sino que más bien refleja la propia realidad, tal y como reflejan quintales de estudios científicos. Además, no nos sentimos identificados con un personaje únicamente por su color de piel. Por eso hay infancias en las que somos robots, negros, zorros e incluso alienígenas con superpoderes. Porque el color de la piel es tan profundamente irrelevante que hacerlo relevante es una pérdida de tiempo, amén de un rasgo sospechosamente racista.

Además, hacer pedagogía, o más bien propaganda, no le sienta nada bien a la creatividad. Por eso la mayor parte del cine y la series que hacen tanto hincapié en su diversidad son, en el mejor de los casos, una auténtica nadería que irónicamente perpetúa bullshit que necesitaría ser erradicado cuanto antes.

Por esa razón, si bien desde mediados de los años cincuenta hasta los setenta la industria del cómic tuvo una era de explosión creativa, más tarde hubo un declive abonado por un psiquiatra, Fredric Wertham, que persuadió al Congreso de Estados Unidos de que los cómics instigaban a que los niños se «desviaran» del recto camino.

sirenita negra

En realidad, Wertham había manipulado o inventado varios aspectos de su investigación. Hoy en día, de hecho, sabemos que la ficción no es la que causa los delitos. Más bien parece lo contrario (aunque los estudios que no encuentran una relación entre el consumo de videojuegos y la agresividad, por ejemplo, tengan menos probabilidad de ser publicados). Hasta que aquel encorsetamiento implantado por Wertham no desapareció, la creatividad no volvió a su cauce.

CAMBIAR EL MUNDO DE ARRIBA ABAJO O DE ABAJO ARRIBA

La idea de que todos juntos, si ponemos empeño, si colaboramos estrechamente, lograremos cambiar grandes cosas del mundo es enternecedora, pero parte de una premisa ingenua. Por supuesto, es justo así cómo se producen muchos cambios sociales, pero nos solemos equivocar a la hora de identificar qué ha encendido la mecha del cambio. Dadas nuestras limitaciones cognitivas, nos contamos un relato en el que un héroe (como Rosa Parks), un único evento tecnológico (como la imprenta) o un órgano superior (como una película, una ley o una directriz educativa) producen el cambio.

Lo cierto es que las cosas no son tan sencillas. No hay una línea causal de A hacia B. A veces la línea es inversa, de B hacia A (Rosa Parks hizo lo que hizo porque el ecosistema de ese momento era propicio para ello). Sin embargo, normalmente la línea es zigzagueante (por eso no podemos afirmar que fue Tom Cruise el que puso de moda las Rayban Wayfarer tras usarlas en Risky Business) o incluso bucles de retroalimentación causal que se relacionan unos con otros mediante conexiones que semejan arabescos. Por esa razón, muchas campañas de marketing no funcionan. O no podemos predecir el tiempo con exactitud. O es ingenuo tratar de cambiar el mundo de arriba abajo, e incluso de abajo arriba.

Como escriben David Kline y Daniel Burstein en Road Warriors: Sueños y pesadillas a lo largo de la autopista de la información, solo estamos ante una ilusión cuando alumbramos la idea «de que los ciudadanos pueden actuar juntos, conscientemente, para dar forma a los procesos económicos y naturales espontáneos que ocurren alrededor». Los factores que alteran las condiciones del mundo están tan alejados de cualquier medio obvio de manipulación o de ingeniería social que ni siquiera son sujetos de maniobras políticas. O de un departamento Woke en Netflix. Como abundan en ello Lord William Rees-Mogg y James Dale Davison en El individuo soberano:

Si se piensa con cuidado, debería ser obvio que las transiciones importantes de la historia rara vez son impulsadas principalmente por los deseos humanos. No ocurren porque la gente se harte de un modo de vida y de repente prefiera otro. Un momento de reflexión sugiere el porqué. Si lo que la gente piensa y desea fuera el único factor determinante de lo que sucede, entonces todos los cambios abruptos de la historia tendrían que explicarse por cambios bruscos de humor ajenos a cualquier cambio en las condiciones reales de vida. De hecho, esto nunca sucede. (…) Por regla general, un gran número de personas no deciden de repente y de una sola vez abandonar su forma de vida simplemente porque les parezca divertido hacerlo. Ningún forajido ha dicho nunca: «Estoy cansado de vivir en tiempos prehistóricos, preferiría la vida de un campesino en un pueblo agrícola».

 

PODEMOS CON CASI TODO O NO PODEMOS CON CASI NADA

La mayor parte de las divisiones políticas acerca de cómo funciona el mundo dependen de una sola variable: cuán racional creemos que es el individuo, cuán competente, cuán idiota. Cuál es su capacidad de moldear el mundo y a sí mismo bajo los dictados de la razón.

Quienes creen que es lo suficientemente racional como para comprender la complejidad de la sociedad y que, con suficiente denuedo, puede alcanzar cualquier finisterre que se proponga suelen desplegar una cosmovisión alineada con la izquierda, el socialismo o comunismo, entre otros. Por eso no es extraño que también esta clase de personas tiendan a simpatizar más con la idea de la tabula rasa en la naturaleza: que nacemos como trozos de arcilla fresca, sin programas preinstalados a nivel biológico, sin apenas influencia de la genética, y que podemos ser moldeados por el capricho de la voluntad social. Es decir, en la larga y acerba batalla académica Nature VS Nurture, son quienes apoyan más la Nurture.

En el lado diametralmente opuesto están quienes creen que el ser humano es básicamente irracional e imperfecto y sus sesgos e ignorancia no le van a permitir alcanzar todos los objetivos. Estos individuos suelen ser más de derechas, conservadores o libertarios (estos últimos, en el sentido de que, dado que ningún gobierno o burocracia puede entender el mundo, mejor que sea el ciudadano, que tampoco lo entiende, el que decida libremente qué camino debe escoger). También son los que niegan la existencia de la tabula rasa. Confían más en la naturaleza que en la crianza, sencillamente porque la razón humana poco puede hacer por combatirla.

Son quienes no consideran que se pueda crear una sociedad desde cero, sino que esta emerge de las interacciones sociales. Quienes no creen que las leyes intervencionistas puedan hacer del mundo un lugar mejor, porque las ideas utópicas tienden a derivar en distopías (sobre todo, porque eliminan la libertad individual y consideran que, en caso de que no se cumpla la utopía, los utópicos sostienen que no se debe tanto a que el sustento teórico sea erróneo como que las personas no se han adaptado lo suficiente a tal sustento teórico).

Quienes no idealizan a la humanidad tienden a pensar que el aumento de la complejidad del sistema actual va a traer aparejados grandes cambios, como el surgimiento de una economía que dependerá más de mecanismos de adaptación espontáneos y menos de la toma de decisiones consciente y centralizada.

En resumen, están los que idealizan al ser humano y los que consideran que este es solo un mono sin pelo. Una línea divisoria que determina hasta qué punto el individuo es libre/responsable de su destino.

Para profundizar en estas dos visiones (probablemente ninguna de las dos posturas es cierta, o no lo es en todos los momentos o circunstancias, sino que debemos bascular entre un extremo y otro), hay que leer Conflicto de visiones, de Thomas Sowell. Según Sowell, en estas visiones enfrentadas está el origen de las luchas políticas desarrolladas, primero, en Europa y, después, en todo el mundo desde finales del siglo XVIII.

LA INGENIERÍA SOCIAL NO ES INGENIERÍA

Esperar que cambiando el color de piel de un personaje vamos a hacer del mundo un lugar mejor es tropezar en un extremo demasiado ingenuo de las dos posturas presentadas anteriormente. Colegir que si unas niñas pequeñas se emocionan con ese cambio hemos hecho algo bueno, también. Negar que estos cambios de los niveles de melanina de los personajes de ficción no traerán aparejados otros muchos efectos secundarios que no hemos intentado ni siquiera medir, también (como un probable efecto rebote en el que mucha gente va adoptar posturas más próximas al racismo o el rechazo a determinados colectivos).

Cambiar el color de piel en un mundo tan libre como el nuestro, sujeto a una miríada de interacciones sociales, es solo un postureo de efectos indescifrables. Porque ni siquiera una cultura más encorsetada que la nuestra como es la china ha sido capaz de calcularlos en asuntos como la redistribución de la riqueza. A rebufo de la Revolución Comunista, la tierra de los más acomodados fue confiscada y a los ricos se les negó la educación. Se esperaría que los menos favorecidos adelantaran a los más favorecidos. Sin embargo, como demuestra este estudio, no fue eso lo que pasó.

Los más acomodados recuperaron su estatus rápidamente, incluso aumentando su riqueza inicial. Como todo fenómeno social complejo, no sabemos la razón. Los autores, no obstante, proponen dos teorías: 1) los niños de las antiguas clases altas tienen mayor probabilidad de tener autocontrol y trabajar más duro; 2) las antiguas élites tenían lazos familiares más estrechos.

Dados estos resultados, una miss mundo, o Disney (cuyos eslóganes seguramente repetirán las miss mundo), no concluirá que, en realidad, parece que la desigualdad de ingresos no se deriva de la riqueza en sí misma, y no se deriva únicamente de la educación. Si bien podemos combatir la desigualdad, la desigualdad es inevitable, porque las personas son diferentes, tienen diferentes habilidades y también se relaciona de forma distinta con los demás.

La buena noticia es que todo esto no depende tanto de los genes como de la cultura. La cultura es incluso más fácil que cambiar que los genes, aunque no tengamos mucha idea de cómo hacerlo. Como el color de piel: habida cuenta de que en esta manifestación fenotípica apenas intervienen los genes, hay más similitudes genéticas entre una persona de color negra de África y un europeo que entre dos africanos con el mismo color de piel nacidos en distintas regiones.

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Idea de negocio: «Nuestro software Camaleón adapta automáticamente el color de la piel de los protagonistas de cualquier film para que sintonice con el color de piel del consumidor. Todo en aras de que una concentración de melanina disímil no interfiera en su torpe ejercicio de identificación. Porque todo el mundo sabe que ningún telespectador blanco se sintió identificado con el príncipe de Bel-Air por esta circunstancia.

¿Sentirse identificado con Bob Sponja? Imposible. Es de color amarillo. Y además es una esponja. ¿Qué niño o adulto puede identificarse con una esponja? ¿Y con un robot? ¿Y una hormiga? Ninguno. Solo con los personajes de su especie, sexo y color de piel. Naturalmente, habida cuenta de la escasez de personajes estrábicos, enanos, narigudos, gordos, pecosos, estevados, ciegos, sordos y de derechas, aún existen millones de niños y adultos huérfanos en ese sentido. Camaleón continuará desarrollándose para dar también cobertura a estas necesidades de identificación ficcional».

Conscientes de que este software aún no existe, algunas majors, como Disney, están haciendo ímprobos esfuerzos por introducir un poco de justicia en este injusto mundo, tal y como una miss mundo pide por la paz mundial.

Por eso ahora el hada de Pinocho es negra y está rapada. Blancanieves es latina. La sirenita es negra. Hércules será negro. De momento, las majors se centran, sobre todo, en el color de la piel, el sexo del personaje y su etnia. Pero es un principio, ¿verdad? No vamos a cambiarlo todo de golpe. Paso a paso.

sirenita negra

LAS BUENAS INTENCIONES

«El afán de salvar a la humanidad es casi siempre solo una falsa fachada para el afán de gobernarla. El poder es lo que realmente buscan todos los mesías: no la oportunidad de servir».  H.L. Mencken

¿Qué es lo que motiva a Disney a designar a Halle Bailey (una actriz negra) para interpretar a Ariel, personaje del clásico La sirenita que ha pasado a nuestro acervo popular como una chica blanca y pelirroja? A vuelapluma, se me ocurren dos cosas: hacer del mundo un lugar mejor o aumentar el rendimiento económico. Ambas se me antojan cuestionables.

Porque si es por negocio, estos cambios de color son condescendientes y persiguen un señalamiento de la virtud. Y si en este activismo Disney (explícito, evidente y metido con calzador) subyacen buenas intenciones, entonces no es suficiente. Una miss mundo también podría tener buenas intenciones.

Básicamente, porque la ficción no tiene realmente ese poder transformador, sino que más bien refleja la propia realidad, tal y como reflejan quintales de estudios científicos. Además, no nos sentimos identificados con un personaje únicamente por su color de piel. Por eso hay infancias en las que somos robots, negros, zorros e incluso alienígenas con superpoderes. Porque el color de la piel es tan profundamente irrelevante que hacerlo relevante es una pérdida de tiempo, amén de un rasgo sospechosamente racista.

Además, hacer pedagogía, o más bien propaganda, no le sienta nada bien a la creatividad. Por eso la mayor parte del cine y la series que hacen tanto hincapié en su diversidad son, en el mejor de los casos, una auténtica nadería que irónicamente perpetúa bullshit que necesitaría ser erradicado cuanto antes.

Por esa razón, si bien desde mediados de los años cincuenta hasta los setenta la industria del cómic tuvo una era de explosión creativa, más tarde hubo un declive abonado por un psiquiatra, Fredric Wertham, que persuadió al Congreso de Estados Unidos de que los cómics instigaban a que los niños se «desviaran» del recto camino.

sirenita negra

En realidad, Wertham había manipulado o inventado varios aspectos de su investigación. Hoy en día, de hecho, sabemos que la ficción no es la que causa los delitos. Más bien parece lo contrario (aunque los estudios que no encuentran una relación entre el consumo de videojuegos y la agresividad, por ejemplo, tengan menos probabilidad de ser publicados). Hasta que aquel encorsetamiento implantado por Wertham no desapareció, la creatividad no volvió a su cauce.

CAMBIAR EL MUNDO DE ARRIBA ABAJO O DE ABAJO ARRIBA

La idea de que todos juntos, si ponemos empeño, si colaboramos estrechamente, lograremos cambiar grandes cosas del mundo es enternecedora, pero parte de una premisa ingenua. Por supuesto, es justo así cómo se producen muchos cambios sociales, pero nos solemos equivocar a la hora de identificar qué ha encendido la mecha del cambio. Dadas nuestras limitaciones cognitivas, nos contamos un relato en el que un héroe (como Rosa Parks), un único evento tecnológico (como la imprenta) o un órgano superior (como una película, una ley o una directriz educativa) producen el cambio.

Lo cierto es que las cosas no son tan sencillas. No hay una línea causal de A hacia B. A veces la línea es inversa, de B hacia A (Rosa Parks hizo lo que hizo porque el ecosistema de ese momento era propicio para ello). Sin embargo, normalmente la línea es zigzagueante (por eso no podemos afirmar que fue Tom Cruise el que puso de moda las Rayban Wayfarer tras usarlas en Risky Business) o incluso bucles de retroalimentación causal que se relacionan unos con otros mediante conexiones que semejan arabescos. Por esa razón, muchas campañas de marketing no funcionan. O no podemos predecir el tiempo con exactitud. O es ingenuo tratar de cambiar el mundo de arriba abajo, e incluso de abajo arriba.

Como escriben David Kline y Daniel Burstein en Road Warriors: Sueños y pesadillas a lo largo de la autopista de la información, solo estamos ante una ilusión cuando alumbramos la idea «de que los ciudadanos pueden actuar juntos, conscientemente, para dar forma a los procesos económicos y naturales espontáneos que ocurren alrededor». Los factores que alteran las condiciones del mundo están tan alejados de cualquier medio obvio de manipulación o de ingeniería social que ni siquiera son sujetos de maniobras políticas. O de un departamento Woke en Netflix. Como abundan en ello Lord William Rees-Mogg y James Dale Davison en El individuo soberano:

Si se piensa con cuidado, debería ser obvio que las transiciones importantes de la historia rara vez son impulsadas principalmente por los deseos humanos. No ocurren porque la gente se harte de un modo de vida y de repente prefiera otro. Un momento de reflexión sugiere el porqué. Si lo que la gente piensa y desea fuera el único factor determinante de lo que sucede, entonces todos los cambios abruptos de la historia tendrían que explicarse por cambios bruscos de humor ajenos a cualquier cambio en las condiciones reales de vida. De hecho, esto nunca sucede. (…) Por regla general, un gran número de personas no deciden de repente y de una sola vez abandonar su forma de vida simplemente porque les parezca divertido hacerlo. Ningún forajido ha dicho nunca: «Estoy cansado de vivir en tiempos prehistóricos, preferiría la vida de un campesino en un pueblo agrícola».

 

PODEMOS CON CASI TODO O NO PODEMOS CON CASI NADA

La mayor parte de las divisiones políticas acerca de cómo funciona el mundo dependen de una sola variable: cuán racional creemos que es el individuo, cuán competente, cuán idiota. Cuál es su capacidad de moldear el mundo y a sí mismo bajo los dictados de la razón.

Quienes creen que es lo suficientemente racional como para comprender la complejidad de la sociedad y que, con suficiente denuedo, puede alcanzar cualquier finisterre que se proponga suelen desplegar una cosmovisión alineada con la izquierda, el socialismo o comunismo, entre otros. Por eso no es extraño que también esta clase de personas tiendan a simpatizar más con la idea de la tabula rasa en la naturaleza: que nacemos como trozos de arcilla fresca, sin programas preinstalados a nivel biológico, sin apenas influencia de la genética, y que podemos ser moldeados por el capricho de la voluntad social. Es decir, en la larga y acerba batalla académica Nature VS Nurture, son quienes apoyan más la Nurture.

En el lado diametralmente opuesto están quienes creen que el ser humano es básicamente irracional e imperfecto y sus sesgos e ignorancia no le van a permitir alcanzar todos los objetivos. Estos individuos suelen ser más de derechas, conservadores o libertarios (estos últimos, en el sentido de que, dado que ningún gobierno o burocracia puede entender el mundo, mejor que sea el ciudadano, que tampoco lo entiende, el que decida libremente qué camino debe escoger). También son los que niegan la existencia de la tabula rasa. Confían más en la naturaleza que en la crianza, sencillamente porque la razón humana poco puede hacer por combatirla.

Son quienes no consideran que se pueda crear una sociedad desde cero, sino que esta emerge de las interacciones sociales. Quienes no creen que las leyes intervencionistas puedan hacer del mundo un lugar mejor, porque las ideas utópicas tienden a derivar en distopías (sobre todo, porque eliminan la libertad individual y consideran que, en caso de que no se cumpla la utopía, los utópicos sostienen que no se debe tanto a que el sustento teórico sea erróneo como que las personas no se han adaptado lo suficiente a tal sustento teórico).

Quienes no idealizan a la humanidad tienden a pensar que el aumento de la complejidad del sistema actual va a traer aparejados grandes cambios, como el surgimiento de una economía que dependerá más de mecanismos de adaptación espontáneos y menos de la toma de decisiones consciente y centralizada.

En resumen, están los que idealizan al ser humano y los que consideran que este es solo un mono sin pelo. Una línea divisoria que determina hasta qué punto el individuo es libre/responsable de su destino.

Para profundizar en estas dos visiones (probablemente ninguna de las dos posturas es cierta, o no lo es en todos los momentos o circunstancias, sino que debemos bascular entre un extremo y otro), hay que leer Conflicto de visiones, de Thomas Sowell. Según Sowell, en estas visiones enfrentadas está el origen de las luchas políticas desarrolladas, primero, en Europa y, después, en todo el mundo desde finales del siglo XVIII.

LA INGENIERÍA SOCIAL NO ES INGENIERÍA

Esperar que cambiando el color de piel de un personaje vamos a hacer del mundo un lugar mejor es tropezar en un extremo demasiado ingenuo de las dos posturas presentadas anteriormente. Colegir que si unas niñas pequeñas se emocionan con ese cambio hemos hecho algo bueno, también. Negar que estos cambios de los niveles de melanina de los personajes de ficción no traerán aparejados otros muchos efectos secundarios que no hemos intentado ni siquiera medir, también (como un probable efecto rebote en el que mucha gente va adoptar posturas más próximas al racismo o el rechazo a determinados colectivos).

Cambiar el color de piel en un mundo tan libre como el nuestro, sujeto a una miríada de interacciones sociales, es solo un postureo de efectos indescifrables. Porque ni siquiera una cultura más encorsetada que la nuestra como es la china ha sido capaz de calcularlos en asuntos como la redistribución de la riqueza. A rebufo de la Revolución Comunista, la tierra de los más acomodados fue confiscada y a los ricos se les negó la educación. Se esperaría que los menos favorecidos adelantaran a los más favorecidos. Sin embargo, como demuestra este estudio, no fue eso lo que pasó.

Los más acomodados recuperaron su estatus rápidamente, incluso aumentando su riqueza inicial. Como todo fenómeno social complejo, no sabemos la razón. Los autores, no obstante, proponen dos teorías: 1) los niños de las antiguas clases altas tienen mayor probabilidad de tener autocontrol y trabajar más duro; 2) las antiguas élites tenían lazos familiares más estrechos.

Dados estos resultados, una miss mundo, o Disney (cuyos eslóganes seguramente repetirán las miss mundo), no concluirá que, en realidad, parece que la desigualdad de ingresos no se deriva de la riqueza en sí misma, y no se deriva únicamente de la educación. Si bien podemos combatir la desigualdad, la desigualdad es inevitable, porque las personas son diferentes, tienen diferentes habilidades y también se relaciona de forma distinta con los demás.

La buena noticia es que todo esto no depende tanto de los genes como de la cultura. La cultura es incluso más fácil que cambiar que los genes, aunque no tengamos mucha idea de cómo hacerlo. Como el color de piel: habida cuenta de que en esta manifestación fenotípica apenas intervienen los genes, hay más similitudes genéticas entre una persona de color negra de África y un europeo que entre dos africanos con el mismo color de piel nacidos en distintas regiones.

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