29 de septiembre 2011    /   IDEAS
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La sostenibilidad hedonista de Bjarke Ingels

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El público abarrotaba el pasado viernes el aforo de la iglesia de San Juan de los Caballeros (Segovia) para asistir a una de las conferencias más esperadas del HAY Festival, el encuentro anual que reúne cada año en la ciudad castellana a algunos de los escritores, pensadores y creadores más influyentes del momento. Quería escuchar lo que venía a decirles Bjarke Ingels (1974), uno de los genios de la arquitectura más innovadores de éste siglo. El hombre que llegó a la cumbre por diseñar edificios contorsionados, pirámides invertidas, torres en espiral y pistas de esquí sobre plantas incineradoras: “Sostenibilidad hedonista”, expresó el orador. “Dejemos de pensar que el concepto ‘sostenible’ es una traba para el desarrollo del bienestar”.
Así de contundente fue Ingels. Para el archipremiado arquitecto no solo es posible, sino “necesario”, que a la hora de proyectar el diseño de nuestras ciudades “añadamos la preocupación por conseguir que el resultado sea ecológico, económico y socialmente útil”. “Si no estamos comprometidos con el entorno, a la larga lo estropearemos todo”, afirma.
Fundador del rompedor estudio BIG (Bjarke Ingels Group), Ingels ya ha pasado a la historia como uno de los precursores de un nuevo estilo de arquitectura atrevida, experimental y responsable. Sólo observar algunas de sus obras hace comprender por qué su propuesta es diferente.
Este rock-star de la arquitectura parece trabajar como si no fueran consigo ni leyes físicas ni preceptos arquitectónicos. El sello de estructura inverosímil, su sello. Ahí queda el pabellón de Dinamarca para la Expo de Shanghái 2010, en la que el visitante, andando o en bici, nunca encuentra un límite físico en su ascenso en espiral; O las torres de apartamentos con aspecto de montaña (The Mountain, Dinamarca); O los aparcamientos de colores que integran balcones para mirar y vegetación con un sistema natural de riego (Painting parking, Dinamarca).
También el ayuntamiento de Tallin (Estonia), donde pueblo y políticos se conectan a través de un sistema de espejos; El 8, una construcción con forma de lazo que compagina viviendas y oficinas en una suerte de vecindario en tres dimensiones (Dinamarca); El edificio Bawadi (Dubai), que rompe las leyes de la física con una estructura de pirámides invertidas; La planta incineradora de residuos con una pista de esquí en su tejado (Dinamarca); o el W-57, en el que el autor se atreve a mezclar en el mismo coctel una gran torre neoyorkina con la estructura de las construcciones en claustro típicas del vejo continente. Es decir: Adiós a los límites.
El caso es que a Ingels ni le han diagnosticado ningún tipo de locura ni se le han calcado unos planos sobre otros. El danés asegura saber bien lo que cuece: “Es indispensable fijarse en lo que hace falta. En lo que no hay en un sitio y en la manera más útil, original y respetuosa de hacerlo. En crear algo bonito en función de lo que necesita el público que lo va a disfrutar y la ciudad en la que se levanta”, afirma. “Hay profesionales que diseñan sus obras sin hacerse preguntas. Error. Si no conoces lo que se necesita y la mejor y más respetuosa manera de acometerlo, vas por mal camino”, añade.
Público en pulcro silencio y Martha Thorne, directora ejecutiva de los premios Pritzker y decana asociada de Relaciones Externas del IE School of Architecture, somete a Ingels a una serie de incisivas preguntas para medir la esencia de su trabajo.
“Hay quien dice que la arquitectura sostenible es una idea romántica, pero que frena la evolución del bienestar. Por eso odian la palabra sostenible”, introduce la decana.
“Se confunde quien cree que el diseño comprometido es un obstáculo para el desarrollo. Ni que lo hace empeorar. Al contrario. Es necesario respetar el planeta y preguntarse por las necesidades que podemos cubrir para la gente sin dañar el entorno donde vive. Saber qué puedes resolver sin causar daño y mejorando lo existente. Lo más importante para diseñar es hacerse preguntas. Si no tienes la respuesta a cuál es el problema que quieres solucionar, no tienes nada”, responde el creador.
Comprobado. La “sostenibilidad hedonista” existe. Ingels la guarda en su lápiz.




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Así de contundente fue Ingels. Para el archipremiado arquitecto no solo es posible, sino “necesario”, que a la hora de proyectar el diseño de nuestras ciudades “añadamos la preocupación por conseguir que el resultado sea ecológico, económico y socialmente útil”. “Si no estamos comprometidos con el entorno, a la larga lo estropearemos todo”, afirma.
Fundador del rompedor estudio BIG (Bjarke Ingels Group), Ingels ya ha pasado a la historia como uno de los precursores de un nuevo estilo de arquitectura atrevida, experimental y responsable. Sólo observar algunas de sus obras hace comprender por qué su propuesta es diferente.
Este rock-star de la arquitectura parece trabajar como si no fueran consigo ni leyes físicas ni preceptos arquitectónicos. El sello de estructura inverosímil, su sello. Ahí queda el pabellón de Dinamarca para la Expo de Shanghái 2010, en la que el visitante, andando o en bici, nunca encuentra un límite físico en su ascenso en espiral; O las torres de apartamentos con aspecto de montaña (The Mountain, Dinamarca); O los aparcamientos de colores que integran balcones para mirar y vegetación con un sistema natural de riego (Painting parking, Dinamarca).
También el ayuntamiento de Tallin (Estonia), donde pueblo y políticos se conectan a través de un sistema de espejos; El 8, una construcción con forma de lazo que compagina viviendas y oficinas en una suerte de vecindario en tres dimensiones (Dinamarca); El edificio Bawadi (Dubai), que rompe las leyes de la física con una estructura de pirámides invertidas; La planta incineradora de residuos con una pista de esquí en su tejado (Dinamarca); o el W-57, en el que el autor se atreve a mezclar en el mismo coctel una gran torre neoyorkina con la estructura de las construcciones en claustro típicas del vejo continente. Es decir: Adiós a los límites.
El caso es que a Ingels ni le han diagnosticado ningún tipo de locura ni se le han calcado unos planos sobre otros. El danés asegura saber bien lo que cuece: “Es indispensable fijarse en lo que hace falta. En lo que no hay en un sitio y en la manera más útil, original y respetuosa de hacerlo. En crear algo bonito en función de lo que necesita el público que lo va a disfrutar y la ciudad en la que se levanta”, afirma. “Hay profesionales que diseñan sus obras sin hacerse preguntas. Error. Si no conoces lo que se necesita y la mejor y más respetuosa manera de acometerlo, vas por mal camino”, añade.
Público en pulcro silencio y Martha Thorne, directora ejecutiva de los premios Pritzker y decana asociada de Relaciones Externas del IE School of Architecture, somete a Ingels a una serie de incisivas preguntas para medir la esencia de su trabajo.
“Hay quien dice que la arquitectura sostenible es una idea romántica, pero que frena la evolución del bienestar. Por eso odian la palabra sostenible”, introduce la decana.
“Se confunde quien cree que el diseño comprometido es un obstáculo para el desarrollo. Ni que lo hace empeorar. Al contrario. Es necesario respetar el planeta y preguntarse por las necesidades que podemos cubrir para la gente sin dañar el entorno donde vive. Saber qué puedes resolver sin causar daño y mejorando lo existente. Lo más importante para diseñar es hacerse preguntas. Si no tienes la respuesta a cuál es el problema que quieres solucionar, no tienes nada”, responde el creador.
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