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9 de octubre 2015    /   CINE/TV
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La televisión es el apio del entretenimiento

9 de octubre 2015    /   CINE/TV     por          
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Fui a casa de mi cuñada para llevar a mi sobrina de diez años a la escuela. Mi cuñada, como tantas madres, tiene problemas para compaginar un trabajo de mileurista con el tiempo para la familia. Para mí no es un inconveniente. Bendito horario de escritor. Me gusta hablar con mi sobrina porque vislumbro cómo será el futuro.
—Hoy es el día del tito —yo, entrando en la casa.
—¡Venga ya! —mi sobrina somnolienta en el sofá.
No la podía engañar: ella no tenía cuatro años, pero seguí con la broma tonta.
—Sí —dije— Y por eso me quedaré en este sofá y tú, bueno, puedes ir sola clase si quieres
—Qué mentiroso eres, tito
—Lo dice Internet. ¿No usas el portátil o qué?
—Claro. Es mi electrodoméstico favorito
—¿Tu electrodoméstico favorito?
—Después viene la Nintendo 2DS
—¿Y después?
—La tablet
—¿Y la tele? —asombrado
—La tele está anticuada
Y no sé si entonces me sorprendió más la palabra «anticuada» o el desafecto que la niña mostraba por la televisión.
—¿Y no ves la tele?
—Solo cuando me aburro
En los setenta el televisor era el electrodoméstico favorito de muchos niños que no jugaban a la pelota en la calle. Un niño podía sentarse a las cuatro de la tarde frente al televisor y no apartarse del aparato hasta la hora de dormir. Ante los ojos del niño pasaban una comedia de situación que no entendía bien, Un globo, dos globos, tres globos, Jacques Cousteau, el Telediario y parte de una película de dos rombos («¡a la cama, que es tarde y mañana hay cole!»). Uno era el niño de Sigue soñando y no dudaba entonces de que la televisión era nutritiva.
—¿Cuándo te aburres?
Mi sobrina se encoge de hombros.
—¿Y dónde ves las películas? —quería pillarla en un renuncio.
—En el ordenador
Debí sospechar la respuesta. Mi pregunta fue analógica, propia de una persona que, a pesar de la basura y la nostalgia rancia de la televisión actual, siente aprecio por el medio. Uno ve la televisión como ese viejo alejado tras varios rifirrafes, pero del que no quiere que nadie diga una palabra fea. También como el equipo que provoca sinsabores continuados e incluso rabia, pero cuyos colores lleva dentro. Uno es de comenzar una casa con el frigorífico, el sofá y el televisor.
—¿Y no ves cosas como La Voz Kids o Masterchef Junior? —programas que no me interesan pero que según los audímetros tienen una gran audiencia infantil.
—A veces —frunce los labios con desencanto—. Si me aburro
La televisión rebajada a la categoría del apio. Último recurso. Si no hay otra cosa.

Fui a casa de mi cuñada para llevar a mi sobrina de diez años a la escuela. Mi cuñada, como tantas madres, tiene problemas para compaginar un trabajo de mileurista con el tiempo para la familia. Para mí no es un inconveniente. Bendito horario de escritor. Me gusta hablar con mi sobrina porque vislumbro cómo será el futuro.
—Hoy es el día del tito —yo, entrando en la casa.
—¡Venga ya! —mi sobrina somnolienta en el sofá.
No la podía engañar: ella no tenía cuatro años, pero seguí con la broma tonta.
—Sí —dije— Y por eso me quedaré en este sofá y tú, bueno, puedes ir sola clase si quieres
—Qué mentiroso eres, tito
—Lo dice Internet. ¿No usas el portátil o qué?
—Claro. Es mi electrodoméstico favorito
—¿Tu electrodoméstico favorito?
—Después viene la Nintendo 2DS
—¿Y después?
—La tablet
—¿Y la tele? —asombrado
—La tele está anticuada
Y no sé si entonces me sorprendió más la palabra «anticuada» o el desafecto que la niña mostraba por la televisión.
—¿Y no ves la tele?
—Solo cuando me aburro
En los setenta el televisor era el electrodoméstico favorito de muchos niños que no jugaban a la pelota en la calle. Un niño podía sentarse a las cuatro de la tarde frente al televisor y no apartarse del aparato hasta la hora de dormir. Ante los ojos del niño pasaban una comedia de situación que no entendía bien, Un globo, dos globos, tres globos, Jacques Cousteau, el Telediario y parte de una película de dos rombos («¡a la cama, que es tarde y mañana hay cole!»). Uno era el niño de Sigue soñando y no dudaba entonces de que la televisión era nutritiva.
—¿Cuándo te aburres?
Mi sobrina se encoge de hombros.
—¿Y dónde ves las películas? —quería pillarla en un renuncio.
—En el ordenador
Debí sospechar la respuesta. Mi pregunta fue analógica, propia de una persona que, a pesar de la basura y la nostalgia rancia de la televisión actual, siente aprecio por el medio. Uno ve la televisión como ese viejo alejado tras varios rifirrafes, pero del que no quiere que nadie diga una palabra fea. También como el equipo que provoca sinsabores continuados e incluso rabia, pero cuyos colores lleva dentro. Uno es de comenzar una casa con el frigorífico, el sofá y el televisor.
—¿Y no ves cosas como La Voz Kids o Masterchef Junior? —programas que no me interesan pero que según los audímetros tienen una gran audiencia infantil.
—A veces —frunce los labios con desencanto—. Si me aburro
La televisión rebajada a la categoría del apio. Último recurso. Si no hay otra cosa.

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