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13 de abril 2016    /   IDEAS
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La tierra prometida es de acero y vidrio

13 de abril 2016    /   IDEAS     por          
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La humanidad ha estado tras los pasos de la Atlántida desde que Platón decidió situarla en la literatura, en los diálogos de Timeo y Critias. Es decir, casi 2.500 años de búsqueda, que ya son ganas de buscar algo cuya posibilidad de existencia es remota.

Al fotógrafo y artista Pablo Martínez Muñiz, la Atlántida le encontró gracias al cínico griego Diógenes de Sinope. Sí, el Diógenes de toda la vida. Martínez llevaba un año acumulando innecesarios objetos digitales y, de pronto, la isla mítica se materializó ante él. «Acumulaba la mayor cantidad posible de renders digitales sin ninguna intención particular», explica. Esa aglomeración de imágenes tomó entidad propia y formó la nítida imagen del mundo futuro en la mente del fotógrafo.

Ese tipo de representaciones le fascinaban. Así era capaz de ver lo que estaba por venir. También se dio cuenta de que esa era una visión «profundamente alterada, mediatizada por unos códigos de representación que transmiten la idea de bienestar, calidad de vida, alegría, empatía y respeto por el medio ambiente». Esos renders transmitían una imagen de lugar utópico, maravilloso, una isla de paz y virtud.

Archh.com A
Archh.com A

La fiesta venía cuando se comparaban esas representaciones ideales de los estudios de arquitectura con la realidad, que suele tener polvo, descampados, personas con ropa sucia de trabajo, grietas, desconchones y furgonetas que no han pasado la ITV. «Frecuentemente, en la imagen real la construcción no armoniza con el paisaje y la vegetación brilla por su ausencia. Por no hablar del edificio construido, que casi siempre tiene mejor aspecto en el render que en la realidad». La cosa va de vender en proyecto a quien paga las facturas y esas imágenes sirven a su objetivo, claro. La verdad llega con toda su dureza cuando se cierra la obra y se colocan las viviendas en las inmobiliarias.

El digital Síndrome de Diógenes de Pablo Martínez le llevó a reunir 700 imágenes vampirizadas de internet y a sentir la necesidad de transformar el mensaje original de esas representaciones. «Sufrí una especie de bulimia imaginativa ante tantas visiones urbanas y comencé a imaginar cómo sería una ciudad en la que estuvieran presentes todas esas visiones urbanas. Una ciudad global que las contuviera todas». Su propia Atlántida.

Así, la Atlántida del fotógrafo santanderino está plagada de construcciones masivas, de tamaños inabarcables. Además, en su mayoría se trata de ideas que tienden a cerrar y delimitar el espacio, a encerrar a los habitantes tras sus estructuras.

Más allá de la obvia corriente estética que siguen muchos de los arquitectos y diseñadores, Martínez extrae una lectura socioeconómica de esta manera de concebir los espacios. «Buena parte de las construcciones megalómanas que se están realizando en la actualidad tienen lugar en países con climas extremadamente adversos: el golfo Pérsico, China, Extremo Oriente, Moscú, etc. Al margen de esto, cerrar el espacio tiene una función simbólica, y es la de delimitar y separar el lugar de las clases pudientes del resto. Nuevamente vuelvo a referirme a la representación del render como un espacio ficticio de exclusión solo al alcance de unos pocos. A fin de cuentas, vivimos en un mundo que está socavando la clase media y en el que las diferencias entre las clases altas y clases bajas se agudiza cada vez más», detalla.

REX
REX

El proyecto de Pablo Martínez es una invitación a pensar cómo se construyen los hábitats futuros del ser humano. El fotógrafo afirma que hay algo de inevitables en esa aspiración por construir cada vez más y mayor. «Siempre hemos mirado al cielo con devoción. Las pirámides, los zigurats, las catedrales góticas, los rascacielos, las construcciones en altura siempre han buscado acercar al hombre a la divinidad», dice.

Una mezcla de devoción y ego se combinan en la competición por alcanzar el cielo

Para bien o para mal, el conocimiento humano permite arañar los cielos con cada vez más fuerza y esa capacidad se traduce en pesimismo hacia lo que está por venir. «Nuestro futuro, a menos que seamos exterminados por nosotros mismos, pasa por la construcción de más y más edificios, cada vez más grandes, más impresionantes».

Frente a la superpoblación, el afán desarrollista, la necesidad de superar retos técnicos y el propio ego humano seguirá estando la resistencia, los que luchan por mantenerse a ras de suelo y en campo abierto que, proporcionalmente, son los menos. Martínez piensa que, además, tienen otro reto por delante: rescatar el espacio rural, «un espacio en crisis, que poco a poco vamos abandonando o, incluso peor, transformando en un parque temático para nuestras actividades vacacionales».

La humanidad ha estado tras los pasos de la Atlántida desde que Platón decidió situarla en la literatura, en los diálogos de Timeo y Critias. Es decir, casi 2.500 años de búsqueda, que ya son ganas de buscar algo cuya posibilidad de existencia es remota.

Al fotógrafo y artista Pablo Martínez Muñiz, la Atlántida le encontró gracias al cínico griego Diógenes de Sinope. Sí, el Diógenes de toda la vida. Martínez llevaba un año acumulando innecesarios objetos digitales y, de pronto, la isla mítica se materializó ante él. «Acumulaba la mayor cantidad posible de renders digitales sin ninguna intención particular», explica. Esa aglomeración de imágenes tomó entidad propia y formó la nítida imagen del mundo futuro en la mente del fotógrafo.

Ese tipo de representaciones le fascinaban. Así era capaz de ver lo que estaba por venir. También se dio cuenta de que esa era una visión «profundamente alterada, mediatizada por unos códigos de representación que transmiten la idea de bienestar, calidad de vida, alegría, empatía y respeto por el medio ambiente». Esos renders transmitían una imagen de lugar utópico, maravilloso, una isla de paz y virtud.

Archh.com A
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La fiesta venía cuando se comparaban esas representaciones ideales de los estudios de arquitectura con la realidad, que suele tener polvo, descampados, personas con ropa sucia de trabajo, grietas, desconchones y furgonetas que no han pasado la ITV. «Frecuentemente, en la imagen real la construcción no armoniza con el paisaje y la vegetación brilla por su ausencia. Por no hablar del edificio construido, que casi siempre tiene mejor aspecto en el render que en la realidad». La cosa va de vender en proyecto a quien paga las facturas y esas imágenes sirven a su objetivo, claro. La verdad llega con toda su dureza cuando se cierra la obra y se colocan las viviendas en las inmobiliarias.

El digital Síndrome de Diógenes de Pablo Martínez le llevó a reunir 700 imágenes vampirizadas de internet y a sentir la necesidad de transformar el mensaje original de esas representaciones. «Sufrí una especie de bulimia imaginativa ante tantas visiones urbanas y comencé a imaginar cómo sería una ciudad en la que estuvieran presentes todas esas visiones urbanas. Una ciudad global que las contuviera todas». Su propia Atlántida.

Así, la Atlántida del fotógrafo santanderino está plagada de construcciones masivas, de tamaños inabarcables. Además, en su mayoría se trata de ideas que tienden a cerrar y delimitar el espacio, a encerrar a los habitantes tras sus estructuras.

Más allá de la obvia corriente estética que siguen muchos de los arquitectos y diseñadores, Martínez extrae una lectura socioeconómica de esta manera de concebir los espacios. «Buena parte de las construcciones megalómanas que se están realizando en la actualidad tienen lugar en países con climas extremadamente adversos: el golfo Pérsico, China, Extremo Oriente, Moscú, etc. Al margen de esto, cerrar el espacio tiene una función simbólica, y es la de delimitar y separar el lugar de las clases pudientes del resto. Nuevamente vuelvo a referirme a la representación del render como un espacio ficticio de exclusión solo al alcance de unos pocos. A fin de cuentas, vivimos en un mundo que está socavando la clase media y en el que las diferencias entre las clases altas y clases bajas se agudiza cada vez más», detalla.

REX
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El proyecto de Pablo Martínez es una invitación a pensar cómo se construyen los hábitats futuros del ser humano. El fotógrafo afirma que hay algo de inevitables en esa aspiración por construir cada vez más y mayor. «Siempre hemos mirado al cielo con devoción. Las pirámides, los zigurats, las catedrales góticas, los rascacielos, las construcciones en altura siempre han buscado acercar al hombre a la divinidad», dice.

Una mezcla de devoción y ego se combinan en la competición por alcanzar el cielo

Para bien o para mal, el conocimiento humano permite arañar los cielos con cada vez más fuerza y esa capacidad se traduce en pesimismo hacia lo que está por venir. «Nuestro futuro, a menos que seamos exterminados por nosotros mismos, pasa por la construcción de más y más edificios, cada vez más grandes, más impresionantes».

Frente a la superpoblación, el afán desarrollista, la necesidad de superar retos técnicos y el propio ego humano seguirá estando la resistencia, los que luchan por mantenerse a ras de suelo y en campo abierto que, proporcionalmente, son los menos. Martínez piensa que, además, tienen otro reto por delante: rescatar el espacio rural, «un espacio en crisis, que poco a poco vamos abandonando o, incluso peor, transformando en un parque temático para nuestras actividades vacacionales».

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