24 de enero 2018    /   CINE/TV
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La serie ‘La zona’ está hecha de elementos que despiertan el desasosiego

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La zona está hecha con el material del que se construye el desasosiego: sueños rotos y vidas truncadas, podredumbre, miserias morales y miserias físicas, ambiciones deshonestas y sangre derramada… sobre una tierra yerma bajo un cielo radioactivo.

A primera vista el argumento parece simple: durante la limpieza de una catástrofe nuclear en Asturias (Chernobyl será un referente constante para los personajes), un asesino caníbal ataca a quienes han decidido quedarse a reconstruir sus vidas en las zonas más deprimidas.

El crimen como excusa para el retrato de la sociedad

El encargado de la investigación es un policía (un portentoso Eduard Fernández) quemado, como tantos policías de la ficción. Perdió a su hijo en el accidente de la central; a consecuencia de ello, se apartó de la esposa y cayó en el alcohol. En los primeros compases creemos que los capítulos seguirán el conocido esquema de caza al hombre por un policía que necesita, si no redimirse, sí aprender a hacerse cargo de sí mismo. Sin embargo, los hermanos Sánchez-Cabezudo –creadores de la serie– se atreven a quemar las tramas. Como ocurre en la serie 24, en La zona hay una carrera de relevos de criminales: un villano desaparece para dar paso a otro, un peldaño por encima, más sofisticado, más poderoso, más peligroso.

Esto permite un retrato del crimen desde las esferas inferiores a las superiores, todas resultados de la explotación del dolor y el sufrimiento ajenos. El seguimiento de los criminales permite además mostrar un fresco de la sociedad. De esta manera, la serie está más cerca de las intenciones de la novela negra que del thriller.

En La zona está concentrada –como en cualquier parte de la geografía nacional– la España rural y por momentos primitiva; la urbana deprimida de casas autoconstruidas con materiales precarios y los realojos en casas baratas; los barrios populares de la clase media desfavorecida y las construcciones megalómanas de los explotadores (empresarios sin escrúpulos y políticos corruptos).

Los personajes de Eduard Fernández y Alexandra Jiménez forman una pareja que se consuela de sus naufragios emocionales. Fernández perdió a su hijo en la central. Alexandra formó parte del equipo de autopsias. En cuanto ambas investigaciones se inician, sabemos que acabarán confluyendo, aunque no sabemos ni cómo ni en qué punto. Los personajes están más tiempo separados que juntos.

Y todo bajo una oscuridad que asfixia. La catástrofe nuclear resalta lo sombrío del espíritu humano.

la-zona-lobos

Las noches asturianas, los días oscuros

La mayoría de los capítulos comienzan y acaban con la noche, y cuando no, con días nublados, días lluviosos… Cuando aparece el sol, está enfermo. Por el contrario, las imágenes del pasado tienen los colores cálidos de un filtro de fotografía digital: en la memoria de los personajes está el color limpio, con las risas e incluso la rutina familiar.

Tanta oscuridad es necesaria: nos aferra a la pesadilla, acerca el malestar de los personajes, las víctimas. Es una noches que nos mantiene de manera literal en LA ZONA devastada por el desastre de una central nuclear y el vacío y el dolor y la impotencia de las víctimas. Oscuridad adornada por momentos por notas musicales que zumban molestas y que anuncian la presencia del mal.

Para agobiar al público, los hermanos Sánchez-Cabezudo no dudan en contravenir los manuales clásicos de guion. En ellos está escrito que es fácil enlazar días distintos, pero no así las noches. Dicen los teóricos que dos noches consecutivas confunden al público, que le impide apreciar el paso del tiempo.

En una de las escenas, los hermanos Sánchez-Cabezudo pasan

de una noche

a un oscuro amanecer asturiano

(de un plano a otro)

con unas simples líneas de diálogo.

Cuando la noche no está fuera, está en los interiores: antros abiertos durante el día inundados de luces rojas o verdes. Espacios funcionariales llenos de negro y azul, ordenados y pulidos como contraste con los barrios de las clases desfavorecidas y las zonas profundamente afectadas por el desastre nuclear.

Bogart de cañas

La oscuridad arropa la confusión. La zona comienza in medias res, en la mitad de las cosas, con una joven que huye a la carrera de tres hombres con trajes de protección contra la radiación. Después hay asesinatos truculentos. Cazadores de hombres. Drogas. Policías corruptos. Policías desubicados.

El policía que llega de La Central (Manolo Solo) no funciona como el personaje ajeno al lugar con el que el público se identificará y a través del cual conocerá los entresijos del lugar. De nuevo, los hermanos Sánchez-Cabezudo contravienen los manuales. Este policía es un obstáculo para que el personaje de Eduard Fernández tenga libertad para moverse al estilo de la vieja escuela. Fernández tiene algo del Bogart perdedor: vive con el desencanto del drama, arañando brevísimos momentos de felicidad cuando no se autocompadece con alcohol. En cualquier caso, la honestidad y la lealtad y el sentido de ayudar a las víctimas están por encima de sus debilidades.

La compasión por el criminal de baja estofa

El público entra en el juego de la oscuridad con la esperanza de encontrar luz… Y llega. El capítulo 7 salta al pasado y las narraciones de tres testigos en tres puntos diferentes de la geografía de La Zona unen los hilos para el público. Otro atrevimiento. Pero lo que parecería un flashback explicativo, como ocurre en tantas ficciones policiales, se convierte, por su longitud, en un flashback dramático. Nos acerca a los delincuentes que limpian La Zona. Algunos con delitos graves y execrables. (No son robos para comer). Aun así, el sufrimiento que padecen por la descontaminación radioactiva despierta compasión.

Los hermanos Sánchez-Cabezudo se han cuidado de proyectar una imagen vulnerable de los criminales subalternos, los desquiciados y los que son unos pobres diablos. Todos ellos son, al fin y al cabo, supervivientes de la catástrofe y, mucho antes, el fruto de la gestión de los criminales de despachos enmoquetados. Estos últimos están tratados tan solo por sus vicios.

Esto es España

Se resuelven misterios en el capítulo 7, sí, pero quedan flecos que se resuelven o no al final. Uno cree que en algún momento del final alguien dirá a Eduard Fernández: «Olvídalo, esto es España» a la manera de aquel «olvídalo, Jake, esto es Chinatown» de Chinatown.

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A primera vista el argumento parece simple: durante la limpieza de una catástrofe nuclear en Asturias (Chernobyl será un referente constante para los personajes), un asesino caníbal ataca a quienes han decidido quedarse a reconstruir sus vidas en las zonas más deprimidas.

El crimen como excusa para el retrato de la sociedad

El encargado de la investigación es un policía (un portentoso Eduard Fernández) quemado, como tantos policías de la ficción. Perdió a su hijo en el accidente de la central; a consecuencia de ello, se apartó de la esposa y cayó en el alcohol. En los primeros compases creemos que los capítulos seguirán el conocido esquema de caza al hombre por un policía que necesita, si no redimirse, sí aprender a hacerse cargo de sí mismo. Sin embargo, los hermanos Sánchez-Cabezudo –creadores de la serie– se atreven a quemar las tramas. Como ocurre en la serie 24, en La zona hay una carrera de relevos de criminales: un villano desaparece para dar paso a otro, un peldaño por encima, más sofisticado, más poderoso, más peligroso.

Esto permite un retrato del crimen desde las esferas inferiores a las superiores, todas resultados de la explotación del dolor y el sufrimiento ajenos. El seguimiento de los criminales permite además mostrar un fresco de la sociedad. De esta manera, la serie está más cerca de las intenciones de la novela negra que del thriller.

En La zona está concentrada –como en cualquier parte de la geografía nacional– la España rural y por momentos primitiva; la urbana deprimida de casas autoconstruidas con materiales precarios y los realojos en casas baratas; los barrios populares de la clase media desfavorecida y las construcciones megalómanas de los explotadores (empresarios sin escrúpulos y políticos corruptos).

Los personajes de Eduard Fernández y Alexandra Jiménez forman una pareja que se consuela de sus naufragios emocionales. Fernández perdió a su hijo en la central. Alexandra formó parte del equipo de autopsias. En cuanto ambas investigaciones se inician, sabemos que acabarán confluyendo, aunque no sabemos ni cómo ni en qué punto. Los personajes están más tiempo separados que juntos.

Y todo bajo una oscuridad que asfixia. La catástrofe nuclear resalta lo sombrío del espíritu humano.

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Las noches asturianas, los días oscuros

La mayoría de los capítulos comienzan y acaban con la noche, y cuando no, con días nublados, días lluviosos… Cuando aparece el sol, está enfermo. Por el contrario, las imágenes del pasado tienen los colores cálidos de un filtro de fotografía digital: en la memoria de los personajes está el color limpio, con las risas e incluso la rutina familiar.

Tanta oscuridad es necesaria: nos aferra a la pesadilla, acerca el malestar de los personajes, las víctimas. Es una noches que nos mantiene de manera literal en LA ZONA devastada por el desastre de una central nuclear y el vacío y el dolor y la impotencia de las víctimas. Oscuridad adornada por momentos por notas musicales que zumban molestas y que anuncian la presencia del mal.

Para agobiar al público, los hermanos Sánchez-Cabezudo no dudan en contravenir los manuales clásicos de guion. En ellos está escrito que es fácil enlazar días distintos, pero no así las noches. Dicen los teóricos que dos noches consecutivas confunden al público, que le impide apreciar el paso del tiempo.

En una de las escenas, los hermanos Sánchez-Cabezudo pasan

de una noche

a un oscuro amanecer asturiano

(de un plano a otro)

con unas simples líneas de diálogo.

Cuando la noche no está fuera, está en los interiores: antros abiertos durante el día inundados de luces rojas o verdes. Espacios funcionariales llenos de negro y azul, ordenados y pulidos como contraste con los barrios de las clases desfavorecidas y las zonas profundamente afectadas por el desastre nuclear.

Bogart de cañas

La oscuridad arropa la confusión. La zona comienza in medias res, en la mitad de las cosas, con una joven que huye a la carrera de tres hombres con trajes de protección contra la radiación. Después hay asesinatos truculentos. Cazadores de hombres. Drogas. Policías corruptos. Policías desubicados.

El policía que llega de La Central (Manolo Solo) no funciona como el personaje ajeno al lugar con el que el público se identificará y a través del cual conocerá los entresijos del lugar. De nuevo, los hermanos Sánchez-Cabezudo contravienen los manuales. Este policía es un obstáculo para que el personaje de Eduard Fernández tenga libertad para moverse al estilo de la vieja escuela. Fernández tiene algo del Bogart perdedor: vive con el desencanto del drama, arañando brevísimos momentos de felicidad cuando no se autocompadece con alcohol. En cualquier caso, la honestidad y la lealtad y el sentido de ayudar a las víctimas están por encima de sus debilidades.

La compasión por el criminal de baja estofa

El público entra en el juego de la oscuridad con la esperanza de encontrar luz… Y llega. El capítulo 7 salta al pasado y las narraciones de tres testigos en tres puntos diferentes de la geografía de La Zona unen los hilos para el público. Otro atrevimiento. Pero lo que parecería un flashback explicativo, como ocurre en tantas ficciones policiales, se convierte, por su longitud, en un flashback dramático. Nos acerca a los delincuentes que limpian La Zona. Algunos con delitos graves y execrables. (No son robos para comer). Aun así, el sufrimiento que padecen por la descontaminación radioactiva despierta compasión.

Los hermanos Sánchez-Cabezudo se han cuidado de proyectar una imagen vulnerable de los criminales subalternos, los desquiciados y los que son unos pobres diablos. Todos ellos son, al fin y al cabo, supervivientes de la catástrofe y, mucho antes, el fruto de la gestión de los criminales de despachos enmoquetados. Estos últimos están tratados tan solo por sus vicios.

Esto es España

Se resuelven misterios en el capítulo 7, sí, pero quedan flecos que se resuelven o no al final. Uno cree que en algún momento del final alguien dirá a Eduard Fernández: «Olvídalo, esto es España» a la manera de aquel «olvídalo, Jake, esto es Chinatown» de Chinatown.

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