11 de septiembre 2017    /   IDEAS
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La Feria de Albacete se celebra en un laberinto

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La Feria de Albacete, que se celebra todos los años del 7 al 17 de septiembre, va ganando adeptos, nacionales e internacionales, que no se quieren perder esta cita anual manchega. Porque, si bien tiene elementos que le asemejan a otras ferias, también tiene algo que la diferencia, que la hace única: el recinto ferial es un laberinto.

El origen de esta feria se sitúa en el año 1375, nada más y nada menos. Entonces era un punto de encuentro, comercio e intercambio de ganado, entre otras cosas. Pero fue en 1783 cuando se construyó este recinto, único en el mundo, irrepetible. Conocido como La Sartén o Los Redondeles por su extraña forma, alberga durante 10 días a personajes locales y foráneos que a todas horas encuentran una buena compañía.

¿Cuál es esa extraña forma que lo hace irrepetible? Supongamos que lo dibujamos con un compás. En el centro, donde la aguja se fija, hay un templete musical de carácter modernista. Después, concéntricos, hasta tres anillos que albergan todo tipo de comercios, bares, músicas y ofertas gastronómicas.

Sí, hay casetas; sí, hay caballos; sí, todavía sigue habiendo corridas de toros. Hay atracciones feriales, también se escucha reagetton del malo, se bebe a conciencia y muchas cosas más se comparten con otras ferias de otras ciudades. Pero es ese recinto ferial, Los Redondeles, el que lo tiñe todo de un color mágico.

feria albacete2

Este conjunto laberíntico de círculos concéntricos se prolonga por uno de sus lados. Un paseo central y dos laterales que actúan como si fuera un mango de una sartén y los círculos como si de la propia sartén se tratara. «Se le llama La Sartén porque aquí venimos a freírnos durante 10 días», explicaba anoche, a altas horas de la madrugada, Mari Carmen, de 35 años, vestida con el traje folklórico manchego, antes de continuar su camino, en zigzag.

«Aquí lo malo es que cuando ya te has bebido algunas copas no sabes por dónde salir; y empiezas a dar vueltas en Los Redondeles y no sabes ni dónde estás. Tiene algo de mística la borrachera», relataba Miguel, de 25 años, justo antes de correr al reencuentro con un viejo amigo. «¿Qué marcha me llevas, Luisico?», le preguntó Miguel. «Ya te estaba poniendo falta», le respondió Luisico. Allí se quedaron. Horas después siguieron debatiendo acaloradamente sobre el tema catalán, en una de las múltiples vueltas que darían por los Redondeles intentando escapar con vida de aquella larga noche.

Y, claro, es que el 7 de septiembre se abrieron un año más las Puertas de Hierros, de estilo mudéjar, esas que dan entrada al laberinto. Las llaves de estas puertas las custodia el alcalde, que las abre a las 12 de la noche, puntual, todos los 7 de septiembre, y las cierra a las 12 de la noche, puntual, el 17.

Y en el centro de La Sartén, en el Templete, donde se sitúa la aguja del compás, debe de haber un imán, porque durante 10 días la gente deambula, de arco en arco (los estands de las asociaciones, colectivos sociales, empresas, etc. tienen forma de arco) bebiendo, riendo, comiendo. Y no se van; o cuando lo hacen, ya están pensando en volver.

«Ven, que te invito a un miguelito», retaba anoche Llanos, de 30 años. Y, como por arte de magia, se sacó de la chistera una caja de los típicos pasteles de La Roda. Y ahí estuvo, degustando miguelitos mientras convidaba a algunos de los que caminaban alrededor. «Lo mejor de la feria es el bocadillo de guarras», dice un hombre que pasaba por ahí, dándole bocados a un bocata que podría ser casi tan grande como su cabeza. La guarra, una especie de chistorra, denominación de origen manchega.

feria albacete1

Y venga vueltas y vueltas, sin encontrar la salida, y mira que hay muchas, pero cuesta verlas. Y, de repente, el estand de Amnistía Internacional, vaya musicote. Más adelante el estand de los bomberos buceadores, que no se sabe muy bien, a estas alturas, qué significa. «Aquí cada peña, asociación, partido político, tiene su espacio, la feria la construimos entre todos», explicaba Amparo, de unos 36 años, preocupada porque no encontraba el sombrero de paja que minutos antes llevaba en la cabeza.

El sombrero lo lucía, en ese momento, Raquel. «Ahora te lo devuelvo, espera que me haga una foto», decía mientras enfocaba un selfi con la estatua de Don Quijote y Sancho Panza de fondo. «Ya me lo han quitado tres veces, pero hoy llego yo con el gorro en la cabeza a mi casa», aseguraba Amparo, que no se daba cuenta que ya no era hoy, sino mañana, por las horas que eran, como tampoco se enteraba de que podría ocurrirle que tampoco encontrara la salida de aquel intrigante laberinto.

Y así, durante horas, intentando salir de Los Redondeles, sin conseguirlo. A cada paso, más se pierde la gente, sin saber si está en el primer redondel, el segundo o el tercero. Cada vaso vacío se rellena. Y tras tres bocadillos, uno de guarras, un blanco y negro (chorizo y morcilla) y otro de jamón, igual puedes encontrarte en el laberinto y marcharte, antes de arrepentirte, y de que suene por décima vez el Despacito.

La feria de Albacete tiene lo suyo. Se van a reír, que allí a la gente no les cuesta ser chanante amable. Pero no entren, si quieren estar poco tiempo. Les va a costar salir sin perderse en el intento. Recuerda: en el templete modernista del centro de Los Redondeles hay un imán. Dicho esto, regresamos para dentro, a ver quién y qué nos encontramos. Si se animan, vayan y compartan una caja de miguelitos.

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El origen de esta feria se sitúa en el año 1375, nada más y nada menos. Entonces era un punto de encuentro, comercio e intercambio de ganado, entre otras cosas. Pero fue en 1783 cuando se construyó este recinto, único en el mundo, irrepetible. Conocido como La Sartén o Los Redondeles por su extraña forma, alberga durante 10 días a personajes locales y foráneos que a todas horas encuentran una buena compañía.

¿Cuál es esa extraña forma que lo hace irrepetible? Supongamos que lo dibujamos con un compás. En el centro, donde la aguja se fija, hay un templete musical de carácter modernista. Después, concéntricos, hasta tres anillos que albergan todo tipo de comercios, bares, músicas y ofertas gastronómicas.

Sí, hay casetas; sí, hay caballos; sí, todavía sigue habiendo corridas de toros. Hay atracciones feriales, también se escucha reagetton del malo, se bebe a conciencia y muchas cosas más se comparten con otras ferias de otras ciudades. Pero es ese recinto ferial, Los Redondeles, el que lo tiñe todo de un color mágico.

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Este conjunto laberíntico de círculos concéntricos se prolonga por uno de sus lados. Un paseo central y dos laterales que actúan como si fuera un mango de una sartén y los círculos como si de la propia sartén se tratara. «Se le llama La Sartén porque aquí venimos a freírnos durante 10 días», explicaba anoche, a altas horas de la madrugada, Mari Carmen, de 35 años, vestida con el traje folklórico manchego, antes de continuar su camino, en zigzag.

«Aquí lo malo es que cuando ya te has bebido algunas copas no sabes por dónde salir; y empiezas a dar vueltas en Los Redondeles y no sabes ni dónde estás. Tiene algo de mística la borrachera», relataba Miguel, de 25 años, justo antes de correr al reencuentro con un viejo amigo. «¿Qué marcha me llevas, Luisico?», le preguntó Miguel. «Ya te estaba poniendo falta», le respondió Luisico. Allí se quedaron. Horas después siguieron debatiendo acaloradamente sobre el tema catalán, en una de las múltiples vueltas que darían por los Redondeles intentando escapar con vida de aquella larga noche.

Y, claro, es que el 7 de septiembre se abrieron un año más las Puertas de Hierros, de estilo mudéjar, esas que dan entrada al laberinto. Las llaves de estas puertas las custodia el alcalde, que las abre a las 12 de la noche, puntual, todos los 7 de septiembre, y las cierra a las 12 de la noche, puntual, el 17.

Y en el centro de La Sartén, en el Templete, donde se sitúa la aguja del compás, debe de haber un imán, porque durante 10 días la gente deambula, de arco en arco (los estands de las asociaciones, colectivos sociales, empresas, etc. tienen forma de arco) bebiendo, riendo, comiendo. Y no se van; o cuando lo hacen, ya están pensando en volver.

«Ven, que te invito a un miguelito», retaba anoche Llanos, de 30 años. Y, como por arte de magia, se sacó de la chistera una caja de los típicos pasteles de La Roda. Y ahí estuvo, degustando miguelitos mientras convidaba a algunos de los que caminaban alrededor. «Lo mejor de la feria es el bocadillo de guarras», dice un hombre que pasaba por ahí, dándole bocados a un bocata que podría ser casi tan grande como su cabeza. La guarra, una especie de chistorra, denominación de origen manchega.

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Y venga vueltas y vueltas, sin encontrar la salida, y mira que hay muchas, pero cuesta verlas. Y, de repente, el estand de Amnistía Internacional, vaya musicote. Más adelante el estand de los bomberos buceadores, que no se sabe muy bien, a estas alturas, qué significa. «Aquí cada peña, asociación, partido político, tiene su espacio, la feria la construimos entre todos», explicaba Amparo, de unos 36 años, preocupada porque no encontraba el sombrero de paja que minutos antes llevaba en la cabeza.

El sombrero lo lucía, en ese momento, Raquel. «Ahora te lo devuelvo, espera que me haga una foto», decía mientras enfocaba un selfi con la estatua de Don Quijote y Sancho Panza de fondo. «Ya me lo han quitado tres veces, pero hoy llego yo con el gorro en la cabeza a mi casa», aseguraba Amparo, que no se daba cuenta que ya no era hoy, sino mañana, por las horas que eran, como tampoco se enteraba de que podría ocurrirle que tampoco encontrara la salida de aquel intrigante laberinto.

Y así, durante horas, intentando salir de Los Redondeles, sin conseguirlo. A cada paso, más se pierde la gente, sin saber si está en el primer redondel, el segundo o el tercero. Cada vaso vacío se rellena. Y tras tres bocadillos, uno de guarras, un blanco y negro (chorizo y morcilla) y otro de jamón, igual puedes encontrarte en el laberinto y marcharte, antes de arrepentirte, y de que suene por décima vez el Despacito.

La feria de Albacete tiene lo suyo. Se van a reír, que allí a la gente no les cuesta ser chanante amable. Pero no entren, si quieren estar poco tiempo. Les va a costar salir sin perderse en el intento. Recuerda: en el templete modernista del centro de Los Redondeles hay un imán. Dicho esto, regresamos para dentro, a ver quién y qué nos encontramos. Si se animan, vayan y compartan una caja de miguelitos.

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