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27 de enero 2017    /   CREATIVIDAD
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Labios selfi envasados al vacío y otros sarcasmos modernos

27 de enero 2017    /   CREATIVIDAD     por          
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Antes de empezar a hablar, de niño, Francesco Vullo dibujaba. El dibujo fue desde el principio su primer paso para aprender la realidad: «En lugar de aprender palabras solía dibujar los objetos y luego preguntar qué nombre tenían», cuenta. A los 23 años ya sabe hablar, pero sigue traduciendo el mundo a través de la ilustración. Sus trabajos son ideogramas, conceptos complejos para los que no ha encontrado quien le indique la palabra exacta.

Vullo, nacido en Palermo, se mudó a Milán para graduarse en el Instituto Europeo de Diseño. La naturaleza de sus obras no es exactamente reivindicativa, no existe un objetivo final ni una propuesta de acción, pero tal vez sí ayudan a estimular la posición temperamental que empuja a la rebeldía. Son bofetones que nos despiertan y dan forma a ciertos descontentos abstractos que nos rondaban por la cabeza. Descontentos hacia adentro muchas veces, contra nosotros mismos.

«El arte te permite expresar una visión y unos pensamientos y hacerlos accesibles a todos; no puede contrarrestar el insoportable avance del consumismo y el capitalismo, pero puede arrojar luz sobre ciertos aspectos y provocar una reflexión crítica», expresa. Y así intenta hacerlo con sus más de 70.000 seguidores de Instagram.

Sus ilustraciones, cinceladas con Photoshop e Illustrator, combinan fotografía y dibujo. Reconoce que han jugado un papel moldeador de su estilo artistas como Magritte, Andy Warhol, Bansky, Maurizio Cattelan o Fidia Falaschetti. También ha estudiado a los autores clásicos y, de hecho, se embarca en revisiones de obras históricas como El caminante sobre el mar de nubes de Caspar David Friedrich, al que le espera un anuncio de McDonalds al final de la borrasca; o El pensador de Rodin, al que le inventa un motivo de preocupación 2.0: a través de un bocadillo nos enteramos de que tiene cero me gusta.

francesco vullo

«Los clásicos siempre tienen algo que decirnos, es emocionante comprobar cómo su visión, perteneciendo a épocas diferentes, refleja muchas situaciones de hoy», explica.

El consumo es uno de los temas predilectos de Vullo. Sus trabajos estudian cómo las lógicas de compra han ido escarbando en nosotros hasta configurarnos una identidad basada en el símbolo, en el diseño; investiga cómo nuestros deseos y satisfacciones en apariencia más instintivos se han subyugado a esos esquemas. Un ejemplo es su tostadora de Chanel que imprime el logotipo en cada rebanada de pan. Es el ansia y la desesperación de inyectarnos la marca en el organismo.

francesco vullo

 

El joven ilustrador se ha preocupado desde sus primeros diseños por cómo utilizamos los objetos para proyectar incapacidades y prolongar los roles sociales. Down the road fue el primer trabajo que sintió como propio y original: «Quería crear algo visualmente bello y con un impacto entre inteligente e irónico. Dibujé una carretera que cruzaba unas colinas, atravesada por un coche a toda velocidad. De un rápido vistazo parece un paisaje de colores vibrantes, pero en una visión más cercana, nos damos cuenta de que las vertiginosas curvas del camino se transforman en las formas sensuales de la espalda de una mujer», describe. El coche como extensión de la virilidad, la mujer como tierra navegable y rendida a la potencia mecánica e inhumana de las cuatro ruedas.

francesco vullo

francesco vullo

Francesco Vullo tiene un filósofo de cabecera que le ayuda a captar las brechas de la realidad, el absurdo. Se trata del recientemente fallecido Zygmund Bauman, el teórico de la sociedad líquida: «Bauman analiza el frenético movimiento de la economía, de las transformaciones sociales de los años recientes y su impacto en la vida diaria y las relaciones personales».

La liquidez más extrema se reafirma cada día en las redes sociales. Esa liquidez llega a fundir los rostros y darles nuevas formas en aplicaciones como Snapchat, así le ocurre a la pareja de mormones que Vullo dibuja con un iPhone entre las manos. Una de las aportaciones más brutales del autor desvela el fondo de mutilación del ser que, en el fondo, habita en la obsesión de buscar en cada selfi la versión más canónica de nuestro propio rostro: son unos labios rojos de silicona envasados como se envasa la carne troceada en los supermercados.

francesco vullo

francesco vullo

«Las redes sociales son un arma de doble filo: nos permiten interactuar con millones de personas procedentes de todo el planeta, informarnos en tiempo real y compartir trabajos con una comunidad activa, pero al mismo tiempo crean alienación y egodependencia… El virus del narcisismo parece habernos golpeado a todos».

Cada una de las ilustraciones es la conclusión de un largo proceso de creación: «Normalmente surgen de reflexiones sobre la sociedad contemporánea y de noticias que oigo cada día. Luego elijo el tema, pienso mucho sobre la manera en que debería dibujarlo, intento ser lo más inteligente y efectivo que pueda. El resultado que deseo obtener es crear una imagen que hable al público», sintetiza.

francesco vullo

francesco vullo

El eco en redes sociales y en prensa de su país e internacional demuestran un interés del público por detectar las hipocresías de esta época. Para Vullo, la mayor hipocresía de todos los tiempos sigue siendo la religión como medida para tomar decisiones y orientar la vida privada y pública. La censura de la imagen femenina en redes sociales, la condena del pezón exclusivamente femenino (como él se queja en su reinterpretación de la Venus de Milo) ejemplifica que los pudores de la fe siguen infiltrándose en las dinámicas más modernas.

Sin embargo, a pesar del esfuerzo, el riesgo de que la protesta de Vullo caiga en saco roto es alto, precisamente por esa liquidez de la que hablaba Bauman. Los usuarios celebran las ilustraciones y descubren fallas en sí mismos, pero el mundo de las redes ha creado una nueva modalidad de rebelión que se niega a sí misma: una suerte de la crítica lúdica. Sabemos que somos víctimas, que los labios en celofán podrían ser los nuestros y, en cierta medida, tomamos esa revelación como una diversión más, como algo más que compartir y olvidar.

Antes de empezar a hablar, de niño, Francesco Vullo dibujaba. El dibujo fue desde el principio su primer paso para aprender la realidad: «En lugar de aprender palabras solía dibujar los objetos y luego preguntar qué nombre tenían», cuenta. A los 23 años ya sabe hablar, pero sigue traduciendo el mundo a través de la ilustración. Sus trabajos son ideogramas, conceptos complejos para los que no ha encontrado quien le indique la palabra exacta.

Vullo, nacido en Palermo, se mudó a Milán para graduarse en el Instituto Europeo de Diseño. La naturaleza de sus obras no es exactamente reivindicativa, no existe un objetivo final ni una propuesta de acción, pero tal vez sí ayudan a estimular la posición temperamental que empuja a la rebeldía. Son bofetones que nos despiertan y dan forma a ciertos descontentos abstractos que nos rondaban por la cabeza. Descontentos hacia adentro muchas veces, contra nosotros mismos.

«El arte te permite expresar una visión y unos pensamientos y hacerlos accesibles a todos; no puede contrarrestar el insoportable avance del consumismo y el capitalismo, pero puede arrojar luz sobre ciertos aspectos y provocar una reflexión crítica», expresa. Y así intenta hacerlo con sus más de 70.000 seguidores de Instagram.

Sus ilustraciones, cinceladas con Photoshop e Illustrator, combinan fotografía y dibujo. Reconoce que han jugado un papel moldeador de su estilo artistas como Magritte, Andy Warhol, Bansky, Maurizio Cattelan o Fidia Falaschetti. También ha estudiado a los autores clásicos y, de hecho, se embarca en revisiones de obras históricas como El caminante sobre el mar de nubes de Caspar David Friedrich, al que le espera un anuncio de McDonalds al final de la borrasca; o El pensador de Rodin, al que le inventa un motivo de preocupación 2.0: a través de un bocadillo nos enteramos de que tiene cero me gusta.

francesco vullo

«Los clásicos siempre tienen algo que decirnos, es emocionante comprobar cómo su visión, perteneciendo a épocas diferentes, refleja muchas situaciones de hoy», explica.

El consumo es uno de los temas predilectos de Vullo. Sus trabajos estudian cómo las lógicas de compra han ido escarbando en nosotros hasta configurarnos una identidad basada en el símbolo, en el diseño; investiga cómo nuestros deseos y satisfacciones en apariencia más instintivos se han subyugado a esos esquemas. Un ejemplo es su tostadora de Chanel que imprime el logotipo en cada rebanada de pan. Es el ansia y la desesperación de inyectarnos la marca en el organismo.

francesco vullo

 

El joven ilustrador se ha preocupado desde sus primeros diseños por cómo utilizamos los objetos para proyectar incapacidades y prolongar los roles sociales. Down the road fue el primer trabajo que sintió como propio y original: «Quería crear algo visualmente bello y con un impacto entre inteligente e irónico. Dibujé una carretera que cruzaba unas colinas, atravesada por un coche a toda velocidad. De un rápido vistazo parece un paisaje de colores vibrantes, pero en una visión más cercana, nos damos cuenta de que las vertiginosas curvas del camino se transforman en las formas sensuales de la espalda de una mujer», describe. El coche como extensión de la virilidad, la mujer como tierra navegable y rendida a la potencia mecánica e inhumana de las cuatro ruedas.

francesco vullo

francesco vullo

Francesco Vullo tiene un filósofo de cabecera que le ayuda a captar las brechas de la realidad, el absurdo. Se trata del recientemente fallecido Zygmund Bauman, el teórico de la sociedad líquida: «Bauman analiza el frenético movimiento de la economía, de las transformaciones sociales de los años recientes y su impacto en la vida diaria y las relaciones personales».

La liquidez más extrema se reafirma cada día en las redes sociales. Esa liquidez llega a fundir los rostros y darles nuevas formas en aplicaciones como Snapchat, así le ocurre a la pareja de mormones que Vullo dibuja con un iPhone entre las manos. Una de las aportaciones más brutales del autor desvela el fondo de mutilación del ser que, en el fondo, habita en la obsesión de buscar en cada selfi la versión más canónica de nuestro propio rostro: son unos labios rojos de silicona envasados como se envasa la carne troceada en los supermercados.

francesco vullo

francesco vullo

«Las redes sociales son un arma de doble filo: nos permiten interactuar con millones de personas procedentes de todo el planeta, informarnos en tiempo real y compartir trabajos con una comunidad activa, pero al mismo tiempo crean alienación y egodependencia… El virus del narcisismo parece habernos golpeado a todos».

Cada una de las ilustraciones es la conclusión de un largo proceso de creación: «Normalmente surgen de reflexiones sobre la sociedad contemporánea y de noticias que oigo cada día. Luego elijo el tema, pienso mucho sobre la manera en que debería dibujarlo, intento ser lo más inteligente y efectivo que pueda. El resultado que deseo obtener es crear una imagen que hable al público», sintetiza.

francesco vullo

francesco vullo

El eco en redes sociales y en prensa de su país e internacional demuestran un interés del público por detectar las hipocresías de esta época. Para Vullo, la mayor hipocresía de todos los tiempos sigue siendo la religión como medida para tomar decisiones y orientar la vida privada y pública. La censura de la imagen femenina en redes sociales, la condena del pezón exclusivamente femenino (como él se queja en su reinterpretación de la Venus de Milo) ejemplifica que los pudores de la fe siguen infiltrándose en las dinámicas más modernas.

Sin embargo, a pesar del esfuerzo, el riesgo de que la protesta de Vullo caiga en saco roto es alto, precisamente por esa liquidez de la que hablaba Bauman. Los usuarios celebran las ilustraciones y descubren fallas en sí mismos, pero el mundo de las redes ha creado una nueva modalidad de rebelión que se niega a sí misma: una suerte de la crítica lúdica. Sabemos que somos víctimas, que los labios en celofán podrían ser los nuestros y, en cierta medida, tomamos esa revelación como una diversión más, como algo más que compartir y olvidar.

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