26 de mayo 2022    /   CREATIVIDAD
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Las personas, el único motor de la arquitectura de Lacaton y Vassal

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En 1996, el ayuntamiento de Burdeos encargó a Anne Lacaton y Jean-Philippe Vassal la restauración de una plaza a las afueras de la ciudad: la plaza Leon Aucoc. Lacaton y Vassal tenían apenas 40 años y ese era el primer proyecto profesional que les encargaba su ciudad. 

Fueron allí, miraron, volvieron a mirar, y tomaron la decisión más honesta, más bella y más radical que puede hacer un arquitecto: no hicieron nada. Nada. Pero no fue ningún tipo de protesta. Fue sencillamente la expresión de un posicionamiento extremadamente coherente con lo que significa hacer las cosas bien. Si las cosas ya son bonitas, si ya están bien, entonces no hay que hacer nada. No hay necesidad de añadir nada.

Lacaton y Vassal solo recomendaron la limpieza periódica de la plaza y un pequeño sistema de riego para los árboles. Lo demás lo dejaron igual. Y eso es un proyecto de arquitectura. Tomar esa decisión es un proyecto de arquitectura de primer orden.

No era su primera obra. Su primera obra, quizá la fundacional, fue una casa hecha en 1993. Una casa para una familia que quería una casa grande con un jardín grande pero que tenía muy poco dinero. Con esa premisa, otros habrían dicho que era imposible, pero Lacaton y Vassal no. Lacaton y Vassal lo hicieron. Se llama Casa Latapie y es un prodigio del hacer más (mucho más) con lo justo. Pero no es un prodigio porque la pareja de arquitectos haga magia, sencillamente toman las decisiones más eficaces. 

Por ejemplo, para conseguir más espacio con el mismo presupuesto, en la casa Latapie emplearon un sistema de invernadero agrícola, perfectamente útil, perfectamente comprobado y perfectamente eficaz; pero mucho más barato que los sistemas convencionales de construcción. Así de fácil. 

En esos años 90, mientras el mundo se volvía loco con los arquitectos estrella que hacían edificios monumentales de siluetas imposiblemente voluptuosas, gastándose por el camino cantidades obscenas de dinero, Lacaton y Vassal comenzaban a hacer proyectos de mayor envergadura, pero siempre entendiendo que la economía de medios es un regalo. 

Es la base real que genera toda su arquitectura: las personas. Cómo viven las personas, cómo se relacionan las personas entre ellas y con el entorno que las rodea, cuánto dinero tienen, cómo hacemos para que sean más felices. Las personas son el verdadero, el único motor de su arquitectura

 

Su planteamiento era —y es— muy sencillo: si con los sistemas convencionales solo puedo construir 100 metros cuadrados, con sistemas agrícolas o ahorrando en acabados, que no siempre hacen una mejor arquitectura, se puede hacer 200 metros cuadrados. O 300. O 500. Eso es un regalo. Un verdadero regalo. 

Porque los arquitectos siempre decimos que el centro de nuestro trabajo son las personas, pero más de una vez no es así. En el caso de Lacaton y Vassal siempre es así. Es la base real que genera toda su arquitectura: las personas. Cómo viven las personas, cómo se relacionan las personas entre ellas y con el entorno que las rodea, cuánto dinero tienen, cómo hacemos para que sean más felices. Las personas son el verdadero, el único motor de su arquitectura. 

Así es en la Cité Manifeste de Mulhouse de 2005. Así es en el museo de arte contemporáneo FRAC de Dunkerque, de 2009. Así es en el parisino Palais de Tokyo. Pero esto no es una boutade ni un brindis al sol; es una apuesta radical. Si tu casa, si tu edificio es más grande habiendo gastado menos dinero, tú eres más libre y eres más feliz. Es casi una perogrullada, pero esta casi perogrullada no la hace prácticamente nadie en el panorama arquitectónico contemporáneo. 

El caso del Palais de Tokyo es fundacional. En el año 2000, el ayuntamiento de París propuso la rehabilitación de un edificio de 1937 situado en una posición privilegiada junto al Sena. El edificio había vivido mil y un usos y mil y una vicisitudes a lo largo de los años, pero ahora se encontraba en un estado de semiabandono. Como una cicatriz en la vida cultural parisina.

El problema era que, para intentar curar esa cicatriz, se disponía de un presupuesto muy reducido. Con ese presupuesto, otros arquitectos quizá habrían habilitado mil metros cuadrados llenos de mármoles o maderas o aceros corten; algo pretendidamente acorde con el emplazamiento de la obra. En cambio, Lacaton y Vassal habilitaron 5.000 metros cuadrados. Cinco veces más. Pero 5.000 metros cuadrados casi desnudos, con el hormigón visto y sin falsos techos. Sustituyendo complicados sistemas de ocultación de lucernarios por telas agrícolas perfectamente funcionales. 5.000 metros cuadrados totalmente útiles y absolutamente libres.

Después del éxito de la rehabilitación del Palais de Tokyo llegarían las mejores de Lacaton y Vassal. Las más extremas. Las más posicionadas socialmente. Las que toman viejos edificios que ya no daban más de sí y los transforman en lugares para habitar. Quizá la mejor, quizá la que sirve de compendio a su arquitectura coherente y comprometida, es el Grand Parc de Burdeos. 

Construido en 2016, el Grand Parc es la monumental rehabilitación de 530 viviendas en varios bloques de los años 60. Bloques que se habían quedado viejos y se habían quedado pequeños. Bloques de fachadas algo herméticas, con paredes opacas y ventanas convencionales, que ahora son fachadas de miradas continuas al paisaje. Fachadas que han fotografiado cien veces revistas de arquitectura.

Si tu casa, si tu edificio es más grande habiendo gastado menos dinero, tú eres más libre y eres más feliz. Es casi una perogrullada, pero esta casi perogrullada no la hace prácticamente nadie en el panorama arquitectónico contemporáneo.

Pero, en realidad, esas fotos de las fachadas no son las mejores, porque las fotos del exterior no cuentan lo que significa de verdad la operación del Grand Parc.

Lacaton y Vassal estudiaron esos viejos bloques, los miraron, los remiraron y los entendieron. Y decidieron que no iban a cambiar el interior, más allá de mejoras en las instalaciones de fontanería o electricidad. Porque esos interiores eran las casas de las personas que vivían allí; eran sus objetos, eran su memoria. Eran su vida. 

Así que lo que hicieron fue, sencillamente, añadir una terraza. Una gran galería, un jardín de invierno. Y entonces, como si una mano invisible les hubiera quitado una venda, 530 familias que vivían en pequeñas viviendas sociales detrás de paredes opacas y ventanas convencionales, de repente tenían vistas, luz y calor. 

Y esas viviendas sociales se convirtieron en casas de lujo. El lujo de la luz y el espacio. El lujo para las personas que no pueden comprar lujo. Por eso, las mejores fotos del Grand Parc son las de los interiores de las galerías y los jardines de invierno, porque son fotos en las que sale la gente que vive allí. Y que vivía allí antes. Fotos con plantas, con sillas, con hamacas y con periquitos. Fotos con señores mirando y niños jugando y jóvenes haciendo planes para salir por la noche. Fotos de vida. 

El 16 de marzo de 2021, la Fundación Hyatt concedió el Premio Pritzker a Anne Lacaton y Jean-Philippe Vassal. En el anuncio del galardón, resaltaron la «priorización del enriquecimiento de la vida humana a través de la generosidad y la libertad de uso».  Normalmente, en las fotografías de arquitectura la atención se presta al edificio. La gente no es importante. Sin embargo, Lacaton y Vassal siempre eligen las imágenes que nos enseñan a las personas que viven en sus obras. Las personas que las transforman y las hacen suyas; que las habitan y las disfrutan. Las personas.

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En 1996, el ayuntamiento de Burdeos encargó a Anne Lacaton y Jean-Philippe Vassal la restauración de una plaza a las afueras de la ciudad: la plaza Leon Aucoc. Lacaton y Vassal tenían apenas 40 años y ese era el primer proyecto profesional que les encargaba su ciudad. 

Fueron allí, miraron, volvieron a mirar, y tomaron la decisión más honesta, más bella y más radical que puede hacer un arquitecto: no hicieron nada. Nada. Pero no fue ningún tipo de protesta. Fue sencillamente la expresión de un posicionamiento extremadamente coherente con lo que significa hacer las cosas bien. Si las cosas ya son bonitas, si ya están bien, entonces no hay que hacer nada. No hay necesidad de añadir nada.

Lacaton y Vassal solo recomendaron la limpieza periódica de la plaza y un pequeño sistema de riego para los árboles. Lo demás lo dejaron igual. Y eso es un proyecto de arquitectura. Tomar esa decisión es un proyecto de arquitectura de primer orden.

No era su primera obra. Su primera obra, quizá la fundacional, fue una casa hecha en 1993. Una casa para una familia que quería una casa grande con un jardín grande pero que tenía muy poco dinero. Con esa premisa, otros habrían dicho que era imposible, pero Lacaton y Vassal no. Lacaton y Vassal lo hicieron. Se llama Casa Latapie y es un prodigio del hacer más (mucho más) con lo justo. Pero no es un prodigio porque la pareja de arquitectos haga magia, sencillamente toman las decisiones más eficaces. 

Por ejemplo, para conseguir más espacio con el mismo presupuesto, en la casa Latapie emplearon un sistema de invernadero agrícola, perfectamente útil, perfectamente comprobado y perfectamente eficaz; pero mucho más barato que los sistemas convencionales de construcción. Así de fácil. 

En esos años 90, mientras el mundo se volvía loco con los arquitectos estrella que hacían edificios monumentales de siluetas imposiblemente voluptuosas, gastándose por el camino cantidades obscenas de dinero, Lacaton y Vassal comenzaban a hacer proyectos de mayor envergadura, pero siempre entendiendo que la economía de medios es un regalo. 

Es la base real que genera toda su arquitectura: las personas. Cómo viven las personas, cómo se relacionan las personas entre ellas y con el entorno que las rodea, cuánto dinero tienen, cómo hacemos para que sean más felices. Las personas son el verdadero, el único motor de su arquitectura

 

 

Su planteamiento era —y es— muy sencillo: si con los sistemas convencionales solo puedo construir 100 metros cuadrados, con sistemas agrícolas o ahorrando en acabados, que no siempre hacen una mejor arquitectura, se puede hacer 200 metros cuadrados. O 300. O 500. Eso es un regalo. Un verdadero regalo. 

Porque los arquitectos siempre decimos que el centro de nuestro trabajo son las personas, pero más de una vez no es así. En el caso de Lacaton y Vassal siempre es así. Es la base real que genera toda su arquitectura: las personas. Cómo viven las personas, cómo se relacionan las personas entre ellas y con el entorno que las rodea, cuánto dinero tienen, cómo hacemos para que sean más felices. Las personas son el verdadero, el único motor de su arquitectura. 

Así es en la Cité Manifeste de Mulhouse de 2005. Así es en el museo de arte contemporáneo FRAC de Dunkerque, de 2009. Así es en el parisino Palais de Tokyo. Pero esto no es una boutade ni un brindis al sol; es una apuesta radical. Si tu casa, si tu edificio es más grande habiendo gastado menos dinero, tú eres más libre y eres más feliz. Es casi una perogrullada, pero esta casi perogrullada no la hace prácticamente nadie en el panorama arquitectónico contemporáneo. 

El caso del Palais de Tokyo es fundacional. En el año 2000, el ayuntamiento de París propuso la rehabilitación de un edificio de 1937 situado en una posición privilegiada junto al Sena. El edificio había vivido mil y un usos y mil y una vicisitudes a lo largo de los años, pero ahora se encontraba en un estado de semiabandono. Como una cicatriz en la vida cultural parisina.

El problema era que, para intentar curar esa cicatriz, se disponía de un presupuesto muy reducido. Con ese presupuesto, otros arquitectos quizá habrían habilitado mil metros cuadrados llenos de mármoles o maderas o aceros corten; algo pretendidamente acorde con el emplazamiento de la obra. En cambio, Lacaton y Vassal habilitaron 5.000 metros cuadrados. Cinco veces más. Pero 5.000 metros cuadrados casi desnudos, con el hormigón visto y sin falsos techos. Sustituyendo complicados sistemas de ocultación de lucernarios por telas agrícolas perfectamente funcionales. 5.000 metros cuadrados totalmente útiles y absolutamente libres.

Después del éxito de la rehabilitación del Palais de Tokyo llegarían las mejores de Lacaton y Vassal. Las más extremas. Las más posicionadas socialmente. Las que toman viejos edificios que ya no daban más de sí y los transforman en lugares para habitar. Quizá la mejor, quizá la que sirve de compendio a su arquitectura coherente y comprometida, es el Grand Parc de Burdeos. 

Construido en 2016, el Grand Parc es la monumental rehabilitación de 530 viviendas en varios bloques de los años 60. Bloques que se habían quedado viejos y se habían quedado pequeños. Bloques de fachadas algo herméticas, con paredes opacas y ventanas convencionales, que ahora son fachadas de miradas continuas al paisaje. Fachadas que han fotografiado cien veces revistas de arquitectura.

Si tu casa, si tu edificio es más grande habiendo gastado menos dinero, tú eres más libre y eres más feliz. Es casi una perogrullada, pero esta casi perogrullada no la hace prácticamente nadie en el panorama arquitectónico contemporáneo.

Pero, en realidad, esas fotos de las fachadas no son las mejores, porque las fotos del exterior no cuentan lo que significa de verdad la operación del Grand Parc.

Lacaton y Vassal estudiaron esos viejos bloques, los miraron, los remiraron y los entendieron. Y decidieron que no iban a cambiar el interior, más allá de mejoras en las instalaciones de fontanería o electricidad. Porque esos interiores eran las casas de las personas que vivían allí; eran sus objetos, eran su memoria. Eran su vida. 

Así que lo que hicieron fue, sencillamente, añadir una terraza. Una gran galería, un jardín de invierno. Y entonces, como si una mano invisible les hubiera quitado una venda, 530 familias que vivían en pequeñas viviendas sociales detrás de paredes opacas y ventanas convencionales, de repente tenían vistas, luz y calor. 

Y esas viviendas sociales se convirtieron en casas de lujo. El lujo de la luz y el espacio. El lujo para las personas que no pueden comprar lujo. Por eso, las mejores fotos del Grand Parc son las de los interiores de las galerías y los jardines de invierno, porque son fotos en las que sale la gente que vive allí. Y que vivía allí antes. Fotos con plantas, con sillas, con hamacas y con periquitos. Fotos con señores mirando y niños jugando y jóvenes haciendo planes para salir por la noche. Fotos de vida. 

El 16 de marzo de 2021, la Fundación Hyatt concedió el Premio Pritzker a Anne Lacaton y Jean-Philippe Vassal. En el anuncio del galardón, resaltaron la «priorización del enriquecimiento de la vida humana a través de la generosidad y la libertad de uso».  Normalmente, en las fotografías de arquitectura la atención se presta al edificio. La gente no es importante. Sin embargo, Lacaton y Vassal siempre eligen las imágenes que nos enseñan a las personas que viven en sus obras. Las personas que las transforman y las hacen suyas; que las habitan y las disfrutan. Las personas.

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