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28 de mayo 2015    /   IDEAS
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Los ladrones roban menos dinero que la gente «no ladrona»

28 de mayo 2015    /   IDEAS     por          
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La línea divisoria entre la honestidad de la deshonestidad es delgada. Tan delgada que, al tratar de localizarla, todos nosotros parece que suframos cataratas o presbicia. Ni siquiera al ajustarnos las gafas de rompetechos logramos distinguirla. Solo a través de herramientas externas perfectamente calibradas, al estilo de un microscopio electrónico de barrido, llegamos a verla con cierto detalle. Y entonces lo que observamos no se parece en nada a una línea, sino a una estructura llena de hendiduras y crestas.
Solo así se explica que seamos tan ciegos a la evidencia a propósito del robo, la sustracción, el hurto de lo ajeno. Desde lejos, los que más roban son los personajes tipificados legalmente como ladrones. Bárcenas, el tipo que se pasea por las Ramblas de Barcelona o por Sol pinzando entre los dedos la cartera de algún turista despistado, los que tiraban de tarjetas Black, el que nos estafa un puñado de euros con alguna triquiñuela.
Pero si nos acercamos, el panorama cambia. Entonces los que más robamos somos nosotros, todos nosotros, los que aseguramos que no robamos, los que enarbolamos nuestra honestidad sin fisuras. Incluso los beatíficos candidatos de Podemos son, bajo esta óptica, perfectos ladrones.
Los ladrones cotidianos (e invisibles)
Echemos mano de los datos: el coste total de todos los atracos acaecidos en Estados Unidos durante el año 2004 fue de 525 millones de dólares. La pérdida media de cada robo supuso 1.300 dólares. No obstante, si solo nos fijamos en los fraudes y pequeñas sustracciones que llevan a cabo los empleados en su puesto de trabajo, la cifra asciende a 600.000 millones de dólares. Más que todos los atracos, allanamientos, hurtos y robos de coches en el país, que en 2004 fue de unos 16.000 millones de dólares.
Lo irónico, sin embargo, no es que condenemos moralmente a una clase de ladrones y no a otros, sino que también invirtamos una ingente cantidad de recursos para cazar a unos y no a otros, entre policías y jueces y otras fuerzas coercitivas dedicadas a la captura y confinamiento de los ladrones, como han analizado Nina Mazar y Dan Ariely.
En el día a día se cometen muchos más deslices morales que, sumados todos, suponen una mayor «carga de robo», si se permite la expresión, tal y como escribe el psicólogo cognitivo Dan Ariely en su libro Las ventajas del deseo:

«Cada año, según los informes proporcionados por las compañías de seguros, los estadounidenses añadieron un total de 24.000 millones inexistentes en los partes relacionados con pérdidas de propiedades. Paralelamente, la Hacienda estadounidense estima que sufre unas pérdidas de 350.000 millones de dólares anuales representadas por la diferencia entre lo que ellos calculan que la gente debería pagar de impuestos y lo que realmente paga. También la industria de la venta al detalle tiene sus propios dolores de cabeza en ese sentido: en Estados Unidos pierde 16.000 millones de dólares cada año debido a los clientes que compran ropa, la llevan sin quitarle la etiqueta, y luego devuelven esas prendas (ahora usadas) a la tienda, donde se les reintegra lo que habían pagado por ellas».

El contexto como ladrón
Hasta los individuos más rectos moralmente pueden envilecerse si el contexto resulta propicio para ello. Diversos experimentos controlados sugieren que muchas personas honestas en general, si se le presenta la oportunidad, pueden cometer una deshonestidad. Además, cuando los participantes en estos experimentos consiguen hacer trampas sin ser pillados, más tarde repetirán de forma más asidua esta clase de trampas, sin verse tan influidos por el riesgo a ser descubiertos. Como si se acostumbraran a ser deshonestos en ese punto. Como si esa deshonestidad hubiese dejado de ser tal. Un ejemplo de este tipo de experimentos lo tenemos en este estudio publicado en Journal of Marketing Research.
La razón de que la gente sea tan veleta, desplazándose bajo el capricho contextual de un lado al otro del fiel de la balanza moral, se debe a que la honestidad también es una conducta social y no solo una elección individual. Es decir, somos honestos para labrarnos una reputación frente a los demás. Como decía Adam Smith en la Teoría de los sentimientos morales:

«El éxito de estas personas, casi siempre depende del favor y buena opinión de sus vecinos e iguales, y sin una conducta lo suficientemente común estos muy rara vez pueden obtenerlo».

Es decir, que las personas realizan continuamente, y de forma inconsciente, operaciones de coste-beneficio en relación a su honestidad. Y también en relación a su deshonestidad. Si nadie va a enterarse de nuestro desliz, entonces es más probable que lo cometamos. Y la clase de deslices que comenten los «no ladrones» suelen ser del tipo que no se persiguen penalmente, no trascienden a los medios de comunicación e, incluso, a menudo ni siquiera se reprueban socialmente: «robo bolígrafos a mi empresa porque ella me roba a mí pagándome menos de lo que debería», por ejemplo. «Me llevo la toalla del hotel porque mucha gente lo hace y nunca pasa nada».
Los contextos en los que hay personas más honestas generan más honestidad, como el pez que se muerde la cola, y viceversa. La estrategia para ponerle el cascabel al gato, es decir, el medio por el cual podemos conseguir que una sociedad empiece a ser más honesta para que sus habitantes, por sí mismos, retroalimenten esa tendencia es incognoscible. Depende de demasiadas variables. Naturalmente parece importar la educación, pero también el legado histórico, la prosperidad económica, la igualdad socioeconómica, unas leyes y reglamentaciones estrictas y una larga ristra de factores que aún no sabemos muy bien cómo interaccionan mutuamente.
Según datos del Transparency International Corruption Perceptions Index del año 2014, Estados Unidos ocupa el puesto 17 del mundo en términos de percepción de integridad. Dinamarca ocupa el primer puesto. El último, el puesto número 174, es para Somalia. Los contextos, pues, parecen importantes, porque incluso los inmigrantes que llegan a los países más honestos acaban comportándose de forma más honesta respecto a cómo lo hacían en sus países de origen.
No sabemos qué rasgos posee Estados Unidos para estar tan lejos de Dinamarca respecto a su percepción de honestidad. Pero un rasgo universal, que parece incidir en la deshonestidad en todos los rincones del mundo, parece ser el exceso de poder. Cuando las personas tienen más poder que la mayoría, entonces experimentan cierta ceguera empática. Es la razón de que los ladrones de cuello blanco sean tan omnipresentes, y que incluso parezca que no se arrepienten de sus delitos. Interesantes experimentos al respecto sugieren estas correlaciones.
Como remata Robert Trivers, biólogo de Harvard, en su libro La insensatez de los necios:

«La psicología demuestra que el poder corrompe los procesos mentales desde un comienzo. Cuando la gente experimenta la sensación de poder, se siente menos inclinada a contemplar el punto de vista de los otros y es proclive a tomar en cuenta su propio pensamiento exclusivamente».

¿Alguien acaba de pensar en un portero de discoteca?

La línea divisoria entre la honestidad de la deshonestidad es delgada. Tan delgada que, al tratar de localizarla, todos nosotros parece que suframos cataratas o presbicia. Ni siquiera al ajustarnos las gafas de rompetechos logramos distinguirla. Solo a través de herramientas externas perfectamente calibradas, al estilo de un microscopio electrónico de barrido, llegamos a verla con cierto detalle. Y entonces lo que observamos no se parece en nada a una línea, sino a una estructura llena de hendiduras y crestas.
Solo así se explica que seamos tan ciegos a la evidencia a propósito del robo, la sustracción, el hurto de lo ajeno. Desde lejos, los que más roban son los personajes tipificados legalmente como ladrones. Bárcenas, el tipo que se pasea por las Ramblas de Barcelona o por Sol pinzando entre los dedos la cartera de algún turista despistado, los que tiraban de tarjetas Black, el que nos estafa un puñado de euros con alguna triquiñuela.
Pero si nos acercamos, el panorama cambia. Entonces los que más robamos somos nosotros, todos nosotros, los que aseguramos que no robamos, los que enarbolamos nuestra honestidad sin fisuras. Incluso los beatíficos candidatos de Podemos son, bajo esta óptica, perfectos ladrones.
Los ladrones cotidianos (e invisibles)
Echemos mano de los datos: el coste total de todos los atracos acaecidos en Estados Unidos durante el año 2004 fue de 525 millones de dólares. La pérdida media de cada robo supuso 1.300 dólares. No obstante, si solo nos fijamos en los fraudes y pequeñas sustracciones que llevan a cabo los empleados en su puesto de trabajo, la cifra asciende a 600.000 millones de dólares. Más que todos los atracos, allanamientos, hurtos y robos de coches en el país, que en 2004 fue de unos 16.000 millones de dólares.
Lo irónico, sin embargo, no es que condenemos moralmente a una clase de ladrones y no a otros, sino que también invirtamos una ingente cantidad de recursos para cazar a unos y no a otros, entre policías y jueces y otras fuerzas coercitivas dedicadas a la captura y confinamiento de los ladrones, como han analizado Nina Mazar y Dan Ariely.
En el día a día se cometen muchos más deslices morales que, sumados todos, suponen una mayor «carga de robo», si se permite la expresión, tal y como escribe el psicólogo cognitivo Dan Ariely en su libro Las ventajas del deseo:

«Cada año, según los informes proporcionados por las compañías de seguros, los estadounidenses añadieron un total de 24.000 millones inexistentes en los partes relacionados con pérdidas de propiedades. Paralelamente, la Hacienda estadounidense estima que sufre unas pérdidas de 350.000 millones de dólares anuales representadas por la diferencia entre lo que ellos calculan que la gente debería pagar de impuestos y lo que realmente paga. También la industria de la venta al detalle tiene sus propios dolores de cabeza en ese sentido: en Estados Unidos pierde 16.000 millones de dólares cada año debido a los clientes que compran ropa, la llevan sin quitarle la etiqueta, y luego devuelven esas prendas (ahora usadas) a la tienda, donde se les reintegra lo que habían pagado por ellas».

El contexto como ladrón
Hasta los individuos más rectos moralmente pueden envilecerse si el contexto resulta propicio para ello. Diversos experimentos controlados sugieren que muchas personas honestas en general, si se le presenta la oportunidad, pueden cometer una deshonestidad. Además, cuando los participantes en estos experimentos consiguen hacer trampas sin ser pillados, más tarde repetirán de forma más asidua esta clase de trampas, sin verse tan influidos por el riesgo a ser descubiertos. Como si se acostumbraran a ser deshonestos en ese punto. Como si esa deshonestidad hubiese dejado de ser tal. Un ejemplo de este tipo de experimentos lo tenemos en este estudio publicado en Journal of Marketing Research.
La razón de que la gente sea tan veleta, desplazándose bajo el capricho contextual de un lado al otro del fiel de la balanza moral, se debe a que la honestidad también es una conducta social y no solo una elección individual. Es decir, somos honestos para labrarnos una reputación frente a los demás. Como decía Adam Smith en la Teoría de los sentimientos morales:

«El éxito de estas personas, casi siempre depende del favor y buena opinión de sus vecinos e iguales, y sin una conducta lo suficientemente común estos muy rara vez pueden obtenerlo».

Es decir, que las personas realizan continuamente, y de forma inconsciente, operaciones de coste-beneficio en relación a su honestidad. Y también en relación a su deshonestidad. Si nadie va a enterarse de nuestro desliz, entonces es más probable que lo cometamos. Y la clase de deslices que comenten los «no ladrones» suelen ser del tipo que no se persiguen penalmente, no trascienden a los medios de comunicación e, incluso, a menudo ni siquiera se reprueban socialmente: «robo bolígrafos a mi empresa porque ella me roba a mí pagándome menos de lo que debería», por ejemplo. «Me llevo la toalla del hotel porque mucha gente lo hace y nunca pasa nada».
Los contextos en los que hay personas más honestas generan más honestidad, como el pez que se muerde la cola, y viceversa. La estrategia para ponerle el cascabel al gato, es decir, el medio por el cual podemos conseguir que una sociedad empiece a ser más honesta para que sus habitantes, por sí mismos, retroalimenten esa tendencia es incognoscible. Depende de demasiadas variables. Naturalmente parece importar la educación, pero también el legado histórico, la prosperidad económica, la igualdad socioeconómica, unas leyes y reglamentaciones estrictas y una larga ristra de factores que aún no sabemos muy bien cómo interaccionan mutuamente.
Según datos del Transparency International Corruption Perceptions Index del año 2014, Estados Unidos ocupa el puesto 17 del mundo en términos de percepción de integridad. Dinamarca ocupa el primer puesto. El último, el puesto número 174, es para Somalia. Los contextos, pues, parecen importantes, porque incluso los inmigrantes que llegan a los países más honestos acaban comportándose de forma más honesta respecto a cómo lo hacían en sus países de origen.
No sabemos qué rasgos posee Estados Unidos para estar tan lejos de Dinamarca respecto a su percepción de honestidad. Pero un rasgo universal, que parece incidir en la deshonestidad en todos los rincones del mundo, parece ser el exceso de poder. Cuando las personas tienen más poder que la mayoría, entonces experimentan cierta ceguera empática. Es la razón de que los ladrones de cuello blanco sean tan omnipresentes, y que incluso parezca que no se arrepienten de sus delitos. Interesantes experimentos al respecto sugieren estas correlaciones.
Como remata Robert Trivers, biólogo de Harvard, en su libro La insensatez de los necios:

«La psicología demuestra que el poder corrompe los procesos mentales desde un comienzo. Cuando la gente experimenta la sensación de poder, se siente menos inclinada a contemplar el punto de vista de los otros y es proclive a tomar en cuenta su propio pensamiento exclusivamente».

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