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3 de mayo 2018    /   IDEAS
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Diez lecciones de política moderna con ‘Ladybug’

3 de mayo 2018    /   IDEAS     por          
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Tanto si tienes niños pequeños a tu alrededor como si no, en los últimos meses habrás percibido una irrupción de mariquitas a tu alrededor. En concreto, en forma de mochilas, sudaderas y merchandising diverso con la imagen de una chica de pelo corto negro, antifaz sobre unos grandes ojos azules y un traje de superheroína con motivo de mariquita. Es Ladybug.

Se trata de uno de los últimos fenómenos de la animación patria en nuestro país. Básicamente, la historia de la hija de unos panaderos parisinos que conoce a un maestro –con un sorprendente parecido al mítico señor Miyagi de Karate Kid– que le hace poseedora de un prodigio. Se trata de un pequeño bicho que, a través de sus pendientes, le hace convertirse en una superheroína ágil y flexible, destinada a proteger a sus conciudadanos.

Junto a ella lucha otro chico que tiene poderes similares, además de cierta capacidad de destrucción, llamado Cat Noir (seguramente un guiño chauvinista a Le chat noir de Montmartre). Juntos combaten al malvado Lepidóptero, que es el padre de Cat Noir –algo que, claro, ellos no saben–.

¿Y qué demonios tiene todo esto que ver con la política? Los dibujos y la animación casi siempre tienen algo de política. El rey león es una contundente lección acerca de las monarquías y las hegemonías. La sirenita habla de la ambición y el chantaje. Peter Pan es un canto a la rebelión de las clases populares. Siempre hay política en casi todo. Y Ladybug no iba a ser una excepción.

Un liderazgo feminista

La primera lección política es bastante evidente: ella es la protagonista y él, el acompañante. De hecho, ella tiene en su prodigio la habilidad de liberar del mal a los enemigos, algo que él no puede hacer. Siempre son las ideas de ella, y no las de él, la que les hacen ganar sus combates. Todo gira a su alrededor. Igual que sucede con la evolución de los cuentos infantiles y las historias de animación, ahora son ellas las que mandan.

Nuevos centros de poder

Ladybug es uno de los últimos ejemplos de animación francesa. No se puede decir que Francia sea un productor menor en ese sector, pero es cierto que no era la potencia principal. Y, tras décadas de dominio asiático y americano, parece que empiezan a despuntar otros creadores de animación, como la propia Francia o en menor medida España.

Igualito que en la política internacional vigente, en la que los que mandaban ahora parece que mandan algo menos –aunque en ese caso, España no aparece en la lista de potencias emergentes–.

Adaptación a un mundo cambiante

En Ladybug los superpoderes no son como en otras series, donde son absolutos y molones. Cuando la protagonista –que, por cierto, se llama Marinette– invoca sus poderes, no es precisamente una fuerza de la naturaleza la que acude en su ayuda.

De hecho, siempre le cae del cielo en forma de superpoder el objeto más inesperado posible. Por ejemplo, un radiador para derrotar a una esgrimista invencible. La superheroína, por tanto, no es lo que es por ser fuerte –un atributo que suele primar en las narrativas clásicas–, sino por ser capaz de buscar cómo utilizar los recursos disponibles –en este caso, haciendo que su rival ataque y encajando la espada en el radiador para partirla–.

Ten tus secretos a buen recaudo

Los protagonistas, como buenos jóvenes parisinos, sufren un peculiar enredo amoroso: la chica (Marinette) quiere al chico (Adrián), y el superhéroe (Cat Noir, que es Adrián) quiere a la superheroína (Ladybug). Pero, claro, ninguno sabe que son las mismas personas.

La viejísima dicotomía entre vida personal y vida de superhéroe –que de forma tan divertida plasmaba la película de Los Increíbles– se une aquí a cierto enredo amoroso de corte adolescente. Salvaguardar la identidad, aunque eso suponga no realizar el deseo personal, es una vía de sacrificio primaria para cualquier superhéroe que se precie. De lo contrario, ya se sabe, uno acaba siendo vulnerable, exactamente igual que en política.

Tus enemigos siempre visibilizarán tus errores

Al hilo de lo anterior, cuando uno entra en Gran Hermano, debe saber que su pasado se someterá al escrutinio de la opinión pública y que se acabará descubriendo cualquier humillación posible, por enterrada en el tiempo que parezca.

Lo mismo se puede decir de alguien cuando aspira a ser concejal de Ayuntamiento y ha tuiteado barbaridades en el pasado, o cuando se llega a presidenta autonómica haciendo campaña anticorrupción y resulta que tenía muertos en el armario en forma de másteres regalados y robos en tiendas.

En la serie, los enemigos son gente real convertida en malvados que potencian sus sentimientos negativos. Los akuma’, mariposas enviadas por Lepidóptero, explotan sus miedos, frustraciones y rabias para convertirles en un arma. En la política y en el amor todo vale.

El relevo generacional

Uno de los lamentos más comunes de las nuevas fuerzas políticas es quejarse de que no alcanzan el poder porque los estratos más envejecidos de la población no les votan. En la serie, esa lucha generacional se refleja de forma descarnada porque Lepidóptero, el malo de la serie, es el padre de Cat Noir. Al más puro estilo de Pablo Iglesias, aunque algo más sutil, la idea es que el mal reside en lo establecido y la esperanza está en quienes vienen a cambiar el mundo.

Siempre hay una salida diplomática

Ninguno de los dos protagonistas conoce la identidad real del malvado enemigo, al menos al principio. No es que sea un recurso narrativo nuevo eso de que el padre de un héroe es el antihéroe –basta pensar en Star Wars–, pero en este caso aporta una posibilidad de redención final para el malvado.

Siendo como son unos buenazos todos, cuesta creer en que el final de la trama acabe con la destrucción del enemigo, sino más bien con su liberación. Aunque también en este caso la identidad del malvado en la vida real muestre a alguien profundamente frío y egoísta.

Fin de la política tradicional

Fuera del discurso de los buenos y los malos, hay otros malos intermedios. Es el caso de una compañera de clase de los protagonistas, una niña rica y estirada hija del alcalde.

De hecho, es como es precisamente por ser hija del alcalde: amenaza a cualquiera y hace lo que le viene en gana porque sabe que tiene la protección del político más poderoso del lugar. Más allá de la moraleja simplona contra la mezquindad del poder, hay también un potente discurso contra la élite política clásica: el poder corrompe y daña.

La mentira de la clase media

En las sociedades avanzadas casi todos sus miembros dicen pertenecer –y, en cierto modo, pertenecen– a la clase media. Clase media-alta es, de hecho, el eufemismo de moda en la aspiracional sociedad de mercado.

En la serie la protagonista es hija de trabajadores, humildes panaderos que, sin embargo, poseen una imponente rinconada, ático incluido, con vistas al centro de París. Marinette, de hecho, tiene una habitación abuhardillada con una impresionante terraza que haría las delicias de cualquier rico que se precie. La clase obrera ya no es ese estrato desfavorecido que pintaban las viejas retóricas políticas.

No hay mejor amiga que una prensa favorable

Como buena superheroína, Ladybug cuenta con una admiradora relevante. Se trata de su mejor amiga en la vida real, que desconoce que su compañera es en realidad la superheroína a la que admira y sigue.

De hecho, es la creadora y administradora del LadyBlog, un espacio en internet dedicado a Ladybug que acaba siendo la fuente oficial de información sobre ella. Una fuente, claro, favorable y parcial. Pero nadie puede acabar siendo la figura pública más aclamada del lugar sin cierto trato de favor en los medios, ¿verdad?

Tanto si tienes niños pequeños a tu alrededor como si no, en los últimos meses habrás percibido una irrupción de mariquitas a tu alrededor. En concreto, en forma de mochilas, sudaderas y merchandising diverso con la imagen de una chica de pelo corto negro, antifaz sobre unos grandes ojos azules y un traje de superheroína con motivo de mariquita. Es Ladybug.

Se trata de uno de los últimos fenómenos de la animación patria en nuestro país. Básicamente, la historia de la hija de unos panaderos parisinos que conoce a un maestro –con un sorprendente parecido al mítico señor Miyagi de Karate Kid– que le hace poseedora de un prodigio. Se trata de un pequeño bicho que, a través de sus pendientes, le hace convertirse en una superheroína ágil y flexible, destinada a proteger a sus conciudadanos.

Junto a ella lucha otro chico que tiene poderes similares, además de cierta capacidad de destrucción, llamado Cat Noir (seguramente un guiño chauvinista a Le chat noir de Montmartre). Juntos combaten al malvado Lepidóptero, que es el padre de Cat Noir –algo que, claro, ellos no saben–.

¿Y qué demonios tiene todo esto que ver con la política? Los dibujos y la animación casi siempre tienen algo de política. El rey león es una contundente lección acerca de las monarquías y las hegemonías. La sirenita habla de la ambición y el chantaje. Peter Pan es un canto a la rebelión de las clases populares. Siempre hay política en casi todo. Y Ladybug no iba a ser una excepción.

Un liderazgo feminista

La primera lección política es bastante evidente: ella es la protagonista y él, el acompañante. De hecho, ella tiene en su prodigio la habilidad de liberar del mal a los enemigos, algo que él no puede hacer. Siempre son las ideas de ella, y no las de él, la que les hacen ganar sus combates. Todo gira a su alrededor. Igual que sucede con la evolución de los cuentos infantiles y las historias de animación, ahora son ellas las que mandan.

Nuevos centros de poder

Ladybug es uno de los últimos ejemplos de animación francesa. No se puede decir que Francia sea un productor menor en ese sector, pero es cierto que no era la potencia principal. Y, tras décadas de dominio asiático y americano, parece que empiezan a despuntar otros creadores de animación, como la propia Francia o en menor medida España.

Igualito que en la política internacional vigente, en la que los que mandaban ahora parece que mandan algo menos –aunque en ese caso, España no aparece en la lista de potencias emergentes–.

Adaptación a un mundo cambiante

En Ladybug los superpoderes no son como en otras series, donde son absolutos y molones. Cuando la protagonista –que, por cierto, se llama Marinette– invoca sus poderes, no es precisamente una fuerza de la naturaleza la que acude en su ayuda.

De hecho, siempre le cae del cielo en forma de superpoder el objeto más inesperado posible. Por ejemplo, un radiador para derrotar a una esgrimista invencible. La superheroína, por tanto, no es lo que es por ser fuerte –un atributo que suele primar en las narrativas clásicas–, sino por ser capaz de buscar cómo utilizar los recursos disponibles –en este caso, haciendo que su rival ataque y encajando la espada en el radiador para partirla–.

Ten tus secretos a buen recaudo

Los protagonistas, como buenos jóvenes parisinos, sufren un peculiar enredo amoroso: la chica (Marinette) quiere al chico (Adrián), y el superhéroe (Cat Noir, que es Adrián) quiere a la superheroína (Ladybug). Pero, claro, ninguno sabe que son las mismas personas.

La viejísima dicotomía entre vida personal y vida de superhéroe –que de forma tan divertida plasmaba la película de Los Increíbles– se une aquí a cierto enredo amoroso de corte adolescente. Salvaguardar la identidad, aunque eso suponga no realizar el deseo personal, es una vía de sacrificio primaria para cualquier superhéroe que se precie. De lo contrario, ya se sabe, uno acaba siendo vulnerable, exactamente igual que en política.

Tus enemigos siempre visibilizarán tus errores

Al hilo de lo anterior, cuando uno entra en Gran Hermano, debe saber que su pasado se someterá al escrutinio de la opinión pública y que se acabará descubriendo cualquier humillación posible, por enterrada en el tiempo que parezca.

Lo mismo se puede decir de alguien cuando aspira a ser concejal de Ayuntamiento y ha tuiteado barbaridades en el pasado, o cuando se llega a presidenta autonómica haciendo campaña anticorrupción y resulta que tenía muertos en el armario en forma de másteres regalados y robos en tiendas.

En la serie, los enemigos son gente real convertida en malvados que potencian sus sentimientos negativos. Los akuma’, mariposas enviadas por Lepidóptero, explotan sus miedos, frustraciones y rabias para convertirles en un arma. En la política y en el amor todo vale.

El relevo generacional

Uno de los lamentos más comunes de las nuevas fuerzas políticas es quejarse de que no alcanzan el poder porque los estratos más envejecidos de la población no les votan. En la serie, esa lucha generacional se refleja de forma descarnada porque Lepidóptero, el malo de la serie, es el padre de Cat Noir. Al más puro estilo de Pablo Iglesias, aunque algo más sutil, la idea es que el mal reside en lo establecido y la esperanza está en quienes vienen a cambiar el mundo.

Siempre hay una salida diplomática

Ninguno de los dos protagonistas conoce la identidad real del malvado enemigo, al menos al principio. No es que sea un recurso narrativo nuevo eso de que el padre de un héroe es el antihéroe –basta pensar en Star Wars–, pero en este caso aporta una posibilidad de redención final para el malvado.

Siendo como son unos buenazos todos, cuesta creer en que el final de la trama acabe con la destrucción del enemigo, sino más bien con su liberación. Aunque también en este caso la identidad del malvado en la vida real muestre a alguien profundamente frío y egoísta.

Fin de la política tradicional

Fuera del discurso de los buenos y los malos, hay otros malos intermedios. Es el caso de una compañera de clase de los protagonistas, una niña rica y estirada hija del alcalde.

De hecho, es como es precisamente por ser hija del alcalde: amenaza a cualquiera y hace lo que le viene en gana porque sabe que tiene la protección del político más poderoso del lugar. Más allá de la moraleja simplona contra la mezquindad del poder, hay también un potente discurso contra la élite política clásica: el poder corrompe y daña.

La mentira de la clase media

En las sociedades avanzadas casi todos sus miembros dicen pertenecer –y, en cierto modo, pertenecen– a la clase media. Clase media-alta es, de hecho, el eufemismo de moda en la aspiracional sociedad de mercado.

En la serie la protagonista es hija de trabajadores, humildes panaderos que, sin embargo, poseen una imponente rinconada, ático incluido, con vistas al centro de París. Marinette, de hecho, tiene una habitación abuhardillada con una impresionante terraza que haría las delicias de cualquier rico que se precie. La clase obrera ya no es ese estrato desfavorecido que pintaban las viejas retóricas políticas.

No hay mejor amiga que una prensa favorable

Como buena superheroína, Ladybug cuenta con una admiradora relevante. Se trata de su mejor amiga en la vida real, que desconoce que su compañera es en realidad la superheroína a la que admira y sigue.

De hecho, es la creadora y administradora del LadyBlog, un espacio en internet dedicado a Ladybug que acaba siendo la fuente oficial de información sobre ella. Una fuente, claro, favorable y parcial. Pero nadie puede acabar siendo la figura pública más aclamada del lugar sin cierto trato de favor en los medios, ¿verdad?

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Opiniones 4
  • Tu artículo me ha parecido interesante porque no me había puesto a pensar en
    la serie de esa manera. Yo sigo las aventuras de Ladybug por mis hijos que son súper fans, hasta me hicieron buscar los juguetes de Ladybug y afortunadamente
    los encontré aquí. He he! -> https://bandai.com.mx/marcas/miraculous Hay una gran variedad de las figuras y fashion dolls que permiten la imaginación.

    Pero con relación a si la serie de Ladybug está políticamente desarrollada o no, ya es cuestión de quién lo ve. Porque los niños están fascinados, y al final de cuentas cuenta una historia de adolescentes y «sus vidas cotidianas».

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