12 de julio 2018    /   ENTRETENIMIENTO
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Consejos para dejar de ser laísta

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[T]enía los ojos más cautivadores del mundo. De un color indefinido, a medio camino entre el azul y el gris, cuando clavaba la mirada en alguien, especialmente si ese alguien era mujer, las pupilas se le hacían más grandes, brillaban como soltando estrellitas y volvía locas a todas aquellas que se acercaban a él dispuestas a sucumbir a sus encantos. Marcela fue una de ellas. Desde que le vio al otro extremo de la barra del bar se dejó convencer por su porte de galán de telenovela, tan alto, tan pulcro, tan sonriente… Y aquellos ojos suyos que no podía dejar de mirar.

No es que ella fuera la más guapa entre todas las que se acercaban al adonis como moscas a la miel, pero sí debió ser la más rápida. Tras cruzarse las miradas, fue hasta él y trató de iniciar una conversación, pero la música estaba tan alta que apenas pudo entenderle dos palabras seguidas. Lo que escuchó le chirrió un poco, pero no le quiso dar importancia. Seguro que había oído mal. Con tanto ruido, era imposible distinguir si había cerebro debajo de aquel pelo minuciosamente despeinado.

Cuando la oreja dejó de servir como interlocutora, permitieron que la boca tomara el relevo, pero para dar otro uso a la lengua que nada tenía que ver con el lingüístico. Salieron del garito y se refugiaron en el piso de ella, que no quedaba muy lejos. Y dejaron que el resto del cuerpo siguiera con la comunicación.

Tras el polvo, tocaba ser cordial y Marcela buscó un tema de conversación. «Y, dime, ¿qué dice tu novia de que seas tan malo?», preguntó haciéndose la mimosa. «¡Na, porque no tengo! La dije que la dejaba porque había perdido punch y la pedí que no me llamara más hasta que se depilara las cejas, que no me gustaban na», soltó el adonis sin atisbo de vergüenza. «Pero ¿a dónde vas, tía?», preguntó a Marcela cuando vio que ella abría la puerta de la calle. «Yo, a ninguna parte. Pero tú, a cocear diccionarios por ahí». Y nunca más le volvió a ver.

El cerebro tiene razones que la libido no entiende y cuando los furores uterinos se han calmado, escuchar ciertas barbaridades (tanto en contenido como en continente) hacen que el cerebro de los más sensibles lingüísticamente hablando cortocircuite. Así le pasó a Marcela, que además de descubrir que su rollo de una noche era un auténtico capullo, por si fuera poco, también era laísta. El laísmo consiste en usar el pronombre la/las en lugar de le/les cuando cumple la función de complemento indirecto. *«La dije que…» por «Le dije que…» o *«La pedí que no me llamara» por «Le pedí…».

Es un rasgo característico de los hablantes de la zona central y noroccidental de Castilla, y de Cantabria, y el error viene, en muchas ocasiones, por tratar de hacer una distinción de género que no corresponde. Es decir, por tratar de explicar si es hombre o es mujer a quien hace referencia ese pronombre.

Pero, ojo, que muchas veces, por huir del laísmo, se puede caer en las garras del pérfido leísmo por ultracorrección. O lo que es lo mismo, el hablante laísta puede volverse tan fóbico al pronombre la que pondrá un le cada vez que tenga dudas, incluso cuando no corresponda. Como aquí: *A tu hermana no le he visto.

Los andaluces se libraron de esta tara lingüística y gracias a ellos, también los hablantes de Hispanoamérica, salvo algunos focos en el español andino.

Si eres castellano recio y un la mal puesto puede hacer cantar tu origen más que La Traviata, tienes dos posibilidades: imprimirte el gráfico que los chicos de Sinfaltas.como se han currado para evitar el laísmo o tatuarte en un lugar bien visible su chuleta a base de emojis.

O recurrir a tu amigo de Almería para que te diga si estás pecando de laísta o no. De la colleja no te librará nadie, aunque sea cariñosa, pero al menos solo a él se le caerán las pestañas cuando te oiga hablar.

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[T]enía los ojos más cautivadores del mundo. De un color indefinido, a medio camino entre el azul y el gris, cuando clavaba la mirada en alguien, especialmente si ese alguien era mujer, las pupilas se le hacían más grandes, brillaban como soltando estrellitas y volvía locas a todas aquellas que se acercaban a él dispuestas a sucumbir a sus encantos. Marcela fue una de ellas. Desde que le vio al otro extremo de la barra del bar se dejó convencer por su porte de galán de telenovela, tan alto, tan pulcro, tan sonriente… Y aquellos ojos suyos que no podía dejar de mirar.

No es que ella fuera la más guapa entre todas las que se acercaban al adonis como moscas a la miel, pero sí debió ser la más rápida. Tras cruzarse las miradas, fue hasta él y trató de iniciar una conversación, pero la música estaba tan alta que apenas pudo entenderle dos palabras seguidas. Lo que escuchó le chirrió un poco, pero no le quiso dar importancia. Seguro que había oído mal. Con tanto ruido, era imposible distinguir si había cerebro debajo de aquel pelo minuciosamente despeinado.

Cuando la oreja dejó de servir como interlocutora, permitieron que la boca tomara el relevo, pero para dar otro uso a la lengua que nada tenía que ver con el lingüístico. Salieron del garito y se refugiaron en el piso de ella, que no quedaba muy lejos. Y dejaron que el resto del cuerpo siguiera con la comunicación.

Tras el polvo, tocaba ser cordial y Marcela buscó un tema de conversación. «Y, dime, ¿qué dice tu novia de que seas tan malo?», preguntó haciéndose la mimosa. «¡Na, porque no tengo! La dije que la dejaba porque había perdido punch y la pedí que no me llamara más hasta que se depilara las cejas, que no me gustaban na», soltó el adonis sin atisbo de vergüenza. «Pero ¿a dónde vas, tía?», preguntó a Marcela cuando vio que ella abría la puerta de la calle. «Yo, a ninguna parte. Pero tú, a cocear diccionarios por ahí». Y nunca más le volvió a ver.

El cerebro tiene razones que la libido no entiende y cuando los furores uterinos se han calmado, escuchar ciertas barbaridades (tanto en contenido como en continente) hacen que el cerebro de los más sensibles lingüísticamente hablando cortocircuite. Así le pasó a Marcela, que además de descubrir que su rollo de una noche era un auténtico capullo, por si fuera poco, también era laísta. El laísmo consiste en usar el pronombre la/las en lugar de le/les cuando cumple la función de complemento indirecto. *«La dije que…» por «Le dije que…» o *«La pedí que no me llamara» por «Le pedí…».

Es un rasgo característico de los hablantes de la zona central y noroccidental de Castilla, y de Cantabria, y el error viene, en muchas ocasiones, por tratar de hacer una distinción de género que no corresponde. Es decir, por tratar de explicar si es hombre o es mujer a quien hace referencia ese pronombre.

Pero, ojo, que muchas veces, por huir del laísmo, se puede caer en las garras del pérfido leísmo por ultracorrección. O lo que es lo mismo, el hablante laísta puede volverse tan fóbico al pronombre la que pondrá un le cada vez que tenga dudas, incluso cuando no corresponda. Como aquí: *A tu hermana no le he visto.

Los andaluces se libraron de esta tara lingüística y gracias a ellos, también los hablantes de Hispanoamérica, salvo algunos focos en el español andino.

Si eres castellano recio y un la mal puesto puede hacer cantar tu origen más que La Traviata, tienes dos posibilidades: imprimirte el gráfico que los chicos de Sinfaltas.como se han currado para evitar el laísmo o tatuarte en un lugar bien visible su chuleta a base de emojis.

O recurrir a tu amigo de Almería para que te diga si estás pecando de laísta o no. De la colleja no te librará nadie, aunque sea cariñosa, pero al menos solo a él se le caerán las pestañas cuando te oiga hablar.

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Opiniones 7
  • Hay un truco que me enseñó mi profesora de lengua de COU (si, una tiene ya unos añitos), y es el siguiente: cambiar el género. Por ejemplo: “El perro está ahí, mírale” Si lo ponemos en femenino, comprobamos que se dice mírala, con lo que, si en femenino se dice la en masculino es lo. “La dije que se fuera a casa” Si lo ponemos en masculino, es le dije, con lo que en ese caso es “le dije a ella”.

    Soy andaluza y he vivido varios años en Madrid, telita! Mucho laista suelto!

  • Pues ya que tanto rechina el laísmo, existimos aquellos a los que nos rechina el leísmo, por muy permitido que sea: Desde que LO vio al otro extremo…

  • Gran artículo, la verdad es que el laísmo duele un poco a los oídos a los que no estamos acostumbrados a esa forma de hablar. Puede que quienes lo usan piensen que exageramos, pero no es asi. La distinción entre “la”, “lo”, “le” tiene su función, como explica el artículo, la de distinguir si lo que sigue es complemento directo o indirecto. Cuando se usa indistintamente “la” tanto para uno como para otro a la frase le falta información y el oyente tiene que distinguir si es uno u otro por el contexto. La gente que es laísta lo hace automáticamente, pero los que no lo somos no lo hacemos tan rápido y lo primero que nos pasa cuando oímos algún laísmo es que hemos oído una frase que tiene poco o ningún sentido. Al cabo de un momento se entiende, pero la primera impresión es de haber oído algo un poco raro.

  • En Asturias, que a veces somos acusados de no hablar correctamente, por muchos laístas ….. ese fallo no lo tenemos. Reconozco que uso esa ventaja, en defensa propia. Me ha gustado mucho el artículo.

  • Me has alegrado el trayecto de vuelta a casa desde mi trabajo. Escuchandote, en radio 5, todo ha sido más fácil. Comunicarnos con libertad es fantástico pero, los límites nos servirán para no dejar de entendernos…

  • Comentarios cerrados.

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