29 de marzo 2011    /   CREATIVIDAD
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Las Barbies psicópatas de Mariel Clayton

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Muñecas y muñecos -léase Barbies y Kens-, sangre, suicidio, cabezas decapitadas, necrofilia, sexo duro, cultura oriental, subversión y crítica social. Estas son las palabras que describen el trabajo de Mariel Clayton, fotógrafa canadiense de origen sudafricano que encontró su inspiración durante un viaje a Tokio: quedó seducida por el surrealista mundo de las miniaturas japonesas y las historias que podía contar a través de ellas. Pero, sobre todo, con lo “jodidamente divertido” que le resultaba. Desde entonces, no ha dejado de reírse y hacernos reír. Ese es su gran objetivo.
“Creo que la vida es un lugar histéricamente desastroso y, si no nos reímos de ello, nunca lo entenderemos”, afirma. El origen de su atípico y macabro trabajo, insiste, no se debe al hecho de haber tenido una infancia difícil: nunca abusaron de ella, no se considera una persona psicológicamente inestable, rara o diabólica. Sólo busca compartir su sentido del humor (negro) con otros.
El motor de su trabajo, lo que provoca que su cámara se ponga en movimiento y cree sus pequeñas instalaciones, es la aversión que siente ante la cara más estereotipada, superficial y tradicional de lo que es ser mujer (sea vía Mattel o no): una fémina que sólo piensa en trapitos, cirugía estética, crear una familia a la antigua usanza… La libertad, entendámonos, se antepone a todo, incluso la libertad de ser fiel a los valores tradicionales, pero también existen otros modelos de mujer, otros modelos de familia, que quedan ocultos y no explicitados en la educación que recibimos a través de los juguetes, las películas de (por ejemplo) Disney o los cuentos heredados de nuestros ancestros. De ahí a rechazar la parte más frívola y convencional de la sociedad capitalista (Barbie es sólo un icono de la misma) media un fotograma digital. Lo uno va ligado, indefectiblemente, a lo otro.
La artista pide a gritos, aunque dice no pretender hacer llegar ningún mensaje con su trabajo, que cada uno se responsabilice de su vida, independientemente del sexo (hombre o mujer). Pero no nos equivoquemos, se considera anti-feminista. El feminismo, argumenta, lleva a la demonización ridícula del hombre y eso sí que es ridículo.
Mariel Clayton muestra en su trabajo el lado más oscuro de la muñeca Barbie, la novia americana que nunca quisiste tener.

Más info:
http://www.thephotographymarielclayton.com
Inma Flor es responsable del Departamento de Redacción y Comunicación Online de IED.

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“Creo que la vida es un lugar histéricamente desastroso y, si no nos reímos de ello, nunca lo entenderemos”, afirma. El origen de su atípico y macabro trabajo, insiste, no se debe al hecho de haber tenido una infancia difícil: nunca abusaron de ella, no se considera una persona psicológicamente inestable, rara o diabólica. Sólo busca compartir su sentido del humor (negro) con otros.
El motor de su trabajo, lo que provoca que su cámara se ponga en movimiento y cree sus pequeñas instalaciones, es la aversión que siente ante la cara más estereotipada, superficial y tradicional de lo que es ser mujer (sea vía Mattel o no): una fémina que sólo piensa en trapitos, cirugía estética, crear una familia a la antigua usanza… La libertad, entendámonos, se antepone a todo, incluso la libertad de ser fiel a los valores tradicionales, pero también existen otros modelos de mujer, otros modelos de familia, que quedan ocultos y no explicitados en la educación que recibimos a través de los juguetes, las películas de (por ejemplo) Disney o los cuentos heredados de nuestros ancestros. De ahí a rechazar la parte más frívola y convencional de la sociedad capitalista (Barbie es sólo un icono de la misma) media un fotograma digital. Lo uno va ligado, indefectiblemente, a lo otro.
La artista pide a gritos, aunque dice no pretender hacer llegar ningún mensaje con su trabajo, que cada uno se responsabilice de su vida, independientemente del sexo (hombre o mujer). Pero no nos equivoquemos, se considera anti-feminista. El feminismo, argumenta, lleva a la demonización ridícula del hombre y eso sí que es ridículo.
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